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Relatos Ardientes

Cada lunes imagino lo mismo con mi compañera de oficina

Cada lunes a las diez en punto entro en la sala de juntas con el pulso acelerado, como si mi cuerpo supiera algo que mi cabeza todavía finge ignorar. Elijo siempre la misma silla, la de la pared del fondo, y espero. Daniela llega un par de minutos tarde, como casi siempre, con ese andar tranquilo que no tiene ninguna prisa por disimular. El pelo rubio recogido a medias, la blusa de seda marcando la espalda, una carpeta apretada contra el pecho. Se sienta justo enfrente, cruza las piernas sin mirar a nadie en concreto y deja caer un «buenos días» general que yo, idiota de mí, escucho como si fuera solo para mí.

El jefe arranca con la ronda de siempre: objetivos del trimestre, plazos, números que suben y números que bajan. Todos abrimos portátiles y libretas. Daniela se inclina hacia delante para anotar algo y, al hacerlo, la cadena fina que lleva al cuello resbala dentro del escote. Yo aparto la vista a tiempo. Casi siempre aparto la vista a tiempo.

No mires. Hoy no mires.

Pero entonces ella levanta los ojos, me pilla en el medio segundo en que no he sido capaz de cumplir mi propia orden, y en lugar de molestarse sostiene la mirada un instante de más. Se pasa la punta de la lengua por el labio inferior, despacio, como si estuviera probando una idea antes de decirla en voz alta. Y ahí es donde la reunión real termina para mí y empieza la otra, la que solo ocurre dentro de mi cabeza.

***

En esa otra sala, Daniela se levanta sin que nadie reaccione. Rodea la mesa con calma mientras el jefe sigue hablando de presupuestos como si nada, y llega hasta mí. Se sienta sobre la madera, justo delante de mi silla, y separa las rodillas lo suficiente para que la falda deje de cumplir su función. Me coge de la corbata y tira con dos dedos, lo justo para acercarme.

—Llevas semanas mirándome y haciéndote el distraído —me dice en voz baja, solo para mí—. ¿De verdad pensabas que no me daba cuenta?

No contesto con palabras porque en esta versión de la realidad las palabras sobran. Le rodeo la cintura, la atraigo hasta el borde de la mesa y entierro la cara en su cuello. Huele a algo cítrico y caliente. Subo despacio, le muerdo el lóbulo, y ella deja escapar un sonido grave que en la sala de verdad sería un escándalo y aquí no levanta ni una ceja.

Le desabrocho la blusa botón a botón, sin prisa, disfrutando del momento exacto en que la tela se rinde. Ella me observa hacerlo con media sonrisa, las manos apoyadas atrás sobre la mesa, ofreciéndose sin pedir nada. Le recorro el pecho con la boca, primero el contorno, después el centro, y la siento arquearse hacia mí con un suspiro que se le escapa entre los dientes apretados.

—Aquí no podemos —murmura, pero me empuja la cabeza más abajo, contradiciendo cada sílaba.

El jefe pasa diapositiva. Alguien carraspea. En mi cabeza, Daniela se desliza al suelo y se arrodilla entre mis piernas, escondida bajo la mesa de juntas como un secreto que solo yo conozco. Me baja la cremallera con cuidado de no hacer ruido, me libera, y me mira hacia arriba con los ojos brillantes antes de cerrar los labios sobre mí. Despacio al principio, midiéndome, y luego más hondo, hasta que tengo que clavar las uñas en el reposabrazos para no delatarme.

Le sujeto el pelo rubio con una mano, no para forzar sino para sentirla, para tener algo a lo que agarrarme mientras el resto de la sala discute el informe trimestral sin sospechar nada. Ella marca el ritmo, sube y baja, se detiene a propósito justo cuando estoy a punto y me obliga a esperar. Sabe exactamente lo que hace. Siempre lo ha sabido.

***

—¿Tomás? ¿Tienes el dato de conversión de mayo? —pregunta una voz al otro lado de la mesa.

Pestañeo. La sala real vuelve de golpe, con sus fluorescentes y su olor a café malo. Busco el número en mi portátil con dedos torpes, lo leo en voz alta, y nadie nota que acabo de regresar de muy lejos. Daniela toma nota de la cifra con letra pequeña y ordenada. Tiene la blusa perfectamente abrochada. Por supuesto que la tiene.

Cruza y descruza las piernas. El zapato roza por un instante la pata de mi silla. O quizá no rozó nada y me lo invento. Ya no sé distinguir qué cosas pasan de verdad en esta mesa y cuáles me las pongo yo.

***

En la otra sala, la que de verdad me importa, Daniela se incorpora del suelo con la respiración entrecortada y me empuja contra el respaldo.

—Así no —dice—. Quiero más.

Barre con el brazo los portátiles y las carpetas hacia un extremo de la mesa, despeja un espacio y se tumba boca arriba sobre la superficie pulida, las piernas dobladas, esperándome. Me levanto, me coloco entre sus rodillas y la observo un segundo entero, ese segundo de anticipación que vale más que todo lo que viene después. Ella me tira de la camisa, impaciente, y yo entro despacio, conteniéndome, sintiendo cómo se le corta el aire y vuelve a respirar acomodándome.

Empiezo a moverme con calma, marcando cada embestida, y ella me clava los talones en la parte baja de la espalda para que no afloje. La mesa cruje un poco bajo nuestro peso. Le sujeto las caderas, me inclino sobre ella y le hablo al oído cosas que jamás me atrevería a decir en voz alta a la luz del día.

—Esto es lo que pienso cada lunes mientras finjo que escucho —le confieso—. Esto exactamente.

—Lo sé —responde, mordiéndome el hombro—. Se te nota en la cara.

Acelero. Ella se aferra al borde de la mesa con una mano y con la otra me busca la nuca, atrayéndome hacia su boca. Nos besamos con torpeza, con hambre, mientras el resto del equipo, a un palmo de distancia, sigue debatiendo plazos de entrega. Nadie nos ve. Nadie nos verá nunca, porque nada de esto está ocurriendo en ningún sitio salvo detrás de mis ojos.

La giro sobre la madera, la coloco de espaldas a mí, inclinada sobre la mesa, y vuelvo a entrar desde atrás. Ella deja caer la frente sobre los brazos cruzados y ahoga un gemido contra su propia piel. Le recorro la espalda con la palma abierta, desde la nuca hasta la cintura, y la siento estremecerse entera. Me muevo más hondo, más firme, y la mesa empieza a golpear rítmicamente contra la pared.

—No pares —jadea, empujándose hacia atrás para encontrarme—. Hoy no pares.

No paro. La sujeto por las caderas con las dos manos y dejo que el ritmo se acelere solo, gobernado por algo que ya no controlo. Ella alarga una mano hacia abajo, se toca, busca su propio final mientras yo busco el mío, y por un momento los dos vamos en la misma dirección, sincronizados, sin necesidad de decir una palabra más.

***

—Tomás, ¿estás de acuerdo con esa estimación? —la voz del jefe me corta como una corriente de aire frío.

Levanto la cabeza demasiado rápido. Toda la sala me está mirando. La mesa está impecable, cada carpeta en su sitio, ni un papel descolocado. Daniela sigue sentada enfrente, tranquila, la blusa intacta, el bolígrafo entre los dedos, esperando mi respuesta igual que el resto. Ni una arruga en la ropa, ni un mechón fuera de lugar. Me mira con esa cortesía profesional perfecta, como si nunca en su vida hubiera pensado en mí más allá de la cifra que comparto en la pantalla.

Trago saliva. Tengo la camisa pegada a la espalda por un sudor que esta vez es muy real, y el corazón me late en sitios donde no debería notarlo durante una reunión de trabajo.

—Eh… sí —carraspeo, ajustándome la corbata con la mano un poco temblorosa—. Sí, me parece razonable. Vamos bien de plazos.

El jefe asiente, satisfecho, y pasa al siguiente punto del orden del día. La sala vuelve a llenarse de números y de voces monótonas. Yo me hundo un poco más en la silla y respiro hondo, intentando que el pulso baje a algo parecido a lo normal.

***

Daniela baja la vista a su libreta y anota algo con su letra menuda. Por un instante pienso que ha sido todo cosa mía, que esa mujer impecable no tiene la más mínima idea de la película que acabo de proyectar en mi cabeza con ella de protagonista. Que soy el único que vuelve cada lunes a esta misma mesa a torturarse en silencio.

Pero justo antes de que yo aparte la mirada, ella levanta los ojos. Solo un segundo. Se pasa la punta de la lengua por el labio inferior, exactamente igual que al principio, exactamente igual que en mi fantasía, y me dedica una sonrisa mínima que nadie más en la sala sabría leer. Una sonrisa que dice «sé perfectamente lo que estabas pensando».

Y entonces vuelve a sus notas como si no hubiera pasado nada.

La reunión continúa. El jefe habla de objetivos para el próximo trimestre. Alguien propone adelantar una entrega. Yo apunto cosas en mi libreta que mañana no entenderé, y por debajo de la mesa cuento sin querer los días que faltan para el lunes siguiente.

Porque sé que volveré a sentarme en esta misma silla, frente a ella, con el café malo y los fluorescentes y las cifras del trimestre. Y sé que, en algún momento de la ronda de plazos, Daniela levantará la vista, me sostendrá la mirada medio segundo de más, y todo, absolutamente todo, volverá a pasar igual.

Aunque no pase nunca.

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Comentarios (5)

Martina_Rdz

jajajaja me sentí identificada con cada lunes de mi vida, genial!!

Carlos_night

Ojalá hubiera continuación, quedé con ganas de saber qué pasa cuando termina la reunión...

lecturaNocturna

Me recordó a una situación que viví el año pasado en mi trabajo, exactamente igual de frustrante y excitante al mismo tiempo jaja. Muy bien narrado.

DarioCR

¿Y al final te animaste a decirle algo? Espero que sí jajaja

SilviaMar22

Buenisimo. Se nota que es una fantasia de verdad, no inventada

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