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Relatos Ardientes

El trío que empezó viendo a dos amigas besarse

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Siempre he tenido una mente fácil de encender, de esas que convierten cualquier mirada en una fantasía completa antes de que termine la primera cerveza. Aquella noche no hizo falta imaginar demasiado, porque lo que vi al salir del baño ya era suficiente para ponerme la polla dura dentro del pantalón. Ellas estaban en el sofá, besándose sin prisa, como si yo no existiera o, peor todavía, como si supieran perfectamente que las estaba mirando.

Las voy a llamar Mara y Julia, porque sus nombres reales da igual que desaparezcan. Lo importante es que eran una pareja de mujeres adultas, seguras de sí mismas, de esas que llenan una sala sin levantar la voz. Yo ya había pasado de los cuarenta hacía tiempo, y con Mara siempre había tenido un juego de miradas y bromas con doble sentido que nunca había llegado a nada concreto.

Nos conocimos años atrás por un bar que frecuentaba, un sitio pequeño, oscuro, con música alta y camareros que terminaban sabiéndose la vida de media clientela. Cuando el local cerró, cada quien siguió su camino, pero de vez en cuando coincidíamos. Esa noche nos encontramos de casualidad en otro bar, pedimos unas cervezas, nos reímos recordando historias viejas, y cuando ya era tarde ellas me dijeron que si quería subir a su piso a tomar la última.

No había nada raro en la invitación. O al menos eso me repetí mientras subía las escaleras con ellas. La tensión no empezó hasta que volví del baño y las vi en el sofá.

Mara estaba sentada con una pierna doblada bajo el cuerpo, sujetando la cara de Julia con una mano mientras le metía la lengua en la boca. Julia le acariciaba el muslo por encima del pantalón, apretando despacio, abriéndose paso hacia la entrepierna. El beso no era decorativo ni juguetón. Era un beso de calentura real, de esos en los que ya no se está tonteando, sino decidiendo hasta dónde se va a llegar.

—Perdón —dije, medio girándome—. Si quieren intimidad, me voy.

Ninguna respondió enseguida. Mara rompió el beso, me miró con los labios brillantes y una sonrisa ladeada. Julia siguió con la mano entre sus piernas, frotándola sin esconderse.

—No te vayas —dijo Mara, sin apartar los ojos de mí.

Sentí el calor subir directo a la cara. Me quedé quieto, sin saber si avanzar o fingir normalidad. Julia fue la que resolvió la duda. Se inclinó hacia Mara, le mordió el labio inferior y luego la mano se le hundió entre los muslos con más decisión. Mara soltó un gemido corto, húmedo, y abrió un poco las piernas.

—Ven —me dijo—. Quiero que veas esto de cerca.

Me acerqué despacio. La polla ya me marcaba el pantalón y no había forma de disimularlo. Mara se dio cuenta en cuanto me tuvo enfrente. Bajó la vista, sonrió y se echó hacia atrás en el sofá.

—Te voy a preguntar una sola vez —dijo, abriéndose un poco más de piernas mientras Julia seguía tocándola—. ¿Me quieres comer el coño?

No contesté con palabras. Me arrodillé delante de ella tan rápido que las dos se rieron. Julia apartó la mano solo un segundo para que yo viera la humedad oscura en la tela del pantalón de Mara antes de bajárselo junto con la ropa interior. Lo hizo sin delicadeza, tirando de ambas prendas hasta los tobillos. Mara levantó las caderas para ayudar y quedó desnuda de cintura para abajo, abierta para mí, con el coño hinchado y mojado, brillante bajo la luz cálida del salón.

Me acerqué despacio al principio, más por saborear el momento que por timidez. Besé la parte interior de su muslo, luego el otro. Mara me agarró del pelo con una mano, no para apartarme, sino para marcarme el camino. Cuando pasé la lengua por su raja de abajo arriba, soltó un gemido ronco y abrió más las piernas.

—Joder... así —murmuró.

Le metí la cara entera entre los muslos y empecé a lamerla con hambre. Su coño sabía intenso, caliente, mojado de verdad. No un poco húmedo, no insinuado: chorreante. Le separé los labios con los dedos y fui alternando lamidas largas con succiones directas en el clítoris. Cada vez que lo atrapaba con la boca, ella se tensaba y me apretaba la cabeza contra sí.

Julia se había quedado de pie detrás de mí. Al principio solo noté sus manos bajo mi camiseta, subiéndome por la espalda, las uñas rascando suave, recorriéndome los costados. Luego me desabrochó el pantalón y tiró de él junto con el bóxer hasta dejarme el culo al aire. El aire de la sala me pegó en la piel, seguido enseguida por sus palmas, abiertas, manoseándome las nalgas con descaro.

Yo seguí comiéndome a Mara sin levantar la cabeza. Le metí dos dedos en el coño mientras le chupaba el clítoris y ella respondió arqueándose sobre el sofá, jadeando cada vez más fuerte. El ruido de su respiración se mezclaba con el de Julia sobándome el culo y con el mío, cada vez más descontrolado.

—Míralo —dijo Julia, y su voz sonó muy cerca de mi oído—. Siempre supe que detrás de esa cara seria había un cabrón muy obediente.

No me dio tiempo a contestar. Sentí su lengua en la raya del culo, un lametazo lento, húmedo, que me hizo estremecer entero. Se me escapó un gruñido contra el coño de Mara. Ella se rió, pero la risa se le rompió en un gemido cuando le metí la lengua a fondo y al mismo tiempo le bombeé con los dedos.

Julia siguió lamiéndome entre las nalgas, despacio al principio, recreándose alrededor del ano, luego bajando hasta los huevos para chuparlos uno por uno. Mi polla colgaba dura, balanceándose debajo de mí. La sentí rodearla con la mano, solo un par de veces, lo suficiente para tensarme más. Después volvió a mi culo.

Un dedo lubricado por su saliva empezó a dar vueltas en mi ano, presionando, entrando apenas la punta y saliendo otra vez. Yo me agarré al sofá. Mara me sujetó del pelo con más fuerza.

—No pares —ordenó, con la voz ya rota de excitación.

Le obedecí. Le abrí más el coño con los dedos y metí la lengua hasta donde pude, subiendo luego al clítoris para chuparlo con insistencia. Mara ya no gemía; respiraba a tirones, como si cada bocanada le costara. Sus muslos me encerraron la cabeza y noté cómo empujaba las caderas hacia mi boca, desesperada por correrse.

Detrás, Julia me metió el primer dedo entero. Despacio, pero sin pedir permiso. Mi cuerpo cedió con un escalofrío que me cruzó desde el culo hasta la punta de la polla. Empezó a moverlo en círculos, a sacarlo casi por completo y volver a hundirlo, y enseguida añadió un segundo. Me hizo abrir la boca con un jadeo que Mara aprovechó para frotarse todavía más contra mi lengua.

—Eso es —susurró Julia—. Qué bien tragas.

Mara se corrió primero. Lo sentí antes de oírla. El coño se le contrajo alrededor de mis dedos y me empapó la boca todavía más. Entonces gritó, sin ningún pudor, y me aplastó la cara entre las piernas mientras temblaba entera. Yo seguí lamiéndola durante su orgasmo, bebiéndome todo lo que soltaba, manteniendo el ritmo hasta que dejó de empujarme la cabeza y su agarre se aflojó.

Cuando por fin levanté la cara, tenía la barbilla mojada y respiraba como si hubiera corrido. Mara estaba despatarrada sobre el sofá, el pecho subiendo y bajando rápido bajo la camiseta. Julia me sonreía detrás, agachada, con dos dedos brillantes antes de llevárselos a la boca.

—Ahora te toca a ti —dijo.

Se puso delante de mí y me besó sin aviso. Fue un beso sucio, con sabor a mi propio culo y al coño de Mara mezclados. Me lo metió todo en la boca, con lengua, con dientes, con una mano agarrándome la mandíbula. Mientras me besaba, me pajeaba sin ritmo fijo, apretando fuerte, disfrutando de tenerme así, arrodillado y medio aturdido.

Mara se incorporó, todavía roja por el orgasmo, y se bajó la camiseta por la cabeza. Luego se desabrochó el sujetador y dejó caer las tetas libres, pesadas, tensas por la excitación. Me cogió la mano y la puso sobre una de ellas.

—No te quedes quieto ahora —me dijo.

Las apreté mientras Julia seguía besándome y tocándome. Mara se puso a mi lado, me levantó la barbilla y me metió un pezón en la boca. Fui alternando entre chuparle las tetas y besarla a ella mientras Julia me masturbaba de rodillas frente a mí, mirándome como si quisiera ver exactamente cuándo iba a perder el control.

—Desnúdate del todo —dijo Julia.

Me quité la camiseta y terminé de sacarme el pantalón. Quedé completamente desnudo frente a ellas, con la polla dura, el culo todavía sensible y la respiración desordenada. Julia también se desnudó entonces. Tenía un cuerpo firme, adulto, seguro, y una forma de moverse que dejaba claro que le gustaba mandar. Mara seguía medio tumbada en el sofá, tocándose el coño con dos dedos mientras nos miraba.

Julia abrió un cajón de una mesa baja y sacó un arnés con una verga de silicona negra, gruesa, ya preparada. Me miró a la cara mientras se lo ajustaba a las caderas con total naturalidad.

—Llevaba tiempo queriendo probarte así —dijo.

Yo tragué saliva. Mara sonrió al ver mi expresión.

—Si estás aquí, es porque también lo has imaginado —dijo—. No te hagas el inocente.

Tenía razón. Me excitaba solo verlo. Me excitaba más saber que ellas lo sabían. Julia me llevó de nuevo hacia el sofá y me hizo inclinarme sobre el borde, con el pecho apoyado y las piernas abiertas. Mara se colocó debajo de mi cara, tumbada, y abrió los muslos otra vez.

—Sigue comiéndome mientras ella te abre el culo —me dijo—. Quiero sentir cómo te pierdes del todo.

No había manera de negarse a eso. Volví a meter la cabeza entre sus piernas mientras Julia me untaba lubricante en el ano y en el arnés. Su mano me masajeó primero con dos dedos otra vez, aflojándome, haciéndome respirar al ritmo que ella quería. Cuando la punta ancha del juguete presionó mi entrada, se me tensó todo el cuerpo.

—Relájate —dijo Julia, y me dio una palmada en el culo—. O te lo voy a meter igual, pero te va a costar más.

Solté el aire contra el coño de Mara y traté de aflojar. Julia empujó despacio. La punta entró, me abrió, me arrancó un gemido grave que vibró entre los muslos de Mara. Ella respondió agarrándome la cabeza y restregándose contra mi boca, cada vez más encendida al sentir lo que me estaban haciendo.

Julia no se precipitó. Fue metiendo la verga poco a poco, retirándose apenas y entrando de nuevo, cada vez más hondo. Yo sentía el culo ardiendo, el cuerpo dividido entre la tensión de atrás y el sabor de Mara adelante. Cuando por fin me la clavó hasta el fondo, tuve que agarrarme con fuerza al sofá para no venirme en ese instante.

—Joder —murmuré.

—Eso, joder —repitió Julia, y empezó a embestirme de verdad.

Su ritmo fue creciendo. Primero lento, luego firme, luego duro. Cada empujón me hacía avanzar un poco sobre el sofá, y en cada avance mi boca se hundía más en el coño de Mara. Ella ya estaba desatada, gimiendo sin parar, metiéndose dedos en la boca para no gritar demasiado y quitándoselos al momento porque no le importaba nada contenerse.

Yo alternaba lengua y dedos, buscando su clítoris, chupándolo, metiéndole dos dedos y luego tres cuando noté que estaba lo bastante abierta y blanda por el placer. Julia me follaba el culo desde atrás con golpes secos, sujetándome por la cintura, y entre embestida y embestida me agarraba la polla para pajearme rápido.

—Mira cómo te tiene —dijo Julia, hablando con Mara—. Está chorreando por la punta.

Mara levantó la cabeza para mirar. Sonrió con una expresión sucia, satisfecha.

—Pues no quiero que se corra todavía —respondió—. Quiero usarla yo.

Julia me sacó el arnés de golpe, despacio solo al final, y tuve que apretar los dientes por la mezcla de alivio y vacío. Me dio otra palmada en el culo, esta vez más fuerte.

—Siéntate —ordenó.

Me dejé caer en el sofá. Mara se puso encima de mí sin esperar un segundo. Seguía mojada, mucho, y cuando me agarró la polla para guiarla a su entrada me di cuenta de que estaba temblando otra vez, todavía sensible del primer orgasmo. Bajó despacio al principio, mordiéndose el labio mientras se ensartaba sola, centímetro a centímetro, hasta tenerme dentro por completo.

—Así te quería —dijo, jadeando.

Empezó a cabalgarme con ganas. No con ese movimiento tímido de quien está posando, sino follando de verdad: subiendo y bajando sobre mi polla, echándose hacia adelante para que yo pudiera chuparle una teta y luego inclinándose hacia atrás para metérmela hasta el fondo. Yo le agarraba las caderas, le apretaba el culo, le daba pequeñas embestidas desde abajo cuando el cuerpo me pedía más.

Julia se sentó a mi lado y me besó mientras Mara me follaba. Luego bajó la cabeza y empezó a chuparle un pezón a ella, dejándonos a las dos manos libres para tocarla. Mara se volvió loca con eso. Tenía una mano en mi hombro, la otra entre sus propias piernas, frotándose el clítoris mientras rebotaba sobre mí cada vez más rápido.

—No pares, no pares, no pares —repetía.

Yo no podía parar aunque hubiera querido. La tenía apretándome la polla con cada bajada, resbalando húmeda, caliente, y su coño me apretaba de un modo que parecía pedir corrida a gritos. Julia me agarró la cara y me hizo mirarla.

—Cuando ella se corra, tú te vienes en su coño —me dijo—. ¿Entendido?

Asentí. Mara soltó una carcajada ahogada al oírlo y siguió follándome con más furia. Julia se arrodilló junto al sofá y metió dos dedos entre las piernas de Mara para frotarle el clítoris justo donde ella no alcanzaba bien por el ángulo. El efecto fue inmediato. Mara echó la cabeza hacia atrás, abrió la boca y empezó a correrse otra vez con espasmos visibles en el vientre.

—Sí, sí, sí... joder... así...

Su coño se cerró sobre mi polla en pulsos intensos, casi dolorosos de lo buenos que eran. Eso me remató. Le clavé los dedos en las caderas y me corrí dentro de ella con un gemido que me salió desde el pecho, largo, sin freno. Mara siguió moviéndose durante mi orgasmo, apurándolo, exprimiéndome hasta que no quedó nada.

Se dejó caer sobre mí, sudada y temblorosa. Julia nos miró unos segundos, con esa media sonrisa de dueña satisfecha. Luego agarró a Mara del mentón y la besó, lenta, profundamente. Yo seguía dentro de ella mientras se besaban encima de mi cuerpo.

—Todavía no terminamos —dijo Julia, separándose apenas.

Se levantó y tiró suavemente de Mara para apartarla. Mi polla estaba sensible, pero no del todo muerta. Julia lo notó enseguida. Se arrodilló entre mis piernas, me la chupó despacio, con la punta de la lengua primero y luego toda la boca, hasta que volví a endurecerme entre jadeos. Mara, a mi lado, se masturbaba mirándonos, con dos dedos hundiéndose en su coño y saliendo cubiertos de mi corrida mezclada con lo suyo.

—Mira cómo quedó —dijo, enseñándole la mano a Julia antes de chuparse los dedos.

La imagen casi me hace explotar otra vez. Julia siguió mamándomela hasta dejarme al borde, y entonces se levantó, me hizo ponerme de pie y me empujó contra la pared del salón. Mara vino detrás, se colocó frente a mí y me ofreció la boca. La besé mientras Julia me acariciaba el culo desde atrás, metiéndome un dedo todavía sensible, solo para verme temblar.

Después me hizo girar y me sentó otra vez. Ella se montó sobre mi polla de espaldas, guiándola hasta su coño con una mano. Entró despacio, cerrando los ojos, dejando escapar un suspiro largo cuando la tuvo entera dentro. Mara se puso de rodillas frente a ella y empezaron a besarse otra vez, a tocarse las tetas, a restregarse mientras Julia me follaba con el culo apoyado en mis muslos.

Yo le sujetaba la cintura y la embestía desde abajo cuando ella se levantaba lo suficiente. Verlas besarse sobre mí, desnudas, jadeando, una follándome y la otra metiéndole dedos en el coño mientras me miraba a los ojos, era demasiado. Mi excitación ya no tenía nada de controlable.

Julia se corría en silencio, apretando la mandíbula, pero su cuerpo la delataba: empezó a moverse más corto, más tenso, y de pronto se quedó clavada sobre mi polla, contrayéndose. Mara le metió la lengua en la boca mientras ella temblaba, y yo seguí empujando desde abajo hasta sentir que la humedad se desbordaba entre los dos.

No tardé mucho en correrme otra vez. Esta vez fue más breve, más agotada, con Julia todavía apretándome desde dentro y Mara mordiéndome el cuello mientras lo hacía. Cuando terminé, Julia se dejó caer a un lado del sofá y los tres nos quedamos unos segundos respirando como animales cansados.

***

La habitación olía a sexo sin ninguna posibilidad de disimulo. Sudor, saliva, coño, látex y corrida. Mara tenía el pelo pegado a la cara y una sonrisa satisfecha. Julia seguía desnuda, con una pierna doblada en el sofá, mirándome como si evaluara si había aguantado a la altura de lo que esperaba.

—Definitivamente —dijo al fin— lo vamos a pasar muy bien contigo.

No supe si aquello era una promesa o una sentencia, pero me dio exactamente igual. Tenía el culo todavía palpitando, la polla medio blanda y la cabeza llena de una sola idea: si esa noche había empezado viendo a dos amigas besarse, ya no quería volver a quedarme solo mirando.

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Comentarios(8)

FanRelatos_99

tremendo relato!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

MarcoNoche

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como termino la noche jaja. Saludos!

Marisol_67

Me encanto como esta contado, se siente muy natural y sin exagerar. Me recordo a algo que me paso hace años jaja, buenos tiempos. Esperando mas!

nico_cba

excelente!!! sera que hay continuacion? porque quede con ganas de mas

NochesBsAs

Buenisimo, muy bien ambientado el comienzo. Lo lei de un tiron sin darme cuenta.

SrtaFantasia

Que bien escrito, de verdad. No es facil encontrar relatos que se lean tan fluidos y que no caigan en lo burdo. Espero el siguiente con ansias. Saludos desde Córdoba!

AlexCba_lector

Me gusto que no fuera todo tan obvio desde el principio, le da mas suspenso. Buen laburo, gracias por compartir

More_Arg

se hizo cortisimo!!! queremos mas y pronto jaja

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