El show en vivo que mi marido no quiso ver
Me llamo Mariana y hace catorce años que cumplí los dieciocho. Me gusta decirlo así, por el gesto de confusión que se dibuja en la cara de la gente mientras hacen la cuenta. No me acompleja mi edad. Después de un embarazo, mi cintura ya no es la de antes, pero la conservo, y mis pechos pasaron de una copa B a una C. Soy, como dicen, una mujer madura en toda regla, y aprendí a llevarlo con orgullo.
Lo que voy a contar cambió mi vida por completo. Hubo un antes y un después, y la línea que los separa es una sola noche.
Me casé con Adrián al terminar la carrera. Nos conocimos jóvenes, en esa época en la que uno cree que el deseo va a durar para siempre. Él era de los que no dejaban un rincón de la casa sin estrenar: la cocina, el baño, el sillón del salón, el patio cuando caía la noche. Yo siempre fui muy sexual, pero nunca con cualquiera, y por eso lo nuestro me parecía un milagro. Por fin tenía una vida plena, sin los vacíos que me dejaba masturbarme a solas, buscando un orgasmo que casi nunca llegaba completo.
Todo se torció con el embarazo. No me malinterpreten: adoro a mi hija. Pero siento que algo se llevó con ella, que no estábamos listos. La última vez que Adrián me hizo el amor con ganas fue al poco de enterarnos. Llegamos cansados, nos desvestimos en la entrada como siempre, y esa noche fue distinta: rudo, posesivo, con una intensidad que yo no le conocía y que, para mi sorpresa, me encantó. Lo recuerdo como quien recuerda la última vez que vio el mar.
Después, nada. El embarazo avanzó y él dejó de tocarme. Decía que tenía miedo de lastimarme, de lastimar a la bebé. Lo acepté a regañadientes. Pasaron las semanas, nació nuestra hija, llegaron los pañales y las noches en vela, y él seguía rechazando cualquier acercamiento.
—¿Más vino? —le pregunté una noche, buscando una excusa para rozarle la mano.
—Estoy bien —respondió sin levantar la vista del teléfono.
Yo no estaba bien en absoluto.
Probé de todo. Lencería, fotos, recibirlo desnuda en la cama. Llegué a pedírselo por favor, con esas palabras exactas, como una mendiga en mi propia casa. Su respuesta siempre era la misma, dicha con una calma que dolía más que cualquier grito:
—No es la gran cosa, Mariana. Es solo sexo.
—El sexo es tan natural y necesario como comer o respirar —le contesté una noche, temblando de rabia—. No me vengas con tonterías.
Esa madrugada dormí en el cuarto de mi hija. Y tomé una decisión: haría algo drástico, una última prueba. Si fallaba, lo dejaría. No pensaba compartir mi vida con alguien incapaz de sentir empatía por la mujer que decía amar.
***
El plan era simple: excitarlo hasta que me rogara. Una amiga me había hablado de un sitio, una especie de restaurante elegante con un secreto. Lo invité a cenar fingiendo que quería hablar, hacer las paces. Manteles blancos, meseros impecables, música suave de un trío de cuerdas. Y, en el centro, un gran escenario circular que se veía desde todas las mesas.
—Cariño, no quiero perder lo nuestro —empecé—. Solo te pido un poco de empatía.
—Haces una tormenta en un vaso de agua. Tenemos una casa bonita y una hija hermosa. No veo el problema.
—El problema es que no me siento amada.
—Mira, no es que ya no te quiera —dijo, y bajó la voz como quien confiesa algo sin importancia—. Simplemente dejó de llamarme la atención. Y para que lo sepas, tampoco lo busco en otro lado. Dejó de importarme, nada más.
Algo se rompió dentro de mí, en silencio, sin ruido. Lo que quedaba de la cena lo pasamos sin hablar. Pedimos la cuenta, pero cuando nos levantamos, un hombre enorme bloqueaba la puerta. A su lado, una mujer con minifalda negra y un chaleco que apenas contenía sus pechos nos sonrió.
—Disculpen. A partir de ahora, y hasta que termine el espectáculo, nadie entra ni sale. Tomen asiento y disfruten.
—¿A qué clase de lugar me trajiste? —masculló Adrián.
—Esperaba que te motivara un poco —respondí sin mirarlo—. Pero ya da igual.
***
Las luces se apagaron. Una voz masculina llenó la sala desde unos altavoces invisibles, anunciando a una compañía itinerante, las Sirenas del Norte, y a su primera invitada: Freya. Los reflectores enfocaron a una rubia alta y esbelta que subió al escenario envuelta en una bata verde. Se la quitó con un movimiento lento. Debajo llevaba un conjunto de encaje con motivos de hojas, ligas, medias traslúcidas, todo a juego con sus ojos azules.
Sonó una música clásica y, de pronto, una docena de chicas en lencería salieron corriendo entre las mesas, jugando, rozando hombros, dejándose mirar. Los hombres no perdían de vista ni un solo movimiento. Luego la música bajó el ritmo y las chicas empezaron a besarse y acariciarse entre ellas, formando parejas a la vista de todos.
En el centro, Freya extendió los brazos y dos muchachas la besaron desde la punta de los dedos hasta el cuello. Le retiraron el sujetador, le acariciaron los pechos, bajaron las manos hacia su entrepierna y empezaron a tocarla sobre la tela. Unas pantallas que hasta entonces estaban apagadas se encendieron, mostrándola en primer plano. Sus gemidos retumbaban en cada rincón.
Miré de reojo a Adrián. No se perdía detalle. Puse una mano en su entrepierna y noté el bulto creciendo bajo el pantalón.
—¿Quieres que vayamos al baño y te ayude con esto? —le susurré.
—Déjame en paz, Mariana. Solo quiero que esto termine para irnos.
Bien. Después de todo, el problema era yo. Su cuerpo prefería a cualquiera de esas mujeres antes que a la suya.
El número de Freya terminó en un estallido: dos muchachas la penetraban con juguetes de cristal transparente mientras una tercera le presionaba un vibrador contra el clítoris. Arqueó la espalda y soltó un chorro que bañó el escenario. La sala rompió en aplausos. Yo me toqué por encima del vestido y me descubrí empapada. Sentí, sin disimulo, envidia.
***
—Y ahora, el evento principal de la noche —anunció la voz—. Conocieron a Freya. Es hora de conocer a la reina de cabello de fuego. ¡Skadi!
Una figura envuelta en una capa negra avanzó entre luces rojizas. Subió al escenario y dejó caer la capucha: piel clara, labios rojos, una melena de fuego, ojos de un azul casi imposible. Cuando habló, lo hizo con un acento suave y extranjero.
—Esta noche buscamos a una mujer con la fuerza y la valentía para unirse a nosotras. Es nuestro último espectáculo en este país, así que daremos la oportunidad a una de ustedes. Pero no se confundan: no basta con ser hermosa. Hay que estar dispuesta a llevar el propio cuerpo al límite.
Nadie se movió. Las mujeres de la sala reían, se animaban entre ellas, pero ninguna levantó la mano.
—Esto es ridículo —murmuró Adrián.
Esa palabra colmó mi paciencia. No solo había tirado a la basura mi vida sexual; ahora se permitía despreciar a otras. Me levanté.
—Mariana, ¿qué haces? ¡Siéntate ahora mismo! —me agarró del brazo con fuerza.
Le solté una bofetada que retumbó en toda la sala.
—No te atrevas a tocarme. Dejaste muy claro que no quieres, así que nunca más lo harás.
Caminé hacia el escenario ante la mirada atónita de todos.
***
—Vaya, sí que tienes fuego dentro —dijo Skadi al recibirme. Se acercó y me besó. Me quedé helada; nunca había besado a una mujer. Pero algo en su voz me desarmó—. Déjate llevar, pequeña llama.
Le devolví el beso. El público estalló en vítores. Busqué a Adrián con la mirada: estaba rojo, furioso, irreconocible. Nunca lo había visto así, y eso solo me dio más ganas de seguir.
—Déjanos verte —me pidió, y me hizo girar.
Llevaba un vestido negro largo, con una abertura en la pierna izquierda, un tanga de encaje y nada de sujetador, porque hasta el último momento había guardado la esperanza de seducir a mi marido. Skadi se despojó de la capa: un arnés de cuero le dejaba los pechos libres, firmes, con los pezones apuntándome de frente.
—Runa, Bjorn, vengan —llamó—. Probemos la determinación de nuestra amiga.
Aparecieron dos jóvenes de unos veinte años, mellizos, rubios y de piel pálida. Ella, delgada, con plumas negras tejidas en el pelo. Él, atlético, con un taparrabos.
—Te pondré tres pruebas —dijo Skadi—. Runa es una experta en el cuerpo de las mujeres. Si resistes quince minutos sin correrte, pasas la primera.
Bjorn me colocó un collar al cuello.
—Mide tu pulso. No habrá trampas.
En una esquina de las pantallas apareció un cronómetro y un número: ochenta y siete pulsaciones, subiendo.
—¿Segura que quieres exhibirte así, frente a tantos extraños? —me preguntó.
—No creo que a nadie le importe —dije, mirando de frente a Adrián.
El cronómetro arrancó. Runa, con una habilidad que desmentía su aire inocente, deslizó la mano por la abertura del vestido y empezó a acariciarme sobre la ropa. Me besaba los pechos por el escote. De un solo movimiento me quitó el vestido y quedé casi desnuda ante una multitud. Mi pulso saltó. Crucé los brazos sobre el pecho por instinto, pero Skadi se puso detrás de mí y me obligó a bajarlos. Las pantallas mostraban mis pezones erectos, algo más largos de lo normal desde que amamanté.
Runa aprovechó para metérselos en la boca mientras su otra mano se abría paso bajo el tanga. Sus dedos masajeaban mis labios, su dedo medio rozaba mi clítoris, y mi pulso trepó a ciento dos. Buscaba a Adrián con la mirada, quería que entendiera que todo esto era por él, por su indiferencia.
Me quitaron la última prenda. Runa se arrodilló detrás de mí y me abrió por completo para mostrarme a la sala. Yo estaba mareada, apenas registraba los silbidos. Solo imaginaba mi sexo proyectado en aquellas pantallas, goteando. Me penetró con dos dedos mientras con la otra mano rozaba mi clítoris.
—Quedan cinco minutos y ya está en ciento veinte pulsaciones —anunció la voz, intentando animar al público. Pero esas palabras me animaban a mí.
Intenté pensar en cualquier cosa, en cuentas, en plazos, en lo que fuera. No sirvió de nada. Empecé a gemir sin control. Runa atrapó mi clítoris entre dos dedos y lo trabajó como si fuera un pequeño falo, corriendo y descorriendo el capuchón, sin darle tregua, hundiendo a la vez tres dedos en mí.
—Por favor… ya no puedo… —jadeé.
—Aguanta, casi lo logras. Te queda un minuto.
Me corrí. No pude evitarlo. El collar marcó la cima y luego cayó. Pero en las pantallas el cronómetro decía quince minutos y siete segundos. Lo había logrado, por los pelos. Me invadió una sensación de victoria que no sentía hacía años. Hasta que recordé dónde estaba y lo que acababa de pasar frente a una sala entera. Busqué a Adrián y le lancé una mirada de triunfo. Él arrugó la servilleta, se levantó y se fue al baño.
***
—Pasaste la primera prueba —dijo Skadi—. ¿Quieres continuar?
Asentí, todavía sin aliento. La segunda prueba la dirigía Bjorn, ese muchacho de ojos azules que me miraba sin deseo, como a una hermana, como si todo fuera un juego.
—Durante tu pequeño espectáculo noté que eres de las que se convierten en fuente —me dijo Skadi—. Para eso tenemos una herramienta especial. Pero tendrás que confiar en nosotros. ¿Sigues segura?
Tenía miedo, pero después de esta noche el divorcio era un hecho, y mi cara estaría por toda la red en cuestión de horas. Ya no tenía nada que perder.
—Adelante.
Me vendaron los ojos. Aparecieron varias de las chicas con cuerdas y correas. Me ataron las manos a la espalda, hicieron un nudo intrincado alrededor de mis pechos, me ciñeron correas a los muslos. Las cuerdas se tensaron y empecé a elevarme hasta quedar suspendida en el aire, sentada sobre la nada, con las piernas abiertas.
—Esta noche eres la estrella —me susurró Skadi—. ¿Tienes nombre artístico?
Colgada, atada y a ciegas, busqué algo que me representara.
—Iaso —dije al fin. La diosa griega de la curación. Yo era enfermera; me pareció justo.
—Iaso. Suena perfecto.
Me besó la frente. Entre los vítores, alcancé a oír un ruido metálico, como una herramienta de taller. Decenas de manos empezaron a recorrerme: el cuello, los pies, las nalgas, los pezones, los muslos. Dos sostenían mis labios abiertos, otra exponía mi clítoris. Yo era un mar de fluidos y ni siquiera podía ver.
Entonces sentí una presión fría y rígida en la entrada. Algo grueso empezó a penetrarme, más grueso que nada que hubiera sentido. Mis paredes se estiraron, dolió un instante, pero estaba tan mojada que cedí enseguida.
—Bjorn, cielo —ordenó Skadi—. Que empiece.
Aquello empezó a entrar y salir, despacio al principio. Luego oí de nuevo el ruido, y el ritmo se disparó a una velocidad imposible. Embestía más rápido de lo que podía contar, y yo me sentía menos una mujer y más un objeto creado para recibir placer. Comprendí entonces que no era nadie: era una máquina. Una máquina me follaba, y el estruendo crecía con cada segundo.
—¡Más potencia! —gritó Skadi.
El vértigo me recorrió entera, la vulva, el vientre, todo vibraba al compás del aparato.
—Me van a partir en dos… por favor… —grité, y me corrí como nunca en mi vida.
En el instante exacto del orgasmo, retiraron la máquina de golpe y solté un chorro que cruzó el escenario. La sala rugió. Me quitaron la venda. El aparato era un consolador negro, largo y grueso, atado a una sierra de mano. Bjorn lo manejaba con una sonrisa de niño. Yo estaba hecha un desastre, el pelo enmarañado, cubierta de mis propios fluidos. Y entonces lo vi: Adrián, en primera fila, alcanzado por mi chorro.
—¿Estás feliz ahora? ¿Era esto lo que querías? —escupió.
—No era tan feliz hacía mucho tiempo —respondí, agitada—. Una lástima que no quisieras ser parte.
Se quitó el anillo, lo dejó sobre el escenario y se marchó a donde yo no pudiera verlo.
***
—Gracias a todos —anunció Skadi—. Daremos la despedida.
Las chicas regresaron entre las mesas, desnudas, acariciándose. Algunas parejas del público ya no se contenían: en los rincones había cuerpos enredados, manos discretas, miradas clavadas en las pantallas que seguían mostrándome.
Bjorn volvió a encenderme aquel aparato y di un salto en las cuerdas. Estaba tan sensible que cada vibración era un latigazo. Por fin dejé de pensar en quién miraba. Solo quería el placer que durante tanto tiempo se me había negado. Otro chorro, y otro, hasta que perdí la cuenta de los orgasmos.
—Ya no puedo más… —jadeé.
Pero seguían llegando. Cuando Bjorn dejó la máquina a un lado, se quitó el taparrabos. Su sexo era más pequeño de lo que esperaba, y después del monstruo de metal apenas lo sentí. Vi un destello de decepción en su cara y, no sé por qué, me dio ternura.
—Oye —le dije—. ¿No prefieres hacerlo por detrás? Nunca lo probé, pero dicen que se siente bien. Y quiero agradecerte.
No sé si me entendió, pero apoyó su sexo contra mi ano y presionó. Estaba tan empapada de mis propios jugos que entró sin demasiado esfuerzo. Dolía, pero lo dejé hacer. Me sujetó de la cadera y me penetró del todo.
—Carajo, duele más de lo que pensaba —solté.
Vi que él, por fin, estaba satisfecho. Skadi y Freya se acercaron, una a cada lado.
—No tenías que hacerlo, Iaso. Te lo agradecemos. Ya eres una de nosotras.
—¿Pero… no me faltaba una prueba? —pregunté entre jadeos.
—No hay tal —rió Skadi—. La última prueba era saber si estarías dispuesta a más. Y ya lo demostraste.
—¿Y eso… la fuente… qué era?
—Es nuestro número final. Una de nosotras se convierte en una fuente de la que brota el placer. Los americanos lo llaman squirt, y al público le fascina. Por eso lo dejamos para el final.
—Yo nunca había llegado a hacer eso —confesé.
—Es porque a tu amante le faltaba vigor.
Me reí, agotada y temblando, con una carcajada que sonaba a libertad.
***
Seguimos hasta que las luces se encendieron. Hicimos una reverencia y se abrieron las puertas. Busqué a Adrián, pero ya no estaba. Decidí pasar página y unirme a las chicas.
Fueron amables conmigo. No entendía la mitad de lo que decían, pero me acogieron como una familia, a mí y a mi hija, que ahora está feliz de tener tantas hermanas mayores. Estamos preparando la próxima gira, donde haré mi debut como parte de la compañía. Nunca pensé que aquella noche, montada para suplicarle a un hombre que ya no me quería, terminaría siendo la noche en que dejé de rogar para empezar, por fin, a sentir.