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Relatos Ardientes

La fiesta con albañiles que terminó en trío y más

Siempre he sido una mujer de trato fácil, de esas que hablan con cualquiera sin hacerse la importante. Me gusta caer bien, sonreír, jugar con la mirada y sentir cuando alguien responde. No porque vaya buscando algo todo el tiempo, sino porque disfruto ese pequeño poder de saber que provoco cosas.

En esa época ayudaba a mi familia con algunos mandados y casi todos los días pasaba por una obra en construcción a pocas cuadras de casa. Yo ya era una mujer adulta, vivía sola desde hacía tiempo, y me gustaba vestir falda corta y blusas ceñidas cuando el calor apretaba. No tardé en notar que los trabajadores me seguían con la vista cada vez que cruzaba la vereda.

Al principio fueron silbidos, piropos gritados desde el andamio y saludos exagerados. Yo podría haberlos ignorado, pero la verdad es que me divertía. Les sonreía, les levantaba la mano y seguía caminando, sintiendo cómo me pesaban sus ojos en las piernas y en el culo.

Con los días tomaron confianza. Uno me pedía que le comprara cigarrillos, otro una bebida fría, otro cualquier tontería con tal de hablarme un minuto más. Yo aceptaba porque nunca se pusieron agresivos y, para qué mentir, también porque me gustaba ver cómo se alteraban cuando me acercaba y tenían que mirarme desde abajo o desde muy cerca.

El capataz, un moreno ancho de hombros llamado Darío, era el menos hablador. Casi no me decía nada, pero su forma de mirarme era peor que cualquier piropo. Tenía esa mirada de hombre grande que ya se imaginó todo y no necesita explicarlo. A su lado siempre andaba Julián, más joven, rubio, nervioso, con una sonrisa descarada y el pantalón manchado de cemento pegado a los muslos.

Un viernes me dijeron que iban a hacer un pequeño festejo al terminar la jornada. Habían cobrado una parte del trabajo y querían brindar antes de irse. Me pidieron si podía llevarles hielo y unas botellas, y yo, envalentonada por la costumbre y por la atención que me daban, aparecí más tarde con una bolsa y una botella extra de licor por mi cuenta.

Me recibieron entre aplausos y gritos. —Así se trata a una reina —dijo Julián, quitándome la bolsa de las manos. Yo me reí, fingiendo que aquello me parecía exagerado, aunque por dentro estaba encantada de ser el centro de toda esa energía masculina.

La obra estaba casi vacía, solo quedaban ellos. El sol ya había bajado y en la planta baja habían improvisado una mesa con tablones, vasos de plástico y una bocina vieja que soltaba música de fiesta. El polvo del cemento flotaba en el aire caliente, mezclado con olor a sudor, cerveza y pintura fresca.

—Quédate un rato —me pidió Darío, acercándome un vaso—. Te ganaste el brindis.

Acepté una copa. Luego otra. Después cerveza. Me fui aflojando, riéndome más de la cuenta, moviendo las caderas sin pensar demasiado. No estaba fuera de mí, pero sí lo bastante encendida como para dejar de fingir que no notaba cómo me recorrían el cuerpo con descaro.

La música cambió a algo con más ritmo. Julián empezó a aplaudir al compás y uno de los otros gritó que yo tenía que bailar si quería ser invitada de honor. Me negué por costumbre, no por convicción, y ellos insistieron con tanta alegría que terminé soltando el bolso en un rincón y me puse en medio del espacio libre.

Al principio bailé sola, riéndome, levantando los brazos, sintiendo la tela de la falda subir un poco con cada vuelta. Los hombres silbaban y marcaban el ritmo con las botas en el suelo. No tardé en notar que la excitación ya no era solo de ellos. A mí también me latía algo entre las piernas, algo sucio y delicioso que me hacía seguir moviéndome.

Julián fue el primero en acercarse. Se puso detrás de mí, sin tocarme al comienzo, siguiendo mis pasos con el cuerpo apenas a un par de centímetros. Sentí el calor de su pecho en mi espalda y luego sus manos rodeándome la cintura. No lo aparté. Al contrario, me pegué un poco más.

—Así, nena —me dijo al oído, con la voz ronca—. Si vienes a provocarnos, aguanta.

Sus manos bajaron despacio a mis caderas y apretaron. Después me agarró el culo entero, sin vergüenza, metiendo los dedos entre la tela ajustada. Se me escapó un jadeo, mitad sorpresa, mitad gusto. Los demás gritaron más fuerte al ver que no me apartaba.

Darío se colocó frente a mí. Me sostuvo la mirada mientras Julián seguía manoseándome por detrás. No sonreía. Solo me miraba como si estuviera comprobando hasta dónde iba a dejarme llegar. Levantó una mano y me acarició el cuello, bajando hasta el escote. Me rozó un pecho por encima de la blusa y notó enseguida el pezón duro.

—Mira cómo se puso —dijo, sin quitarme los ojos de encima.

Yo respiraba cada vez más deprisa. Julián ya me había subido la falda hasta media nalga y empezó a frotarse contra mí. Sentí el bulto grueso de su polla endurecida apretando entre mis cachetes, restregándose de arriba abajo. Mi cuerpo respondió solo: arqueé la espalda y abrí un poco más las piernas.

Darío metió la mano por mi escote, me bajó una copa del sostén y atrapó mi pecho. Amasó con fuerza, pellizcando el pezón entre dos dedos callosos hasta hacerme gemir. Luego me besó. No fue un beso tierno ni tanteando. Me metió la lengua de golpe, caliente, dominante, mientras detrás de mí Julián me sujetaba de la cadera y seguía marcando su verga contra mi culo.

Cuando Darío se separó, me vio la cara desencajada y sonrió apenas. —Eso querías, ¿no?

No me salió negar nada. —Sí —contesté, casi en un suspiro.

Eso bastó. Julián me giró de golpe y Darío me bajó la blusa hasta dejarme los pechos fuera. Los hombres alrededor estaban enloquecidos, pero manteniéndose a distancia, mirando, bebiendo, pajéandose algunos por encima del pantalón. Yo ya no pensaba en irme. Estaba caliente, mojada y hambrienta de que siguieran.

Darío me tomó de la nuca y me llevó hasta Julián. —Chúpasela.

Lo dijo como una orden tranquila, segura de que iba a obedecer. Y obedecí. Me arrodillé sobre el piso polvoriento mientras Julián se sacaba la polla del pantalón. Era gruesa, tiesa, con la punta brillante. La agarré con una mano y la acerqué a mi boca sintiendo los silbidos alrededor.

La primera lamida fue lenta, desde la base hasta la punta. Julián soltó un gemido seco. Después abrí la boca y me la metí todo lo que pude, notando el sabor salado de su piel y el peso caliente en la lengua. Empecé a mamársela con ganas, subiendo y bajando la cabeza, ayudándome con la mano para marcar el ritmo.

—Joder, mírala —escuché a uno decir.

Darío se colocó a mi lado y me apartó el pelo de la cara para verme mejor. Me acarició la mejilla mientras yo seguía tragándome la verga de Julián. Cuando quise tomar aire, me pasó el pulgar por los labios húmedos y me lo metió en la boca. Lo chupé sin dejar de pajear a Julián, completamente metida ya en ese papel de puta obediente que tanto me estaba calentando.

—Levántala —ordenó Darío.

Entre él y otro de los hombres me pusieron de pie y me inclinaron sobre un tablón. Mi falda quedó arremangada en la cintura y el aire de la obra me pegó de lleno en el coño. Uno de ellos apartó mi tanga hacia un lado y soltó una carcajada. —Está empapada.

No exageraba. Yo misma lo sentí cuando Darío pasó dos dedos entre mis labios y luego me los metió de golpe. Estaban ásperos, duros, y entraron sin resistencia porque yo chorreaba. Se movió con firmeza, hundiéndomelos hasta el fondo y sacándolos para volver a clavarlos mientras con la otra mano me apretaba una nalga.

—Así que todo este tiempo venías a hacerte la inocente con nosotros... y mírate —murmuró cerca de mi oído.

Me corrió la tanga del todo y sentí la cabeza de su polla empujando mi entrada. Grande, pesada, muy caliente. Me sujetó de la cadera y me penetró de una sola embestida. El golpe me arrancó un grito. Se metió hasta el fondo y se quedó un segundo ahí, respirando fuerte, como disfrutando sentir cómo lo apretaba.

Luego empezó a follarme de verdad. Tirones secos, profundos, que me hacían sacudir sobre el tablón. Mi falda enrollada en la cintura, los pechos colgando, la cara casi pegada a la madera sucia y el coño tragándose una polla enorme mientras todos miraban. La obscenidad de la escena me disparó todavía más.

Julián se puso delante de mí otra vez con la verga en la mano. —Abre la boca.

Lo hice sin discutir. Darío seguía clavándomela por detrás cuando Julián me la metió entre los labios. Empecé a mamársela al mismo tiempo que recibía las embestidas. Cada vez que Darío me daba un golpe más fuerte, yo me tragaba más polla de Julián y baboseaba la base. Los dos empezaron a gemir, excitados por el ritmo compartido de mi cuerpo.

—Eso es, así te quería ver —dijo Darío—. Llena por todos lados.

Yo ya no tenía espacio para vergüenza. Solo sentía placer, peso, saliva, el ruido húmedo de mi boca y mi coño trabajando al mismo tiempo. Me agarré con una mano al borde del tablón y con la otra a la cadera de Julián, marcando yo misma el ritmo de la mamada mientras Darío me follaba cada vez más rápido.

El primer orgasmo me golpeó así, sin aviso. Se me cerraron las piernas, me tembló el vientre y solté la polla de Julián solo para gemir con toda la boca abierta. Darío no aflojó. Al sentirme corrida, me sujetó más fuerte y siguió empujando hasta hacerme jadear de nuevo, aprovechando mis contracciones para hundirse todavía más.

Cuando aflojé un poco, me levantaron. Tenía las piernas temblorosas y la cara roja. Julián me besó con brutalidad, saboreando su propia polla en mi lengua, y luego me llevó hasta una pila de sacos de cemento. Me sentó encima y se arrodilló entre mis piernas.

Me arrancó la tanga de una vez. El sonido de la tela cediendo me hizo sonreír como una idiota caliente. Julián abrió mis muslos y hundió la cara entre ellos. Su lengua me lamió de abajo arriba, lenta primero, después rápida, separando mis labios y clavándose en el clítoris con hambre.

—Mierda, qué rica estás —murmuró antes de volver a comerme el coño.

Yo me agarré al saco con una mano y con la otra le tomé el pelo. Le empujaba la cabeza, necesitando más. Él respondió metiéndome dos dedos y chupándome el clítoris al mismo tiempo. Mis caderas se movían solas contra su cara, buscando el roce preciso. Al lado, Darío se acariciaba la polla viendo cómo me devoraban.

—Quiero el culo —dijo él de pronto.

Levanté la cabeza y lo miré. Supe que si decía que no, se detenía todo. Pero estaba tan encendida, tan tomada por la fantasía de ser usada entre los dos, que en lugar de negarme asentí.

Darío escupió en sus dedos y me los pasó por el ano, masajeando en círculos mientras Julián seguía lamiéndome. Esa combinación me volvió loca. Abrí más las piernas y empujé el culo hacia su mano. Primero metió un dedo, luego dos, dejándome acostumbrarme mientras mi coño seguía goteando sobre la boca de Julián.

—Relájate —me ordenó—. Te va a entrar.

Se colocó detrás de mí, me hizo inclinar el cuerpo hacia atrás y sentí la punta gruesa de su polla presionando mi culo. Empujó despacio al principio. Ardió. Me tensé y solté una queja, pero Julián no dejó de chuparme, y esa lengua sobre el clítoris me ayudó a ceder. Darío avanzó centímetro a centímetro hasta que, con un último empuje, me la clavó entera.

—Joder —gimió él, apretándome la cintura—. Qué culo más apretado.

Yo tenía los ojos cerrados, la boca abierta y una mezcla brutal de dolor y placer sacudiéndome. Darío empezó a moverse con más cuidado que antes, entrando y saliendo de mi culo mientras Julián se ponía de pie y me ofrecía otra vez su polla. Se la agarré con ambas manos y la conduje a mi boca, chupándola despacio al principio, acostumbrándome al nuevo ritmo.

No tardaron en coordinarse. Darío embestía desde atrás, firme, profunda, y cada golpe hacía vibrar mi vientre. Julián me follaba la boca, sujetándome de la nuca con una mano. Yo estaba atrapada entre los dos, tragando verga y recibiendo otra por el culo, convertida en lo único que querían usar en ese momento. Y me encantaba.

La escena alrededor era un delirio de respiraciones agitadas, hombres mirando, manos masturbándose, comentarios sucios que me llegaban entrecortados. Pero mi mundo se había reducido a esos dos cuerpos y al placer áspero, exagerado, animal, que me estaban arrancando.

Julián sacó su polla de mi boca y me giró la cara hacia él. —Quiero corrérmela en tu boca, pero antes te quiero ver montarme.

Darío salió de mi culo con un ruido húmedo. Yo gemí por la sensación de vacío. Me hicieron bajar de los sacos y Julián se tumbó sobre una lona extendida en el suelo. Se acomodó la polla tiesa sobre el vientre y me hizo una seña con la mano.

Me puse encima de él, guiando la punta hasta mi coño otra vez. Bajé despacio, saboreando cómo me abría. Después de la polla de Darío por detrás, la de Julián por delante se sintió obscena y deliciosa. Me la fui metiendo completa hasta sentarme sobre su pelvis, y entonces empecé a moverme.

Primero lento. Luego más rápido. Sentones cada vez más fuertes, usando los muslos, dejando que me golpeara adentro mientras mis pechos rebotaban fuera de la blusa. Julián me tenía agarrada de la cintura, clavando los dedos, mirándome como si no pudiera creer lo que tenía encima. Yo misma me sentía desatada, sucia, perfecta en ese exceso.

Darío no se quedó quieto. Se colocó detrás de mí otra vez, se escupió en la mano y volvió a abrirme el culo con los dedos mientras yo cabalgaba a Julián. El gesto me hizo gemir más fuerte. Cuando ya estaba preparada, apoyó la punta y empezó a metérmela otra vez, con paciencia tensa.

Sentí cómo mi cuerpo se abría para los dos. El coño lleno de Julián y el culo cediendo a Darío al mismo tiempo. Cuando al fin estuvieron dentro, lancé un grito ronco que hizo estallar de nuevo los silbidos alrededor. Quedé inmóvil un segundo, abrumada por la sensación de estar completamente ocupada.

—Muévete —dijo Darío, jadeando.

Y me moví. Arriba y abajo sobre la polla de Julián, mientras Darío entraba y salía de mi culo desde atrás. El doble vaivén me partía la cabeza. Mi cuerpo temblaba, resbalaba, se tensaba y se aflojaba una y otra vez. Yo misma no sabía si estaba más cerca del dolor o del orgasmo, hasta que dejó de importar porque todo se mezcló en un mismo latigazo de placer salvaje.

Me corrí así, montada entre los dos, con un orgasmo tan fuerte que casi me derrumbé. Sentí el coño contrayéndose alrededor de Julián y el culo apretando a Darío, y ambos soltaron una cadena de insultos sucios, excitados por cómo los estrujaba. Yo me quedé jadeando, incapaz de sostenerme sola.

Julián me incorporó y me besó mientras Darío seguía dándome unas últimas embestidas por detrás. Luego salió y me giró la cara. Su polla brillaba de saliva y de mis fluidos. —Ahora sí, trágala.

Me arrodillé otra vez. Julián se colocó a un lado, pajeándose, y Darío me metió la verga en la boca hasta rozarme la garganta. Ya no había delicadeza. Me folló la boca con fuerza, sujetándome del pelo, y yo lo dejé hacer, respirando por la nariz, relajando la lengua, sintiendo cómo se le endurecía más cada vez que me atragantaba un poco.

—Así, así, no la saques —gruñó.

Lo sentí tensarse. Me agarró la cabeza con ambas manos y se corrió dentro de mi boca con un gemido largo. El chorro caliente me golpeó la lengua y la garganta. Tragué sin apartarme, obediente, hasta que no quedó nada más que la punta sensible palpitando entre mis labios.

Julián no me dio descanso. Se puso delante de mí y me frotó la polla por la cara, embarrándome los labios. —La mía también.

Volví a mamársela con ganas, sabiendo que ya estaba al límite. Lo chupé rápido, profundo, alternando succiones con lamidas en la punta. Él me miraba desencajado, con el abdomen duro y las piernas tensas. No tardó en correrse. Me llenó la boca de nuevo, menos cantidad que Darío, pero más espesa. Esta vez dejó que una parte me escurriera por la barbilla antes de pasar el pulgar y metérmelo de nuevo para que lo lamiera.

Los demás seguían mirando, algunos acercándose más, pero Darío levantó la mano y los frenó. —Ya estuvo. La fiesta es nuestra.

Yo, todavía de rodillas, levanté la vista hacia ellos y me eché a reír. Estaba sudada, con la blusa fuera de lugar, la falda hecha un desastre, las piernas manchadas y el cuerpo entero vibrando después de tanta verga. Me sentía usada, sí, pero también satisfecha como pocas veces.

Darío me ayudó a ponerme de pie. Julián me acercó una botella de agua y bebí unos tragos largos. Después me llevaron a un pequeño baño improvisado donde pude limpiarme un poco con una toalla húmeda. Al verme en el espejo manchado, con el rímel corrido y los labios hinchados, sonreí. Tenía cara de haber hecho exactamente lo que quería hacer.

***

Cuando salí otra vez, la obra estaba más tranquila. Algunos ya se habían ido y los otros recogían las botellas vacías. Darío se me acercó por detrás, esta vez sin prisa, y me acomodó la falda. Ese gesto simple, casi doméstico después de todo lo anterior, me dio una punzada rara en el estómago.

—¿Te arrepientes? —preguntó.

Lo miré de frente. —Ni un poco.

Julián soltó una carcajada y me dio un beso corto en la boca. —Entonces tendrás que volver a celebrar con nosotros otro día.

No prometí fechas ni hice juramentos. Solo les sonreí como la primera vez que me silbaron desde la vereda, pero ahora con el cuerpo todavía temblando por lo que había pasado dentro de esa obra. Recogí mi bolso, me acomodé la blusa y caminé hacia la salida con la sensación húmeda entre las piernas y un recuerdo todavía más caliente clavado en la cabeza.

Mientras me alejaba, escuché a mis espaldas los últimos chiflidos y risas. Esta vez no sonaban lejanos ni ajenos. Sonaban como una puerta que yo misma había decidido abrir y que, en el fondo, ya estaba deseando volver a cruzar.

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Comentarios(6)

Kiara_ok

Tremendo relato!!! me tenia pegada a la pantalla de principio a fin. Que buenoooo!!

FlorNight

Por favor que haya segunda parte, me quede con muchas ganas jaja

JuanP_BA

Me recordo a una situacion parecida que viví hace años... digamos que yo tambien sali diferente de donde entré jajaja. Muy bueno.

SaraLectora

Una pregunta, esto realmente te paso? porque se siente increiblemente real.

Rulo_Mdq

excelente!! sigue así

NocheCalida_22

Lo que mas me gusto es cómo está contado, sin rodeos pero tampoco se pasa de crudo. Hay relatos que te dejan fria y otros que te atrapan desde el principio, este fue de los segundos. Muy buen trabajo.

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