El vestidor, la villana y mi debut de heroína
Me desperté con la boca seca y el pelo pegado a la almohada. Por la ventana entraba un sol descarado que no daba tregua, como si la lluvia de la noche anterior no hubiese existido. Me arrastré hasta el espejo del ropero y me miré con cara de asco. Tenía el rímel corrido hasta los pómulos y unos moretones violáceos en los brazos, marcas de dedos gordos que me habían agarrado demasiado fuerte. Solo llevaba puesta la bombacha celeste, y celeste era un decir: la tela seguía metida entre los cachetes de mi culo y el elástico gastado.
—¡Camila! ¿Ya te levantaste? —gritó mi vieja desde la escalera.
—Sí, ya bajo —mentí, mientras juntaba del suelo la tela hecha jirones de lo que había sido mi traje improvisado.
Las doce y media del mediodía. Me había perdido las clases de la facultad y no me acordaba a qué hora había vuelto a casa. Solo sabía que había caminado hasta la madrugada, escondiéndome entre las esquinas, sintiendo la lluvia sucia sobre la piel y esquivando a los borrachos que me nalgueaban al pasar. Un desastre. Ninguna heroína decente empieza así.
Me metí en la ducha y dejé que el agua caliente me despegara los recuerdos. Mis poderes se activaron sin que se los pidiera: sentí cada gota corriendo por mi cuenta, dócil, mía. Podía moverlas con la cabeza, hacerlas circular en espirales sobre mi vientre, colarlas entre los muslos. Bajé la mano y me toqué. Estaba mojada por dentro también. Me pasé un dedo entre los labios del coño y recordé cómo se me había puesto duro el pezón derecho cuando forcejeaba contra el gordo del callejón. Me estaba por venir cuando escuché a mi vieja golpear la puerta.
—¡Camila, la comida se enfría!
Puta madre. Cerré la canilla, me sequé rápido y bajé a comer. Me hacía falta un traje nuevo, sin dudas. Y también un nombre.
Después del almuerzo agarré la mochila y salí a caminar. El día estaba tibio, la ciudad respiraba distinto que la noche del sábado. Un puesto de flores, una nena con un helado, un colectivo lento. Sin darme cuenta, terminé metida en el shopping del centro. Necesitaba un traje deportivo, un top nuevo y, sobre todo, una idea.
El hall central del shopping tenía esa fuente ridícula que a nadie le importaba, con el agua bailando bajo la claraboya. Me quedé mirándola un segundo, midiendo cuánta agua tenía a disposición, y seguí. Junto a la fuente había un local de ropa deportiva. Entré. Al empleado le pedí que me dejara probar dos mallas de una pieza. Me señaló los vestidores con la mano.
Me encerré en el cubículo blanco y me desvestí frente al espejo. Los moretones de los brazos todavía se veían. Iba a tener que aprender a esquivar mejor. La primera malla era negra con vivos blancos; me la puse rápido, la miré, no me convenció. La saqué y agarré la segunda: azul marino, con costuras blancas y aberturas laterales sobre las costillas. Esa sí. Me la pasé por los pies y arriba empezó el problema. La tela era chica, o mi cuerpo demasiado carne para ella. La estiré con las dos manos hacia los hombros y sentí cómo la parte de abajo se me clavaba entre las nalgas, cómo el elástico se apretaba justo entre los labios del coño y me lo dividía en dos.
Me miré al espejo. Estaba fatal para pelear con eso puesto: los pezones se marcaban a través de la tela como dos botones a punto de salirse. Pero también estaba buenísima. Me giré, me apreté las tetas para meterlas mejor en su lugar y sentí que se me aceleraba la respiración. La malla, tan chica, me presionaba el clítoris con cada movimiento. Y ahí, en el vestidor, con el olor a probador nuevo y a mi propia piel, se me antojó una idea de las peores. O de las mejores.
Corrí la tela hacia un lado con dos dedos y descubrí mi coño frente al espejo. Ya estaba empapada. Me metí primero el índice, después el mayor, hasta el nudillo. Empujé despacio y me arqueé sobre mí misma. Con la otra mano me saqué la teta izquierda por encima del elástico: mi pezón quedó al aire, rojo, hinchado. Lo apreté hasta que me dolió y me gustó que doliera.
—Puta —me dije bajito, mirándome a los ojos en el espejo.
Empecé a masturbarme rápido, sin pudor, apoyando la frente contra el vidrio frío. El aliento me empañaba el reflejo. Me imaginé al gordo del callejón mirándome desde afuera. Me imaginé a mí misma volando entre azoteas, con el viento colándose entre las piernas. Me imaginé que una villana cualquiera me arrinconaba contra una pared y me obligaba a acabar delante de todo el mundo. Los dedos me chapoteaban dentro y el sonido húmedo rebotaba en las paredes del vestidor.
Estaba a segundos de venirme cuando escuché los gritos.
***
Ni siquiera me di cuenta de que la cortina del vestidor se abría de un tirón. Solo sentí una mano gigante en el pelo, un tirón hacia atrás y un caño frío contra la sien. Era un tipo con máscara negra y un fusil corto. Me miró de arriba abajo, vio mi teta afuera y mis dedos brillantes de humedad, y se rio. Después me sacó a los tumbos al pasillo. La malla se me acomodó sola, mal, dejándome un cachete afuera.
En el hall central, la gente estaba de rodillas alrededor de la fuente. Diez tipos enmascarados, o quizá más, revisaban carteras y tiraban celulares en bolsas negras. Sobre el borde de la fuente caminaba, contoneándose como si estuviera en una pasarela, una mujer con máscara verde de látex y un uniforme de gimnasia artística cortado hasta la vergüenza. Botas amarillas hasta la rodilla, cinturón inútil, flecos que le colgaban de los costados. El culo entero al aire. Pezones marcados bajo la lycra. Nunca la había visto en televisión ni en internet. Otra novata.
—Nadie se haga el héroe —dijo con una voz aguda y odiosa—. No queremos matar a nadie. Colaboren, y antes de que digan «Shazam» ya nos fuimos.
Me acordé del local de al lado: cotillón. Me escabullí, agarré un antifaz de plástico dorado con estrellitas y me lo puse. Volví al hall. Me acomodé la malla como pude, me tragué el miedo y levanté la voz.
—No vas a llegar muy lejos si cargás con tanto, ¿no te parece?
Diez cabezas se giraron para mirarme. Uno de los enmascarados me apoyó el arma en la frente y escuché el click del seguro.
—¡Esperá! —dijo la del uniforme verde—. Traéla acá.
Me empujaron hasta el borde de la fuente. La villana verde me caminó alrededor, me olió el cuello, me tocó el pelo con un dedo enguantado.
—¿Y vos quién sos, bonita?
—Alguien que detiene a criminales como vos.
—Me gusta tu traje. ¿Cómo te llamás, heroína?
—Yo… todavía no tengo nombre.
Se rio con ganas, echándose para atrás. Después me apuntó con un dedo largo y afilado.
—Bueno, entonces no sos nadie. Yo sí. Yo soy Gorgona. Y dentro de cinco minutos me voy a acordar de vos solo por lo bien que te queda esa malla mojada.
Me palpó una teta por encima de la tela húmeda, la apretó con la punta de los dedos, se rio otra vez. Yo, en silencio, había empezado a levantar el agua de la fuente. Muy despacio. Un hilo grueso se enroscaba sobre nuestras cabezas y ella no se daba cuenta. La idea era tirarles toda la fuente encima, arruinarles las armas y darle a Gorgona una lección.
—¡Gorgona, cuidado! —gritó un enmascarado de pelo verde señalando hacia arriba.
Ella se dio vuelta y me clavó el dedo apuntándome. Sentí el cuerpo endurecerse de golpe, como si me hubieran metido en cemento. No podía mover los brazos, ni las piernas, ni la boca. El agua que había levantado cayó sobre nosotras tres como un baldazo, y quedé chorreando, con la malla corrida, un pezón afuera otra vez, la tela pegándome al coño como una segunda piel.
Gorgona chapoteó furiosa hasta mí y me cruzó la cara de una cachetada que me tiró al piso. No podía cerrar los ojos. No podía llorar. Me pisó el pelo con la bota amarilla y le pidió a uno de sus tipos un arma. Me apuntó a la frente y sonrió.
—Chau, heroína sin nombre.
***
Vi el brazo que apareció desde atrás. Un brazo pálido y firme que aplastó el arma en la mano como si fuera un vaso de plástico.
—Suficiente. Todos ustedes van derecho a la comisaría.
La capa blanca me tapó la vista. Botas fucsia. Estrella blanca sobre pecho fucsia. Pelo negro larguísimo. La reconocí antes de girar la cabeza: la Estelar. La heroína de las mil portadas, invulnerable a las balas, capaz de devolver la fuerza que le disparaban.
Gorgona intentó paralizarla. Le funcionó. Pero yo, en cuanto ella dejó de mirarme, sentí que se me soltaban los músculos. Nos dimos cuenta las dos a la vez: solo podía usar el poder sobre una persona por vez.
Empecé a mover el agua otra vez. Gorgona corrió a paralizarme de nuevo. La Estelar salió disparada. Gorgona alternaba entre las dos y no daba abasto. Al final, el enmascarado de pelo verde le agarró la mano y con un extraño ruido de vacío desaparecieron los dos en el aire.
El shopping estalló en aplausos. Empezaron a acercarse celulares. La Estelar me cubrió con su capa antes de que pudieran filmarme el pezón que se me había vuelto a escapar y me susurró al oído:
—Buen trabajo, novata.
***
Me sacó de ahí volando. Literalmente. Me apretó contra su pecho y sentí el músculo bajo el traje fucsia, tibio, duro. Aterrizamos en una terraza abandonada a cinco cuadras del shopping. Me apoyó despacio contra la pared del tanque de agua y me dejó parada.
—Estás temblando —me dijo—. Vamos a sacarte esto.
Me bajó el escote de la malla con las dos manos, sin pedir permiso, y las dos tetas quedaron al aire. Sonrió como si le divirtiera todo. Después me pasó las palmas por los brazos, secándome. Tenía las manos calientes.
—¿Sabés que casi te venís ahí adentro? —dijo bajito, mirándome a los ojos—. Te vi los dedos cuando te sacaron del vestidor. Yo estaba en el hall desde antes que Gorgona empezara con el discurso.
Me puse colorada hasta la nuca. Ella se rio y me lamió el lóbulo de la oreja, despacio, marcando el recorrido con la punta de la lengua.
—Terminá lo que empezaste —me dijo—. Yo te ayudo.
Me metió una mano bajo la malla mojada, dos dedos que se abrieron camino en mi coño como si conocieran el mapa. Y me besó. Un beso brutal, con lengua, mordiéndome el labio de abajo. Le agarré la nuca y le arranqué el elástico que le sujetaba el pelo. Todo ese pelo negro me cayó encima como una cortina.
—Bajame el traje —me ordenó.
Le pasé las manos por la espalda y encontré una cremallera invisible bajo la capa. Se la abrí de un tirón. El traje fucsia se le abrió hasta la cintura y le vi las tetas: grandes, redondas, con los pezones oscuros y punteados como remaches. Me agaché sin pensar y le tomé una en la boca. Se la chupé con hambre, empujándola con la lengua, mordiéndola justo en la punta. Ella me apretó la cabeza contra el pecho y gimió.
—Así, así, no pares, novata.
Me giró contra la pared del tanque, me arrancó la malla por completo hasta dejarla enroscada en los tobillos, y se arrodilló. Me abrió las piernas con los hombros y me hundió la cara entre los muslos. Su lengua era rápida, precisa: me lamía el clítoris con la punta y después bajaba, me metía la lengua entera dentro, chupaba, sorbía. Me clavó dos dedos y con la otra mano me subió una pierna sobre su hombro. Yo me agarraba de la chapa oxidada del tanque para no caerme. Grité. Me venía. Me venía como una hija de puta.
—Todavía no —me dijo, apartándose de golpe con los labios brillantes.
Se puso de pie y se bajó la parte de abajo del traje. Debajo no llevaba nada. Se sentó en el borde del tanque, me abrió las piernas otra vez y me arrastró hasta que nuestras vulvas se juntaron. Empezó a moverse arriba mío, montándome, refregando su clítoris contra el mío, mezclando su humedad con la mía. Yo me apoyé sobre los codos y la miré: la máscara todavía puesta, el pelo cayéndole en la cara, los pezones duros bajo la luz de la tarde. Le agarré una teta con una mano y con la otra me apreté el clítoris entre dos dedos, siguiéndole el ritmo.
—Vení —le dije—. Vení encima de mí.
Se movió más rápido. Empezó a temblarle todo. Yo también. Nuestros coños se resbalaban uno contra el otro, se apretaban, se abrían. Con cada empuje nos salía un gemido a las dos. Al final la agarré de la cintura, la hundí contra mí y sentí que se me subía el orgasmo como una ola. Ella soltó un grito ronco. Nos vinimos juntas, apretadas, mordiéndonos los labios.
Nos quedamos así un rato largo, respirando fuerte, con el sudor mezclándose con el agua todavía tibia de la fuente que teníamos pegada al cuerpo.
—Necesitás un nombre —me dijo, mientras se acomodaba el traje.
—Estoy pensando en Marea.
—Marea —repitió, saboreándolo—. Me gusta. —Me pasó la lengua por el cuello una última vez—. La próxima vez que Gorgona aparezca, aviso yo. Vení conmigo.
Se levantó, me dio un beso en la frente y saltó al vacío. La vi cortar el aire como una bala fucsia hasta desaparecer entre los edificios.
Me acomodé la malla como pude y me senté al borde de la terraza. El sol empezaba a bajar. Miré mis manos, que todavía olían a ella, y sonreí.
Todavía tenía que aprender a moverme más rápido. A no distraerme. A no venirme en el medio de una misión.
Pero, al menos, ya tenía nombre.