La fantasía de Navidad que empezó en un bar
La vi apenas entré al bar.
Estabas al final de la barra, en la esquina más oscura, con una copa corta entre los dedos y esa postura de mujer que no quería que la molestaran, pero tampoco que la dejaran sola. La luz cálida te recortaba el perfil sin enseñarlo del todo, y eso fue exactamente lo que me atrapó. No te veía con claridad, pero sí lo suficiente para saber que eras una adulta segura de sí misma, de esas que no sonríen por cortesía, solo cuando de verdad tienen ganas.
Le hice una seña al camarero y le pedí que te invitara otra copa de mi parte. Tú levantaste el vaso en mi dirección sin sonreír, como aceptando un juego que ya conocías. Ese gesto me dio permiso para acercarme.
—Espero no haber interrumpido nada —te dije, apoyándome junto a ti.
—No estabas interrumpiendo nada interesante —respondiste, mirándome de arriba abajo—. Ahora ya veremos.
Tu voz me encendió al instante. Grave, tranquila, sin prisa. Empezamos a hablar como si nos conociéramos desde antes, saltando de un tema a otro con esa facilidad extraña que a veces solo aparece entre dos desconocidos que se desean desde el primer minuto.
Me contaste que habías salido para despejarte después de una pelea con tu esposo. No entraste en detalles, y yo no te los pedí. Lo único que me importaba era la forma en que te humedecías los labios cada vez que me mirabas, cómo jugabas con un mechón de pelo y cómo tus muslos se cruzaban y descruzaban bajo la falda.
Después de casi una hora, ya no había duda. Tus ojos brillaban distinto. Estabas excitada y ni siquiera tratabas de ocultarlo.
Me acerqué un poco más. Apoyé una mano en tu cadera y bajé la voz hasta hablarte casi dentro del oído.
—¿Estás cómoda conmigo?
Giraste la cara apenas lo justo para rozarme con tus labios.
—Si no lo estuviera, ya me habría ido.
Te besé ahí mismo. Primero suave, probándote. Tus labios se abrieron enseguida y tu lengua salió a buscar la mía con hambre contenida. El segundo beso ya no tuvo nada de prudente. Me agarraste de la nuca, yo te apreté el culo por encima de la falda y nos pegamos el uno al otro mientras alrededor seguía sonando música y la gente fingía no mirar.
Mi mano bajó a tu rodilla y se quedó un momento ahí, dándote la opción de apartarte. No lo hiciste. Al contrario: separaste un poco las piernas y seguiste besándome. Deslicé los dedos por el interior de tu muslo, lento, sintiendo cómo se tensaba tu carne bajo la tela.
—Así que sí quieres problemas —murmuré.
—Depende del tipo de problema —contestaste, con la respiración más corta.
Cuando llegué a tu entrepierna y te rocé por encima de la ropa interior, soltaste un gemido pequeño que se perdió en mi boca. Estabas húmeda. No un poco: húmeda de verdad, caliente, lista. Te acaricié apenas, lo suficiente para que supieras que lo había notado, y luego retiré la mano. Quise dejarte con ganas. Funcionó.
Tus pupilas se abrieron más. Me miraste con una mezcla de reto y necesidad que me puso duro al instante.
—Ven a mi casa a tomar la última —te dije.
—¿Y te vas a portar bien?
Me reí.
—No pienso mentirte.
Me besaste despacio, sellando tu respuesta. Salimos del bar abrazados, caminando pegados por la calle fría, con las luces de Navidad colgando sobre nosotros como una burla decente para lo que ya se nos estaba formando en el cuerpo.
En cuanto entramos al portal, te giré y te apreté contra la pared.
El beso de esa vez fue distinto: abierto, sucio, desesperado. Te levanté un poco la falda con una mano mientras la otra se hundía entre tus piernas. Tus caderas fueron hacia mí de inmediato. Aparté la tela de tu ropa interior y metí un dedo dentro de tu coño caliente, resbalando fácil por lo mojada que estabas.
Gemiste contra mi boca y me mordiste el labio.
—Joder... sí —susurraste.
Moví el dedo despacio, entrando y saliendo mientras mi pulgar te buscaba el clítoris. Tus piernas temblaron. Te pegaste más a la pared, abriendo más los muslos para darme espacio. Metí un segundo dedo y tu respiración se rompió del todo.
—Estás empapada —te dije al oído.
—Pues no me dejes a medias.
El ruido de una puerta al cerrarse nos hizo separarnos apenas un segundo. Entramos al ascensor riéndonos, todavía agitados, y en cuanto se cerró la puerta volviste a lanzarte sobre mí. Me desabrochaste el pantalón con una urgencia torpe y deliciosa, metiendo la mano dentro del bóxer para agarrarme la polla. La apretaste con fuerza y soltaste un suspiro ronco.
—La tienes durísima.
—Y tú me estás volviendo loco.
Subimos devorándonos. Tu mano me masturbaba en trayectos cortos, lentos, apretados. Yo te tenía agarrada del cuello y del culo, besándote sin orden, oliéndote el perfume mezclado con alcohol y excitación.
Cuando entramos al departamento, ni siquiera encendí todas las luces. Te llevé contra la pared de la entrada y caí de rodillas delante de ti.
Te miré un segundo antes de bajarte la ropa interior por las piernas. Tu coño estaba brillante, abierto, hinchado de ganas. Pasé la lengua despacio desde abajo hasta arriba y tu espalda se arqueó al instante.
—No me hagas esperar —dijiste, jadeando.
No te hice esperar, pero sí te hice sufrir un poco. Te abrí con los dedos y te lamí con calma, metiendo la lengua entre tus labios, subiendo una y otra vez hasta el clítoris y rodeándolo antes de chuparlo. Tus manos se hundieron en mi pelo. Me apretabas la cabeza contra tu entrepierna cada vez que encontraba el ritmo que te hacía gemir más fuerte.
Metí dos dedos y los curvé dentro de ti mientras seguía comiéndote. Tu coño se cerró alrededor de ellos con espasmos cortos. Me mojaste la mano entera. Temblabas.
—Así... así, joder, así —repetías.
Te hice correrte ahí, de pie, con la espalda contra la pared, mordiendo tu propio puño para no gritar demasiado. Sentí el tirón de tus muslos a los lados de mi cara y el latido desesperado de tu clítoris en mi lengua. Cuando terminaste, te quedaste unos segundos respirando con la cabeza echada hacia atrás.
Me puse de pie y te besé. Probaste tu propio sabor en mi boca y soltaste un gemido satisfecho.
***
En el salón te serví una copa, pero apenas la tocaste. Ya no estábamos ahí para hablar, aunque seguimos haciéndolo unos minutos porque el juego también tenía su placer. Sentados en el sofá, me dijiste que esa noche no querías sentirte ignorada ni triste, que querías recordar que seguías siendo una mujer deseada, una mujer capaz de volver loco a un hombre.
—Entonces pídeme lo que quieres —te dije.
Me agarraste de la mano y la llevaste a tu muslo.
—Hazme gozar. Haz conmigo lo que te dé la gana... pero hazlo de verdad.
Te desabroché la blusa botón por botón, sin apartar la vista de tu cara. A cada botón abierto respirabas un poco más hondo. Bajé la tela de tus hombros y dejé tus pechos encerrados en un sostén oscuro, firme, bonito. Besé tu cuello, luego el centro del pecho, luego cada pezón a través de la tela hasta sentirlos duros contra mi boca.
—Te gusta que te miren así, ¿verdad? —pregunté.
—Me gusta cómo me miras tú.
Te quité el sostén y me quedé un momento observándote. Luego te tomé un pecho con una mano y el otro con la boca. Succioné, mordí suave, lamí alrededor del pezón mientras mi otra mano te abría las piernas. Te retorcías debajo de mí. Cada vez que apretaba un poco más con los dientes, tu mano bajaba directo a mi polla para sobarla por encima de la ropa.
Te saqué la falda y volví a arrodillarme. Esta vez no tenía ninguna barrera entre la lengua y tu cuerpo. Te abrí las piernas sobre el borde del sofá y empecé a lamerte despacio, como si tuviera toda la noche. Desde el primer pase de lengua ya estabas soltando más líquido. Tu coño me recibía abierto, sensible, latiendo.
Alterné la lengua con los dedos. Entraba en ti, salía, me detenía en el clítoris, bajaba otra vez, te abría, te chupaba. Quería empaparme de ti, hacerte perder el control de a poco. Tus gemidos llenaban la sala, cada vez menos contenidos. Ya no había timidez entre nosotros.
—Desnúdate —me pediste—. Quiero verte entero.
Me quité la ropa sin dejar de mirarte. Tus ojos fueron directo a mi polla y te mordiste el labio con hambre descarada.
—Ven aquí —dijiste.
Me tumbé junto a ti en el sofá y volviste a agarrármela. La recorriste desde la base hasta la punta, apretando más de lo necesario, disfrutando de sentirme duro. Mientras tu mano subía y bajaba, yo te acariciaba el clítoris con dos dedos húmedos, trazando círculos lentos primero, más rápidos después.
—Mira cómo me tienes —te dije.
—Y todavía puedo ponerte peor.
Lo demostraste enseguida. Te inclinaste y me la metiste en la boca de golpe hasta donde te cabía. El contraste entre tu boca caliente y tu mano sujetando la base me arrancó un gruñido. Me chupabas sin prisa, saboreándome, bajando y subiendo con la lengua apretada alrededor. Yo seguía frotándote el clítoris y metiéndote un dedo, luego dos, notando cómo tu coño se abría más con cada sacudida de tu cuerpo.
—No pares —dijiste alrededor de mi polla, y esa mezcla de voz rota y obscenidad me volvió loco.
Te acomodé sobre mí para tener tu coño encima de la cara y tu boca en mi verga. En esa postura, te devoré de verdad. Mi lengua golpeaba tu clítoris mientras tú me tragabas a fondo, con pequeñas arcadas que te hacían soltar más líquido sobre mi boca. Tus caderas empezaron a moverse solas, buscando más presión.
Metí la lengua dentro de ti, luego volví al clítoris y lo chupé con insistencia. Tu orgasmo llegó violentamente. Me estrujaste la polla con la garganta, te corriste sobre mi boca y quedaste temblando encima de mí mientras yo aguantaba a duras penas las ganas de correrme también.
—Joder... joder... —repetías, sacudiéndote.
Te levanté casi en brazos y te llevé a la habitación.
***
Te puse de espaldas sobre la cama y luego te giré, dejándote en cuatro. La vista me dio un golpe en el pecho: el culo levantado, la espalda arqueada, el coño brillante y todavía abierto después de correrte. Me acerqué por detrás y pasé la punta de la polla entre tus labios, mojándome más con tu excitación.
—Métela ya —ordenaste, impaciente.
Entré despacio al principio, solo la punta, disfrutando de cómo te tensabas alrededor. Luego un poco más. Salía apenas y volvía a entrar, rozándote por dentro donde sabía que lo sentías más. Tus gemidos subieron de tono. Eché una mano por delante para pellizcarte el pezón y con la otra te sujeté la cadera.
—Así te quería ver —te dije.
Empujé más hondo. Tu cuerpo se fue hacia delante con el impacto y soltaste un grito que me disparó la sangre. Entonces sí empecé a follarte de verdad: embestidas largas, firmes, cada vez más rápidas, escuchando el golpe húmedo de mi pelvis contra tu culo y el jadeo desordenado que se te escapaba en cada entrada.
—Más fuerte —pediste—. No me cuides ahora.
Te agarré de la cintura y aceleré. La cama crujía bajo nosotros. Tu coño me apretaba de una manera brutal, caliente, resbaladiza, perfecta. Bajé una mano a tu clítoris y lo froté mientras seguía clavándotela. Sentí cómo empezaste a temblar otra vez.
—Sí, así... así, cabrón... no pares.
Te corriste con mi polla dentro, apretándome tanto que casi me vengo en ese instante. Seguí bombeando, dejándote sentir cada empuje completo, hasta que ya no pude aguantar más y me vacié dentro de ti con una serie de sacudidas profundas, hundido hasta el fondo. Me quedé pegado a tu espalda, mordiéndote el hombro mientras terminaba.
Caímos juntos sobre la cama, respirando como animales cansados.
Nos tapamos un rato, enredados, con esa calma espesa que llega después de una buena follada. Pensé que dormiríamos. No fue así.
***
No sé cuánto tiempo pasó hasta que desperté otra vez con la polla dura contra tu culo. Tú seguías medio dormida, de lado, respirando lento. Te acaricié el vientre y la entrepierna. Estabas sensible, pero en cuanto te toqué el clítoris soltaste un sonido grave, casi un ronroneo.
—¿Otra vez? —preguntaste sin abrir del todo los ojos.
—Todavía no he terminado contigo.
Te besé la nuca, bajé por tu espalda y abrí tus piernas otra vez. Empecé lamiéndote el coño, suave, despertándote con la lengua. Cuando volviste a moverte de verdad bajo mi boca, subí un poco y pasé la lengua por tu ano, despacio, mojándolo. Tu cuerpo se tensó.
—Nunca lo he hecho por ahí —dijiste, girando la cara para mirarme.
—Entonces vamos despacio.
Volví a tu coño y te lamí hasta que te aflojaste de nuevo. Metí un dedo ensalivado en tu culo, apenas la punta primero, esperando tu reacción. Respiraste hondo, pero no me detuviste. Lo fui hundiendo poco a poco mientras con la otra mano te acariciaba el clítoris. Tus caderas empezaron a acompañar el movimiento.
—¿Así?
—Sí... así sí... no pares.
Moví el dedo adentro y afuera con lentitud, dejándote acostumbrarte. Luego añadí saliva, lengua y paciencia. Besaba tus nalgas, chupaba tu ano, volvía a meter el dedo un poco más profundo cada vez. Cuando ya lo aceptabas sin cerrarte, añadí un segundo dedo.
Gimiste fuerte y clavaste las uñas en la sábana.
—Joder... espera... no, sigue... sigue.
Seguí. Abría y cerraba los dedos dentro de ti mientras te comía el coño con la boca libre. La combinación te estaba desarmando. Tu clítoris latía contra mi lengua, tu culo se iba aflojando alrededor de mis dedos y el olor de tu excitación llenaba la habitación. Cuando te sentí lista, saqué los dedos y me coloqué detrás de ti.
—Dime si quieres que pare.
Agarraste mi polla con decisión, la llevaste hacia atrás y la acomodaste en tu entrada.
—Mójame más... y métela.
Escupí en la punta, en tu ano, y la froté varias veces antes de empujar. Entré muy despacio, apenas un poco, sintiendo la resistencia cerrada de tu cuerpo. Gemiste entre dientes. Me quedé quieto para que respiraras.
—Tranquila —te dije, besándote la espalda—. La vas a tomar entera.
Volví a empujar. Otro poco. Luego otro. Tu culo me apretaba de una forma brutal, mucho más intensa que tu coño. Cada centímetro que ganaba te hacía jadear más fuerte. Te acariciaba el clítoris con una mano para mantenerte excitada mientras seguía entrando con paciencia.
Hasta que, de pronto, echaste el culo hacia atrás y te la clavaste casi toda de una sola vez.
—¡Joder! —gritaste—. Muévete.
Empecé despacio. Salía solo un poco y volvía a entrar, acostumbrándote al grosor, a la presión, al ardor mezclado con placer. Tu cuerpo dejó de tensarse y empezó a pedirme más. Lo noté en cómo empujabas hacia atrás buscando cada embestida.
—Más fuerte —dijiste—. Quiero sentirla toda.
Te agarré de las caderas y aceleré. El ritmo pasó de lento a firme, y de firme a duro. Cada golpe te hacía soltar un gemido más sucio que el anterior. Con una mano te sujetaba, con la otra te frotaba el clítoris sin piedad. Te estaba follando el culo y masturbándote al mismo tiempo, y eso te llevó al borde rapidísimo.
—No pares, no pares, no pares... me voy a correr.
—Hazlo.
Te corriste temblando, sacudiendo el culo contra mi pelvis mientras yo seguía dándote hasta perder el control. La presión de tu orgasmo alrededor de mi polla fue demasiado. Me hundí hasta el fondo y me corrí dentro de tu culo con un gruñido ronco, apretándote los pechos y mordiéndote el hombro mientras terminaba de vaciarme.
Nos quedamos quietos varios segundos, unidos, respirando entrecortado. Luego salí despacio y te atraje contra mi pecho. Tenías el cuerpo flojo, sudado, satisfecho.
Te giraste para mirarme. Ya no quedaba nada de la mujer tensa que había encontrado sola en la barra. Ahora tenías esa expresión plena de quien ha sido follada exactamente como necesitaba.
—Me has hecho gozar una barbaridad —dijiste con una sonrisa cansada—. Justo lo que vine a buscar sin saberlo.
Te besé la frente, luego la boca.
—Entonces el regalo de Navidad no estuvo mal.
Te acomodaste sobre mi pecho, enredando una pierna con la mía.
—Si no te molesta —murmuraste—, esta noche no quiero irme a ningún otro sitio.
Apagué la lámpara de la mesita y te abracé más fuerte.
—Quédate.
Afuera seguían encendidas las luces de la ciudad. Adentro, entre sábanas calientes y olor a sexo reciente, supe que aquella noche no había sido una casualidad. Había sido exactamente eso que a veces uno no se atreve a pedir en voz alta: una fantasía cumplida, cruda, adulta y perfecta en su momento.
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