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Relatos Ardientes

La vecina del gimnasio y el camino largo a casa

Cada tarde es igual y, a la vez, distinta. Rubén sale del trabajo con la cabeza ya llena de imágenes que no le pertenecen, escenas que ha ido montando él solo durante meses. Enciende el coche y por la radio suena una balada vieja, una de esas que se ponen siempre a esa hora, con una voz que parece despedirse de alguien. Baja el volumen pero la deja correr, porque esa melancolía barata le pone aún más caliente, como si estuviera dentro de una película triste y sucia al mismo tiempo.

Da vueltas sin rumbo, retrasando la llegada. Conoce un camino más largo, uno que bordea el parque y suma diez minutos al trayecto, y lo toma siempre. Cuando por fin aparca frente al bloque, el sol ya se está poniendo y el portal está en penumbra. Apaga el motor. Respira hondo. Se baja del coche con el pulso golpeándole en las sienes.

Y ahí está ella.

Bianca, llegando del gimnasio, jadeando todavía. El pelo rubio empapado, pegado a la cara y al cuello. Los leggings negros marcados por el sudor, ciñéndole cada curva. La camiseta blanca transparentada, adherida al pecho, subiendo y bajando con la respiración agitada. Huele a esfuerzo y a calle desde tres metros: sudor limpio, perfume gastado por la clase, el aire caliente de la tarde.

Rubén cierra el coche y, en su cabeza, todo empieza sin preámbulos. La realidad se apaga como una pantalla y se enciende la otra, la que solo él puede ver.

***

En la fantasía, la alcanza justo en el umbral del portal. La gira con suavidad y la apoya contra la pared fría, y ella no se resiste; al contrario, suelta un suspiro ronco, sorprendida pero deseosa, como si llevara semanas esperando exactamente eso. Él hunde la cara en su cuello y la respira entera, el sudor, el calor, la piel erizada.

—Llevas días provocándome —le murmura al oído—. Cada vez que pasas, sabes lo que haces.

—Y tú llevas días mirándome desde el coche, papi —responde ella con media sonrisa, restregándose contra él—. Me toco pensando en eso. En el vestuario, después de clase.

Las manos de Rubén suben por debajo de la camiseta empapada. Le acaricia el pecho con fuerza contenida, la besa el hombro, le muerde apenas la curva del cuello mientras ella echa la cabeza atrás y se ofrece. Él le baja los leggings de un tirón hasta las rodillas. La piel del muslo está caliente, húmeda, temblando bajo sus dedos.

—Date la vuelta —le ordena, y ella obedece despacio, apoyando las palmas contra la pared, sacando las caderas hacia él.

Rubén se arrodilla detrás y le abre las nalgas con las dos manos. La recorre con la lengua de abajo arriba, sin prisa, saboreando la sal de la piel, y Bianca tiembla, se agarra a la pared, se le escapa un gemido que rebota en el hueco de la escalera.

—No pares —jadea—. Por favor, no pares.

Él juega con ella hasta que las piernas le flaquean. Solo entonces se levanta, se desabrocha el pantalón y se restriega contra ella, arriba y abajo, sin entrar todavía, alargando la espera hasta que Bianca empuja las caderas hacia atrás buscándolo.

—Métemela ya —suplica—. No aguanto más.

La penetra de una sola embestida lenta y profunda. Bianca grita ahogada contra el azulejo y a Rubén se le doblan las rodillas del placer. Empieza a moverse, marcando el ritmo con las manos en sus caderas, adentro hasta el fondo, afuera casi entero, adentro otra vez. El portal entero parece encogerse alrededor de los dos.

—Así, justo así —gime ella—. Más fuerte, no te cortes.

Él la agarra del pelo empapado, no con violencia, con autoridad, y tira lo justo para que ella arquee la espalda. Cada embestida la levanta de puntillas. Las paredes devuelven el eco del choque de los cuerpos, de la respiración rota, de las palabras sucias que se dicen el uno al otro como si nadie más existiera en el mundo.

—Me corro, papi —avisa Bianca con la voz quebrada—. Me corro ya.

Y se corre, apretándose contra él en espasmos, mordiéndose el brazo para no gritar demasiado alto. Rubén no afloja; la sostiene, la sigue moviendo despacio mientras ella baja del orgasmo temblando, con la frente apoyada en la pared.

La gira de nuevo, la levanta en peso y la sienta contra la puerta del ascensor. Ahora de frente, cara a cara, compartiendo el aliento. Le busca la boca y la besa hondo mientras vuelve a entrar en ella, y Bianca le clava las uñas en la espalda, le rodea la cintura con las piernas, le pide al oído cosas que en la vida real nadie le ha pedido nunca.

—Quiero sentirte hace días —le dice—. Rómpeme, no me trates con cuidado.

Él la complace. La folla contra la puerta del ascensor hasta que la cabina, llamada por alguien arriba, vibra contra sus espaldas. Bianca ríe entre jadeos, le tapa la boca con la mano para que se calle, y siguen, callados, conteniendo la risa y el placer, escuchando el motor del ascensor subir y alejarse.

La baja al suelo y ella se arrodilla en el felpudo sin que él lo pida. Lo toma con la boca, despacio primero, mirándolo desde abajo con unos ojos que le hacen perder la cabeza, y luego más hondo, más rápido, agarrándolo de los muslos. Rubén le sostiene la cara con las dos manos, le aparta un mechón mojado de la frente.

—Mírame —le pide, y ella lo mira sin dejar de moverse.

Cuando siente que está a punto, la levanta otra vez. No quiere terminar todavía. La pone de espaldas, le abre las nalgas, escupe y la prepara con calma, con los dedos, hasta que ella ronronea y empuja hacia atrás pidiendo más.

—Hazlo —le dice Bianca por encima del hombro—. Despacio al principio.

Rubén entra despacio, como ella le pide, y se queda quieto un instante dejándola acostumbrarse. Luego empieza a moverse, vigilando su respiración, leyendo cada sonido que ella suelta. Bianca se toca mientras él la posee, las dos cosas a la vez, y el portal entero huele a sexo, a tarde de verano, a deseo que no se acaba.

—Voy a terminar —avisa él, ronco.

—Conmigo —responde ella—. Espérame un segundo más.

Y se corren casi juntos, ella primero y él detrás, clavado hasta el fondo, vaciándose con un gruñido largo mientras Bianca tiembla apoyada en la pared. Se quedan así, pegados, respirando fuerte, dos cuerpos sudados en la penumbra del portal. Ella se gira despacio, lo besa sin prisa y le muerde el labio.

—Mañana, mismo sitio, misma hora —le susurra al oído—. No tomes el camino corto.

Recoge su bolsa del gimnasio, le guiña un ojo y sube las escaleras contoneándose, dejándolo solo y sin aliento en el portal a oscuras.

***

Rubén parpadea. La realidad vuelve de golpe, fría como siempre.

Bianca ya ha entrado en el portal sin mirarlo, hablando por el móvil con alguien, riéndose de algo que él nunca sabrá. Pasa a su lado dejando una estela de perfume y un «hola» de cortesía, el mismo de todos los días, y desaparece escaleras arriba. Él se queda en la acera con las llaves en la mano, sintiéndose ridículo, como un crío al que han pillado.

Sube en el ascensor hasta su planta. Mete la llave en la cerradura, abre la puerta. Y ahí está su vida, exactamente donde la dejó.

Elena, su mujer, sentada en el sofá con el mando en la mano, viendo una de esas series policíacas que se mezclan todas en su cabeza. Ni siquiera levanta la vista cuando él entra. En la cocina, la luz roja del microondas parpadea: la cena de siempre esperando a que él la recaliente, porque ella ya cenó hace horas.

—Llegas tarde otra vez —dice Elena sin mirarlo, con la voz plana, como si comentara el tiempo.

—Sí, había tráfico —murmura él mientras cierra la puerta.

Se queda un segundo de pie en el recibidor, todavía con el corazón acelerado por una mujer que apenas conoce, por una escena que solo existe entre sus dos sienes. Mira a Elena, su perfil iluminado por el televisor, y trata de recordar cuándo fue la última vez que ella lo miró así, con ganas, con hambre. No lo consigue.

Va a la cocina, mete el plato en el microondas, pulsa el botón. El zumbido llena el silencio mientras él se apoya en la encimera, mirando al vacío. Piensa que mañana será igual. La salida del trabajo, la balada vieja en la radio, el camino largo. Aparcar. Bajarse. Verla llegar del gimnasio, empapada, sin saber el papel que cumple cada tarde en su cabeza.

Y la fantasía volverá a arrancar, un poco distinta, un poco más detallada cada vez. Porque allí, en ese portal inventado, Bianca lo desea, lo busca, le pide que no se vaya. Y aquí, en la realidad, solo hay un plato girando tras un cristal y una mujer que ya ni levanta la mirada.

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Comentarios (5)

RaulMendez77

excelente relato!!! me enganche desde el principio

Luna_V

Me encanto como describe ese momento de tension, se siente muy real. Seguí escribiendo!!

VecinosCurioso27

jajaja el titulo lo dice todo. Tremendo

Tomasito_BA

Me recordo a una vecina que tenia antes... muy buenos tiempos jaja. Saludos desde BA

SusanaK

Buenisimo, se hizo corto. Quiero mas!

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