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Relatos Ardientes

La noche que me toqué recordando a Rocco

Agosto. La una y media de la madrugada. El calor no dejaba respirar en el dormitorio, y por más que abriera la persiana un dedo, el aire seguía quieto. Diego dormía a mi lado, boca abajo, la sábana enredada a la altura de la cintura, el cuerpo desnudo brillando un poco por el sudor.

No podía dormir. Me giré y me quedé mirándolo. Le miraba el culo, para ser precisos. Un buen culo. Firme, redondo, con esa curva que a mí me volvía loca desde el primer día. Cuando cogíamos me gustaba clavarle las uñas ahí y empujarlo contra mí, hasta el fondo. Estiré la mano y se lo acaricié suave, con los nudillos primero, después con la palma abierta.

Diego suspiró en sueños y se dio la vuelta sin abrir los ojos. Ahora podía verle la polla. No la tenía enorme, pero era gorda, y a mí me llenaba entera cada vez que la tenía dentro. Se me hizo agua la boca. Me imaginé bajando por la sábana, agarrándosela con la mano y metiéndomela en la boca despacito, chupando la punta primero, jugando con la lengua por el frenillo, ahogándome un poco cuando la empujara más adentro.

Si se despierta, mañana no me perdona.

Diego entraba a trabajar a las siete. Ya me había ganado una bronca la semana anterior por engancharlo a las tres de la mañana con la mano dentro del calzoncillo. Me aguanté las ganas.

Me di la vuelta boca arriba y me abrí de piernas debajo de la sábana. Las yemas de los dedos empezaron por los labios rasurados, apenas rozándome. Pasé un dedo por toda la raja, lento, y sentí el calor que salía de ahí, un calor que me subía por la espalda y me llegaba hasta la nuca. Estaba mojada. Muy mojada. Metí dos dedos hasta la segunda falange, los saqué brillando y los subí al clítoris, dibujando círculos chiquitos.

Suspiré fuerte. Me giré, boca abajo, la cabeza al lado opuesto de Diego para amortiguar cualquier ruido. Encogí un poco la pierna derecha, colé la mano derecha bajo la panza y encontré la posición justa. El coño me palpitaba contra la palma. Metí dos dedos otra vez, los moví adentro un rato, y con el pulgar seguí frotando el clítoris, cada vez con más presión.

Necesitaba una escena. Un recuerdo. Algo para irme al fondo.

Y vino solo. Como si estuviera esperando en un cajón, listo. Rocco.

***

Rocco era el mejor amigo de mi hermano Ignacio. Cuatro años mayor que yo. Los dos jugaban al baloncesto, iban al mismo instituto y salían juntos los sábados. En casa era una presencia constante, un tipo enorme metiéndose en la habitación de mi hermano para estudiar y salir después a tomar copas.

Yo tenía veintiuno cuando por fin decidí que iba a follármelo.

Rocco medía casi uno noventa. El pelo rubio le llegaba a los hombros, los ojos verdes, la sonrisa desarmante de un tipo sacado de una serie yanqui de sobremesa. Trabajaba de camarero en un pub chiquito del centro, el Roble Rojo, para pagarse la carrera. Mi amiga íntima, Camila, y yo hablábamos de él como si fuera un dios; nos moríamos de risa fantaseando con quién de las dos se lo llevaría primero a la cama.

Al final le tocó a la valiente.

El plan lo montamos en dos noches. Era domingo. Sabíamos que Rocco cerraba solo sobre las cuatro. Su novia, una rubia llamada Andrea, ese día no aparecía porque al día siguiente le tocaba doblar turno. A los amigos les daríamos esquinazo. Camila me acompañaba hasta el último minuto y desaparecía.

Estuvimos ahí toda la noche, tomando chupitos de tequila y risas con la pandilla. Camila y yo, en un momento, cuando pusieron una canción vieja, nos marcamos un bailecito pegado, casi lésbico, con un morreo largo que dejó al bar entero en silencio. Yo lo hice para él. Rocco nos miraba desde detrás de la barra, secando un vaso muy despacio, y yo sabía que me estaba desnudando con los ojos.

Cuando la pandilla se fue al Zorro Azul, Camila y yo esperamos cuarenta minutos y volvimos.

—¿Qué hacéis aquí? —preguntó Rocco, cerrando la caja.

—Estábamos cansadas —dijo Camila.

—Venimos a ayudarte a cerrar —dije yo, mirándolo fijo.

—¿Un último chupito?

—Vale —contesté rápido.

—Yo me voy, que mañana curro —soltó Camila, y me guiñó el ojo mientras se bajaba del taburete.

Rocco la acompañó a la puerta, bajó el cierre, echó la llave. Cuando se giró para mirarme, yo ya sabía lo que iba a pasar. Y él también.

Caminó despacio hacia mí. Yo estaba apoyada en la esquina de la barra, con la minifalda subida un dedo por el movimiento, el corazón latiéndome en la garganta. Me agarró de la cintura con las dos manos, me apartó un poco para pasar y, en vez de pasar, se quedó ahí, pegado. Me olió el pelo. Me pasó los labios por la mandíbula, sin besarme.

—Sígueme —me dijo al oído.

Agarró dos cajas de coca-cola vacías y abrió una puerta al lado de los baños. El almacén. Encendió la luz, una bombilla amarilla, tibia. Cerró la puerta con el pie.

Me tiré a su cuello. Le mordí el labio de abajo antes de meterle la lengua hasta el fondo, y él me devolvió el beso con las dos manos abiertas en mi culo, apretándomelo con fuerza, levantándome un poco del suelo. Sentí la polla dura contra mi vientre a través del vaquero, y se me escapó un gemido en su boca.

Me metió la mano por debajo de la camiseta, saltó el sujetador y me agarró una teta entera. Tenía las tetas chicas, y las tenía muy sensibles. Cuando me pellizcó el pezón entre el índice y el pulgar, se me aflojaron las rodillas. Empezó a jugar con los dos, apretando, tirando, y yo me arqueaba contra su mano pidiendo más.

Se separó un segundo para quitarse la camiseta. Le besé el pecho, el estómago, y sin pensarlo mucho me bajé de rodillas. Lo miré desde abajo mientras él se desabrochaba el cinturón. Se bajó el pantalón y el calzoncillo de un tirón, y la polla le saltó afuera, dura, brillando en la punta.

En ese momento me pareció enorme. Después aprendí que era una polla normal, gorda pero normal. Pero era la primera que tenía cerca de la boca, y no supe qué hacer. Me la acerqué a los labios, la agarré por la base con una mano y traté de metérmela toda de golpe. Casi me atraganto.

—Tranquila —dijo Rocco, riéndose bajito—. Despacio. Como si fuera un chupa-chups. Con los labios y con la lengua.

Le hice caso. Cerré los labios alrededor de la punta y empecé a chuparla, dando vueltas con la lengua por el glande, siguiendo el borde. Se la saqué de la boca y le pasé la lengua por toda la longitud, desde la base hasta arriba, y volví a metérmela, un poco más adentro cada vez. Sabía a piel caliente y a un líquido salado, pegajoso, que me daba un poco de asco y a la vez me estaba mojando entera las bragas.

—Así, así —susurró él, poniéndome la mano en la nuca—. Chúpamela así.

Me marcó el ritmo con la mano en el pelo. Yo movía la cabeza adelante y atrás; la saliva me chorreaba por la comisura y me caía por la barbilla al escote. Sentía que me estaba portando como una guarra, y la sensación era gloriosa. En un momento me agarró la cabeza con las dos manos y empezó a follarme la boca despacio, empujándose él, cada vez un poco más adentro. Puse la mano en la base de la polla para frenarlo cuando me llegaba a la garganta.

—Joder, qué bien la chupas… —jadeó.

La respiración se le aceleró. Sentí cómo se le tensaba todo el cuerpo. Aceleró un par de segundos más y de pronto una descarga caliente me llenó la boca. Traté de tragar y no pude. Empecé a toser, y él tuvo que sacármela y terminar de correrse con la mano encima de mis tetas, chorreando semen sobre mis pezones. Cerré los ojos. Estaba temblando.

—¿Es la primera polla que te comes? —dijo, con una sonrisita que no supe si me daba rabia o me ponía más caliente.

No respondí. Me pasé el dorso de la mano por la boca y me levanté, con las tetas todavía cubiertas de su corrida, la falda arrugada en la cintura, mirándolo desafiante.

—Tienes una boca riquísima —me dijo agarrándome por la cintura—. Ahora te toca a ti.

Me quitó la camiseta y el sujetador. Me limpió el semen con su propia camiseta, sonriendo, y me besó las tetas, chupándome los pezones uno a uno, mordiéndomelos hasta hacerme gritar bajito. Después me acostó boca arriba encima de una mesa de madera y me subió la minifalda. Me miró la ropa interior y sonrió más grande.

—Te vas a acordar de esta noche toda tu vida.

Me arrancó las bragas empujándolas hacia un costado y hundió la cara entre mis piernas sin preámbulos. La lengua me recorrió la raja de abajo arriba, y yo pegué la espalda contra la madera arqueándome. Me abrió los labios con dos dedos y me chupó el clítoris con toda la boca, moviendo la lengua rápido, en círculos.

Puta madre.

Le agarré el pelo largo con las dos manos y le empujé la cabeza contra el coño. Él se rió pegado a mí y siguió comiéndomelo con hambre, cambiando el ritmo, dando lengüetazos largos y después chupetones cortos, metiéndome la lengua adentro, sacándola para volver al clítoris. Me metió dos dedos y siguió chupando, curvándolos adentro, buscando ese punto que me hacía retorcerme. En un minuto estaba a punto de reventar. Traté de aguantar, de que no fuera tan rápido, pero fue imposible.

Me tapé la boca con las dos manos y me corrí con un temblor largo, apretándole la cabeza entre los muslos, las caderas moviéndose solas contra su cara. Tardé un rato en aflojarme. Cuando por fin pude respirar, él seguía dándome besitos en la ingle, esperando.

Me incorporé un poco. Rocco ya volvía a tener la polla dura, apuntándome. Me sonrió con una calma que me erizó la piel.

—Ten cuidado —susurré.

—Tranquila.

Me bajó de la mesa. Me giró y me hizo apoyar los codos en la madera, el culo levantado, las piernas separadas. Sentí la punta de la polla resbalando por mi coño empapado, buscando la entrada. La deslizó por toda la raja un par de veces, mojándose bien.

—Espera, espera —dije, con la voz temblando—. Es mi primera vez, Rocco.

Se quedó quieto un segundo. Después me apretó la cadera con las dos manos.

—Voy despacio.

Y empujó. Poco a poco, milímetro a milímetro, sintiendo cada vez que un pedazo más entraba. Se encontró con la resistencia del himen y frenó.

—Aquí toca.

—Espera. Duele. No me cabe, Rocco.

—Sí te cabe. Respira.

Respiré. Un empujón seco, corto, y la sentí abrirme por dentro. Un dolor agudo, después un ardor caliente. Me mordí el antebrazo para no gritar. Se quedó quieto, dentro de mí, esperando a que me acostumbrase.

—Ya está. Ya está adentro entera.

Empezó a moverse lento, adelante y atrás, con la mano en mi cadera. Al principio me dolía y le pedía que fuera despacio; al minuto ya no me dolía, y a los dos minutos yo empujaba el culo hacia atrás cada vez que él empujaba hacia adelante, buscando que entrara más. Aceleró. Me agarró del pelo con una mano y del hombro con la otra y empezó a follarme fuerte, con embestidas secas que me hacían chocar contra la mesa.

—Rocco… Rocco…

—Joder, qué apretada, joder, joder…

Le duró poco. Empujó tres o cuatro veces más, muy rápido, y de pronto se enterró hasta el fondo y me llenó por dentro con un gruñido ronco. Sentí el calor de la corrida ahí adentro, latiendo, y sentí también algo mío que se soltaba, una segunda oleada floja, casi mareo.

Rocco se quedó pegado a mi espalda unos segundos, jadeando en mi nuca. Después me besó el hombro y salió despacio.

***

Estaba a punto de correrme sobre mi propia mano, en la cama, con Diego roncando bajito al lado. El recuerdo me había llevado directo al filo. Apreté los dientes contra la almohada. Los dedos me iban rápido, sin parar, el clítoris hinchado y resbaloso.

Cuando llegué, mordí la tela y grité hacia adentro. Me atravesó una descarga larga, larga, larga, desde el coño hasta la punta de los pies. Se me nubló todo. Contraje el estómago y sentí que me mojaba entera la mano, el muslo, la sábana.

Me quedé quieta boca abajo, respirando en la almohada, con la mano todavía metida entre los muslos y todo el cuerpo aflojándose de a poco. Diego seguía dormido, ajeno.

Sonreí contra la funda. A veces me daba culpa acordarme de Rocco después de tantos años, con un tipo bueno al lado. Pero luego pensaba que era solo un recuerdo, una película vieja guardada en un cajón para las noches en las que hacía demasiado calor y una mujer no podía dormir.

Saqué la mano, me chupé los dedos y cerré los ojos. Antes de dormirme del todo, alcancé a acariciar el culo de Diego una última vez, en silencio.

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Comentarios(3)

SabriElectrica

increible, me encanto!!!

NocturnaBA

Desde el primer párrafo me enganche. Esa sensacion de estar al lado de alguien y tener la cabeza en otro lugar completamente... muy bien logrado

Lucas_Nocturno

Que bien narrado estuvo, se siente real. Espero que haya segunda parte con lo que paso en la trastienda

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