La fantasía del sofá cama en casa de mi amiga
No me esperaba nada de él.
Cuando Nora me dijo que su mejor amigo venía de visita por unos días, asentí sin demasiado interés. Ya lo había visto antes en fotos y habíamos cruzado algunos mensajes torpes por redes, de esos que se contestan por educación y se olvidan al minuto. Pensé que sería uno más del grupo, otra cara en una cena larga de risas, vino barato y conversaciones repetidas.
Me equivoqué en cuanto lo vi entrar al bar.
Se llamaba Damián, y aunque no era un hombre de belleza perfecta, tenía algo que se te metía debajo de la piel. Era alto, ancho de hombros, con brazos duros y piernas de alguien acostumbrado a trabajar de verdad. Traía esa seguridad tranquila de los hombres que no necesitan hacerse notar para llenar un espacio.
Durante la cena se sentó frente a mí. Cada vez que levantaba la vista, me encontraba mirándolo a él, y casi siempre él ya me estaba mirando primero. Al principio fueron sonrisas discretas, luego chistes con doble sentido, después pequeñas provocaciones disfrazadas de bromas.
—Así que tú eres la famosa amiga de Nora —me dijo, girando la copa entre los dedos.
—Y tú el insistente de los mensajes —le respondí.
Se rio bajito.
—Insistente no. Perseverante.
—No te des tanto mérito.
—Entonces dímelo más cerca, porque desde aquí no te creo.
Le sostuve la mirada más de la cuenta. No tenía sentido negarlo: me estaba calentando. No solo por cómo me hablaba, sino por la manera en que me recorría entera sin tocarme, como si ya supiera qué iba a hacer conmigo si se presentaba la ocasión.
Después de cenar nos fuimos al departamento de Nora. Íbamos todos medio alegres, con esa energía tonta que deja el alcohol justo antes del cansancio. Su pareja se quedó un rato más y luego se fue a dormir a su casa, porque vivía cerca. Yo pensaba volver en transporte, pero se hizo demasiado tarde y terminé aceptando quedarme.
—Tú duermes conmigo —me dijo Nora—. Bueno, o en el salón, si prefieres. Damián también se queda ahí.
Lo dijo con total inocencia, pero a mí me subió un calor seco por el cuello.
Al final, por falta de espacio, nos tocó compartir el sofá cama del salón. Nora me prestó un pantalón suave y una camiseta ancha para dormir, pero cuando entré al baño y me vi al espejo con aquella ropa, pensé en él al otro lado de la puerta, esperando. Pensé en su mirada durante la cena. Pensé en su voz, en el tamaño de sus manos, en la forma en que sus muslos tensaban la tela del pantalón cuando se sentó frente a mí.
Y decidí no ponerme nada debajo.
Salí fingiendo naturalidad. Él ya estaba recostado, con una camiseta gris y bóxer, ocupando su lado del colchón improvisado. Me miró apenas un segundo, pero ese segundo fue suficiente para que entendiera que había notado algo. No sabía qué, exactamente. Tal vez mi tensión. Tal vez que la camiseta me caía demasiado ligera sobre el pecho. Tal vez que yo tampoco apartaba los ojos.
—¿Estás cómoda? —preguntó en voz baja.
—Ahora sí.
La sonrisa que se le formó en la comisura fue pequeña, pero me revolvió por dentro.
Apagamos la luz. El salón quedó en penumbra, iluminado apenas por un reflejo débil del pasillo. Seguimos hablando de tonterías al principio: el viaje, la ciudad, una serie que ambos habíamos visto. Cada frase se iba haciendo más lenta. Más baja. Más cercana.
Hasta que el silencio empezó a pesar.
Nos acomodamos de lado, dándonos la espalda y luego acercándonos casi sin querer, como si el colchón estrecho nos obligara. Sentí su pierna deslizarse entre las mías. Después su brazo rodeándome la cintura con una suavidad calculada, demasiado precisa para ser un gesto inocente. Me quedé quieta, con el corazón golpeándome en la garganta.
Si me aparto, se acaba aquí.
No me aparté.
Eché el culo hacia atrás apenas unos centímetros, lo suficiente para comprobar lo que ya sospechaba. Lo tenía duro. Muy duro. Su erección me rozó entre las nalgas a través de la tela, caliente, firme, presente. Se me escapó un suspiro. Él respondió apretándome más contra su pecho.
Ninguno de los dos dijo nada. Fingíamos dormir, pero nuestros cuerpos ya estaban hablando solos.
Empezó a mover la cadera despacio, frotándose contra mí. No eran embestidas todavía, solo un roce sostenido, insistente, que me hacía sentir toda su excitación contra el culo. Yo cerré los muslos alrededor de su pierna y me pegué más, necesitando presión entre las piernas, cualquier cosa que calmara el hormigueo cada vez más intenso en mi coño.
—No hagas ruido —me murmuró al oído.
Su aliento caliente me desarmó.
Entonces me tapó la boca con una mano y con la otra me acarició el vientre por debajo de la camiseta. Sus dedos subieron despacio, rozando mi ombligo, mi cintura, volviendo a bajar con las uñas apenas marcando la piel. Gemí contra su palma. Él me apretó más y siguió frotándose, ahora con un ritmo más claro, más bruto.
Yo bajé la mano hacia atrás, a ciegas, hasta encontrar el bulto duro bajo su bóxer. Lo agarré por encima de la tela y sentí cómo se tensaba de golpe.
—Joder —susurró, casi sin voz.
Lo acaricié lento, apretando con toda la mano. Era grueso, largo, y estaba tan caliente que parecía latirme en la palma. Él me mordió el hombro por encima de la camiseta para contener el gemido. Su cadera empujó con más fuerza contra mi culo y entendí que ya no había vuelta atrás.
Metí la mano dentro del bóxer. Su polla saltó libre, dura y pesada. La sujeté desde la base y empecé a masturbarlo con movimientos cortos primero, para medirlo, y luego más largos. Me mojó los dedos con saliva desde su propia punta y la recorrí mejor, sintiendo cómo se ponía todavía más dura.
—Mierda, sigue —dijo, pegado a mi oído—. Así. No pares.
Yo tampoco quería parar. Me excitaba demasiado tocarlo así, escondidos, sabiendo que cualquiera podía despertar. Él me levantó apenas la camiseta y deslizó la mano entre mis piernas. Encontró mi coño caliente y directamente metió los dedos bajo la tela del pantalón.
—Estás sin bragas —dijo con una mezcla de sorpresa y hambre.
—Sí.
—Lo hiciste a propósito.
—Tal vez.
Su dedo medio se hundió entre mis labios y soltó una risa muda contra mi nuca al notar lo mojada que estaba.
—No es un tal vez —murmuró—. Me querías aquí desde la cena.
No pude responder, porque me metió dos dedos de golpe y tuve que morder su mano para no gemir fuerte. Empezó a follarme con los dedos despacio al principio, entrando y saliendo mientras con el pulgar me buscaba el clítoris. Yo seguía masturbándolo, cada vez más rápido. El sonido húmedo de mi excitación era tenue, pero en aquel silencio parecía enorme.
Se incorporó un poco detrás de mí.
—Date la vuelta.
Lo dijo bajo, firme, y obedecí sin pensarlo. Quedé boca abajo, con la respiración acelerada. Él se acomodó sobre mí, pesado y caliente, y empezó a besarme la nuca. Besos abiertos, húmedos, seguidos de pequeñas mordidas que me hacían arquear la espalda. Fue bajando por mi columna, levantándome la camiseta hasta dejarme el culo medio descubierto. Cuando apartó la tela del pantalón y me lo bajó a medias, sentí aire frío en la piel y luego sus manos abiertas apretándome las nalgas con fuerza.
—Te estaba imaginando así desde que te vi —susurró.
Me mordió una nalga y casi me corrí del puro tirón de excitación.
Separó mis nalgas con ambas manos y me lamió de abajo arriba, lento y largo, desde la entrada de mi coño hasta el clítoris. Cerré los ojos y hundí la cara en la almohada para ahogar el gemido. Volvió a hacerlo, esta vez apretándome más fuerte. Su lengua era ancha, caliente, precisa. No estaba jugando: me estaba comiendo con hambre.
Me bajó del todo el pantalón hasta los muslos y siguió. Lenta, profundamente, una pasada tras otra, abriéndome con la lengua, metiéndola entre mis labios, deteniéndose en el clítoris para chuparlo con fuerza. Yo me retorcía debajo de él, buscando más. Sentía sus manos inmovilizándome por la cintura, como si le gustara obligarme a quedarme ahí mientras me devoraba.
—Quieta —murmuró, y me dio una nalgada corta.
El golpe me hizo jadear. Volvió a lamerme inmediatamente después, como si quisiera apagar el ardor con placer. La mezcla me encendió aún más.
Se acostó boca arriba y tiró de mí hasta dejarme a horcajadas sobre su cara. Entendí enseguida. Apoyé las rodillas a ambos lados de su cabeza y él me agarró las caderas. Entonces empezó a lamerme desde abajo, directo, sin delicadeza, como si de verdad tuviera miedo de que escapara. Su nariz me rozaba el clítoris mientras la lengua me abría y me trabajaba con un ritmo constante que me puso a temblar entera.
Yo le agarré el pelo para mantenerme. Empecé a mover la cadera sobre su boca, primero despacio y luego más fuerte, follándole literalmente la cara. Él no se quejó; al contrario, me sujetó con más fuerza y se enterró más entre mis piernas. El sonido húmedo de su boca sobre mi coño se mezcló con mi respiración rota.
—Así, joder —susurró contra mí—. Úsame.
Eso bastó. Me corrí sobre su lengua con una sacudida seca, apretándole la cabeza entre los muslos mientras me tragaba los gemidos contra la camiseta. El orgasmo me dejó temblando, con las piernas débiles y el coño latiendo.
Me incliné hacia él. Nuestras caras quedaron cerca. Lo miré con vergüenza y hambre al mismo tiempo.
—Fóllame —le pedí, apenas con voz.
Sus ojos brillaron en la penumbra.
Me besó. Un beso profundo, sucio, con mi propio sabor todavía en su boca. Me abrió los labios con la lengua y me besó hasta dejarme sin aire, mientras sus manos recorrían mi espalda y volvían a mi culo como si no pudiera dejar de tocarme. Yo bajé una mano entre nosotros y le agarré otra vez la polla. Seguía durísima.
Me la pasó por la entrada del coño despacio, rozándome con la punta sin entrar, solo para hacerme sufrir. Yo empujé hacia atrás, desesperada.
—No me hagas esperar.
—Quiero sentir cómo la pides —dijo.
—Quiero tu polla dentro. Toda.
Soltó una exhalación ronca. Se arrodilló detrás de mí y me inclinó hacia adelante, sujetándome por la cintura. Noté la punta en mi entrada, caliente y resbaladiza. Me abrió despacio, metiendo solo un poco, retirándose, entrando otra vez algo más. Era grueso de verdad. Me tensé, excitada y ansiosa.
—Relájate —me dijo al oído—. Te va a entrar toda.
Me masturbó el clítoris mientras empujaba con paciencia cruel. Centímetro a centímetro, su polla me fue llenando hasta que sentí que por fin estaba entera dentro. Solté un gemido ahogado contra el colchón. Me quedé quieta un segundo, saboreando el peso, la presión, la sensación de estar completamente abierta por él.
—Joder —murmuré—. Sí.
Entonces empezó a moverse.
Primero lento, saliendo casi hasta la punta y volviendo a entrar profundo, dejándome sentir cada tramo de su polla rozándome por dentro. Después fue ganando ritmo. Cada embestida me hacía avanzar un poco sobre el colchón. Yo me abría más, buscando recibirlo mejor, empujando el culo hacia atrás para chocar con él.
Me agarró una nalga con fuerza y siguió follándome en silencio, duro, constante. El colchón crujía apenas. Mi respiración ya era un desastre. Cada vez que salía y volvía a entrar hasta el fondo, tenía que morder la almohada para no gritar.
—Estás apretadísima —dijo entre dientes—. Me estás volviendo loco.
—No pares.
—No pienso parar.
Me dio otra nalgada y enseguida hundió la polla otra vez, más fuerte. Yo me estremecí entera. No sabía qué me excitaba más, si el dolor suave del golpe o la brutalidad de su forma de entrar. Todo era demasiado intenso y, al mismo tiempo, exactamente lo que quería.
Metió una mano por delante de mi cuerpo y me agarró un pecho por debajo de la camiseta, apretándolo mientras con la otra seguía sujetándome la cadera. Después bajó esa mano hasta mi clítoris y empezó a frotarlo con rapidez, sincronizado con las embestidas. Mi coño reaccionó al instante, apretándolo más.
—Así te quiero —susurró—. Mojada y temblando por mi culpa.
Yo ya no fingía nada. Movía el culo contra él, aceptando cada embestida, buscándola. La sensación era sucia, urgente, perfecta: su polla entrando a fondo, el chasquido tenue de la piel, mi clítoris ardiendo bajo sus dedos, el miedo constante a que alguien oyera algo y la excitación de que eso pudiera pasar.
Me sacó de un tirón y me hizo girar para quedar boca arriba. Se colocó entre mis piernas y me levantó una de ellas sobre su hombro. Desde ahí volvió a meterla de una sola embestida. La postura lo hacía entrar todavía más profundo. Abrí la boca, muda, y él me tapó otra vez con la mano.
—Shhh —dijo—. Quiero seguir follándote, así que compórtate.
Asentí, mareada de placer.
Empezó a follarme más fuerte. Desde abajo yo podía verlo apenas: su espalda ancha bajo la camiseta, la mandíbula apretada, el esfuerzo contenido para no hacer ruido. Cada vez que me penetraba hasta el fondo, sus caderas golpeaban mis muslos con una cadencia cada vez más salvaje. Yo lo sentía en el vientre, en el coño, en las piernas abiertas y temblorosas.
Lo atraje hacia mí y le mordí el cuello. Él soltó un gruñido bajo. Bajó la mano de mi boca y me besó mientras seguía metiéndomela, duro, profundo, sin perder el ritmo. Nuestros jadeos se chocaban en el mismo espacio mínimo entre las caras.
—Me voy a correr —le dije.
—Hazlo.
Metió dos dedos en mi boca y yo los chupé por puro impulso, sin dejar de mirarlo. Luego los sacó y bajó a mi clítoris otra vez. Bastaron unos segundos de fricción rápida, exacta, mientras me follaba sin piedad, para que el orgasmo me explotara dentro. Me arqueé, apretándolo con todo el cuerpo, y tuve que esconder el grito en su hombro.
Él siguió unos segundos más, aprovechando cada contracción de mi coño alrededor de su polla. Se estaba acercando, lo noté en cómo perdió la regularidad y empezó a embestir con necesidad, más desordenado, más animal.
—No puedo aguantar mucho más —dijo.
Yo estaba a punto de contestar cuando se encendió una luz en el pasillo.
Nos congelamos.
—¿Chicos? —se oyó la voz adormilada de Nora al otro lado.
Damián salió de mí de golpe y tiró de la manta hasta cubrirnos. Yo me subí el pantalón como pude, con las piernas todavía temblando y el coño latiendo vacío. Él se tumbó a mi lado y me abrazó por detrás en la misma posición en la que habíamos empezado, escondiendo su respiración agitada en mi nuca.
—Sí —respondí, rezando para que mi voz sonara normal—. ¿Pasa algo?
—Nada, pensé que había escuchado la tele.
—No, todo bien.
Hubo unos segundos de silencio. Después la luz se apagó otra vez y la puerta del cuarto se cerró al fondo.
No nos movimos hasta escuchar el último ruido.
Entonces Damián soltó una risa muda contra mi hombro.
—Casi nos atrapan.
Yo giré la cabeza apenas para mirarlo.
—No has terminado.
Sus dedos se cerraron en mi cintura.
—Ni de lejos.
Volvió a deslizar la mano entre mis piernas y encontró mi coño todavía abierto, húmedo, sensible, lleno de restos de placer y de ganas. Metió dos dedos con facilidad y yo tuve que cerrar los ojos.
—Mañana —me susurró— voy a follarte otra vez, pero sin tener que callarte tanto.
La sola idea me hizo apretar los muslos.
—Prométemelo.
Me besó detrás de la oreja mientras movía los dedos lentamente dentro de mí, haciéndome recordar cada embestida.
—Te lo prometo.
Y esa noche, aunque ninguno volvió a correrse, me quedé dormida con su mano entre mis piernas, su polla dura pegada a mi culo y la certeza de que la verdadera tentación no había sido caer, sino descubrir lo mucho que quería repetirlo.
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