Fantasía en la playa al caer el sol
Ayer manejé hasta la costa con una obsesión pegada al cuerpo. No era el mar, aunque siempre me calma. No era el atardecer, aunque pocas cosas me gustan más que esa luz violeta cayendo sobre el agua. Eras tú, metido en mi cabeza desde que giré la llave del coche.
Te imaginé en el asiento del conductor, con una mano firme en el volante y la otra cambiando de marcha, concentrado y tranquilo, sin sospechar que yo iba a volverme loca mirándote. La música sonando baja, la carretera casi vacía, el sol entrando de lado por la ventanilla. Y mi mano acercándose despacio a tu muslo, como quien prueba un límite que en realidad lleva demasiado tiempo queriendo cruzar.
Primero te rozaba apenas. La palma abierta, los dedos subiendo poco a poco por la tela del pantalón, apretando de vez en cuando. Solo para sentir el músculo duro debajo. Solo para ver cómo respirabas más hondo sin apartar la vista del camino.
En mi cabeza, tú me mirabas de reojo y sonreías como haces cuando sabes exactamente lo que estás provocando. Yo seguía subiendo la mano, lenta, jodidamente lenta, hasta quedarme a un palmo de tu entrepierna. Lo bastante cerca para sentir el calor. Lo bastante cerca para que se te marcara la polla endureciéndose sin que yo hubiera hecho todavía nada de verdad.
—No sigas jugando si no piensas terminarlo —me dirías con esa voz baja que me desarma.
Y claro que quería terminarlo. Quería desabrocharte el pantalón ahí mismo, bajar la cremallera y sacar tu polla para verla ponerse todavía más dura entre mis dedos. Quería acariciártela con la mano húmeda, subir y bajar despacio, verte morderte el labio mientras intentabas seguir conduciendo como si nada.
La fantasía se me hizo tan nítida que tuve que abrir un poco la ventanilla. Necesitaba aire. Porque no me quedaba ahí. Nunca me quedo ahí contigo, ni siquiera cuando solo te pienso.
En mi mente me recogía el pelo sin apartar los ojos de tu cara. Sabías lo que significaba ese gesto. Yo me inclinaba sobre tu regazo, apartaba la tela y te la metía en la boca de una vez, sintiendo el peso caliente de tu polla sobre la lengua, el sabor, la manera en que se te tensaba el abdomen cuando empezaba a chuparte de verdad.
Te la chuparía profunda, sin pudor, agarrándote con una mano desde la base mientras con la otra te apretaba el muslo. Te sentiría endurecerte más y más, empujando apenas contra mi boca, conteniéndote porque seguías al volante pero ya con la respiración rota. Y yo me mojaría solo con escucharte. Solo con notar que estabas a nada de correrte y que aún así obedecías cuando te susurraba que no, que todavía no.
En esa fantasía te pediría que salieras en la primera desviación. Que pararas donde no hubiera nadie. Que me sacarás del coche con prisa y me doblaras sobre el capó todavía caliente del motor.
Te vi haciéndolo con tanta claridad que me temblaron las piernas. Tus dedos sujetándome las muñecas a la espalda, la otra mano separándome las piernas, apartando el tanga hasta dejarme el coño expuesto al aire. Metiéndome dos dedos de golpe para comprobar lo empapada que estaba antes de soltar una risa ronca.
—Así me gustas —me dirías—. Chorreando antes de que te folle.
Y yo te pediría más. No suave, no bonito. Más. Tu polla entrando de una sola embestida, el metal frío del coche bajo el vientre y tu cuerpo clavándome contra la chapa mientras me follabas duro, arrancándome gemidos que no me molestaría contener. Te imaginaría parando justo cuando estuviera a punto de correrme, solo para volver a empujar más fuerte, hasta dejarme loca.
Esa imagen me acompañó todo el trayecto. Llegué a la playa con el pulso acelerado y las bragas pegadas al cuerpo. El mar estaba en calma, casi inmóvil, y el cielo empezaba a teñirse de naranja y violeta. Lo raro era que no hubiera nadie.
Nadie en la arena. Nadie en el paseo. Nadie cerca del agua.
Perfecto, pensé. Y en ese momento dejaste de ser solo una idea.
Llegaste unos minutos después, en tu camioneta oscura, como habíamos quedado, y bajaste mirándome con esa calma tuya que siempre me pone peor. Llevabas una camiseta clara, el pelo revuelto por el viento y una sonrisa pequeña, casi contenida, como si ya supieras todo lo que había hecho contigo en mi cabeza durante el camino.
—Tienes cara de problemas —dijiste al acercarte.
—No. Tengo cara de ganas.
Tu sonrisa se ensanchó. No preguntaste más. Nunca hace falta demasiado contigo.
Caminamos hasta la orilla descalzos, sintiendo la arena fría donde ya no daba el sol. Me quité la ropa y me quedé solo con la parte de abajo del bikini, porque debajo de la camiseta no llevaba nada más. Lo notaste enseguida. Tus ojos bajaron a mis pechos, marcados por la tela húmeda del ambiente, y luego volvieron a mi cara.
—Si entras al agua conmigo, eso también sobra.
Lo dijiste como una orden suave, no como una broma. Y me excitó obedecerte. Miré alrededor otra vez. La playa seguía vacía. El rumor del mar llenaba todo.
Me saqué la braguita del bikini delante de ti y la dejé caer sobre la arena. No apartaste la vista. Bajaste la tuya apenas un segundo, justo el tiempo para recorrerme el cuerpo desnudo con un gesto lento, y soltaste el aire como si también te costara mantener la calma.
Entramos al agua de la mano. Estaba fría, pero me daba igual. Me hundí de golpe hasta la cintura y luego hasta los hombros, dejando que me mordiera la piel. Tú avanzaste un poco más y te echaste agua por la cara, el cuello, el pecho. Me quedé mirándote, empapándome de esa imagen igual que me había empapado de mis fantasías en el coche.
Jugamos un rato como si de verdad quisiéramos fingir inocencia. Me salpicabas. Yo te devolvía el agua. Te acercabas y te apartabas. Te hundías un poco y salías sonriendo. Cuando por fin logré agarrarte por la cintura para cobrarme una revancha absurda, te mordí el culo por debajo del agua y solté una carcajada.
—Uno a cero —dije, levantando los brazos.
No me dejaste celebrar mucho. En un segundo me atrapaste de nuevo. Esta vez no me hundiste ni me salpicaste. Me giraste con firmeza hasta dejarme de frente y me llevaste las manos hacia atrás, sujetándomelas con una sola mano por encima del coxis. La otra me agarró la nuca.
Me besaste sin prisa al principio. Solo presión de labios. Luego la boca se abrió, tu lengua entró, y todo el juego cambió. El agua nos mecía despacio pero tu agarre era duro, posesivo, y eso me calentó más que el sol de todo el día.
—Uno a uno —murmuraste contra mi boca.
Te sostuve la mirada. Sabías lo que significaba esa mirada en mí. Sabías que a partir de ahí ya no había vuelta atrás.
—¿Lista para perder? —susurraste.
—Si pierdo así, sí.
Tu mano dejó mis muñecas y bajó por mi espalda hasta el culo. Me lo apretaste fuerte, separándome apenas las nalgas, y gemí contra tus labios. No tardaste nada en deslizar la otra mano entre nuestros cuerpos. Tus dedos encontraron mi coño de inmediato, abierto y mojado, y soltaste una risa grave al notar cuánto.
—Mira cómo estás —dijiste—. Ni he empezado y ya me estás chorreando la mano.
Metiste un dedo primero, despacio, hasta el fondo. Lo sacaste con lentitud. Volviste a meterlo junto con otro, abriéndome dentro del agua tibia ya por nuestros cuerpos, y me agarré a tus hombros para no perder el equilibrio. El contraste entre el mar frío por fuera y tus dedos calientes por dentro me hizo arquearme entera.
—Así —te dije jadeando—. No pares.
No paraste. Me besabas mientras tus dedos me follaban con un ritmo medido, buscando ese punto que conoces demasiado bien. Cada vez que lo rozabas me temblaban los muslos. Cada vez que insistías ahí, se me escapaba un gemido más sucio, menos controlado.
—Eso te gusta, ¿verdad? —me dijiste al oído—. Que te abra los dedos y te haga correrte aquí mismo.
Asentí porque no me salía otra cosa. Tenía la cara caliente, las tetas duras por el aire y el agua, y el coño latiéndome alrededor de tu mano. Me mirabas sin apartar los ojos mientras me trabajabas por dentro, como si quisieras ver exacto el instante en que dejara de aguantar.
Cuando metiste un tercer dedo y con el pulgar me frotaste el clítoris, me doblé sobre ti. Solté un gemido ronco, de esos que ya no tienen vergüenza, y me corrí temblando entre tus manos. El orgasmo me subió rápido, me cerró la garganta y me dejó aferrada a tu cuello mientras el agua nos golpeaba suave en la cintura.
—Joder —murmuré, todavía estremeciéndome—. Otra vez me haces correr demasiado pronto.
—Eso no fue pronto —contestaste—. Eso fue solo para ablandarte.
No me dio tiempo a responderte. Ya te había agarrado la cara para besarte otra vez, hambrienta, todavía con las piernas flojas pero con más ganas que antes. Sentí tu polla dura contra mi vientre. Bajé la mano entre nosotros para agarrártela y te la acaricié despacio, disfrutando cómo se te tensaba la mandíbula.
—Quiero chupártela —te dije.
Me llevaste unos pasos más hacia una zona donde el agua nos cubría hasta las caderas y no dudé. Me arrodillé delante de ti en el mar, el agua golpeándome el pecho, y te saqué la polla con ambas manos. Estaba dura de verdad, pesada, brillante por el agua salada y por la punta húmeda.
Te la besé primero en la cabeza, solo para oírte soltar aire por la nariz. Luego saqué la lengua y la recorrí de abajo arriba. El sabor salado del agua mezclado contigo me encendió más. Abrí la boca y empecé a tragártela poco a poco, dejando que me llenaras la lengua y la garganta mientras te sujetaba por las caderas.
—Mírame —ordenaste.
Te obedecí sin sacármela de la boca. Levanté los ojos hacia ti mientras subía y bajaba la cabeza, chupándotela cada vez más hondo. Tu expresión cambió. Te vi apretar los dientes, contener el impulso de empujarme, y eso me hizo apretarte más fuerte con los labios. Me gustaba tenerte así, al borde, duro, tenso, medio loco.
Una de tus manos se metió en mi pelo mojado y lo echó hacia atrás. No me forzabas. Solo marcabas el ritmo. Yo lo seguí encantada, masturbándote con la mano lo que no me cabía en la boca, dejando que la saliva resbalara por el tronco de tu polla. El mar nos golpeaba alrededor y yo seguía chupándotela como llevaba fantaseando todo el día, sin prisa y sin compasión.
—Si sigues así me voy a correr —dijiste con la voz rota.
La saqué un segundo para responderte.
—No. Quiero que te la guardes para follarme.
Te la volví a meter en la boca y aceleré un poco solo para torturarte. Lo suficiente para hacerte gemir. Lo suficiente para ver cómo perdías la calma que habías traído al llegar.
Me levantaste de golpe. Tu boca cayó sobre la mía con hambre y me rodeaste la cintura para alzarme. Enredé las piernas a tu cuerpo casi por instinto. Sentí la punta de tu polla buscándome entre los labios hinchados del coño y empujé las caderas hacia abajo, desesperada.
—Métemela ya.
Lo hice sonar como una súplica, pero sabía que también era una orden. Y te gusta cuando te lo pido así.
Entraste de una sola embestida. Hasta dentro. Profundo, seco, sin aviso. El gemido me salió mezclado con un insulto y con tu nombre. Te agarré de los hombros mientras me sostenías en vilo, clavado dentro de mí, y durante un segundo nos quedamos quietos solo para sentir el encaje.
—Joder, cómo me aprietas —dijiste.
Empezaste a moverme sobre tu polla con las manos en mi culo, subiéndome y bajándome con fuerza. Yo acompañaba el ritmo con las caderas, dejándome caer una y otra vez hasta sentirte golpearme hondo. El agua amortiguaba parte del movimiento, pero no la intensidad. Cada embestida me hacía jadear contra tu cuello.
No tardé en volver a humedecerme de más. Lo notabas por cómo resbalabas dentro de mí. Tus dedos se clavaban en mis nalgas. Mi cuerpo se tensaba cada vez que encontrabas ese ángulo exacto. Me besabas a ratos, me mordías la boca, y luego te apartabas solo para mirarme cómo me follabas.
—Dímelo —me pediste.
—Fóllame más fuerte.
Lo hiciste. Retrocediste un poco hasta que mis pies tocaron el fondo. Me giraste sin soltarme y me inclinaste hacia delante, de modo que el agua me cubría casi hasta el pecho mientras tú quedabas detrás. Una mano me sujetó por la cintura y con la otra me abriste más el culo para entrarme de nuevo desde ese ángulo.
Solté un grito corto cuando me la metiste así. Más hondo todavía. Más bruto. La sensación fue tan intensa que tuve que apoyar las manos en el agua, casi nadando en el sitio, mientras me embestías con golpes secos de cadera. El sonido del mar ya no era más que un fondo lejano detrás de nuestros jadeos.
—Así querías que te encontrara en el coche, ¿no? —dijiste, pegado a mi oído—. Sin poder hacerte la buena mientras te lleno el coño.
Me quedé helada un segundo de puro morbo.
—Sí —respondí entre dientes—. Así. Justo así.
Me follabas con un ritmo irregular a propósito. Tres embestidas rápidas, una lenta hasta el fondo, otra muy honda. Me estabas llevando otra vez al borde sin regalarme el final. Cada vez que creía que iba a dejarme correr, cambiabas el ritmo o me sacabas casi entera para volver a meterla. Me tenías desesperada.
—No juegues más —te pedí—. Me voy a correr.
—Todavía no.
La mano que tenía en mi cintura bajó hasta mi clítoris y empezó a frotarme justo donde más sensible estaba. Entonces sí perdí cualquier resto de orgullo. Eché la cabeza hacia atrás contra tu hombro y empecé a suplicarte de verdad. Que no pararas. Que me follaras. Que me hicieras correr. Todo mezclado con gemidos y respiraciones cortadas.
Tu mano trabajaba delante mientras tu polla me abría detrás con embestidas cada vez más duras. Noté cómo se me tensaban los muslos. Cómo el vientre se me encogía. Cómo el orgasmo me subía otra vez, más fuerte que el primero, más sucio, alimentado por la exhibición, por el riesgo, por tenerte dentro en mitad del mar abierto.
—Ahora —dijiste—. Córrete ahora.
Me corrí con un espasmo brutal, apretándote dentro, temblando de pies a cabeza. Se me doblaron las rodillas y me sostuviste firme mientras el orgasmo me atravesaba en oleadas. Gemí sin poder callarme, con la cara ardiendo y el cuerpo completamente rendido.
Lo sentiste. Y eso te terminó de soltar a ti.
Te quedaste un segundo más dentro, empujando hondo, y luego empezaste a embestir sin control, ya sin juego, ya sin dosificar nada. Tu respiración se volvió áspera. Me sujetaste con más fuerza de la cintura y me follaste como si necesitaras acabar de romperme el aliento.
—Me voy a correr —gruñiste.
—Hazlo. Córrete dentro.
Dos embestidas después te viniste. Lo noté clarísimo. Tu cuerpo se tensó detrás del mío, me clavaste los dedos en la piel y descargaste dentro con un gemido ronco que me hizo apretar otra vez alrededor de tu polla. Te corriste a fondo, sin retirarte, dejándome sentir ese calor espeso llenándome mientras el agua nos balanceaba apenas.
Nos quedamos quietos unos segundos, respirando como si acabáramos de salir a la superficie después de un minuto bajo el agua. Tú todavía dentro de mí. Yo apoyada hacia delante, con el pulso desatado y una sonrisa idiota que no podía evitar.
Cuando por fin me giré, tenías la misma cara que yo. Esa mezcla de descaro, alivio y locura compartida. Como dos adultos que acaban de hacer algo imprudente y lo volverían a hacer sin pensarlo dos veces.
—Al final sí perdiste —dijiste.
—Si perder es acabar así, pienso perder siempre.
Salimos del agua despacio. El aire sobre la piel mojada me erizó entera, pero seguía caliente por dentro. Sentía el semen resbalando entre mis muslos mientras caminábamos hacia las toallas, y solo ese detalle casi bastó para que me entraran ganas de empezar otra vez.
Nos tumbamos sobre la arena sin secarnos. El sol estaba ya muy bajo, rozando la línea del horizonte. Tu cuerpo brillaba húmedo, relajado por fin. Apoyaste la cabeza sobre un brazo y me miraste con esa satisfacción tranquila que siempre me deja blanda.
Yo me acomodé a tu lado, apoyando una mano en tu pecho. El mar seguía igual de hermoso, pero ya no era lo que más me llenaba los ojos. Eras tú después de follarme en el agua como había deseado todo el camino. Tú con la respiración lenta, el pelo mojado y la sonrisa pequeña.
—¿En qué piensas? —preguntaste.
Te acaricié el abdomen, bajando despacio hasta detenerme justo antes de tu entrepierna.
—En que la próxima vez no quiero esperar a llegar a la playa.
Te reíste. Giraste la cara hacia mí y me besaste otra vez, más suave, pero con esa promesa sucia quedándose flotando entre los dos. El sol terminó de esconderse y yo seguí mirándote con la sensación exacta de estar donde quería estar: salada, desnuda, satisfecha y con una nueva fantasía ya encendiéndose en la cabeza.
¿Andás por Buenos Aires? Mirá acompañantes en Palermo, con perfiles verificados y contacto directo.