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Relatos Ardientes

La vitamina que desató mi fantasía en el laboratorio

Aquel anuncio apareció frente a mí en el peor y mejor momento de mi vida. Llevaba semanas enviando currículums, revisando vacantes mal pagadas y preguntándome si de verdad había servido de algo romperme la cabeza estudiando formulación de suplementos y cosmética funcional. Cuando vi que una empresa buscaba a una desarrolladora para un proyecto reservado, con entrevistas en un hotel de lujo junto al mar, sentí un latigazo en el estómago.

No me lo pensé demasiado. Preparé mi carpeta, me cambié de ropa y salí de casa con esa mezcla de nervios y hambre que da cuando sientes que una puerta grande se puede abrir de golpe. El trayecto se me hizo corto, quizá porque durante todo el camino solo pude imaginarme entrando a un sitio elegante y fingiendo una seguridad que no tenía.

El hotel era todavía más ostentoso de lo que prometía el anuncio. Mármol claro, ascensores silenciosos, perfume caro en el aire y gente moviéndose como si todos supieran exactamente qué hacer con su vida. Yo intentaba no parecer desubicada cuando me llamaron para pasar a una sala privada.

La mujer que me recibió fue lo primero que me desordenó la cabeza aquel día. Tendría poco más de treinta, una figura firme, traje entallado y una manera de mirarme que no era la de una simple reclutadora. Se presentó como Mónica, directora del área de desarrollo, y me pidió que tomara asiento con una voz suave, aunque mandona.

Mientras revisaba mis documentos, yo trataba de concentrarme en responder con soltura. Pero era difícil no fijarme en sus piernas cruzadas, en el escote sobrio que aun así dejaba claro que tenía unas tetas generosas, y en la forma en que movía la boca al leer mis credenciales. No era que yo me definiera como mujer de mujeres. Hasta entonces, al menos, no. Pero tampoco era ciega.

—Tienes un perfil mejor de lo que esperaba —dijo, levantando la vista—. Y bastante más carácter del que aparentas.

Me puse roja, aunque intenté sonreír como si el comentario no me hubiera golpeado directo entre las piernas. Seguimos hablando de procesos, formulaciones, estabilidad, ensayos y control de calidad. Me sentí más cómoda en ese terreno, y al cabo de unos minutos ya no parecía una candidata insegura, sino alguien que sabía de qué estaba hablando.

Entonces ella cerró la carpeta, se levantó y me tendió la mano.

—Quedas contratada.

Me reí de puro alivio. Quise abrazarla, pero me contuve. Mónica lo notó y sonrió con esa seguridad de quien está acostumbrada a provocar efecto. Me invitó a tomar una copa en el lobby mientras ordenaban el papeleo de ingreso y ahí, ya sentadas una frente a la otra, empezó a contarme lo que no figuraba en el anuncio.

La empresa estaba desarrollando una línea nueva de suplementos. Había uno, en concreto, que su equipo trataba casi como un proyecto secreto. Lo llamaban provisionalmente «X» y buscaban algo que no se pareciera al resto del mercado. No un simple estimulante, no una pastilla cualquiera, sino un producto capaz de provocar una respuesta física inmediata y descomunal.

—Si sale bien, nos cambia la vida —me dijo, sosteniéndome la mirada—. Y creo que tú puedes hacerlo posible.

Su confianza me excitó de una manera extraña. Profesionalmente, claro. O eso me repetí. Acepté sin poner una sola objeción, y cuando el lunes entré al laboratorio que habían montado cerca de mi zona, supe que no pensaba dejar pasar aquella oportunidad.

Los meses siguientes fueron una locura. Fórmulas, pruebas ciegas, fallos, ajustes de dosis, combinaciones inestables, registros incompletos, noches durmiendo mal y mañanas con café frío entre las manos. Mónica pasaba largas horas conmigo en el laboratorio y en la oficina anexa. A veces me corregía un cálculo con paciencia; otras, se colocaba detrás de mí para mirar la pantalla por encima de mi hombro, tan cerca que yo podía sentir su perfume y se me endurecían los pezones bajo la bata.

No pasó nada entre nosotras en ese tiempo, pero la tensión estaba ahí. En las pausas, en los silencios, en la forma en que ella me sostenía la mirada un segundo de más. Yo fingía que no me afectaba, aunque más de una noche me masturbé pensando en su voz dándome órdenes, en sus dedos retirándome la bata, en su boca bajando por mi cuello. Solo fantasías, me decía. Solo para descargar.

Cuando por fin di con una variación prometedora de la fórmula X, me sentí capaz de llorar de cansancio y orgullo. Preparé varias dosis y propuse una prueba interna controlada con un empleado adulto que aceptó participar voluntariamente. El elegido fue Ramiro, el encargado de mensajería, un hombre robusto, bromista y siempre dispuesto a hacer favores.

Le expliqué lo básico, le entregué las cápsulas y le pedí que estuviera atento a cualquier reacción. Esperaba aumento de energía, temperatura corporal, tal vez una respuesta eréctil moderada. Lo que no esperaba era lo que ocurrió dos días después.

Ramiro apareció en la puerta de mi oficina con la cara desencajada. Cerró al entrar y se quedó allí, respirando fuerte, con los puños apretados a los lados del cuerpo. Yo pensé que se sentía mal y me levanté enseguida.

—¿Qué pasó? —pregunté—. ¿Te dolió algo? ¿Te mareaste?

—No sé cómo decirlo —respondió con la voz ronca.

Le pedí que se calmara y me contara exactamente qué había sentido. Dio dos pasos hacia mí, miró la puerta otra vez y, antes de que pudiera detenerlo, se desabrochó el pantalón y se lo bajó junto con el bóxer.

Me quedé helada.

Su polla estaba completamente dura, apuntando hacia arriba con una tensión obscena. Gruesa, venosa, enrojecida, mucho más grande de lo que yo habría imaginado en él o en casi cualquier hombre. No era una erección normal. Era algo exagerado, pesado, agresivo, como si la carne estuviera al límite de sí misma.

—No se me baja —dijo entre dientes—. Desde anoche. Me late, me arde, y si rozo algo me vuelvo loco.

Tragué saliva. La científica en mí quiso imponerse al sobresalto. Le hice sentarse, empecé a preguntar dosis, horarios, alimentación, hidratación, intensidad de la respuesta. Pero cada vez que miraba abajo, aquella verga tiesa me absorbía la atención. Parecía imposible que siguiera así de firme sin reventar.

Debí actuar con profesionalidad. Debí llamar a Mónica de inmediato. Debí pedir asistencia médica antes de cualquier otra cosa. En vez de eso, me acerqué más. Curiosidad, excitación, irresponsabilidad; no sé cuál pesó más.

—Necesito comprobar sensibilidad, textura y respuesta al contacto —murmuré, como si esa frase bastara para justificar lo que estaba a punto de hacer.

Ramiro soltó un gemido apenas asentí hacia su entrepierna. Me arrodillé frente a él, rodeé la base con la mano y sentí un calor brutal, una dureza casi absurda. Él tembló entero. La punta ya estaba húmeda, y cuando pasé el pulgar por el glande, dejó escapar una maldición baja.

Lo olí primero, una mezcla espesa de sudor limpio y excitación masculina. Después incliné la cabeza y le di un beso lento en la punta. Solo uno. Mi coño respondió de inmediato con una punzada caliente entre las piernas.

—Joder —susurró él.

Le lamí el glande con cautela, como si de verdad estuviera evaluando un compuesto delicado. El sabor salado y el calor de aquella polla me nublaron más de lo que quería admitir. Abrí la boca y la fui metiendo despacio, sintiendo cómo me llenaba la lengua, el paladar, la garganta. Era gruesa. Mucho. Tuve que tomar aire por la nariz y relajarme para bajar más.

Ramiro me agarró el pelo sin fuerza, como pidiendo permiso y disculpándose al mismo tiempo. Yo seguí mamándosela, subiendo y bajando con ritmo cada vez menos científico. La mano en la base, la boca tragando saliva, la lengua rodeando la corona del glande. Cada vez que lo sacaba un poco, veía la polla brillante por mi saliva, más roja, más viva, y volvía a meterla con hambre.

Empecé a excitarme de verdad. Ya tenía las bragas mojadas. El simple sonido húmedo de mi boca trabajando sobre aquella verga me estaba calentando como una idiota. Ramiro soltaba jadeos entrecortados, pero aguantaba. La fórmula no solo le había disparado la erección; parecía volverlo una máquina tensa y cargada, incapaz de correrse sin más.

—Necesito follarte —dijo de pronto, mirándome como si le doliera decirlo.

Debería haber dicho que no. En cambio, me levanté del suelo con las rodillas flojas, cerré con llave y me dejé empujar hasta el escritorio. Él me subió la falda, me apartó las bragas de un tirón y pasó dos dedos por mi coño empapado.

—Mierda, estás chorreando —gruñó.

—Cállate y métela —le respondí, sorprendida de escucharme hablar así.

Me tomó por la cintura y me levantó apenas lo justo para apuntar. Sentí la punta abrirme y luego toda esa verga entrando de una sola embestida. El golpe me arrancó un gemido brutal. Me quedé sin aire, aferrada al borde del escritorio, mientras él me llenaba hasta el fondo con una presión que parecía imposible.

—Joder, joder... —repetí.

Ramiro empezó a follarme sin cuidado, sacándola casi por completo y volviéndola a meter con golpes secos que hacían crujir la mesa. Mi cuerpo rebotaba contra la madera. Tenía el coño tan mojado que cada embestida sonaba húmeda, sucia, escandalosa. Yo abría más las piernas, ofreciéndome, sintiendo cómo aquella polla enorme me estiraba por dentro de una forma deliciosa y abusiva.

Él me sujetó del cuello sin apretar demasiado y me obligó a mirarlo.

—Tú me pusiste así.

—Entonces úsame —le dije, casi sin pensar—. Quiero saber qué hace tu cuerpo.

La frase lo encendió todavía más. Me giró, me inclinó sobre el escritorio y me apartó la bata y la blusa lo suficiente para sacarme las tetas. Las amasó con rudeza mientras me taladraba por detrás. Yo gemía con la cara pegada a mis notas, sintiendo los pezones duros rozar el papel y la verga entrarme con un ritmo bestial.

Me llevó una mano al coño y empezó a frotarme el clítoris con dos dedos gruesos, embarrándolo todo con mis propios jugos. No tardé nada en correrme. El orgasmo me reventó por dentro en medio de un grito ahogado. Temblé entera, apretándole la polla con espasmos, y él siguió follándome a través del clímax como si necesitara exprimirlo más.

No sé cuánto tiempo pasamos así. Cambiamos de postura varias veces. Sentada en el borde del escritorio con las piernas abiertas, montándolo en la silla del laboratorio, de rodillas en el suelo mientras él me cogía tirándome del cabello. Cada vez que pensaba que ya no podía más, él seguía duro, igual de enorme, igual de urgente.

Me hizo arrodillarme otra vez para correrse en mi boca, pero no pudo. Lo sentí palpitar, ponerse todavía más tenso, y aun así no salía nada. Entonces me levantó y me volvió a meter la polla hasta el fondo. Yo estaba fuera de mí, chorreando por los muslos, con el coño hinchado y feliz de seguir recibiendo.

Cuando por fin aflojó un poco el ritmo, lo aparté jadeando y me dejé caer en la silla. Tenía la cara ardiendo y las piernas temblando. Ramiro seguía casi igual de duro.

—Voy a llamar a Mónica —dije al fin—. Tiene que ver esto.

Mónica llegó unos minutos después, seria al principio, incrédula cuando le expliqué lo sucedido. Su mirada pasó de mí a Ramiro, y luego a la polla descomunal que seguía erguida entre sus piernas. La expresión de control que siempre llevaba se resquebrajó por primera vez.

—Esto no puede ser real.

—Tócalo —le dije.

Ella dudó apenas un segundo. Luego se acercó y cerró la mano sobre la base. Sus labios se abrieron ligeramente al sentir la dureza. Yo vi cómo respiraba más rápido. Ramiro gruñó. Mónica levantó los ojos hacia mí y ya no había solo curiosidad científica allí. Había deseo. Mucho.

—Sal de dudas por completo —murmuré.

Fue ella quien se arrodilló esta vez. Ver a mi jefa, impecable en su traje, chupándole la polla a un empleado en medio de mi oficina me empapó otra vez al instante. Lo hizo bien, con una seguridad insultante, pasando la lengua despacio por el glande antes de tragársela con calma. Ramiro le sujetó la mandíbula y ella lo dejó hacer, gimiendo alrededor de la verga.

Yo me acerqué por detrás, le aparté el cabello y empecé a besarle el cuello. Mónica soltó un sonido ronco. Mis manos bajaron por su cintura, le subieron la falda y encontraron sus bragas completamente mojadas. Se las aparté y le metí dos dedos de golpe. Ella se arqueó sin dejar de mamar.

—Así que sí te excita —le susurré al oído.

Se sacó la polla de la boca para responder:

—Me excitas tú. Y esa maldita fórmula.

La giré hacia mí y la besé por primera vez. Fue un beso sucio, urgente, con sabor a saliva y polla. Nuestras lenguas se enredaron mientras mis dedos la abrían por dentro y ella me apretaba una teta por encima de la ropa. Ramiro, ya fuera de paciencia, nos separó y nos empujó hacia el sofá pequeño que había junto a la ventana.

Mónica cayó primero y yo encima de ella. Ramiro nos abrió las piernas a las dos y se colocó entre nosotras. Me hizo lamerle el coño mientras él le metía la polla. Mónica gritó en cuanto la recibió. Yo la sentí contra mi boca, caliente, resbalosa, temblando cada vez que él la embestía. Le chupé el clítoris, le metí la lengua, la escuché maldecir y suplicar más.

—No pares... no pares, hija de puta... —jadeaba ella, agarrándome del pelo.

Ramiro la follaba con una violencia exacta, como si el cuerpo le dictara un ritmo imposible de frenar. Yo la comía mientras me metía la mano entre las piernas y me masturbaba, mojándome más y más. El sofá golpeaba contra la pared. Los gemidos de Mónica se mezclaban con mis sonidos ahogados y con los gruñidos profundos de él.

Cuando ella se corrió, la sentí apretarse contra mi boca. Se vino sacudiéndose, con los muslos cerrándose a ambos lados de mi cara, y aun así Ramiro no paró. La sacó de ella y me agarró de la cintura para sentarme de espaldas sobre su polla. Bajé poco a poco, disfrutando el grosor otra vez, y él me abrió las nalgas con las manos para mirarme cómo lo tragaba.

Mónica se incorporó, me desabotonó la blusa por completo y empezó a chuparme los pezones mientras yo cabalgaba. La imagen me volvió loca: mi jefa entre mis tetas, su boca en mi piel, y aquella verga descomunal entrando y saliendo de mi coño desde abajo. Empecé a moverme más rápido, rebotando sobre él, hasta que sentí un nuevo orgasmo subir como una descarga.

—Me voy a correr —avisé, casi gritando.

—Hazlo —ordenó Mónica—. Quiero verte.

Me corrí temblando sobre la polla de Ramiro, apretándolo tanto que por fin lo sentí ceder. Su cuerpo se tensó entero, me clavó los dedos en las caderas y soltó una corrida brutal dentro de mí. La sentí caliente, espesa, larga, llenándome a pulsos mientras seguía enterrado hasta el fondo. Gemí de pura satisfacción al notar cómo se me escapaba parte por los muslos cuando me levanté un poco.

Nos quedamos los tres jadeando, desordenados y sucios, con el laboratorio oliendo a sexo y sudor.

***

Después de aquello, la empresa dejó de ser una empresa normal. Confirmamos que la fórmula alterada provocaba erecciones descomunales, una resistencia fuera de lo común y una respuesta sexual salvaje. El problema era que las pruebas ya no podían hacerse con simple distancia técnica, porque Mónica y yo nos habíamos vuelto parte del procedimiento de validación.

No voy a fingir que me costó aceptarlo.

Las siguientes sesiones fueron planificadas, pero no por eso menos intensas. Tuvimos varios voluntarios adultos, todos informados, todos ansiosos por probar el compuesto. Mónica y yo elaborábamos las dosis, medíamos tiempos, anotábamos reacciones... y después acabábamos abiertas de piernas, recibiendo una demostración práctica de cada resultado.

Una noche llegaron cuatro socios clave a revisar avances en privado. Se suponía que sería una reunión técnica en una suite reservada. Empezó así, con gráficos, proyecciones y preguntas de mercado. Terminó cuando uno de ellos, ya bajo efecto de la fórmula, se ajustó el pantalón con una cara de pura necesidad y Mónica lo miró como si llevara horas esperándolo.

—Hay una forma muy clara de demostrar eficacia —dijo ella, sin apartar la vista de mí.

La suite tenía un salón amplio, un bar y dos habitaciones conectadas. Cerraron las cortinas. Yo estaba nerviosa, excitada, demasiado consciente de que aquello se había vuelto mucho más grande que una simple aventura de oficina. Pero cuando Mónica me besó delante de todos y empezó a bajarme el vestido, lo pensé menos.

Nos usaron a las dos sin delicadeza. Primero de rodillas, mamando pollas una al lado de la otra, escupiendo saliva, cambiando de boca, tragando glandes duros mientras los hombres nos sujetaban del pelo y nos hacían abrir más la garganta. Oír a Mónica gemir con una polla llena en la boca fue de las cosas más obscenas y excitantes que he visto.

Luego me tumbaron sobre la cama y me abrieron las piernas entre dos. Uno me follaba el coño mientras otro me metía la polla en la boca, obligándome a soportar el peso y el ritmo al mismo tiempo. Mónica, a mi lado, estaba siendo penetrada por detrás mientras le chupaba la verga a un tercero y se masturbaba para correrse más rápido. La habitación era un caos de jadeos, piel golpeando, órdenes secas y gemidos de placer sucio.

Me hicieron girarme, me agarraron de las caderas y me follaron hasta dejarme sin palabras. Uno me metió dedos en el culo mientras el otro seguía entrando por mi coño, y cuando por fin accedí a abrirme más, me embadurnaron bien y me fueron metiendo la punta despacio hasta tenerme gimiendo de puro exceso. Dolió lo justo al principio; luego solo quedó esa sensación llena, brutal, de estar siendo usada por completo.

Mónica acabó sobre mí, montada en mi cara mientras uno de los hombres la penetraba. Le lamí el culo y el coño mojado, sintiendo cómo se movía sobre mi lengua mientras recibía embestidas por detrás. Se corrió gritando mi nombre. Yo me corrí casi al mismo tiempo cuando una polla me llenó otra vez y otra me escupió la corrida sobre las tetas.

Aquella noche entendí que la fórmula no solo había creado un producto. Había destapado algo que yo llevaba dentro y nunca me había permitido explorar. Mi deseo no era ordenado, ni correcto, ni limpio. Era voraz. Y por primera vez me estaba dejando llevar sin vergüenza.

***

Semanas después, el compuesto ya tenía nombre comercial provisional y un futuro enorme. Mónica me confesó que los directivos querían bautizarlo con una variación de mi nombre, porque yo había dado con el ajuste decisivo de la fórmula. Nos reímos de la idea sentadas en su despacho, con dos copas en la mano y el recuerdo de demasiadas sesiones privadas aún pegado a la piel.

—Te lo has ganado —me dijo.

—¿El nombre o las folladas? —pregunté.

—Las dos cosas.

Dejó la copa, se acercó a mí y me besó despacio. Ya no había tensión no resuelta entre nosotras. Había costumbre, deseo y una intimidad rara, nacida entre pruebas, corridas y secretos. Me sentó sobre su escritorio, me abrió la blusa y se puso de rodillas sin ninguna prisa.

Verla así todavía me afectaba. Su lengua subió por mi muslo interno hasta mi coño y me abrió con un gemido satisfecho al comprobar lo húmeda que estaba. Me lamió de una manera lenta, profunda, sabiendo exactamente cómo hacerme temblar. Yo le sujetaba el cabello, separando más las piernas, dejándola hundir la lengua y luego el dedo, después dos, mientras me chupaba el clítoris con una firmeza que me iba deshaciendo.

—Siempre te mojas así cuando hablo del producto —murmuró contra mi piel.

—Siempre me mojo así cuando me comes el coño.

Sonrió sin parar y siguió hasta hacerme correrme sobre su boca. Luego se levantó, se limpió apenas con el pulgar y me lo hizo probar. Ese gesto me calentó todavía más. La desnudé a medias, le subí la falda a la cintura, bajé sus bragas y la incliné sobre el escritorio donde tantas veces habíamos trabajado de verdad y de mentira.

La abrí con los dedos y empecé a follármela con un consolador que guardábamos, casi por rutina, en un cajón del despacho. Cada empuje le arrancaba un gemido grave. Ella apoyó los antebrazos sobre la mesa y movió el culo para recibirme mejor. Yo alternaba el juguete con mis dedos en su clítoris, disfrutando verla perder la compostura que fuera de allí llevaba como una armadura.

—Más fuerte —me pidió—. Quiero acabar hecha mierda.

Se lo di. La follé hasta que dejó de hablar con frases y solo pudo soltar sonidos rotos. Cuando se corrió, le temblaron las piernas y tuve que sostenerla por la cintura. Después me hizo bajar al suelo, me puso de rodillas y se sentó en el borde del escritorio para que la lamiera otra vez, esta vez bebiéndome su orgasmo hasta dejarla sensible y risueña.

Terminamos abrazadas, respirando despacio, como si de pronto el laboratorio, la oficina y todo el proyecto fueran solo el escenario improbable donde habíamos descubierto nuestra forma de desearnos.

El lanzamiento del producto llegó con celebraciones privadas, negociaciones cerradas y más de una noche larga. No todo lo que pasó después merece ser contado, ni todo necesita registro científico. Lo que sí sé es esto: aquella vacante cambió mi carrera, mi cuerpo y mi manera de entender el deseo.

Entré en ese hotel buscando trabajo. Salí de allí con una jefa que se convirtió en mi cómplice, una fórmula que desató fantasías que ni yo misma conocía y una certeza simple, húmeda y brutal: a veces la verdadera reacción química no ocurre en una cápsula, sino entre las piernas.

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Comentarios(7)

totomdp

buenisimooo!!!, me quede sin palabras

Lautaro_99

No puede terminar asi! Necesito la segunda parte urgente jaja

DiegoCba73

Muy bien escrito, el contexto del laboratorio le da un toque muy original. Sigue subiendo!

MarcosR_Baires

Me recordo un poco a situaciones que uno imagina en el trabajo jaja, muy bueno el relato. Espero mas.

CuriosoMdQ

Y como siguio todo eso despues? Quede con muchas ganas de saber mas

motorgallina

la jefa y sus suplementos revolucionarios jajaja, nunca imaginaba ese final. excelente

NocturnaMdp

Se hace corto, uno quiere seguir leyendo. Muy buen trabajo, se nota que hay dedicacion.

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