El círculo que dos desconocidas trazaron en la arena
La playa de Cala Serena había sido, hasta esa tarde, un lugar de costumbres tranquilas. Familias bajo las sombrillas, el murmullo perezoso de las olas, alguien que dormitaba con un libro abierto sobre el pecho. Pero todo eso pertenecía ya a otro momento, a una versión del día que se había disuelto sin que nadie lo notara del todo.
El cambio había empezado con dos mujeres.
Mariela y Helena se habían instalado en el centro mismo de la arena, lejos de las sombrillas, donde el sol pegaba sin tregua. Mariela era morena, de piel tostada y gestos lentos, de esos que parecen medir el tiempo de otra manera. Helena era rubia, más alta, con una forma de moverse que hacía que las cabezas giraran sin que ella tuviera que pedirlo. No eran amigas de toda la vida. Se habían conocido esa misma semana, en la barra de un chiringuito, y desde entonces compartían un idioma que no necesitaba explicaciones.
Lo que ocurría ahora no había sido planeado. O quizá sí, de un modo que ninguna de las dos habría sabido confesar.
—Nos están mirando todos —murmuró Helena, sin abrir los ojos, tumbada boca arriba.
—Lo sé —respondió Mariela—. Y les gusta. Míralos: ya se les nota el bulto en el bañador.
La tensión en la orilla era distinta a la de un rato antes. Donde había habido conversaciones sueltas y chapoteos, ahora había una quietud cargada, como la del aire justo antes de una tormenta. Los cuerpos seguían en sus toallas, pero las miradas se habían concentrado en un solo punto. Las dos mujeres se habían convertido en el centro de gravedad de la playa entera, y lo sabían.
Fue Mariela quien tomó el frasco de aceite.
No lo hizo con prisa. Lo levantó despacio, a la altura del rostro, girándolo entre los dedos para que el sol arrancara un destello del líquido dorado. Después lo extendió hacia adelante, hacia el grupo difuso de espectadores, como quien ofrece algo en una ceremonia. No dijo nada. No hacía falta. El gesto era una pregunta, y al mismo tiempo una invitación.
***
El primero en moverse fue un hombre joven, de unos veintitantos, que había estado fingiendo leer la misma página durante media hora. Se levantó con torpeza, sacudiéndose la arena de las piernas, y avanzó con esa mezcla de deseo y vergüenza que delata a quien no termina de creerse lo que está a punto de hacer. El bañador se le marcaba adelante, ya no había forma de disimular la polla dura que llevaba tensando la tela.
Sus pasos se hundían en la arena caliente. Cuando llegó al borde de aquel círculo invisible que las mujeres habían dibujado solo con su presencia, se detuvo, como si una línea real le impidiera cruzar.
Mariela le sonrió. Fue una sonrisa tranquila, sin burla, la de alguien que controla por completo la situación y disfruta de hacerlo sentir bienvenido. Le tendió el frasco.
—Tranquilo —dijo en voz baja—. No muerde nadie. Todavía.
El joven tomó el aceite con dedos que temblaban apenas. Helena, que se había incorporado sobre los codos, le indicó con un movimiento de la barbilla que se acercara a ella. Él se arrodilló a su lado, dudando dónde poner las manos, y ella resolvió la duda tomándole la muñeca y llevándosela hasta el hombro.
—Despacio —le ordenó—. No tengo prisa. Y quiero sentir cada dedo.
El primer contacto fue eléctrico. El joven vertió un chorro generoso de aceite en la palma, lo frotó para calentarlo y empezó a deslizarlo por el brazo de Helena, desde el hombro hasta la muñeca, con una concentración casi reverente. Ella tomó la mano libre del muchacho y se la llevó directamente al pecho, colándosela bajo la tela del biquini. Los dedos del joven se cerraron sobre una teta llena, resbaladiza de aceite, y el pezón se le puso duro contra la palma al instante. Helena gimió bajo, un sonido gutural que hizo que a él se le escapara un jadeo.
—Aprieta —susurró Helena—. No te achiques. Pellizca. Así, así.
El chico obedeció. Le rodó el pezón entre el pulgar y el índice, tirando de él, y Helena arqueó la espalda contra la toalla. Con la otra mano se desató el nudo del cuello y dejó que las copas del biquini cayeran a los lados. Las dos tetas quedaron al aire, brillantes de aceite, y una oleada de aire caliente subió del círculo de hombres, un jadeo colectivo mal contenido. Helena le agarró la nuca al muchacho y le empujó la cabeza hacia abajo, sin decir una palabra. Él entendió. Abrió la boca y le atrapó un pezón entre los labios, chupando con la torpeza ávida de quien no puede creerse la suerte. Ella cerró los ojos y dejó escapar un suspiro lento, no de entrega, sino de aprobación. Era ella quien marcaba el compás.
Y eso, ver que la rubia lo permitía, fue la señal que el resto estaba esperando.
***
La barrera invisible se rompió de golpe. Lo que había sido una multitud inmóvil empezó a desplazarse hacia el centro, primero con cautela, después con una urgencia mal disimulada. Mariela observó el movimiento con los ojos entrecerrados, como un director que ve a su orquesta tomar posición.
Tomó la mano de un segundo hombre, mayor que el primero, de espaldas anchas y mirada decidida, y la guio hacia su propia espalda.
—Aquí —le dijo, girando el cuerpo para ofrecerle la curva de la columna—. Y baja sin miedo. Hasta abajo del todo.
El hombre obedeció. Sus manos eran grandes, ásperas, y se movieron por la espalda de Mariela con una firmeza que la hizo arquearse. Ella se soltó la parte de arriba del biquini y se giró apenas para que el hombre le viera las tetas morenas, con los pezones ya erguidos. Le agarró la muñeca y se la bajó, guiándola hasta el borde de la braguita, y después más abajo, colándole los dedos por dentro. El hombre encontró un coño ya húmedo, resbaladizo, y Mariela gimió al primer roce.
—Ahí —le dijo, agarrándole la mano por encima de la tela para marcarle el ritmo—. Métemelos. Dos. Muévelos despacio.
Los dedos del hombre se hundieron en ella y Mariela dejó caer la cabeza hacia atrás, apoyándola en el hombro del desconocido. Con la mano libre le buscó la entrepierna por encima del bañador y le apretó la polla dura que se marcaba ahí. La sacó de un tirón, sin ceremonia, y la envolvió con la palma aceitada. Empezó a masturbarlo con la misma lentitud calculada con que le había ofrecido el frasco al principio: subiendo y bajando el puño por la verga hinchada, apretando en el glande, jugando con el pulgar en la punta ya mojada.
No era él quien la tocaba; era ella quien lo usaba para tocarse.
Helena, que no estaba dispuesta a quedarse atrás, eligió a otro. Le tomó la mano y se la llevó al vientre, justo por encima del borde del biquini, y lo miró a los ojos mientras él dejaba caer el aceite sobre su piel. Después le agarró la cabeza con las dos manos y lo empujó hacia abajo, sin pedirle permiso.
—Con la lengua —le ordenó—. Y no pares hasta que te lo diga.
El hombre se arrodilló entre sus muslos, le apartó la tela del biquini a un lado, y hundió la cara en el coño de Helena. Ella dio un respingo cuando la lengua le encontró el clítoris, y enseguida le clavó los dedos en el pelo para mantenerlo pegado, restregándose contra su boca. Comenzó a mover las caderas con un ritmo cada vez menos disimulado, un vaivén lento que él seguía con la lengua, chupando y lamiendo mientras ella lo guiaba con tirones del cabello.
—Más adentro, más adentro —jadeaba—. Métemela. Sí. Así.
Que aprendan, pensó Mariela mirándola de reojo. Que aprendan quién manda aquí.
Porque eso era lo que ninguno de aquellos hombres había entendido todavía. Pensaban que se acercaban a tomar algo. No habían comprendido que eran ellas quienes los habían convocado, quienes decidían cuánto darían y cuánto no, quienes sostenían el juego entero con la punta de los dedos.
***
El círculo creció. Donde antes había dos hombres ahora había cinco, después siete, cada uno encontrando su lugar en aquella coreografía improvisada. Algunos aplicaban el aceite, otros esperaban su turno con la polla afuera, en la mano, tirándosela despacio mientras miraban. El aire se había vuelto espeso, una mezcla de calor, sal y algo más, un perfume de pieles encendidas, de coños mojados y de semen a punto de salir que parecía flotar sobre la arena.
Mariela se puso a cuatro patas sobre la toalla, sin dejar de masturbar al hombre de las espaldas anchas, y con la otra mano llamó a un tercero. Le señaló su culo levantado, brillante de aceite, la braguita del biquini caída a la altura de las rodillas.
—Aquí atrás —le dijo, sin girarse—. Con los dedos primero. Después ya veremos.
El hombre se puso de rodillas detrás de ella, le echó un chorro de aceite entre las nalgas y las abrió con las dos manos. Le pasó el pulgar por el ojete y por el coño abierto, atrás y adelante, hasta que Mariela gruñó de impaciencia y empujó las caderas hacia atrás. La polla del hombre se hundió en ella de una sola embestida y Mariela soltó un grito ronco que se oyó por toda la playa. El que estaba delante, al que seguía masturbando, se le acercó a la boca y ella abrió los labios sin pensarlo. Se la metió hasta el fondo, y Mariela empezó a mamársela al mismo ritmo con que la otra le follaba el coño desde atrás.
Chupaba con hambre, tragando saliva, dejando que los hilos le cayeran por la barbilla y le mojaran las tetas colgantes. El de atrás la agarró por las caderas y empezó a metérsela con fuerza, y las cachetadas de piel contra piel se sumaron al ritmo del oleaje. Mariela no cerraba los ojos: buscaba con la mirada a Helena, la encontraba, y las dos se sonreían por encima de las cabezas de sus hombres.
Helena estaba tumbada boca arriba, con el que la había estado lamiendo entre las piernas ahora encima, con la polla ya dentro, follándola a un ritmo constante. Otro le tenía una teta en la boca. Un tercero le acercaba la verga a la cara y ella la lamía de lado, sin dejar de gemir por lo que le hacían abajo. El biquini había desaparecido del todo. Cada pieza de tela era un obstáculo que había caído sin que nadie recordara cuándo.
—Fóllame más fuerte —le pidió al que la tenía dentro—. Rómpeme. Que se vean todos cómo me la metes.
El hombre le agarró las piernas por detrás de las rodillas, se las abrió hasta pegárselas al pecho, y empezó a bombeársela con embestidas profundas, sonoras, que le sacaban un gemido a cada golpe. Helena giró la cabeza y se metió en la boca la polla que le acercaban, chupándola con los ojos cerrados, y con la mano libre agarró la de un cuarto que se había arrimado y se la puso en su propia entrepierna.
—Frótame ahí. El clítoris. Con dos dedos. Fuerte.
El corro se cerró sobre ella y por un momento Helena no fue más que un cuerpo abierto, tomado por bocas y manos y pollas, con cada uno de sus orificios ocupado y cada gemido convertido en orden.
***
En un momento, Helena estiró el brazo por encima de las cabezas que las rodeaban y rozó la mano de Mariela. Fue un gesto breve, casi un código. Mariela entendió. Apartó con suavidad las manos que la cubrían, la polla que aún se le movía dentro, y se puso de pie con el semen del hombre chorreándole por la cara interna del muslo. Todos los hombres se quedaron quietos, esperando.
Caminó hasta Helena, que también había pedido a los suyos que se apartaran, y se detuvo frente a ella. Por un instante, las dos mujeres fueron el único centro de la playa, ignorando al resto como si hubieran dejado de existir. Mariela levantó una mano y apartó un mechón rubio del rostro de Helena. Esta inclinó la cabeza hacia ese contacto, sin dejar de mirarla.
Después Mariela se agachó, le puso las dos manos en la cara y la besó en la boca. Fue un beso lento, con lengua, un beso de reconocerse. Los hombres las miraban sin respirar. Mariela bajó por el cuello de Helena, le lamió las tetas una a una, le mordió los pezones despacio, y siguió bajando hasta arrodillarse entre sus piernas abiertas. Sin mirar a nadie, hundió la cara en el coño de la rubia, que aún estaba lleno del semen del último hombre que la había follado, y empezó a comérselo. Se lo lamió entero, adentro y afuera, chupándole el clítoris hasta que Helena empezó a gemir agudo, con las manos hundidas en la melena morena.
—¿Seguimos? —preguntó Mariela, levantando la cara brillante de saliva y de corridas ajenas.
—Hasta que se ponga el sol —respondió Helena.
Alrededor de ellas, los hombres contenían el aliento. Aquel breve aparte entre las dos mujeres, ese reconocerse mutuamente por encima del deseo de todos los demás, era más excitante que cualquier caricia. Les recordaba, sin necesidad de decirlo, que ellos eran invitados a una fiesta que no les pertenecía.
***
Cuando volvieron al círculo, lo hicieron juntas, ocupando el centro hombro con hombro. Mariela se tumbó boca arriba y Helena se le puso encima al revés, en un sesenta y nueve, con la cara entre los muslos de la morena y ofreciéndole a la vez su propio coño. Empezaron a comerse mutuamente mientras los hombres se agolpaban a su alrededor, y el frasco de aceite pasaba de mano en mano, resbalándose entre dedos ya empapados.
Uno se arrodilló al lado de la cabeza de Mariela y ella, sin dejar de lamer a Helena, giró apenas la cara y le abrió la boca. La polla desapareció entre sus labios de un empujón. Otro se puso detrás de Helena y le metió la verga en el culo, todavía resbaladizo del aceite anterior, y Helena gimió contra el coño de Mariela con la boca llena. Cada gemido era una vibración que Mariela recibía en el clítoris, y cada mamada que Mariela hacía era un jadeo que se colaba entre las piernas de Helena.
Se turnaban. En cuanto un hombre estaba a punto de correrse, alguna de las dos lo apartaba con un empujón y llamaba a otro, prolongando el juego, negando el desahogo. La tensión se acumulaba en cada verga hinchada, en cada testículo apretado, en cada mandíbula tensa de aquellos que las miraban esperando un turno que quizá no llegaría nunca.
Helena tenía otro estilo. Más directa, más provocadora. Tomaba a un hombre por la nuca, lo acercaba hasta tenerlo a un palmo de su rostro, le pasaba la lengua por los labios sin llegar a besarlo, y lo dejaba ahí, suspendido en la expectativa, antes de soltarlo con una sonrisa y elegir a otro. Jugaba con la anticipación como quien afina un instrumento, sabiendo que la tensión bien administrada vale más que cualquier desenlace apresurado.
El sol empezaba a descender. La luz se volvía espesa, dorada, y teñía los cuerpos de un tono cobrizo que hacía brillar cada gota de aceite, cada perla de sudor, cada hilo de semen que había quedado colgando en la piel de las dos mujeres. Las sombras se alargaban sobre la arena, deformando el círculo, convirtiéndolo en una figura cambiante que parecía respirar al ritmo de sus jadeos.
Incluso quienes no se habían atrevido a participar, los que seguían en sus toallas a una distancia prudente con la polla en la mano y tirándosela sin disimulo, eran parte de aquello. Miraban sin apartar la vista, hipnotizados, conscientes de estar presenciando algo que no volverían a ver. Algunos se corrían ahí mismo, sobre la arena, sin haber tocado a ninguna de las dos, y enseguida volvían a mirar. Nadie se iba. Nadie quería perderse el final.
***
Mariela sintió la mirada de toda la playa sobre su piel y la disfrutó como un calor añadido. Esa era, en el fondo, la fantasía que la había llevado hasta allí: no el contacto de unas manos desconocidas, sino el poder de ser deseada por todos a la vez, de tenerlos a todos con la verga dura y suplicándole con los ojos, y decidir gesto a gesto cuánto les concedía.
Se incorporó y se puso en cuclillas sobre la arena, con las piernas abiertas de par en par, y llamó con el índice a los que aún no se habían corrido. Fueron tres, después cuatro, alineándose frente a ella con las pollas en la mano. Mariela abrió la boca, sacó la lengua, y los fue chupando por turnos, uno tras otro, dejando que cada uno le metiera la verga hasta el fondo antes de pasar al siguiente. Helena hizo lo mismo a su lado, arrodillada, con las tetas apretadas entre las manos para que los hombres se les frotaran encima.
Uno terminó primero, un chorro largo y espeso que le cayó a Mariela sobre los labios y la barbilla. Después el segundo, sobre las tetas de Helena. Y otro, y otro más. Las dos mujeres se dejaban bañar sin apartar la cara, riéndose bajito, buscándose con la mirada por encima de las vergas que descargaban. Cuando el último terminó, Helena se acercó a Mariela y le lamió el semen de la barbilla, y Mariela le devolvió el gesto lamiéndoselo de las tetas.
Helena la buscó de nuevo con los ojos y las dos volvieron a sonreír, esta vez con una complicidad que ya no necesitaba palabras. Habían convertido una tarde cualquiera en algo que ninguno de los presentes olvidaría, un recuerdo que cada uno se llevaría a casa sin atreverse a contarlo del todo.
El cielo se incendiaba sobre el mar, anaranjado y violeta, como si el universo entero quisiera sumarse al espectáculo. Y en el centro de la arena, rodeadas de cuerpos rendidos a su ritmo, empapadas de aceite y de semen ajeno, las dos mujeres seguían marcando el compás, dueñas absolutas de un deseo que ellas mismas habían encendido y que solo ellas decidirían cómo apagar.





