Aquella noche me toqué hasta perder la razón
Cerré la puerta del departamento y me apoyé contra ella, respirando hondo. Silencio en el pasillo de atrás y vacío en el living de adelante. La cena de fin de año en la agencia había terminado hacía menos de veinte minutos y yo seguía con el pulso golpeándome en la garganta.
Se llamaba Andrés y no había cruzado más de tres frases con él en toda la noche. Un compañero nuevo del área de diseño, treinta y siete, alto, con los ojos oscuros y una manera muy calmada de mirar las cosas. Pero cada vez que yo levantaba la copa lo encontraba mirándome, y cada vez que él la levantaba yo lo miraba a él. En el ascensor de vuelta, cuando bajó en el piso siete y yo seguí hasta el nueve, se dio vuelta un segundo antes de que las puertas se cerraran. Solo eso. Un segundo.
Fue suficiente para que llegara a mi departamento con las piernas apretadas y la bombacha pegándoseme a la piel.
Dejé los zapatos junto al recibidor, la cartera en la mesita, y fui directo a la cocina a servirme una copa de vino. La camisa negra semitransparente que había elegido para la cena me raspaba los pezones a través del corpiño de encaje. Los tenía duros desde hacía horas.
Bebí un trago largo. Después otro. Me acerqué a la ventana del living y corrí apenas la cortina. Las luces de la ciudad temblaban abajo y el vidrio me devolvió mi propio reflejo: la boca entreabierta, el pelo suelto sobre los hombros, las clavículas brillando bajo la lámpara del techo. Estaba encendida. Y no había nadie que me viera.
Excepto yo misma.
***
Fui al dormitorio. Encendí solo la lamparita de la mesa de luz y me senté en el borde de la cama. Empecé por bajarme el cierre del costado del vestido despacio, como si alguien estuviera mirándome, como si el gesto tuviera que ser un espectáculo. El vestido cayó al piso en un charco negro. Debajo me quedé con el corpiño y la bombacha de encaje negro, un juego que había estrenado esa noche pensando en la posibilidad remota de que alguien lo viera. Nadie lo había visto. Yo iba a hacerlo por él.
Me pasé la mano abierta por la barriga, por las costillas, y me tomé un pecho por encima del encaje. Apreté. Me arqueé. El pezón se me endureció más todavía y solté un suspiro que no era mío, era de la mujer del reflejo. Con la otra mano me toqué por encima de la bombacha y sentí el calor que había atravesado la tela.
Me acosté. Me estiré en diagonal sobre el edredón, con los brazos por encima de la cabeza y las piernas abiertas. Cerré los ojos.
Y ahí empezó.
***
Andrés no bajaba en el séptimo piso. Se quedaba en el ascensor conmigo. Cuando las puertas se abrían en el noveno me tomaba de la muñeca y me hacía retroceder contra el espejo del fondo. Sin decir una palabra me subía el vestido hasta la cintura y me metía la mano entre las piernas por encima de la bombacha, con la palma abierta, apretando. Yo dejaba caer la cabeza contra el vidrio frío y le abría más las piernas.
—Estás mojada —me decía al oído, la voz áspera.
—Sabés que sí —le contestaba.
En la cama, mi mano derecha imitaba la suya. La fui bajando por el vientre, la deslicé por debajo del elástico de la bombacha y me toqué. Estaba empapada. Los dedos se me hundieron sin resistencia y solté un gemido que rebotó en el dormitorio vacío. Me acaricié los labios inferiores con la yema del índice y del mayor, arriba y abajo, tomándome mi tiempo, sintiendo cómo cada roce me tensaba más el estómago.
Con la otra mano me bajé el corpiño y me tomé una teta llena. Me pellizqué el pezón entre el índice y el pulgar hasta que el pinchazo se convirtió en un tirón caliente que me bajó directo al clítoris. Repetí el gesto. Otra vez. Otra. Un jugueteo entre el dolor pequeñito y el placer que se acumulaba abajo, en el vientre.
Me arqueé y me quité la bombacha empujándola con los talones. La pateé fuera de la cama. Ahora, sí, estaba abierta y disponible para nadie más que para mí.
Volví a la fantasía. Andrés me llevaba adentro del departamento sin encender ninguna luz. Me empujaba contra la pared del pasillo, me daba vuelta hasta ponerme de cara al empapelado y me subía el vestido por detrás. Me pasaba la palma abierta por las nalgas, me apretaba, me separaba. En la cama sentí como si me tocara él, no yo. Con dos dedos me buscaba la entrada del coño y me penetraba lento, hasta el fondo.
Yo, sola, hice lo mismo. Me metí dos dedos y giré la muñeca hasta que la punta encontró el punto justo, hacia adelante, contra la pared interna. Se me escapó un «ay, mierda» que sonó ridículo en el silencio del cuarto y me hizo reír un segundo, y en el mismo movimiento me hizo arquear otra vez, porque el placer me tironeaba desde adentro con una insistencia que ya no podía frenar.
El pulgar arriba, en el clítoris. Los dos dedos adentro. Círculos, presión, círculos. Ese es el ritmo. Ese siempre fue mi ritmo.
En la fantasía, Andrés se sacaba el cinturón, se bajaba el pantalón y me la ponía toda de una embestida, ahí contra la pared. La tenía dura, gruesa, y yo la sentía entrar hasta que me chocaba contra el hueso. Empezaba a follarme lento, midiendo, con las dos manos apretándome las caderas.
—Cállate —me decía cuando yo empezaba a gemir muy fuerte—. Los vecinos.
Yo le contestaba con la voz rota:
—Que me escuchen. Que sepan que me estás cogiendo.
***
Pero todavía era temprano para acabar. Me obligué a bajar la mano. Respiré hondo. Miré el techo un rato.
Sabía lo que necesitaba. Me estiré hasta el cajón de la mesa de luz y saqué el vibrador, un cilindro azul de silicona que me había regalado a mí misma para mi último cumpleaños. Lo prendí en la vibración más baja y me lo apoyé sobre el hueso púbico, sin apurar nada, dejando que el zumbido me hiciera cosquillas suaves antes de bajarlo hasta el clítoris.
Al primer contacto directo el cuerpo entero me pegó un salto. Solté una carcajada corta, sorprendida, y volví a apoyarlo, esta vez con más cuidado, dejando que la punta apenas rozara la piel. La sensación me subía por la columna en oleadas. Cerré los ojos.
La fantasía cambió sola. Ya no era Andrés en el pasillo. Era una habitación de hotel, cortinas cerradas, una silla en un rincón. Yo estaba atada a los postes de la cama por las muñecas, con una venda negra sobre los ojos, y del otro lado de la puerta escuchaba voces de hombres que hablaban en voz baja sobre mí. Voces graves. Se turnaban. Uno decía «esta noche es mía primero» y otro se reía. Yo tironeaba de las ataduras y me humedecía más todavía, aunque no me habían tocado.
La primera voz entraba, cerraba la puerta con llave. Se me acercaba despacio. Me pasaba una mano abierta por el vientre, por el vello del pubis, y bajaba con dos dedos hasta abrirme. «Está lista, muchachos», anunciaba en voz alta para que los del otro lado lo escucharan. Después me montaba y me clavaba la verga hasta el fondo, sin preguntar, con toda la fuerza del cuerpo encima.
En la cama real subí la intensidad del vibrador y presioné más fuerte. La primera contracción me sacudió las caderas contra el colchón, pero no era el orgasmo todavía. Era el aviso. La punta del clítoris me palpitaba con una urgencia que crecía cada vez que exhalaba.
Me metí tres dedos en el coño sin dejar de trabajar el vibrador arriba. Con la mano que me quedó libre me tomé una teta y me apreté el pezón otra vez, más fuerte. Estaba empapada. Podía escuchar el ruido húmedo de los dedos entrando y saliendo, y ese sonido en el silencio del cuarto me daba tanto morbo como la fantasía.
—Fóllame —dije en voz alta, a nadie—. Fóllame ya.
Nadie me contestó. Nadie me tenía que contestar. La voz me salía ronca, me la escuchaba a mí misma como si fuera de otra mujer, y esa distancia era parte del juego.
***
Cambié de posición. Rodé hasta quedar boca abajo, con la almohada aplastada contra la pelvis y el vibrador prensado entre mi cuerpo y la tela. Me moví contra la almohada, empujando, restregándome. Con una mano por debajo mantenía el vibrador en su lugar. Con la otra me llegué hasta atrás y me acaricié las nalgas, me separé, dejé que el índice se demorara en la zona más íntima, apenas rozándola, sin entrar. Ese jugueteo era mío, mi vicio, algo que solo me hacía yo cuando estaba sola.
La fantasía volvió a mutar. Ahora era una fiesta enorme en una casa que no conocía. Yo estaba sentada en un sillón central, con las piernas abiertas y una falda cortísima subida hasta la cintura, y alrededor había gente que me miraba. Mujeres y hombres. Nadie me tocaba. Yo me acariciaba para ellos, y ellos me observaban en silencio, como en una función. Sentía todas esas miradas encima y en vez de darme vergüenza me daba una excitación densa, pesada, casi dolorosa. Uno de los hombres, sin acercarse, me pedía que abriera más las piernas. Yo las abría. Otro me pedía que me metiera dos dedos. Yo me los metía. Todos me miraban acabar como si fuera un espectáculo.
Boca abajo en mi cama, embestí la almohada dos, tres, cuatro veces más. El vibrador me apretaba el clítoris contra el hueso y el placer subía sin caer. Se me endurecieron los músculos de los muslos. Las contracciones internas se me volvieron rítmicas, urgentes. Me faltaba muy poco.
Volví a girar, boca arriba. Necesitaba las dos manos y todo el cuerpo estirado. Bajé la potencia del vibrador un clic porque estaba a punto de acabar y quería hacerlo durar dos segundos más.
Me miré. Las tetas al aire, el corpiño hecho un rollo debajo del pecho, la piel enrojecida en manchones. Las piernas abiertas, brillantes de humedad hasta la mitad de los muslos. El pecho subía y bajaba a un ritmo que no controlaba.
Y ahí no aguanté más.
***
Subí otra vez la potencia al máximo, apreté el vibrador contra el clítoris con las dos manos y arqueé toda la espalda. El orgasmo me llegó como una descarga eléctrica que arrancó desde adentro del vientre y me subió por la columna, por el cuello, hasta hacerme apretar los dientes. Grité. Grité fuerte. Un grito ronco que seguramente se escuchó en el pasillo pero que no me importó, porque en ese instante no había pasillo, no había ciudad, no había departamento vecino. Había solo mi cuerpo estallando.
Y ahí sentí el chorro. Una descarga tibia entre las piernas, después otra, un flujo que me empapó los muslos y la sábana en un segundo. Solté el vibrador. Me llevé las manos a la cara. Volvió a suceder, más suave, y una tercera vez, casi un temblor. Los ojos se me llenaron de lágrimas de esas que no son de tristeza, esas que salen cuando el cuerpo se te vacía de todo.
Me quedé temblando así unos segundos, con los músculos internos apretando y soltando por su cuenta, sin que yo hiciera nada. Sentí la humedad tibia debajo de la espalda y no me importó. Estaba deshecha.
***
Cuando por fin me pude quedar quieta, escuché el silencio del dormitorio. El zumbido apagado del vibrador contra mi muslo. Mi propia respiración volviendo a la normalidad. Nada más.
Andrés seguía en su departamento del séptimo piso, seguramente durmiendo, ajeno a la escena que yo acababa de tener con él dos pisos más arriba. Yo, en el noveno, empapada y sin haber dicho ni pensado la mitad de las cosas que se me habían pasado por la cabeza. Tenía la sospecha de que iba a tardar mucho en olvidarme del segundo en que se dio vuelta antes de que se cerraran las puertas del ascensor.
Y me gustó saber que la próxima vez que lo cruzara ahí adentro tal vez no iba a bajar en el noveno.
Estiré la mano y apagué el vibrador. Me quedé un rato más así, desnuda y respirando, sonriendo un poco al techo del cuarto oscuro. Después me fui a dormir, con la sábana húmeda todavía debajo de las caderas y la certeza de que al día siguiente iba a mirar a mi compañero nuevo con otros ojos.
Para quienes leen desde zona sur: acompañantes en Esteban Echeverría, con fotos reales.