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Relatos Ardientes

Me toqué pensando en él hasta correrme dos veces

Pasada la medianoche seguía dando vueltas entre las sábanas sin poder pegar los ojos. Llevaba tres horas escuchando el zumbido apagado del ventilador y contando las manchas de humedad del techo, pero no era el calor lo que me tenía despierta. Era él. Otra vez él.

Mateo se había mudado al departamento de enfrente hacía dos meses. Yo tenía veintinueve, él debía andar por los treinta y tantos, con la barba corta y esa espalda ancha que se le marcaba bajo la camiseta cuando bajaba las bolsas del auto. Esa tarde nos habíamos cruzado en el ascensor y me había sonreído mirándome mucho más abajo del cuello. Nada más. Un cruce de miradas de veinte segundos y una sonrisa torcida. Y ahí estaba yo, a la una y media de la madrugada, con el coño palpitando debajo del short de dormir, muerta de ganas de tocarme.

Suspiré, giré en la cama y estiré la mano hacia el buró de madera blanco pegado a la derecha. Prendí la lamparita chica y una luz tibia me bañó los muslos. Al diablo con intentar dormir.

Me acomodé boca arriba, con la espalda contra el colchón y las piernas apenas separadas. Tenía puesta solo una blusa de tirantes finita y un short de algodón que ya se me pegaba a la cadera. Nunca dormía con sostén, esa era la ventaja. Cerré los ojos e imaginé que las manos que estaban por recorrerme eran las de él.

Subí la blusa despacio, arrastrando la tela por encima de la panza hasta dejarla enrollada bajo el mentón, encima de los pechos. El aire fresco me chocó los pezones y se me pusieron duros al instante. Con una mano me agarré una teta entera, apretándola desde abajo, y con la otra le pellizqué el pezón rosado hasta que solté un suspiro que no quería soltar. «Así, Mateo. Más fuerte», pensé, y me mordí el labio para no reírme sola de mi propia locura.

Empecé a jugar con los dos pezones a la vez, rodándolos entre los dedos, tirando de ellos apenas hacia arriba, mientras me arqueaba contra el colchón. Sentí el primer latido entre las piernas, sordo, insistente. La entrepierna me palpitaba y el short ya estaba caliente. Necesitaba más.

Bajé la mano derecha lento, dibujando un camino por el vientre, por el ombligo, hasta que los dedos toparon con el elástico del short. Los metí adentro sin quitar la prenda. Encima de la tela de la ropa interior de encaje que había elegido esa mañana empecé a hacer círculos justo sobre el clítoris. Suave al principio, presionando de a poco. La tela ya estaba empapada. Solté un gemido bajito y no me molesté en callarlo: vivía sola.

«Imagínate que es él», me dije. Me imaginé a Mateo arriba mío, con la espalda ancha tapándome la luz de la lamparita, la boca clavada en mi cuello y su mano callosa metida donde estaba la mía. Le puse su cara al fantasma. Aceleré los círculos y las caderas empezaron a moverse solas contra la palma.

No me alcanzaba. Saqué la mano, la levanté hasta la boca y me metí dos dedos, el del medio y el anular, hasta el fondo. Los chupé despacio, sintiendo mi propia saliva empaparlos, dando vueltas la lengua alrededor. Con la otra mano seguí con las tetas: tiraba de un pezón, después del otro, y me apretaba el pecho entero contra el esternón. Cuando sentí los dedos bien mojados los saqué de la boca con un pop, agarré el elástico del short con el pulgar y de un tirón me lo bajé hasta las rodillas junto con la ropa interior.

Abrí bien las piernas y bajé la mano de nuevo. Me pasé los dedos por afuera del coño, separando los labios, chapoteando en lo mojado. Estaba hecha una laguna. Recorrí de arriba abajo, del clítoris a la entrada y de la entrada al clítoris, sin meter nada todavía. Me estaba torturando yo sola. Le daba unos toques al clítoris —dos, tres— y me alejaba antes de que me hiciera correr. Repetí lo mismo diez veces y ya estaba temblando.

Con la mano libre me aparté los mechones rubios de la cara y me llevé el pulgar a la boca para morderlo. Con la otra por fin me metí un dedo entero adentro. La sensación de estirarme por primera vez esa noche me arrancó un quejido largo. Lo saqué hasta la punta y lo hundí otra vez. «Fóllame, Mateo», susurré contra mi propia mano, y no me dio nada de vergüenza. Metí un segundo dedo. Empecé a hacer tijeras adentro, abriendo y cerrando, buscando la fricción.

Las piernas me temblaban con cada empuje. Me clavaba los dedos hasta los nudillos, giraba la muñeca, sacaba y volvía a meter. Con la yema del pulgar buscaba el clítoris y le daba golpecitos al ritmo de las estocadas. Me metí un tercer dedo y ahí ya no fue jugar. Ahí me estaba follando yo misma en serio.

Aumenté el ritmo. La cama chirriaba bajito con el movimiento de mi cadera. Mordía la almohada de al lado para no gritar. Con la otra mano me agarraba una teta y me la sacudía. Pensaba en Mateo empujándome contra la pared del pasillo, en su barba raspándome el cuello, en su verga entrando de una sola embestida en el ascensor con las puertas trabadas. Fantasías inconexas, cada una más cruda que la anterior, todas mezcladas con el chapoteo de mis dedos.

Sentí el nudo apretarse en la boca del estómago. Se me tensaron los muslos, los dedos del pie se me curvaron. Un par de estocadas más, dos giros del pulgar sobre el clítoris, y me corrí con un espasmo largo que me arqueó la espalda entera. Solté un gemido ronco que se comió la almohada. Los dedos adentro los sentí apretados, atrapados por las contracciones del coño. Me quedé quieta con la mano ahí metida, respirando por la boca, sintiendo cada latido interno.

Los saqué después de un rato y me los llevé a la boca. Me chupé los tres dedos uno por uno, saboreando mis jugos, salados y ácidos. Me gusté. Sonreí sola en la penumbra.

Pero no había terminado. La primera corrida había sido apenas para sacarme la ansiedad, para poder empezar a jugar en serio. Todavía sentía el clítoris palpitando y el coño me pedía algo más grande.

Me terminé de sacar la blusa, el short y la ropa interior empapada de una vez y los tiré al piso. Quedé completamente desnuda encima del colchón, con la piel sudada brillando bajo la luz de la lamparita. Estiré la mano hacia los pies de la cama y agarré dos almohadones chicos pero anchos que usaba de decoración y que nunca sacaba a la noche. Los acomodé debajo de mi zona lumbar, uno arriba del otro, para levantarme la pelvis en un ángulo cómodo.

Con la cadera elevada me abrí las piernas mucho más. Podía sentir el aire fresco de la habitación en cada centímetro de mi coño empapado. Me pasé la mano por toda la vulva, jugando con el clítoris que seguía duro y sensible, y sentí un calor nuevo formarse abajo de la panza. Esta vez iba por el punto G.

Me metí dos dedos y los curvé apenas hacia el techo, hacia adelante, buscando esa zona rugosa unos centímetros adentro. Con la otra mano me acaricié el clítoris con toda la palma, en círculos amplios, mientras las tetas me rebotaban levemente con cada movimiento. Encontré el punto y presioné.

—Ahí, ahí, ahí —susurré sin saber a quién.

Metí un tercer dedo y empecé a golpear ese punto con estocadas cortas y profundas. La postura elevada me permitía chocarlo de lleno cada vez. Sentí una presión nueva, distinta a la de la primera corrida, más grave, como si me estuvieran vaciando por dentro. Las caderas se me movían solas hacia arriba, buscando más. El pulgar sobre el clítoris no paraba de girar.

Tenía la cabeza vuelta contra la almohada, la boca abierta, jadeando alto. Me imaginé a Mateo entre mis piernas, mirándome corrida encima de sus dedos. Le imaginé la sonrisa torcida. Le imaginé la voz ronca diciéndome «vamos, muéstrame cómo se moja mi vecina». Y me solté.

El clímax vino como una ola sorda. Los dedos adentro los sentí empujados hacia afuera por una contracción bestial. Aparté la mano del clítoris y con el resto de fuerza que me quedaba me tapé la boca para no despertar a nadie del edificio. Grité contra la palma, un grito que me salió del pecho, mientras las piernas se me sacudían solas y algo tibio me chorreaba entre los muslos hasta empapar el almohadón de abajo.

Me había corrido tanto que había mojado la funda entera. La sentí pegajosa contra la piel. No me importó nada.

Me quedé así, con las piernas todavía abiertas y los tres dedos adentro, sintiendo cada temblor secundario recorrerme el cuerpo. Los espasmos duraron un minuto largo, cada uno más suave que el anterior, hasta que quedé quieta. Sin fuerzas, sin ganas de nada, con el corazón golpeándome contra las costillas y el aire entrando a bocanadas.

Después de un rato, cuando la respiración se me acomodó, saqué los dedos con cuidado. El coño se sentía blando, satisfecho, un poco sensible al roce. Los almohadones de abajo estaban arruinados, pero solo eran las fundas. Me reí en voz alta, sola, y el sonido de mi propia risa en el departamento vacío me pareció obsceno y perfecto.

***

Me paré con las piernas todavía temblonas. Saqué las fundas empapadas y las tiré a la canasta de ropa sucia, junto con la ropa interior y la blusa. Del cajón agarré unas toallitas húmedas y me limpié entre las piernas, la panza y los muslos. Después busqué una prenda limpia de algodón, me puse una camiseta vieja y me acosté entre las sábanas frescas.

Apagué la lamparita del buró. Todo quedó a oscuras. Escuché los ruidos del edificio: un auto que arrancaba abajo, un perro que ladraba lejos. Del otro lado del pasillo se escuchó, tenue, la puerta del ascensor abriéndose.

Sonreí en la oscuridad. Ojalá fuera él volviendo. Ojalá mañana nos cruzáramos de nuevo en el ascensor. Y esta vez, pensé, quizás me animaría a devolverle la sonrisa mirándolo yo también mucho más abajo del cuello.

Cerré los ojos con el coño todavía tibio y latiendo despacio. Caí en los brazos de Morfeo en menos de un minuto.

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Comentarios(1)

LunaSecreta

excelente!!! me encanto demasiado

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