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Relatos Ardientes

El favor que le cobró el mejor amigo de su hijo

Los ojos de Mariela se encendieron en cuanto reconoció al joven que tenía sujeto por el hombro al desconocido. Era como si alguien hubiera escuchado sus plegarias. Disimuló la emoción, se acomodó un rizo detrás de la oreja y le dedicó una mirada coqueta, mordiéndose apenas el labio inferior.

—Hola, Damián. Sí… soy yo —respondió él, triunfante, cargando un poco más de peso sobre el hombro del otro.

—Me alegra tanto verte, querido. Me has salvado de este patán —dijo ella, y le hundió la uña en la mejilla al desconocido hasta marcarlo.

—No sé cómo lo hizo. Estábamos en la fila de los boletos, fui un momento al baño y, cuando volví, este idiota me había sacado dinero del bolso y me exigía mi número de teléfono.

Su voz era la de una niña caprichosa, ese tono dulce que usaba desde joven para que los hombres pelearan por ella. Cautivar en alguien el impulso de defenderla siempre le había gustado.

—¿En serio, Damián? —preguntó él, clavando los dedos en el hombro del desconocido, que empezó a gemir de dolor—. ¿Así que este imbécil se metió con la madre de mi mejor amigo?

—Perdón… perdón, lo siento. Ya no me lastimes, por favor.

El tipo intentó zafarse, ya casi de rodillas. Este me va a partir en dos, pensó mientras hurgaba en su bolsillo y sacaba unos billetes y un papelito doblado.

—Acá está el dinero que tomé. Y su número… pensé que era su hermana, de verdad, parece mucho más joven. ¡Auch! Ya, por favor.

Le entregó todo a Mariela, que lo recibió con un mohín de asco. Damián lo soltó y el desconocido aprovechó para sobarse el hombro.

—Mariela, ven a mi lado.

Ella obedeció sin pensarlo y le besó la mejilla, dejando la marca roja de su lápiz labial.

—Gracias, corazón. Eres todo un héroe. Te estoy muy agradecida —le plantó otro beso y le tomó la mano—. Algún día te voy a recompensar como mereces…

Se acercó a su oído y susurró:

—…o alguna noche.

Las miradas de ambos se cruzaron, cómplices, como si recordaran lo de la noche anterior. Mariela se sentía rejuvenecida. No había perdido el toque, y eso encendía de nuevo una llama que solo él parecía capaz de avivar.

—Mira bien, estúpido —dijo Damián, tomándola por la cintura para pegarla a su cuerpo. Las curvas de ella quedaron aplastadas contra él, y un rubor le subió a las mejillas—. ¿Lo ves? Las mujeres como ella se cansan de los hombres que no dan la cara. Piensa en lo que voy a hacerle esta noche y entiende por qué se queda conmigo.

—Sí, ya, ya veo. Ya devolví todo —balbuceó el otro, mirando con asombro a esa mujer que minutos antes parecía indignada y que ahora se dejaba manosear, sumisa, como si aquel joven fuera su dueño.

—Lárgate antes de que cambie de opinión.

El desconocido cayó al suelo, se levantó de un salto y huyó. Al pasar tropezó con Bruno, que volvía de la dulcería, y se quedó un instante mirándolo con una mezcla de pena y miedo.

—¿Estás bien? —preguntó Bruno, sincero.

—Lo siento, de verdad. Te lo va a quitar todo… ¡todo! —soltó el tipo antes de perderse entre la gente, dejando a Bruno con un mar de dudas.

***

—¡Damián, eres mi héroe! —Mariela se colgó de su cuello, besándole las mejillas y la frente—. Dime cómo puedo agradecértelo. Pídeme lo que quieras, no hay límites.

En un arrebato lo besó en los labios, con pasión y ternura.

—Sabes lo que quiero —respondió él, mirándola fijo—. Dame una oportunidad. Sé mi mujer. Yo te voy a cuidar, voy a protegerte de basuras como esa y hasta voy a cuidar de Bruno. Déjame quererte.

Su voz sonaba dulce, pero por dentro pensaba otra cosa. Ya eres mía. No vas a ser de nadie más, a menos que yo lo permita… o que paguen por ti.

Mariela vio en sus ojos cariño y, debajo, algo turbio que no terminaba de salir. No puedes aceptar esta locura. Es el mejor amigo de tu hijo y estás casada… con un hombre que ni siquiera te llama. Quizá una aventura, solo hasta que él vuelva.

—Acepto —susurró, y volvió a besarlo, lento y acalorado—. Acepto ser tu mujer. Y voy a compensarte con mi cuerpo, sin que nada más importe.

Para ella, esas palabras eran promesas de enamorada. Para él, el contrato de una propiedad nueva.

—Gracias, Mariela —dijo Damián, besándole las manos. Tonta ingenua. Eres igual que todas las que terminan tragando lo que les ordeno. Por lo menos tú estás buenísima.

—Bruno está aquí, ¿verdad? —ella asintió—. Entonces métete a la sala con él, déjalo acomodado y sales conmigo. La película dura tres horas; tenemos tiempo de sobra.

Le besó la mejilla y ella le frotó la nariz con la suya antes de ir a la fila de la dulcería, donde Bruno ya pedía las palomitas. Mariela tomó una bandeja, le dio un pequeño golpe de cadera y le alisó el cabello.

—¿Qué película elegiste, amor? —preguntó, relamiéndose. Se sentía radiante, deseada, como una novia joven.

—Tardaste un poco, mamá. ¿Todo bien? —Bruno notó algo raro en ella, en su cuerpo voluptuoso, y un calor incómodo le subió por dentro. Se sonrojó y, al ver cómo los demás hombres la miraban, la tomó de la cintura con torpe orgullo.

—Una película larguísima. Casi tres horas.

—Nada, cariño. El baño de acá estaba cerrado y tuve que ir a otro más lejos. Tú tranquilo.

Bruno se relajó. Mi madre será atractiva, pero no es lo que ese imbécil dice. Ella le dio un beso en la mejilla y se contoneó al caminar, consciente de que todas las miradas la seguían.

—Adelántate y aparta nuestros lugares, mi amor —le dijo cuando sonó su teléfono—. Yo entro en un momento.

Bruno entró a la sala, resignado a que su madre tardara. Ella contestó la llamada caminando hacia el fondo del pasillo.

—¿Diga?

—Hola, preciosa. ¿Qué tal? —la voz de Damián, seductora, la hizo sonrojarse y juguetear con su cabello.

—Estoy en el baño de mujeres, el que está fuera de servicio. Tengo muchas ganas de ti.

Mariela apuró el paso. El cartel de «fuera de servicio» seguía colgado. Tocó la puerta con discreción.

—¿Damián? Soy yo.

Él abrió, la metió de un tirón y echó el seguro.

***

—Llegaste —dijo, tomándola de la cintura.

—Es que no aguantaba más —respondió ella, abrazándolo del cuello—. Tenemos tres horas para nosotros.

Lo besó con deseo. Él le respondió metiéndole la lengua mientras la guiaba hacia el lavabo. Se apoyó contra el borde y se bajó el cierre del pantalón.

—Usa esa boca para mí —murmuró, apartándole el cabello de la cara—. Desde hoy eres mía y te puedo usar como quiera.

—Como ordenes —respondió Mariela.

Se quitó la blusa, se abrió el pantalón y liberó los pechos del sujetador. Se arrodilló sobre el suelo frío y empezó a lamerlo despacio, sin dejar de mirarlo a los ojos, mientras se acariciaba con una mano.

—Así, despacito —jadeó él, sujetándola del cabello—. Eres una buena alumna.

Damián soltó una risa repentina.

—Por cierto… ¿creías que no me iba a dar cuenta? Ese tipo que «te robó» en realidad te tenía así porque tú se lo permitiste. ¿O no?

Mariela no dejó de chuparlo y sonrió.

—Adoro que me descubras —lamió la punta y rio—. Ya me había pagado, pero contigo le sacamos más. ¿Te enojas?

Rio como una niña atrapada en una travesura que, en lugar de regaño, recibía un premio.

—Para nada —dijo él—. No hay nada de malo en que te guste. Y, si encima sacas algo de dinero, mejor todavía.

—¿En serio no te importaría que me dedicara a esto? —preguntó ella, frotándose la mejilla contra él.

—¿Importarme? En muchos lugares hasta es legal. Yo, en tu lugar, me alegraría. Así cuidas mejor de Bruno… y yo te ayudo a ser la mejor.

La sujetó de la cabeza y empujó hasta el fondo. Ella jadeó, los ojos llorosos, la saliva escurriéndole por el mentón hasta el pecho. Tiene razón. Estoy harta de ser la esposa abnegada. Voy a usar lo único que de verdad disfruto.

—Ayúdame a ser buena en esto —susurró, lamiéndolo.

—Vas a ser la mejor —respondió Damián—. Tienes talento, preciosa. Sería un desperdicio que no lo usaras.

Mariela se detuvo, se puso de pie y lo besó con la boca todavía húmeda, terminando de desnudarse.

—Mira cómo me pones —dijo, llevándole la mano a su entrepierna ardiente—. Solo contigo me pasa esto.

—Lo sé —murmuró él, manoseándola—. Vas a ser mi mujer de lujo, y te voy a enseñar todo, paso a paso. Siempre viviste para tu hijo y para un marido que ni te llama. Es hora de que pienses en ti.

Mientras le lavaba el cerebro con esa voz tranquila, la fue arrodillando otra vez. Qué tonta. Él manda, pensó ella, devorándolo con gusto.

—Prostitúyeme, Damián —dijo, perdida en el momento—. Hazme tuya y luego véndeme.

—Eso voy a hacer, no te imaginas cómo.

La sujetó del cabello y empujó hasta que ella, temblando, se corrió de rodillas, los dedos hundidos entre las piernas. Él tampoco aguantó: la obligó a tragar lo que pudo, y lo que se le escapó le resbaló por el mentón hasta el pecho.

—Tragá todo —ordenó.

Mariela obedeció, con los ojos cerrados, lamiéndolo hasta dejarlo limpio y aspirando su aroma como si fuera una droga.

—Adoro ser tuya —jadeó, satisfecha y a la vez hambrienta de más.

***

Mientras tanto, Bruno seguía solo en la sala, mirando la pantalla sin entender por qué su madre tardaba tanto. Seguro está hablando con papá. Hace tiempo que no se hablan. Se consoló con un puñado de palomitas.

En el baño, Mariela seguía de rodillas.

—¿Qué más vas a hacerme? —preguntó, metiéndose los dedos y untándolos en él—. Aún tenemos tiempo, y yo todavía tengo ganas.

—Me encanta la mujer en la que te estás convirtiendo —dijo Damián, levantándola. Le recorrió la cintura, bajó hasta una nalga y la apretó con fuerza, abriéndola—. Tú ya sabes dónde me gusta terminar.

—Sé que te encanta —respondió ella, meneando las caderas mientras le chupaba un dedo—. Y a mí me encanta dártelo.

Se puso a cuatro patas, levantando el trasero. Él se tumbó de espaldas en el piso del baño y la invitó a montarlo. Antes de hacerlo, Mariela frotó la punta entre sus pliegues para lubricarse, ofreciéndose sin pudor. Entonces él notó algo.

—Estás dilatada, hermosa —dijo, pasando los dedos—. ¿Qué estuviste haciendo, traviesa?

Ella tembló, descubierta.

—Pensé que no lo notarías —confesó, avergonzada—. El que me cobró por dinero también me dio por ahí. Pero lo suyo no se compara con lo tuyo. Lo tuyo es lo que más me gusta.

Damián rio, halagado, y la ayudó a bajar despacio para que sintiera cada centímetro entrando en ella.

—¡Ah! —gimió Mariela, encajándoselo entero—. Fue una sensación única… me encantó. Me encantó portarme mal. Pero lo que más me gusta… es dártelo a ti.

Empezó a moverse, subiendo y bajando, llevándose un pecho a la boca para no gritar. El sudor le corría por la espalda.

—Dios, qué bien se siente —bramó él, apretándole las caderas—. Cada vez te entregas más.

***

Bruno salió de la sala a buscar a su madre. Al ver que el baño de mujeres seguía cerrado, se acercó por curiosidad y oyó los gemidos contenidos de una pareja. Otra vez no… lo siento, pero necesito esto, pensó, encendido por el morbo.

Entró al baño de hombres contiguo, echó el seguro y se bajó el pantalón, dejándose llevar por los sonidos del otro lado de la pared, sin imaginar quién estaba ahí.

—¡Ah, ah, ah! —jadeaba Mariela, los sentones cada vez más rápidos—. Hazme tuya, adoro ser tu mujer.

Las palabras llegaban claras a Bruno. Vaya, este es un cliente frecuente. ¿Quién será? Su mente dibujó imágenes perversas mientras se acariciaba.

—Mírate, te estás corriendo solita —dijo Damián—. Eres una hembra increíble. Y pensar que tu hijito te espera afuera, creyendo que su mami es una santa.

Bruno escuchó eso y su excitación creció. Una madre que deja a su hijo esperando para revolcarse con su amante. Qué bestia.

—Apuesto a que pensabas en tu hijo cuando dejabas que aquel tipo te diera por detrás —siguió Damián—. No coges por dinero, coges por el morbo de ser una golfa.

—¡Sí, sí! —gemía ella—. Domíname… mi cuerpo te suplica. Sigue así, fóllate a la madre de tu mejor amigo. ¡Soy una esposa infiel y me encanta!

Al oír «la madre de mi mejor amigo», algo se quebró dentro de Bruno. Las manos le temblaron, pero el morbo pudo más y no se detuvo.

—¿Ves? No tiene nada de malo —decía Damián, hablándole al oído mientras la montaba—. Demasiado tiempo te reprimieron entre tu marido y tu hijo. Te tenían lavando platos en lugar de disfrutar este cuerpo. Aprovéchalo ahora, mientras puedas.

—Sí, mi amor —respondió Mariela, las nalgas rebotando con fuerza—. Ya no quiero reprimir nada. Quiero ser tuya por placer y dejar que otros paguen por mí. Me fascina ser esta mujer.

Cada frase era un puñal para Bruno, pero su excitación no cedía. No puede ser ella. Es solo una coincidencia de voces.

Damián la levantó del cabello, la puso de nuevo a cuatro patas y la montó desde atrás, el pecho contra su espalda, las nalgas resonando en todo el baño.

—Levanta esa cola, guarra —ordenó, y ella obedeció, la mejilla pegada al piso, la mirada perdida.

—Dame más, Damián. ¡Dame más!

Sin soltarla, se quitó el cinturón y se lo pasó por el cuello como una correa.

—A ver si te gusta este collar —dijo, sacando el teléfono para fotografiarla—. Saluda a la cámara, sé buena.

—Estoy encantada de ser tuya —respondió ella, mirando el lente con una mezcla de morbo y placer.

—Estas fotos van a servir para promocionarte —murmuró él, tirando de la correa mientras la embestía—. Todos van a querer una mujer como tú.

***

En el baño contiguo, Bruno se detuvo en seco. Había oído el nombre. «Damián.» Su mente regresó a aquella tarde en la sala de su casa.

«—Voy a hacerla mía —había soltado Damián, sin recato.

—No, te equivocas. Mi mamá ama a mi papá. Ella nunca haría algo así.

—Eso dices porque no sabes lo que siente una mujer cuyo marido vive lejos. Toma —sacó unos billetes—, vete a dar una vuelta, vuelve en unas horas, y veremos si tu mamá es lo que yo digo.

—¿Qué? ¿Para qué?»

Al recordarlo, Bruno cayó de rodillas. Las lágrimas le nublaron la vista mientras intentaba negar lo evidente: que la mujer al otro lado de la pared, gimiendo entregada, era su propia madre. El corazón se le partió y el cuerpo le falló.

—Mueve ese trasero, que quiero terminar dentro —jadeaba Damián, cerca del límite. Tengo amigos a los que les va a encantar esta mujer.

Mariela se arqueó hacia atrás, pegando la espalda al pecho de él para besarlo de lado, un beso largo y húmedo.

—Prostitúyeme, mi amor —murmuró—. Pero que paguen lo que valgo.

—Conozco a varios que pueden ser tus primeros clientes —respondió él, manoseándole los pechos—. Tú cobras tu parte y yo mi comisión.

—Si quieres, graba, saca fotos, véndelas por internet —dijo ella, perdida—. Ganemos juntos.

—Me das muy buenas ideas. Ahora muévete, que tu hijo espera a su mamá «santa».

La sujetó firme de la correa, empujó hasta el fondo y se vació en ella. Mariela sintió el calor extenderse por dentro y sonrió, liberada. Después de tanto tiempo siendo solo madre, vuelvo a ser mujer.

—¡Sí, sí! Lléname —pidió, apretándolo para exprimirlo todo.

—Qué bien me dejaste, preciosa —rio Damián. En ese momento le llegó un mensaje al teléfono—. Mira, parece que ya tienes tu primer cliente.

Mariela meneó las caderas, todavía unida a él.

—Qué bueno. ¿Cuándo y dónde? Tú pones el precio.

—Yo me encargo de eso. No voy a dejar que te regales: haré que paguen lo que vales. Por ahora arréglate, que tu hijo te espera.

Ella se puso de pie, sintiendo una última oleada de placer.

—Antes de irnos, bésame rico y tómame unas fotos. Quiero salir hermosa.

Damián la fotografió mientras ella posaba, provocativa, y enviaba las imágenes a un grupo de mensajes lleno de conocidos del barrio. Empezaron a llegar respuestas: «Esa mujer está buenísima», «Juraría que la vi en alguna reunión», «¿Quién es el suertudo que se la está cogiendo?».

—Ponte en cuatro y ábrete —le dijo él—. Quiero que vean que ya tienes dueño, y que si andas de golfa es porque yo lo permito.

Mariela obedeció, coqueta y sumisa, los ojos brillantes de deseo.

—Prostitúyeme como quieras, mi amor —dijo—. Que sepan que tú eres mi dueño. Nunca me había sentido así de libre.

Y mientras su hijo seguía desmayado en el baño contiguo, con la certeza horrible apenas asomando en su mente, Mariela posaba sin culpa para la cámara. Aunque más tarde descubriera las mentiras de Damián, ya no habría vuelta atrás: ahora era, por completo, la mujer del mejor amigo de su hijo.

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Comentarios (5)

Marisol_ok

excelenteeee!!! de los mejores que lei en mucho tiempo

PedroQuilmes

Por favor que haya segunda parte, quede con muchas ganas de saber como sigue esto

DiegoT_Cba

Lo que mas me gusto es que no arranca directo al grano, te va llevando de a poco. Esa tension se siente real. Felicitaciones

ValeMdq

jajaja el final me mato, no me lo esperaba para nada

LectorFiel22

La situacion inicial con el acosador le da mucha credibilidad a todo lo demas. Bien pensado el planteo

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