Me hice correr pensando en el novio de mi amiga
Hacía media hora que habían cerrado la puerta y yo seguía con las bragas empapadas. Marina y su nuevo novio se habían despedido con un beso en cada mejilla, la mirada lenta de él clavada un segundo de más en la mía, y desde entonces no podía moverme del pasillo.
Ricardo roncaba en el sofá con el televisor a todo volumen, ajeno a que su mujer temblaba pegada a la pared de la cocina.
Habíamos cenado los cuatro en la mesa grande: mi marido, yo, Marina y su Idris. Cuarenta y pocos, calculé. Alto, ancho, la piel del color del café tostado, las manos enormes. Cada vez que se reía se le marcaban las venas del cuello. Comía despacio, hablaba poco, y cuando me miraba lo hacía sin pestañear.
Marina llevaba meses hablándome de él. Desde el divorcio se había vuelto otra: en las sobremesas de los sábados me contaba con pelos y señales cada polvo, cada mamada, cada lametón. Antes de Idris había habido un tal Bakari, un jardinero que le podaba el seto una vez por semana y le follaba la cocina antes de irse. Me describía cómo la había puesto contra la lavadora la primera vez, cómo le había levantado la falda de un tirón, cómo le había metido esa verga oscura hasta el fondo mientras ella se agarraba a la encimera con las dos manos.
Yo la escuchaba con la copa temblándome en la mano y pensaba que jamás había sentido nada parecido.
Con Idris era distinto, decía Marina. Idris era el que se quedaba. Era el que le abría el coño con la lengua durante media hora antes de metérsela. Era el que la despertaba a las cinco de la mañana con la polla dura contra su culo. Era el que la había hecho correrse tantas veces seguidas que había perdido la cuenta.
Y esa noche Marina lo había traído a mi mesa.
La culpa era del champán. Un tercio de la segunda botella descansaba todavía sobre la encimera. Pero no era solo el champán y yo lo sabía. Fue el instante en que Idris se había ofrecido a llevar los platos a la cocina, se había levantado sin esperar respuesta y me había seguido con la pila de vasos. Yo abrí el lavavajillas, me agaché para meter la primera bandeja, y cuando me incorporé lo tenía justo detrás.
Un segundo. Dos, quizá.
El bulto de su pantalón se apretó contra la tela de mi falda, justo entre las nalgas. Yo no me moví. Podría haberme apartado, podría haber girado la cadera, podría haber fingido que buscaba algo en la alacena. No hice nada. Sentí cómo aquel paquete pesado y caliente empujaba, sin urgencia, como midiendo si iba a protestar. Y como no protesté, se quedó ahí unos segundos más, apoyado contra mí, hasta que Idris me puso la mano en la cintura, me apartó suavemente hacia un lado, dejó unas tazas junto a la cafetera y volvió al salón como si nada hubiera pasado.
¿Se habría dado cuenta de que me estaba mojando por dentro?
Si me hubiese subido la falda, si me hubiese apartado las bragas de un dedo y me la hubiese metido ahí mismo con Marina y Ricardo al otro lado de la puerta, no habría hecho nada por impedírselo. Me habría mordido el puño y habría dejado que me llenara.
***
Ahora estaba sola.
Cerré la puerta de la cocina con el hombro y me apoyé contra ella. La casa estaba en penumbra: solo la campana extractora arrojaba una luz naranja sobre el mármol. Del salón llegaban los ronquidos de Ricardo y las risas enlatadas de un programa que ya nadie miraba.
Me llevé la mano entre las piernas por encima de la falda. La tela estaba caliente. Me subí la falda hasta las caderas y me palpé por encima de las bragas de encaje que había estrenado esa noche. Estaban chorreando. Deslicé un dedo por debajo del elástico y me toqué los labios: pegajosos, hinchados, resbaladizos. Cerré los ojos y me estremecí.
Cincuenta y dos años y no me había hecho correr nunca por mi propia mano. Nadie me había enseñado. Ricardo llevaba meses sin tocarme, y cuando me tocaba era torpe, rápido, sin mirar. Nunca me había lamido el coño. Ni siquiera de novios, ni siquiera recién casados, ni ahora. Yo no sabía a qué sabía mi propio placer.
Abrí los ojos y recorrí la cocina con la mirada, buscando algo, sin saber muy bien qué. Y ahí, en el frutero de cerámica que Marina me había regalado, había un pepino largo y grueso. Verde oscuro, brillante, del grosor exacto de lo que había sentido presionarme entre las nalgas hacía media hora.
Lo cogí. Estaba fresco. Lo apreté con las dos manos y me temblaron las piernas.
Arrastré una silla hasta el centro de la cocina. Coloqué el pepino en el asiento, la punta apuntando hacia arriba, y me quedé mirándolo un segundo con las bragas bajadas hasta la mitad de los muslos. Después me subí las bragas de nuevo, me levanté la falda hasta la cintura y me senté sobre la silla despacio, dejando que el pepino se acomodara entre los labios de mi coño a través del encaje empapado.
Cerré los ojos.
***
—¿Dónde dejo esto? —oí decir a Idris a mi espalda.
No me giré. Me apoyé con las dos manos sobre la encimera y arqueé la espalda. Él se acercó por detrás sin soltar los vasos y me pegó otra vez la polla al culo, esta vez sin excusa.
—Ahí, sobre el mármol —le dije.
—Huele a algo raro aquí. Algo dulce. Desde donde estoy lo huelo.
Es mi coño, cabrón, pensé yo, sin decirlo. Está tan mojado que si me subes la falda, me apartas las bragas y me la metes entera me correré antes de que termines de empujar.
Idris dejó los vasos sobre la encimera y me puso las dos manos en las caderas. Me levantó la falda hasta la cintura de un tirón, sin preguntar, como si aquello fuera suyo. Me apartó las bragas de un lado y sentí el frío del aire en el coño hinchado.
—Estás empapada —dijo con la voz ronca, casi hosca.
Mecí mis caderas sobre la silla, muy despacio, restregando el clítoris contra el lomo rugoso del pepino. La tela del encaje se me pegaba como una segunda piel. Con cada vaivén, la punta subía por mis labios y volvía a bajar, empapada y brillante.
Idris me metió dos dedos primero. Los dos a la vez, hasta el nudillo, y yo dejé escapar un gemido ronco que se tragó el ruido del extractor. Los movió dentro de mí como si buscara algo. Cuando los sacó, los tenía chorreando de mí, y me los levantó a la altura de la cara para que los viera.
—Chúpalos —me ordenó.
Me metí los dedos en la boca. Sabía a algo caliente y salobre, a algo que no había probado nunca. Idris se rio bajito detrás de mí y sentí el metal frío de su hebilla contra la parte baja de mi espalda mientras se bajaba el pantalón.
Después vino el glande. Solo el glande, presionando en la entrada, moviéndose arriba y abajo por los labios, resbalando en mi propio flujo. No entraba todavía. Me estaba haciendo esperar, mirándome jadear pegada a la encimera con la falda arremangada en la cintura y las bragas colgando de un tobillo.
—Métemela ya —le supliqué en un susurro.
Y me la metió.
De una sola embestida, hasta el fondo, hasta arrancarme un grito que me tapé con la mano justo a tiempo. Más profundo de lo que Ricardo había llegado nunca. Más grueso, más caliente, más venoso. Sentí cómo cada centímetro me abría por dentro, cómo mis paredes se estiraban para acomodarlo, cómo la punta me llegaba a un lugar que no sabía que existía.
***
Sentada en la silla de mi cocina, con los ojos cerrados y las bragas apartadas, presioné más fuerte contra el pepino y me lo metí un par de centímetros. Solo un par. Pero fue suficiente para que el clítoris se me disparara contra la base rugosa y me arrancara un jadeo. Con la mano libre me apreté la teta izquierda por encima de la blusa, ese pecho grande y ya flácido que Ricardo hacía años que no tocaba, y me pellizqué el pezón hasta que dolió.
En mi cabeza, Idris me estaba follando contra la encimera, agarrado a mis caderas, sin piedad. Sus embestidas eran largas, profundas, brutales. Yo tenía las tetas aplastadas contra el mármol frío, los pezones erizados por el contraste, y a cada golpe se me escapaba un gemido que yo misma me tragaba.
—No, Idris, para —le rogué en la fantasía, sabiendo perfectamente que no quería que parara—. Nos van a oír.
—Que oigan —gruñó él, y me embistió más fuerte.
Que Ricardo oyera. Que Marina oyera. Que se levantaran del sofá, que abrieran la puerta de la cocina, que me vieran así: doblada sobre el mármol, con la falda arremangada, las bragas colgando de un tobillo y otro hombre metiéndomela hasta las pelotas mientras yo suplicaba más. La idea me llenó la boca de saliva. Empecé a moverme más rápido sobre el pepino, restregando el clítoris con la base rugosa, cada vez con más presión, cada vez con menos control.
Con la mano derecha bajé por debajo, aparté las bragas del todo y me abrí los labios con dos dedos. El pepino me rozaba directamente el clítoris hinchado, sin tela de por medio. Estaba resbaladizo con mi propio flujo. Empecé a moverme en círculos, en ochos, buscando el ángulo, y cada roce me disparaba un espasmo en el vientre.
—¿Dónde quieres que me corra? —oí decir a Idris en mi cabeza.
—Dentro —jadeé sin voz—. Córrete dentro. No quiero que quede nada afuera. Quiero sentir cómo me llenas.
Mentira. La verdad era que quería sentir el chorro caliente subiéndome por dentro, quería notar cómo se me escurría después por los muslos, quería correrme al mismo tiempo que él para que su leche me marcara el útero. Nunca me había corrido con un hombre dentro. Ricardo no aguantaba. Ricardo se dormía. Ricardo roncaba a diez metros de mí en este mismo instante.
Apreté los muslos, bajé el peso del cuerpo sobre el pepino, hundí un poco más la punta, y el orgasmo me atravesó como una descarga.
Me mordí el labio para no gritar. Las paredes del coño se me sacudieron una, dos, tres veces, cerrándose alrededor del pepino, expulsando un chorro corto y espeso de flujo que me manchó los muslos y el asiento de la silla. Una mano me apretaba el pecho hasta hacerme daño; la otra estaba agarrada al borde de la silla con los nudillos blancos. La cabeza se me fue hacia atrás, la boca abierta, y aun así conseguí ahogar el gemido antes de que atravesara la puerta.
Seguí meciéndome unos segundos más, exprimiéndome el último temblor, arrastrando el clítoris contra el pepino hasta que el placer se volvió casi doloroso. Solo entonces me detuve.
***
Tardé un minuto en respirar de nuevo.
Cuando abrí los ojos, la cocina seguía en penumbra y el televisor seguía sonando en el salón. Ricardo seguía roncando. Nada había cambiado, salvo que yo tenía el interior de los muslos pegajosos, las bragas de encaje inservibles y un pepino apoyado en el asiento de una silla.
Me limpié con papel de cocina, tiré las bragas al fondo del cubo, envolví el pepino en varias capas de servilletas y lo escondí en la basura, debajo de los huesos del pollo. Coloqué la silla en su sitio. Me bajé la falda. Todo volvía a ser lo que había sido antes.
Subí a la habitación con las piernas todavía temblando y me metí en la ducha. Lo necesitaba. Bajo el agua caliente, con los ojos cerrados y las manos abiertas sobre los pechos, volví a oír aquella voz que solo había existido dentro de mi cabeza.
—Volveré otro día a tomar café contigo —me susurraba.
Sonreí sola en la ducha. Sabía que era mentira. Sabía que Idris no iba a volver, que Marina jamás sospecharía, que Ricardo jamás preguntaría, que nadie iba a saber nunca lo que había pasado en la cocina esa noche.
Pero también supe otra cosa, mientras el agua me caía por la espalda y me llevaba lo que quedaba de mí: mañana, cuando Ricardo se fuera a jugar al golf, yo iba a bajar al supermercado y llenar una bolsa entera de pepinos. Y esta vez no iba a esperar a la próxima cena para volver a correrme.
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