Lo que pasó en el almacén de la obra
Cuando llegué a la obra aquella mañana, ya sabía que me iban a mirar. No hacía falta ser adivina. Bastaba con bajar de la camioneta de la empresa, acomodarme la falda recta del traje y sentir cómo el ruido de fondo cambiaba apenas mis zapatos tocaban el suelo de grava.
Era una revisión rutinaria, una más dentro de mi trabajo en la constructora. Yo llevaba pocos meses allí y todavía no terminaba de acostumbrarme al polvo, al cemento suspendido en el aire y, sobre todo, a esa forma descarada en que algunos hombres me recorrían con los ojos, como si mi presencia en medio de la obra fuera una provocación personal.
No iba vestida de forma escandalosa. Blusa clara, chaqueta entallada, falda a la rodilla, medias finas, casco, carpeta digital en la mano. Todo correcto. Todo profesional. Y aun así, o quizá por eso, sentía las miradas pegadas a las piernas, al pecho, a la curva de las caderas cada vez que avanzaba entre andamios, sacos y herramientas.
—Ya llegó la ingeniera bonita —soltó uno al verme pasar.
—Si me pide revisión privada, yo me quedo horas extras —contestó otro, provocando risas.
No les respondí. Nunca lo hacía. Bajaba la vista a la pantalla, fingía concentración y seguía caminando, aunque por dentro se me desordenara la respiración. Me avergonzaba admitirlo incluso conmigo misma, pero no todo lo que sentía era molestia. Había una parte de mí, una parte escondida y caliente, que se estremecía al saberse deseada.
Te miran y lo sabes. Y no te apartas tan rápido como deberías.
Lo vi junto a una pila de varillas metálicas, hablando con dos compañeros. Se llamaba Bruno. Alto, moreno, hombros anchos, brazos endurecidos por cargar peso todos los días. No era elegante ni refinado. Tenía esa clase de atractivo que venía de la fuerza, del sudor limpio sobre la piel, de la seguridad con la que ocupaba el espacio. Cuando levantó la cabeza y me encontró, sonrió de lado como si hubiera estado esperándome.
Me acerqué para pedir unas firmas y él dejó lo que estaba haciendo sin prisa. Sus ojos bajaron a mis piernas y luego subieron despacio, sin disimulo.
—¿Siempre vienes así o hoy te arreglaste para distraernos? —me dijo.
Sentí el calor subir hasta las orejas. Lo correcto habría sido cortarlo en seco, ponerlo en su lugar. En cambio, apreté la tableta contra el pecho y respondí con una firmeza que ni yo misma me creí del todo.
—Vengo a trabajar, no a distraer a nadie.
Él soltó una risa baja, áspera, agradable de una forma irritante.
—Peor todavía —murmuró—. Así dan más ganas de mirarte.
Quise fulminarlo con la mirada, pero terminé sonriendo apenas, traicionándome. Bruno lo notó. Claro que lo notó. Tenía esa facilidad odiosa para leer lo que yo intentaba esconder.
—Firma aquí —le dije, acercándole la pantalla.
Tomó el dispositivo, pero en vez de firmar enseguida, dejó que sus dedos rozaran los míos. Fue un contacto mínimo, un segundo torpe a ojos de cualquiera. Para mí, fue una descarga. Me sostuvo la mirada mientras firmaba, como si quisiera ver si me apartaba. No lo hice.
—Lista, jefa —dijo devolviéndomelo—. Aunque yo te revisaría más despacio.
Seguí mi recorrido con las piernas tensas y una humedad incómoda empezando a reunirse entre mis muslos. Me odié un poco por eso. Me odié más por encontrarlo excitante.
En cada sector de la obra intenté concentrarme en medidas, materiales y observaciones pendientes. Pero terminaba recordando su voz grave, sus manos grandes, el descaro de sus ojos pegados a mí sin una pizca de culpa. Dos veces más lo descubrí mirándome desde lejos. Dos veces más sentí ese tirón en el vientre.
Cuando estaba por marcharme, crucé junto al almacén de herramientas del fondo, un cuarto de lámina con una mesa de trabajo, anaqueles, cajas y olor a madera cortada. Él estaba apoyado en la puerta, como si hubiera calculado exactamente por dónde tendría que pasar.
—Oye —me llamó—. Ven un segundo. Quiero enseñarte algo que falta en el inventario.
Miré alrededor. Había gente trabajando a unos metros, pero nadie demasiado cerca. Dudé. Una parte de mí sabía perfectamente que no me estaba llamando por ningún inventario.
—Si es algo importante, me lo dices aquí.
Bruno inclinó la cabeza, sonriendo con paciencia.
—No seas miedosa. Son dos minutos.
Debí irme. Debí decirle que no y seguir mi camino. En cambio, lo seguí.
Adentro hacía más calor. El aire estaba quieto, cargado de polvo y metal. Bruno cerró la puerta detrás de mí y el clic del pestillo me retumbó en el pecho. Me volví hacia él con la garganta seca.
—¿Qué faltaba? —pregunté, aunque ya no importaba.
Él dio un paso. Luego otro. Hasta dejar apenas un espacio entre los dos.
—Faltaba saber si me estabas provocando a propósito —dijo.
—No seas ridículo.
—Entonces mírame a los ojos y dime que no te gusta cómo te veo.
Quise contestar rápido, indignada, pero la verdad se me quedó atascada. Porque sí me gustaba. Me gustaba demasiado. Me gustaba desde el primer día que noté cómo me seguía con la vista sin esconder el hambre. Me gustaba la forma en que me hacía sentir femenina, deseada, expuesta.
—No sabes de qué hablas —susurré.
Bruno levantó una mano y me rozó la mejilla con los nudillos, ásperos por el trabajo. El gesto fue sorprendentemente suave. Su pulgar pasó por mi labio inferior y me lo empujó apenas, obligándome a abrir la boca un poco.
—Sí sé —murmuró—. Lo veo cuando pasas entre nosotros y finges que no oyes nada. Lo veo en esa carita colorada. En cómo aprietas las piernas.
Se me cortó el aire. Antes de que pudiera decir nada, me besó.
Fue un beso directo, caliente, sin tanteos. Su boca cayó sobre la mía con una seguridad brutal y yo respondí en el primer segundo, como si hubiera estado esperando ese momento desde mucho antes de admitirlo. Solté la tableta sobre una caja sin mirar dónde caía y le agarré la camiseta por el pecho mientras su lengua se abría paso entre mis labios.
Gemí contra su boca. Él me empujó hasta la pared y me sostuvo por la cintura, apretándome con las dos manos como si quisiera comprobar que era real. Yo sentía su cuerpo duro, el olor a sudor, cemento y jabón barato. Y me estaba volviendo loca.
—Eso quería ver —dijo al separarse apenas—. Que sí tenías ganas.
—Cállate —jadeé, y volví a besarlo.
Su risa se mezcló con el beso. Bajó las manos a mis caderas, me subió la falda de un tirón hasta casi la cintura y metió una pierna entre las mías. El roce me arrancó un jadeo vergonzoso. Estaba mojada. Tanto que sentí la humedad a través de la tela de las bragas cuando presionó su muslo justo ahí.
—Mierda —gruñó, mirándome—. Y todavía ibas a decirme que no.
Metió la mano por debajo de la falda y me tocó por encima de la tela. Di un respingo. Sus dedos apretaron, frotaron despacio, sin delicadeza pero sin torpeza. Cerré los ojos y apoyé la cabeza en la pared mientras él seguía besándome el cuello.
—Así que esto te pone así —murmuró contra mi piel—. Que te hablen sucio, que te miren, que yo te acorrale.
No respondí. No podía. Tenía la boca abierta y la respiración rota. Él apartó la tela de mis bragas con dos dedos y me tocó directamente. Entró primero con uno, luego con dos, hundiéndolos despacio y sacándolos cubiertos de mí. El sonido húmedo llenó el cuarto y me dio una vergüenza deliciosa.
—Joder, estás empapada.
Mi mano se aferró a su antebrazo. Quise mantener algo de control, pero ya lo estaba perdiendo. Sus dedos entraban y salían con un ritmo firme, mientras el pulgar me buscaba arriba, insistente. Me arqueé y apreté los muslos alrededor de su muñeca.
—Bruno... —se me escapó.
—Así me gusta. Dime el nombre del cabrón que te tiene chorreando en un almacén.
Su vulgaridad debería haberme escandalizado. En cambio, me hizo contraerme alrededor de sus dedos. Él lo notó y sonrió con una arrogancia insoportable.
—Ven acá —me ordenó.
Me tomó de la nuca y volvió a besarme mientras me manoseaba sin pausa. Yo ya estaba jadeando, perdida en la mezcla de deseo y nervios. Cuando separó la mano de entre mis piernas, vi el brillo de mi humedad en sus dedos. Se los llevó a la boca y los chupó sin apartar los ojos de mí.
Ese gesto me golpeó directo en el vientre.
—Arrodíllate —dijo.
Lo miré, temblando. Había dureza en su voz, pero no amenaza. Era una orden dicha con la certeza de que iba a obedecer. Y obedecí. Me arrodillé sobre el suelo polvoriento sin pensar en mis medias ni en mi ropa ni en nada.
Bruno se desabrochó el pantalón de trabajo y lo bajó apenas lo suficiente. Su polla saltó libre, gruesa, dura, caliente al tacto cuando la rodeé con la mano. Tragué saliva. Era la primera vez que lo tenía así delante de mí y el simple tamaño, el peso, el pulso vivo bajo la piel me hicieron humedecerme todavía más.
Él me acarició el pelo con una mano grande, apretando apenas.
—A ver si esa boca bonita trabaja tan bien como hablas en las juntas.
Le saqué una sonrisa nerviosa y acerqué los labios. Primero lo besé en la punta, apenas un roce. Luego saqué la lengua y recorrí la longitud despacio, sintiendo cómo se le tensaba el abdomen. Su respiración cambió enseguida.
—No juegues —gruñó—. Métetela.
Lo hice. Cerré la boca sobre él y bajé hasta donde pude, torpe al principio, acomodándome al grosor. Él soltó una maldición y me sostuvo del cabello, no para forzarme, sino para marcarme el ritmo. Empecé despacio, subiendo y bajando la cabeza, húmeda, cada vez más decidida.
La sensación de tenerlo en la boca me encendió de una manera brutal. Era crudo, real, pesado sobre la lengua. El sabor, el calor, sus jadeos sobre mi cabeza, todo me hundía más. Una de mis manos lo sostenía por la base; con la otra le acaricié los testículos, arrancándole otro gruñido.
—Mierda, sí... así.
Empecé a chuparlo con más ganas, dejando que la saliva me mojara la barbilla. Él levantó mi cara un segundo para mirarme. Debí verme deshecha: labios hinchados, ojos húmedos, el cabello saliéndose del casco, arrodillada entre sus piernas con la falda subida. La expresión con la que me miró fue casi feroz.
—No pareces tan seria ahora, jefa.
Le respondí metiéndomelo otra vez más hondo. Esa vez sí me ahogué un poco y él soltó una carcajada ronca antes de apretarme el pelo.
—Eso. Buena chica.
La frase me atravesó. Seguí mamándosela mientras mi otra mano se colaba entre mis piernas. Aparté las bragas hacia un lado y me toqué el clítoris con dedos temblorosos. El placer de chuparlo y tocarme al mismo tiempo fue demasiado intenso. Cada succión mía le arrancaba un sonido; cada jadeo suyo me hacía frotarme más rápido.
Bruno bajó la vista, lo entendió y soltó un insulto admirado.
—Mira nada más. Te excita chuparla. Te estás corriendo casi solo con tenerme en la boca.
Gemí alrededor de su polla, y la vibración lo hizo maldecir. Mis dedos seguían en círculos desesperados, húmedos, resbalando sobre mí. Me estaba acercando al borde tan rápido que tuve que apartar la boca para respirar.
Él no me dejó ir lejos. Me agarró por los brazos y me levantó de golpe. Sus labios chocaron con los míos en un beso sucio en el que pude probarme en su lengua. Sentí un estremecimiento profundo.
—No te corras todavía —me dijo al oído—. Quiero sentirlo cuando te esté follando.
Esas palabras me vaciaron la cabeza.
Me abrió la blusa de un tirón. Los botones saltaron y cayeron al suelo. Llevaba sostén, pero él lo apartó hacia abajo con torpeza urgente y dejó mis pechos al aire. Jadeé al sentir el cambio de temperatura y, un segundo después, su boca sobre uno de mis pezones.
Chupó fuerte. Luego mordió apenas. Mi espalda se arqueó como un reflejo. Se ocupó del otro con la mano, apretándolo, amasándolo con rudeza. Yo tenía los dedos hundidos en su cabello, empujándolo contra mí, abierta de piernas, perdiendo toda compostura.
—Me vuelves loco —gruñó contra mi piel—. Tan bien puesta, tan correcta, y mírate.
Me giró y me llevó hasta la mesa del fondo, despejándola de herramientas con el antebrazo. El golpe del metal al caer sonó escandaloso, pero ya nada importaba. Me inclinó sobre la mesa sin ceremonia, con el torso apoyado y la falda enrollada en la cintura. Sentí el aire en el culo, en la parte de atrás de los muslos, y luego su mano abriendo mis nalgas para mirar.
—Joder —dijo, ronco—. Qué coño más mojado tienes.
Me dio una palmada seca. No fue tan fuerte como para doler de verdad, pero sí lo suficiente para hacerme jadear y apretar las piernas. Me las separó otra vez con la rodilla.
—Quieta.
Lo escuché escupir en su mano, aunque no hacía falta. Yo ya estaba resbalando de ganas. La cabeza de su polla me rozó de arriba abajo, lenta, ensuciándome más, deteniéndose apenas en la entrada. Cerré los ojos y clavé las uñas en la madera.
—Bruno, métela ya.
—Así me gusta más —dijo—. Que la pidas.
Empujó de una sola vez. El aire se me fue del cuerpo en un gemido ronco. Me llenó de golpe, grueso, duro, abriéndome alrededor de él. Me sostuvo por la cintura mientras yo me ajustaba a esa sensación brutal de tenerlo dentro. No me dio mucho tiempo. Empezó a moverse casi enseguida.
Las primeras embestidas fueron profundas y medidas, como si quisiera sentir cada reacción de mi cuerpo. Luego se volvió más rápido. Más fuerte. La mesa crujía debajo de mí. Mis pechos se balanceaban con cada golpe y mis jadeos se mezclaban con el sonido húmedo de su polla entrando y saliendo.
—Eso querías, ¿no? —gruñó detrás de mí—. Que te follara aquí como una puta calentona.
La frase me hizo gemir más fuerte en vez de ofenderme. Era exactamente eso lo que me estaba rompiendo por dentro: que dijera en voz alta lo que yo había escondido durante tanto tiempo.
—Sí —jadeé, sin reconocerme—. Sí, joder.
Bruno me agarró del cabello y tiró de él lo justo para arquearme más. La nueva profundidad me arrancó un grito. Empezó a embestir con un ritmo duro, constante, golpeando justo donde mi cuerpo respondía mejor. Cada vez que salía casi por completo y volvía a hundirse sentía que me deshacía un poco más.
Metí una mano debajo de mí para tocarme otra vez. Apenas mis dedos encontraron el clítoris, él me dio otra palmada en el muslo.
—Hazlo —dijo, respirando fuerte—. Tócate mientras te la meto. Quiero verte correrte así.
Obedecí sin pensar. Me froté rápido, desesperada, mientras él seguía follándome por detrás con una fuerza que me hacía chocar contra la mesa. El almacén entero parecía llenarse de nuestros sonidos: mis gemidos rotos, sus gruñidos, la madera golpeando la pared, el chasquido húmedo entre mis piernas.
Él bajó una mano a mi garganta y me la sostuvo por delante, sin apretar de verdad, solo marcando posesión. Con la otra me agarró una teta y la apretó con fuerza. Yo estaba completamente abierta, completamente sometida a ese ritmo brutal que mi cuerpo pedía más y más.
—Mírate —dijo cerca de mi oído—. Te estás corriendo con mi polla dentro y ni siquiera puedes hablar.
No podía. Apenas podía respirar. Solo gemir, temblar y mover las caderas hacia atrás para recibirlo más hondo. Cada embestida me llevaba más cerca. Sentía la presión creciendo en el vientre, un calor insoportable subiendo por el cuerpo.
—No pares —supliqué—. Por favor, no pares.
—Ni loco.
Cambió el ángulo levantándome una pierna sobre la mesa. Entró todavía más profundo. Solté un grito sin vergüenza y él se rio, excitado por mi descontrol. Siguió golpeándome ahí, exactamente ahí, hasta que mi mano dejó de obedecerme bien y empecé a temblar entera.
—Bruno... me voy a correr.
—Hazlo. Apriétame ese coño y córrete.
El orgasmo me agarró de golpe. Se me cerró el cuerpo alrededor de él en pulsaciones violentas. Grité contra la mesa, con la cara pegada a la madera y las piernas sin fuerza, mientras seguía frotándome apenas un segundo más. Me corrí duro, de una forma desordenada y brutal, con él todavía bombeando dentro de mí sin aflojar el ritmo.
Sentí cómo eso lo enloquecía. Gruñó detrás de mí y empezó a embestir más rápido, más sucio, usando mi cuerpo todavía estremecido para perseguir su propio final. Yo apenas podía sostenerme, pero cada nueva estocada sobre el orgasmo me arrancaba espasmos y gemidos.
—Aprietas como una condenada —dijo con la voz rota—. Me vas a hacer correrme ya.
Se inclinó sobre mi espalda, me mordió el cuello y me dio tres embestidas más, profundas, salvajes. En la última se quedó enterrado hasta el fondo y soltó un gruñido largo, caliente, mientras se corría dentro de mí. Sentí la descarga, el pulso espeso llenándome, y eso me hizo temblar otra vez, todavía sensible.
Nos quedamos así unos segundos, jadeando, sudados, pegados. Él con la frente apoyada entre mis hombros. Yo con las manos abiertas sobre la mesa, intentando volver a ordenar la respiración.
Al final salió despacio y el vacío me hizo estremecer. Bruno me acomodó la falda con una lentitud inesperada, como si después de haberme follado con tanta rudeza le naciera una ternura torpe. Me dio un beso en el hombro y luego me ayudó a incorporarme.
Tenía el cabello hecho un desastre, la blusa abierta y las piernas todavía flojas. Él me miró de arriba abajo con satisfacción desnuda.
—Ahora sí pareces de la obra —dijo, sonriendo.
Le pegué en el pecho con la palma, sin fuerza real, y terminé riéndome. Era una risa nerviosa, incrédula, todavía sacudida por lo que acababa de pasar. Bruno me recogió la tableta del suelo y me la entregó.
—Te faltan botones —comentó.
—Y a ti vergüenza.
—Esa no la traigo de fábrica.
Lo miré y sentí otro latigazo entre las piernas, más suave, pero igual de claro. Esto no había sido un accidente. Tampoco un arrebato aislado. Había algo entre nosotros que ya no iba a volver a esconderse detrás de los comentarios o las miradas largas.
Antes de abrir la puerta, me sujetó de la cintura y me besó otra vez, esta vez más despacio. Menos voraz. Igual de peligroso.
—Cuando vuelvas a inspeccionar —me dijo al separarse—, avísame. Hay muchas cosas que revisar en este almacén.
Negué con la cabeza, pero no pude borrar la sonrisa.
Salí primero. El aire de afuera me golpeó la cara caliente. Caminé con la tableta apretada contra el pecho, intentando recomponer la chaqueta sobre la blusa medio abierta. Sentía todavía la humedad entre los muslos, el ardor rico del cuello mordido y el peso reciente de él dentro de mí.
Algunos obreros levantaron la vista al verme pasar. Uno sonrió con descaro. Otro murmuró algo que no alcancé a oír. Esa vez no bajé los ojos. Seguí de frente, con las piernas temblando y una seguridad nueva en la espalda.
Desde la puerta del almacén, Bruno me observaba con esa media sonrisa insolente. No hizo falta volver a mirarlo para saberlo. Lo sentía. Como sentía todavía su sabor en mi boca y el eco de sus manos en mi cuerpo.
Había llegado a la obra como una empleada correcta, tensa, fingiendo que no entendía el efecto que provocaba. Me iba sabiendo exactamente qué había despertado en él y, peor aún, qué había despertado en mí.
Y la próxima vez que me llamara al almacén, ya no iba a fingir sorpresa.
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