La fantasía del cine y la señora desconocida
La discusión en el coche me dejó con un nudo en el estómago. Había hecho una pregunta fuera de lugar y ella me respondió con una frialdad que me hizo sentir como un idiota. Después de unos segundos de silencio, arrancó otra vez y me dijo que si aún quería ir al cine, iríamos, pero que me calmara y dejara de decir tonterías.
Yo asentí de inmediato. No quería arruinar la tarde, y menos después de verla tan molesta. Durante el resto del trayecto miré por la ventana, fingiendo tranquilidad, mientras trataba de bajarme la calentura absurda que me provocaban mis propias ideas.
Cuando llegamos a la plaza, el lugar estaba hasta la madre. Había estreno de varias películas y la fila para los boletos daba vuelta casi hasta la entrada de las tiendas. Ella resopló, acomodándose el cabello con gesto cansado, y por un momento pensé que me diría que mejor nos largáramos.
—Ponte aquí y no te muevas —me dijo—. Compramos los boletos y luego vemos qué hacer.
Nos formamos juntos. Yo quedé delante de ella, y durante varios minutos solo escuchamos el rumor de la gente, el pitido de las máquinas y el olor dulzón de las palomitas flotando en el aire. Era una escena normal, común, pero a mí me costaba concentrarme en cualquier cosa que no fuera mi incomodidad.
Entonces la fila empezó a retroceder por un pequeño altercado más adelante. Todos dimos varios pasos hacia atrás de golpe. Ella chocó con alguien y giró apenas la cabeza para disculparse. Detrás de nosotros había un grupo de muchachos, todos mayores de edad, ruidosos, con esa confianza insolente de quien cree que nada le va a pasar.
La fila volvió a moverse y después volvió a frenarse. Otra vez los empujones, otra vez el retroceso. Esta vez uno de los tipos quedó demasiado pegado a una mujer que estaba unos lugares delante de mí, una morena de cuerpo firme, jeans entallados y blusa oscura. Se veía de unos cuarenta, elegante, de esas mujeres que llaman la atención aunque no hagan nada.
Al principio pensé que había sido un accidente. Ella también pareció pensarlo, porque solo se tensó un poco y miró al frente. Pero los movimientos siguieron. Eran pequeños, casi imperceptibles si no estabas pendiente. Un roce más largo. Una presión. La forma en que él se acomodaba justo detrás de sus nalgas.
Yo no podía dejar de mirar de reojo. La escena me atrapó de inmediato. Ella mantenía la compostura, con la espalda recta y la barbilla alta, como si no quisiera admitir lo que estaba pasando. Pero en su cuello se veía el rubor subir despacio, y en una de esas veces la noté apretar los muslos.
Uno de los amigos del tipo soltó una risa ahogada. Otro dijo algo sobre que la espera «iba a valer la pena». Ella escuchó, claro que escuchó, pero no se movió del lugar. Solo puso una mano sobre su cadera como si intentara cubrir algo, y luego volvió a quedarse quieta.
Mi respiración se hizo más pesada. No la conocía. No tenía nada que ver conmigo. Y aun así no podía apartar los ojos. Había algo en esa mezcla de incomodidad y deseo, en la forma en que ella fingía no enterarse mientras él seguía restregándose, que me estaba poniendo durísimo.
Metí las manos en los bolsillos para disimular. Delante de mí, ella dio un paso corto, y el tipo aprovechó para pegarse más. Esta vez no fue un roce casual. Fue un arrimón claro, lento, deliberado. La mujer cerró los ojos apenas un segundo.
—Qué fila tan eterna —murmuró ella, para nadie en particular.
La frase era normal, pero el tono no. Le salió más bajo, más quebrado. Como si le costara sostener la voz. Yo me quedé helado. La oí respirar hondo. Vi cómo llevaba una mano al bolso y luego la dejaba caer, indecisa.
Detrás, el tipo le puso una mano fugaz en la cintura. Apenas un toque. Una prueba. Ella no lo apartó. Sus hombros se tensaron, sí, pero no lo apartó.
Me estaba excitando de una forma ridícula. La idea de estar en público, rodeado de familias, parejas y empleados del cine, mientras unos desconocidos armaban ese juego sucio a unos pasos de mí, me revolvía la cabeza. Sentía el pulso en la polla, insistente, duro, incómodo contra el pantalón.
La fila avanzó por fin unos metros. Luego se detuvo otra vez. La mujer se inclinó un poco hacia la persona que estaba con ella, un hombre que parecía su pareja, y le dijo que iba al baño. Él apenas asintió, distraído con el teléfono. Ella se apartó del grupo con rapidez, sin mirar atrás.
Uno de los tipos se separó de sus amigos casi al instante y fue tras ella.
Yo me quedé mirando fijo al frente, pero la imagen ya estaba clavada en mi cabeza. El resto de la fila se volvió ruido blanco. Tragué saliva. Dudé un momento. Después murmuré a la chica que tenía al lado si podía guardarme el lugar y me fui caminando hacia los baños con la falsa calma de quien no quiere llamar la atención.
En cuanto entré al baño de hombres, me metí en un cubículo y eché el seguro. Ya estaba tan duro que me dolía. Saqué la polla y solté un jadeo apenas la toqué. La tenía caliente, pesada, sensible desde la punta hasta la base.
Empecé a pajearme despacio, apoyando la espalda en la puerta del cubículo, intentando imaginar lo que estaría pasando del otro lado del pasillo. La mujer entrando al baño. El tipo alcanzándola. Una palabra al oído. La puerta cerrándose. Las manos encima antes de que a ella le diera tiempo de pensar.
Mi mano aceleró enseguida. Subía y bajaba sobre la verga con más fuerza, escupiendo en la palma para lubricar. Cada vez que pensaba en esa mujer de jeans ajustados siendo arrinconada contra un lavabo, se me escapaba un suspiro entre los dientes.
Vamos, enséñame qué tan puta puedes ser, pensé, imaginándola.
Entonces lo oí.
Un golpe seco al otro lado del muro. Después un gemido corto, reprimido. No era fuerte, pero era inconfundible. Mi mano se detuvo un segundo y luego volvió a moverse todavía más rápido. Otro ruido. El chirrido de algo metálico. Un jadeo masculino, bajo, excitado.
Ya no necesitaba inventarme nada. Estaban follando de verdad.
Me agarré la polla con fuerza y me la jalé sin vergüenza, respirando por la boca. Cada sonido que venía del baño contiguo me la ponía más dura. La imaginé con la blusa abierta, las tetas fuera, el tipo metiéndole la lengua mientras le manoseaba el culo sobre el mármol del lavabo.
Los gemidos de ella empezaron a ser más frecuentes. No eran escandalosos todavía, pero tenían esa vibración ronca de quien está dejando de resistirse. Yo apreté los ojos y empecé a fantasear con detalle. La veía inclinada, la cara pegada al espejo, mientras él le bajaba el pantalón y le separaba las nalgas con ambas manos.
—Joder... sí... —se escuchó, amortiguado por la pared.
Casi me corro ahí mismo.
Mi mano iba cada vez más rápido. Me bajé un poco el pantalón y abrí más las piernas para poder mover la cadera. Estaba perdido en la escena. La sentía real. La oía. Ella ya no gemía como una mujer avergonzada, sino como una que estaba recibiendo exactamente lo que quería.
Imaginé al tipo arrodillado frente a ella, comiéndole el coño con la lengua dura, abriéndole los labios con los dedos para chuparle el clítoris. La imaginé agarrándole el cabello, empujándole la cara, diciéndole con voz entrecortada que no se detuviera.
Del otro lado llegó un gemido más alto. Luego otro, claramente ahogado por una mano o por el propio brazo de ella. Después un golpeteo rítmico. Seco. Repetido. Piel contra piel o pelvis contra nalgas. Ya la estaba penetrando.
Yo gruñí en voz baja, jalándome la polla con furia. Pensé en él metiéndosela despacio al principio, sintiendo cómo el coño lo iba tragando, y luego clavándosela de golpe hasta el fondo, arrancándole un quejido. Pensé en esa mujer madura abriéndose para un desconocido en el baño de un cine abarrotado.
—Así... así... —volvió a oírse ella, ahora sin tanta contención.
Se me tensaron los muslos. Me estaba corriendo en la cabeza antes de hacerlo en la mano. Cada palabra me alimentaba la fantasía. Cada ruido de embestida me hacía imaginar el cuerpo de ella sacudiéndose contra el lavabo, las tetas rebotando libres, la boca abierta, el maquillaje corrido.
Yo mismo empecé a jadear. Me agarré la base de la polla un instante y luego seguí. La palma resbalaba, el prepucio subía y bajaba rápido, la punta hinchada soltando cada vez más líquido. No podía parar.
Del otro lado, el ritmo cambió. Lo noté enseguida. Más fuerte. Más rápido. Ella dejó escapar un gemido largo que acabó en un jadeo roto. Él gruñó algo que no entendí. Después un golpe más duro que los anteriores hizo vibrar la pared.
Me la imaginé ahora en cuatro, con las manos apoyadas en el borde del lavabo, el culo levantado y las piernas abiertas, recibiendo cada embestida hasta el fondo. Imaginé al tipo escupiéndole entre las nalgas, metiéndole dedos antes de probarle el culo. La idea me prendió todavía más.
Mi muñeca ya se movía sola. Rápida, salvaje. Me mordí el labio para no gemir. El sonido del agua abriéndose en el baño de al lado apenas logró tapar los golpes y jadeos. Era evidente que lo estaban haciendo con desesperación.
—No pares... joder... no pares... —gimió ella.
Sentí una descarga subir desde los huevos hasta la espalda. Estuve a punto de correrme, pero aflojé un segundo para alargarlo. Quería seguir escuchando. Quería exprimir cada imagen. La imaginé dándose vuelta para mamársela, chupando con ansia, metiéndose la polla hasta la garganta antes de volver a ofrecerle el culo.
El hombre soltó un gruñido ronco. El golpeteo se volvió todavía más brusco, irregular, desesperado. Ella empezó a gemir en un ritmo casi continuo. Ya no fingía, ya no contenía nada. Se la estaban follando de verdad y le estaba encantando.
Entonces todo se aceleró de golpe. Él bufó algo más fuerte. Ella lanzó un jadeo agudo, casi un grito. Los golpes llegaron en una ráfaga final. Yo me apreté la base otra vez, aguantando apenas un par de segundos, hasta que escuché el gemido largo y quebrado con el que ella se corrió o, al menos, se dejó ir por completo.
Eso bastó.
Me corrí con la polla apretada en el puño, disparando chorros espesos sobre mi mano, mi vientre y el interior del pantalón bajado. El orgasmo me sacudió entero. Cerré los ojos, jadeando, mientras seguía bombeando los últimos espasmos y me quedaba temblando contra la puerta del cubículo.
Me tomó un minuto recuperar el aire.
Cuando pude moverme, limpié como pude con papel y agua, acomodé la ropa y salí a lavarme las manos con cara de absoluta normalidad. Nadie pareció fijarse en mí. Eso me tranquilizó un poco, aunque la erección apenas había bajado del todo.
Volví a la fila y recuperé mi lugar. El vestíbulo seguía igual de lleno. El hombre que acompañaba a la mujer seguía distraído con el móvil. Los amigos del tipo hablaban entre ellos como si nada. Durante unos minutos pensé que tal vez me había inventado media escena y que todo lo demás habían sido solo sonidos deformados por mi calentura.
Pero entonces ella apareció.
Venía caminando desde el pasillo de los baños con una calma estudiada. El cabello un poco más revuelto, los labios recién repasados, la blusa acomodada con demasiado cuidado. Traía una expresión neutra, pero en las mejillas le quedaba un color imposible de confundir. Y caminaba de una forma distinta, mínima, casi imperceptible... como si siguiera sintiendo algo entre las piernas.
El tipo salió unos pasos detrás. La miraba con una sonrisa satisfecha, insolente. Ella ni siquiera volteó. Se reunió con su acompañante, dijo algo sobre la tardanza, tomó su bolso y ocupó de nuevo su lugar en la fila como si nada hubiera pasado.
Yo la observé sin descaro, fingiendo mirar las carteleras. Me pregunté si llevaría semen escurriéndole por dentro, si el coño seguiría latiéndole después de aquella cogida robada, si el culo le ardería por la prisa o por el morbo. La sola idea volvió a endurecerme un poco.
Ella pareció notar una mirada encima y giró brevemente la cabeza en mi dirección. Nuestros ojos se cruzaron apenas un instante. No había reconocimiento, porque no nos conocíamos, pero sí una chispa de algo. Un cálculo. Como si se preguntara cuánto había visto yo, cuánto había entendido.
Aparté la vista enseguida.
Compramos las entradas, luego las palomitas, y finalmente entramos a la sala. Durante los avances me senté intentando concentrarme en la pantalla, pero seguía atrapado en lo mismo. El baño. Los gemidos. La forma en que ella había vuelto a la fila con la cara compuesta y las piernas cerradas, cargando su secreto entre la gente.
La película empezó y yo no entendí ni la mitad. Cada escena oscura me devolvía imágenes más claras que la pantalla. Ella inclinada sobre el lavabo. Él bajándole el pantalón. La polla entrando. Su respiración cortada convirtiéndose en gemidos. Mi mano apretando mi propia verga en el cubículo mientras escuchaba todo.
No vi nada, me repetí. Solo oí. Solo imaginé.
Pero a veces lo imaginado excita más que lo visto. Mucho más.
En una parte especialmente silenciosa de la película, noté movimiento unas filas adelante. La mujer se acomodó en su asiento y cruzó las piernas con lentitud. Su acompañante seguía absorto en la pantalla. Ella llevó una mano al reposabrazos, luego a su muslo, apenas por un segundo, como si necesitara comprobar que seguía ahí, presente, recompuesta.
Yo tragué saliva. La escena en el baño no había terminado para mí. Ni para ella, sospeché.
Salimos del cine casi dos horas después. La multitud se dispersaba hacia las escaleras, la dulcería, la salida del estacionamiento. Yo me rezagué un poco a propósito, solo para volver a verla una última vez. Ella iba unos metros adelante con el hombre, hablando de la película con una naturalidad impecable.
Antes de perderse entre la gente, giró apenas el rostro por encima del hombro. No sé si buscaba al tipo que se la había follado, a alguien más o si fue simple casualidad. Pero por un segundo me pareció que sus ojos pasaban sobre todos nosotros con una serenidad nueva, la de alguien que ya había vivido lo mejor de la noche en otro lugar.
Yo me quedé quieto, con esa imagen ardiéndome por dentro.
Aquella tarde no me llevé ninguna historia real que contarle a nadie. No hablé con ella. No supe su nombre. Ni siquiera pude asegurar qué había hecho exactamente en ese baño. Pero me llevé una fantasía completa, sucia, detallada, viva. Una de esas que se te quedan pegadas en la cabeza durante días.
Esa misma noche, ya solo en mi cuarto, volví a sacarme la polla pensando en la señora del cine. En sus nalgas apretadas contra unos jeans oscuros. En su manera de fingir mientras la rozaban en la fila. En sus gemidos detrás de la pared. En la posibilidad de que hubiera abierto las piernas para un desconocido solo porque sí, solo porque le calentó que se atreviera.
Me la jalé más lento esta vez, saboreando cada imagen. Imaginé que la tenía de frente, totalmente desnuda, diciéndome con esa voz baja que me acercara. Que me arrodillara. Que le lamiera primero el coño mojado y luego el culo sensible de tanto recibir verga. Imaginé su mano en mi nuca, guiándome. Imaginé su olor, su respiración, la forma en que me pediría más.
Cuando me corrí de nuevo, fue con su cara clavada en la mente, con esa mirada breve que me lanzó en la fila y que yo seguía leyendo como una invitación que nunca existió. Acabé sobre mi abdomen, respirando agitado, sabiendo que probablemente nunca volvería a verla.
Y aun así, desde entonces, cada vez que entro a un cine lleno y escucho el rumor de la gente esperando boletos, no pienso en la película.
Pienso en los baños.
Pienso en las filas largas.
Pienso en mujeres maduras con ganas de portarse mal donde nadie debería descubrirlas.
Y se me pone dura otra vez.
¿Andás por Buenos Aires? Mirá acompañantes en Belgrano, con perfiles verificados y contacto directo.