La fantasía que encendió nuestra relación
Todo empezó como empiezan ahora tantas cosas: con mensajes a deshoras, fotos cuidadas, indirectas cada vez menos indirectas y esa ansiedad ridícula de esperar a que alguien se conecte. Yo lo conocí por redes y al principio fue un juego. Un hombre seguro, de sonrisa fácil, con una manera de hablarme que me iba soltando la ropa desde lejos sin tocarme.
Le voy a llamar Mauro. No era su nombre, pero da igual. Lo importante es que desde la primera semana ya me hablaba como si llevara meses mirándome desnuda en su cabeza, y yo no solo no lo frenaba, sino que me excitaba darle material para que siguiera.
Antes de que empezáramos a salir de verdad, fui a una fiesta con unas amistades y terminé metida en un trío improvisado con dos hombres. No fue romántico ni especialmente tierno. Fue sudor, manos por todas partes, una pared fría en la espalda y una sensación de descaro que me dejó ardiendo durante días.
No se lo conté enseguida, pero aquella noche me cambió algo. Me dejó claro que yo no buscaba una historia tranquila. Quería sexo. Quería juego. Quería sentirme observada, deseada, usada a ratos y celebrada después. Y sin saberlo, él también iba por ahí.
Cuando por fin empezamos a vernos en persona, la química fue inmediata. Las primeras citas tenían la forma de una salida normal: tomar algo, caminar, reírnos, hablar de tonterías. Pero por debajo de cada frase había otra conversación. La de sus ojos bajando a mi boca cuando bebía. La de mi pierna rozando la suya y quedándose un segundo de más. La de los silencios que se volvían densos dentro del coche al final de cada noche.
A la tercera o cuarta vez que salimos, ya no aguanté más.
Habíamos aparcado en una calle poco transitada. No recuerdo qué excusa dijimos antes de callarnos, pero sí recuerdo la tensión exacta de ese momento. Él con las manos en el volante, mirando al frente como si todavía intentara parecer correcto. Yo girada hacia él, con la entrepierna caliente desde hacía rato.
—Te estás aguantando demasiado —le dije.
Me miró por fin. Tenía esa expresión de hombre que ya perdió la batalla pero quiere disfrutar los últimos segundos antes de rendirse. Me acarició la cara, me besó y la cosa se volvió física enseguida, sin teatro. Su lengua entró en mi boca con hambre, una mano me apretó el muslo y yo sentí cómo me mojaba de golpe.
Le desabroché el pantalón dentro del coche con la torpeza ansiosa de quien ya no quiere hablar. Saqué su verga y supe al instante que aquello no estaba planeado. No venía recién bañado ni perfumado ni preparado para seducir. Olía a hombre, a día largo, a piel guardada bajo la ropa. Y en lugar de echarme atrás, eso me calentó más.
Me incliné sobre él y empecé a lamer la punta despacio, mirándolo desde abajo. Lo sentí tensarse entero. La primera pasada de mi lengua lo hizo soltar aire por la nariz; la segunda le arrancó un gemido bajo. Luego abrí la boca y me la metí más adentro, dejando que el sabor me llenara, usando saliva de sobra hasta ir limpiándosela a fuerza de lengua y ganas.
—Mierda... —murmuró—. No esperaba esto.
Le respondí chupándosela mejor. Me acomodé como pude entre la palanca y el asiento, una mano en su muslo y la otra rodeándole la base mientras subía y bajaba la cabeza. Al principio fui lenta, saboreándolo. Después más profunda. Me la saqué un momento solo para escupirle encima y seguir, dejando un hilo de saliva correr hasta sus huevos.
Él me apartó el pelo de la cara y empezó a moverse apenas, empujando la cadera hacia mi boca. No demasiado, solo lo justo para decirme sin palabras que quería más. Yo lo acepté encantada. Me gusta cuando un hombre pierde un poco la compostura. Me gusta sentir el peso de su deseo haciéndose cuerpo en mi boca.
Le chupé la verga hasta dejarla brillante. Lo oía tragarse gemidos, lo sentía temblar. Cuando me la metí más al fondo y me sujetó del cabello con la mano abierta, lejos de molestarme sentí un tirón directo entre las piernas. Me empapé.
—Así —me dijo, con la voz ya rota—. Qué buena boca tienes.
Subí la mirada y seguí mamándosela. Lo dejé correrse solo cuando ya lo tenía desesperado, al borde, respirando a golpes. Se vino en mi boca con un gruñido corto, apretándome el pelo mientras yo no apartaba la cara. Tragué despacio, lo limpié con la lengua hasta el final y luego me senté de nuevo, todavía excitada, con el sabor pegado a la boca y una sonrisa imposible de disimular.
—Ahora sí me arruinaste —dijo, todavía jadeando.
—Ese era el plan.
Después de eso, ya no hubo vuelta atrás.
***
Seguimos saliendo, pero la verdad es que las citas dejaron de ser citas y pasaron a ser un camino hacia el sexo. Cualquier comida, cualquier paseo, cualquier excusa terminaba en su casa. Yo inventaba permisos, mentiras pequeñas, horarios falsos. No por drama, sino porque me moría de ganas de encerrarme con él sin reloj.
La primera noche que me quedé fue después de una fiesta. Yo había sudado, bailado, bebido y traía el cuerpo caliente y pegajoso. Cuando llegamos, le pedí que me dejara bañarme primero. Quería sentirme limpia antes de meterme en su cama, y también sabía que salir mojada del baño, con la piel todavía tibia, iba a provocarlo.
Así fue.
Cuando abrí la puerta del cuarto con una toalla corta y nada debajo, Mauro estaba sentado al borde de la cama mirándome como si ya me hubiera desnudado veinte veces con la imaginación. Se levantó sin decir nada, vino hacia mí y me quitó la toalla despacio. No hizo falta delicadeza extra. A esas alturas el hambre era más fuerte que el pudor.
Me empujó con suavidad hasta el colchón y me abrió las piernas. Su primera mirada a mi coño ya mojado me hizo estremecer. Pasó los dedos por entre mis labios, recogió lo que yo ya tenía afuera y sonrió con una satisfacción masculina muy simple, muy cruda.
—Mírate —me dijo—. Todavía ni te he follado y ya estás chorreando.
Le agarré la camisa y lo hice caer sobre mí. Nos besamos con desesperación, frotándonos como animales que por fin se sueltan. Yo le bajé el pantalón, él me apretó una teta y luego la otra, chupándome los pezones hasta endurecérmelos. Sentía su verga otra vez dura contra mi muslo y no quise esperar más.
Pero él sí quiso jugar un poco.
Se arrodilló entre mis piernas y me lamió primero por fuera, despacio, como si quisiera hacerme suplicar. Después me abrió más con los dedos y metió la lengua de verdad, profunda, insistente. Mi espalda se arqueó enseguida. Lo hacía bien y lo sabía. Su barba rozándome el interior de los muslos, su boca en mi clítoris, dos dedos entrando y saliendo con ritmo... en pocos minutos ya estaba gimiendo sin control.
—No pares —le dije—. No me tengas así.
Él levantó la cabeza solo para contestar:
—Quiero oírte más.
Volvió a hundir la cara en mi coño y me hizo correrme con la boca antes de penetrarme. Me corrí temblando, empujando la pelvis contra su lengua, con las manos en sus hombros. Cuando por fin se incorporó, tenía la boca húmeda, la mirada brillante y la verga lista. Se la guié yo misma.
Entró de una sola vez, lento al principio pero hasta el fondo. Solté un gemido largo. No fue una cogida brutal aquella primera noche; fue firme, profunda, muy conectada. Él se movía mirándome, como queriendo aprender qué me hacía apretar más las piernas, qué ángulo me arrancaba la respiración, qué ritmo me volvía loca.
Yo lo rodeé con las piernas y dejé que me follara así un rato, sintiendo cada embestida abrirme y acomodarse dentro. Luego le clavé las uñas en la espalda y le pedí más. Su cuerpo cambió enseguida. Empezó a darme más duro. El colchón golpeaba la pared. Mi respiración se mezclaba con la suya y el sonido húmedo de nuestros cuerpos llenó el cuarto.
—Así te quería —me dijo entre dientes—. Abierta para mí.
Me corrí otra vez con su verga dentro, apretándolo. Él aguantó poco más y terminó después, enterrado hasta el fondo, soltando un jadeo ronco contra mi cuello. Luego se dejó caer a mi lado, sudados los dos, con ese silencio satisfecho de después. Pensé que había sido un buen polvo. No sabía todavía que apenas estábamos empezando.
***
Con el tiempo, follar se volvió el centro de todo. Pasábamos horas desnudos en su casa, y no exagero. Cocinábamos a medias, dejábamos series a la mitad, dormíamos siestas cortas y en cualquier momento volvíamos a estar encima del otro. Cinco veces en un día no era raro. Seis tampoco, si ninguno tenía que salir temprano al día siguiente.
Había algo adictivo en nuestra dinámica. Él me buscaba con hambre y yo respondía igual. A veces era en la cama. A veces en el sofá. A veces en la cocina, conmigo sentada en la encimera mientras él me apartaba las piernas con las manos y me follaba de pie, mirándome a la cara como si quisiera ver exactamente cuándo se me borraba el mundo.
Un día, saliendo a la tienda, entendí que no solo nosotros sabíamos lo escandalosos que éramos. Iba con un short mínimo porque dentro de esa casa casi nunca duraba la ropa puesta. Un vecino lo paró en la banqueta y, con media sonrisa, le dijo:
—Qué bueno es ser tú. Yo nomás escucho los gritos y digo: ese sí sabe vivir.
Sentí la cara arderme de vergüenza. Pero debajo de la vergüenza había otra cosa. Algo sucio y delicioso. Porque mientras el hombre hablaba, noté cómo me miraba el culo. No descaradamente, pero sí lo suficiente para que yo lo viera. Y en vez de incomodarme, sentí un latigazo de excitación.
Ya dentro de la tienda yo seguía pensando en eso. En que me habían oído. En que quizás me habían imaginado abierta de piernas, gimiendo, recibiendo verga mientras todo el edificio escuchaba. Apenas regresamos a la casa, Mauro cerró la puerta y me preguntó:
—¿Te gustó que te mirara?
No valía mentir.
—Sí.
Su sonrisa fue lenta.
—A mí también.
Me empujó contra la pared del recibidor y me metió la mano dentro del short. Al tocarme se dio cuenta de lo mojada que estaba. Me besó con una agresividad que me dobló las rodillas, me bajó la tela hasta los muslos y me metió dos dedos de golpe. Gemí fuerte, sin cuidarme ya del volumen.
—Que escuchen otra vez —me susurró al oído.
Me sacó los dedos, se los llevó a la boca, y después me giró. Apoyé las manos en la pared. Sentí cómo me bajaba más la ropa y se acomodaba detrás de mí. La primera embestida me hizo abrir la boca de golpe. Me la metió dura, profunda, con prisa. Yo apenas tuve tiempo de separarme más las piernas.
Empezó a follarme ahí mismo, en la entrada, con el short atrapándome los muslos. Cada golpe me empujaba contra la pared. Yo gemía sin filtrar nada. Él me agarraba de la cadera con una mano y con la otra me sujetaba el cuello por delante, no para ahogarme, solo para hacerme sentir dominada. Y funcionó de maravilla.
—Más fuerte —le pedí.
—Eso querías, ¿no? Que te imaginaran así, hecha una puta ruidosa.
La suciedad de esa frase me disparó. Me corrí rápido, con el clítoris latiéndome, mientras él seguía clavándomela sin aflojar. Cuando se vino, lo hizo apretando la cara contra mi nuca, dejándome temblando y con las piernas flojas. Ni siquiera habíamos guardado la compra.
***
La conversación que cambió de verdad nuestra relación llegó con un regalo. Una tarde apareció con una bolsa pequeña de sex shop y una expresión entre traviesa y seria. La dejó sobre la cama y me dijo que quería probar algo conmigo, pero que solo si yo también quería.
Dentro venía un dildo grande, más grande de lo que yo había usado nunca.
Lo tomé en la mano y me reí por nervios.
—Eso no me va a caber.
—Claro que sí —respondió—. Despacio. Y conmigo.
La simple idea ya me tenía excitada. No solo por el juguete, sino por el brillo en sus ojos al proponerlo. Había algo más ahí. Algo que todavía no terminábamos de nombrar.
Me acostó boca arriba y empezó como siempre sabía que debía empezar conmigo: besos, pechos, lengua en el cuello, dedos entre las piernas. Quería que estuviera muy mojada antes de intentar nada, y yo colaboré encantada. Le abrí las piernas, le guié la mano, gemí cerca de su oído para que se animara más.
Cuando ya me había hecho correrme una vez con los dedos y la boca, sacó el juguete, lo cubrió de lubricante y lo apoyó en mi entrada. Solo sentir la punta me hizo tensarme. Era demasiado ancho comparado con lo que esperaba.
—Relájate —me dijo—. Si te duele de verdad, paramos.
Asentí. Quería seguir.
Empujó muy despacio. El cuerpo reacciona raro cuando algo duele y excita a la vez. Sentía presión, ardor, una resistencia que poco a poco iba cediendo mientras yo respiraba hondo y me agarraba a las sábanas. Mauro no apartaba los ojos de mi cara. Le gustaba verme atravesar eso, pero no con crueldad vacía, sino con fascinación.
—Así, buena chica —murmuró—. Mira cómo lo recibes.
Esa frase me atravesó completa. Buena chica. Ahí entendí una parte de lo que le gustaba. No solo quería follarme; quería llevarme, guiarme, verme ceder. Y descubrir que eso me encendía tanto como a él me dejó sin aire.
Siguió metiéndolo poco a poco hasta que tuve una buena parte dentro. Gemí fuerte. Me retorcía entre el dolor rico y la excitación obscena de sentirme tan abierta. Él me acariciaba el muslo, me hablaba, me decía que estaba preciosa así, obediente, mojada, aceptando más de lo que creía poder aceptar.
—Me encanta verte excitada por otra cosa que no sea yo —me soltó de pronto.
Mi coño se apretó alrededor de la nada al oír eso. Me prendió muchísimo. No era celoso de mi placer; quería verlo crecer aunque fuera con un juguete, con sus manos, con su voz. Quería ser dueño del escenario, no necesariamente del único instrumento. Y esa amplitud, esa permisividad cargada de control, me volvió loca.
Cuando empezó a mover el dildo dentro de mí, despacio pero firme, ya estaba perdida. Cada empuje me hacía jadear. Mi cuerpo se acostumbró al tamaño y empezó a pedir más. Él alternaba entre moverlo y frotarme el clítoris con los dedos, observando cómo se me iba descomponiendo la cara.
—Dime qué sientes.
—Mucho... me arde, pero me gusta... no pares.
—Eso es. Quiero verte disfrutar.
El orgasmo me llegó violento. Me corrí con el juguete dentro, apretando las piernas, temblando tanto que tuve que agarrarle la muñeca. Él no retiró nada; me sostuvo en ese clímax largo hasta que terminé jadeando, empapada y deshecha.
Después sacó el dildo con cuidado y se tumbó a mi lado. Yo todavía tenía el cuerpo sensible y la cabeza zumbando. Fue ahí cuando hablamos sin filtros. Le conté lo mucho que me había excitado lo que me dijo. Él me confesó que le prendía verme entregada, sumisa por elección, suelta, disfrutando sin vergüenza. No usó palabras grandilocuentes. Solo verdad.
—Me encanta verte así —dijo—. Verte obedecer. Verte perder el control. Y también me excita saber que tú lo disfrutas.
Yo lo besé y le dije que quería más de eso.
Y él sonrió como quien llevaba tiempo esperando esa respuesta.
***
La primera fantasía que cumplimos después de aquella conversación fue simple en apariencia, pero cargada de morbo: hacerlo en un cuarto de su casa mientras había gente en la sala. Adultos, familia, tele encendida, voces cerca, puertas abriéndose y cerrándose. Nosotros al otro lado, a pocos metros, tragándonos el ruido como podíamos.
Yo llevaba falda porque él me lo pidió. No una cosa exagerada, solo una prenda fácil de subir. Ese detalle ya me tuvo húmeda desde que llegué. Cada vez que cruzábamos miradas frente a los demás, yo sabía lo que venía y él también.
Esperamos el momento. Una distracción en la sala. Risas altas. Un movimiento de gente hacia la cocina. Él me tocó apenas la espalda baja y yo lo seguí al cuarto sin decir una palabra. Entramos, cerró y apenas echó el seguro ya me tenía contra la pared.
—Date la vuelta.
Lo obedecí al instante. Sentí la falda subir por mis muslos, la ropa interior apartada a un lado y sus dedos comprobando que ya estaba mojada. Ni siquiera hizo falta prepararme demasiado. La situación me tenía ardiendo.
—Qué puta cara pones cuando sabes que pueden descubrirnos —me dijo al oído.
Yo apreté los labios para no gemir. Él me soltó una nalgada seca, no demasiado fuerte, solo lo suficiente para marcar territorio. Después me abrió de piernas con la rodilla y se sacó la verga. La punta rozó mi entrada y ahí sí tuve que contener un jadeo con toda el alma.
Me penetró de una embestida contenida, profunda pero silenciosa. El primer golpe me dobló un poco hacia adelante. Me agarré al borde de una cómoda mientras él empezaba a moverse detrás de mí. No podía hacerlo tan brusco como otras veces por el riesgo de hacer ruido, así que cada embestida venía cargada de tensión. Era una follada apretada, contenida, más desesperante precisamente por eso.
Desde la sala llegaban voces amortiguadas. Una carcajada. El sonido de platos. Y detrás de mí, el choque húmedo de él entrando y saliendo de mi coño, cada vez más necesitado. Me tapé la boca con una mano cuando empezó a darme más rápido.
—No te tapes —susurró—. Solo gime bajito para mí.
Obedecí. Dejé salir pequeños gemidos, ahogados, que a él lo enloquecían más. Me agarró del cuello por detrás, suave, inclinó mi cara hacia el espejo del cuarto y me obligó a mirarnos. Mi falda arriba, su cuerpo pegado al mío, su cadera chocando sin descanso, mi expresión de vicio y miedo mezclados.
—Mírate —me dijo—. Toda abierta mientras están al lado.
Esa frase me remató. Me llevé la mano entre las piernas y empecé a tocarme el clítoris al ritmo de sus embestidas. Él soltó un jadeo ronco al ver eso en el espejo. Me folló más fuerte, perdiendo ya parte del cuidado inicial. La cómoda crujió contra la pared. Los dos nos quedamos quietos un segundo al oír pasos cerca de la puerta.
Nadie entró.
Cuando los pasos se alejaron, la tensión se convirtió en pura locura. Él me agarró de la cintura y me clavó la verga con hambre, una y otra vez. Yo me corrí mordiéndome la muñeca para no gritar. Me corrí duro, con las piernas temblando y el vientre contraído, mientras seguía oyendo voces al otro lado.
Mauro duró poco después de eso. Se vino rápido, vencido por la excitación de la situación, enterrado hasta el fondo y respirando a golpes sobre mi nuca. Tuvimos apenas tiempo de acomodarnos la ropa antes de que la manija de la puerta se moviera una vez desde afuera. Nos miramos y casi nos reímos de puro nervio.
Cuando salimos, yo todavía sentía el calor entre las piernas y una pulsación lenta en el coño. Me senté en la sala fingiendo normalidad, con la falda ya en su sitio y una serenidad completamente falsa. Él se comportó igual de bien. Pero debajo de la mesa, su mano encontró mi rodilla y la apretó una vez, firme, como un recordatorio.
Ese día entendí que nuestra relación ya no iba solo de coger mucho. Iba de ir abriendo puertas internas. De nombrar deseos que daban vergüenza y luego cumplirlos. De descubrir que yo quería más riesgo, más juego, más entrega, y que él no solo podía seguirme el ritmo, sino empujarme un poco más allá.
No sé en qué momento dejamos de ser dos personas con ganas y nos convertimos en una especie de laboratorio de deseo. Lo que sí sé es que cada fantasía cumplida traía otra detrás. Y cada vez que él me miraba con esa calma sucia y me decía que quería verme disfrutar, yo ya sabía que iba a terminar con las piernas abiertas, la respiración rota y una nueva obsesión metiéndose en nuestra cama.
Lo nuestro no disminuyó con el tiempo. Al contrario. Fue creciendo a base de verga, saliva, juguetes, secretos compartidos y esa confianza rara que se construye cuando te desnudas de verdad delante de alguien, no solo de ropa. Porque una cosa es dejar que te follen, y otra muy distinta es dejar que vean lo que te prende sin maquillaje.
Y cuando por fin encuentras a alguien que no se asusta, sino que sonríe y te dice —vamos a hacerlo—, ya no quieres volver atrás.
Si este relato te dejó con ganas y estás en Buenos Aires, conocé acompañantes en Palermo.




