Mi amo me entrenó para seducir y obedecer
Mara llevaba más de una hora despierta, escuchando el silencio espeso de la casa. La luz de la luna se colaba por los ventanales y estiraba las sombras de los muebles sobre la pared. El lado de la cama donde debía estar Dorian seguía frío, sin una sola arruga. Él no había subido todavía.
Llevaba toda la noche encerrado en el despacho, y la curiosidad la roía por dentro como un animal pequeño. Las palabras que él había dejado caer dos días atrás seguían resonándole en la cabeza, y ya no podía fingir que no las había oído. Apartó las sábanas y se levantó.
El corazón le latía con fuerza, aunque no era miedo lo que la empujaba. Sabía perfectamente quién era Dorian y a qué se dedicaba. Sabía que sus socios no eran hombres corrientes, que sus negocios tenían más de un doblez y sus intenciones rara vez eran limpias. Y aun así, ella estaba dispuesta a todo por él.
Si tengo que ser su espía, lo seré. Si tengo que ser su arma, también. Si tengo que abrir las piernas por él, las abriré.
Llegó hasta la puerta del despacho, de donde salía un murmullo de voces. La madera tallada parecía advertirle que ese no era su lugar. Pero Mara no era una niña asustada: era una mujer que había aprendido a moverse entre hombres difíciles, a leerlos, a sobrevivirles. Se ajustó el camisón fino que llevaba, tan fino que se le marcaban los pezones duros contra la seda, y empujó la puerta con suavidad.
Dentro, la única luz era la de una lámpara de escritorio y la del fuego que crepitaba en la chimenea. Dorian estaba de pie junto a las llamas, imponente, con la mandíbula tensa. A su lado, un hombre de traje oscuro hablaba en voz baja, con un rostro al que no se le movía un solo músculo. Mara se quedó en el umbral, sin hacer ruido.
—Es perfecta para lo que necesitamos —decía el hombre del traje—. Su belleza, su forma de moverse… puede entrar en cualquier salón sin que nadie sospeche. Y su lealtad hacia ti no se discute.
Dorian cruzó los brazos. —No es una herramienta cualquiera. Es más que eso. Pero sí, puede sernos útil.
Algo frío le recorrió la espalda. ¿Útil? ¿Eso soy? No se permitió dudar más de un segundo. Si él la consideraba útil, entonces lo sería; y si tenía que ser una hoja, sería la más afilada de todas. Una hoja con coño y con boca, dispuesta a clavarse donde él le indicara.
El hombre del traje giró la cabeza hacia la puerta, como si hubiera olido su presencia. —Mara, ¿verdad? Entra, no hace falta que te escondas.
Ella avanzó midiendo cada paso, consciente de cómo el camisón se le pegaba al cuerpo con la luz del fuego a la espalda, transparentándolo, dejando ver la curva de las tetas, la sombra oscura del pubis, la línea larga de los muslos. —Disculpen. No quería interrumpir.
Dorian clavó en ella sus ojos grises. —¿Qué haces aquí?
—Quiero saber —respondió sin titubear—. Quiero entender qué están planeando y cómo piensan usarme. Y quiero ayudar. Por ti, haré lo que haga falta.
El del traje sonrió con una sonrisa que no le llegó a los ojos. —Veo que la has educado bien.
Dorian no sonrió, pero algo en sus hombros se aflojó. —Mara no es solo mi protegida. Es parte de mí. Y si está dispuesta a meterse en esto, la prepararemos.
—¿Prepararme? —preguntó ella, y su propia voz tembló de anticipación.
—Hay una recepción la semana que viene —dijo el hombre—. Un evento privado donde se reúnen los hombres más poderosos de la ciudad. Necesitamos que te infiltres y consigas cierta información. Y, si hace falta, que uses tus encantos para distraer a alguien concreto. Que se la chupes, si es lo que hace falta. Que te lo folles hasta que te cuente lo que queremos oír.
Mara asintió, la mente ya trabajando, el coño ya empezando a mojarse por la crudeza con la que aquel hombre lo decía. —Lo haré. Dime cómo.
Dorian se acercó, y su presencia le ocupó todo el aire de la habitación. —Primero entiende que no será fácil. Habrá hombres que intentarán humillarte, usarte. Pero tú eres más fuerte que ellos. Y yo voy a estar mirando, siempre.
—No tengo miedo —mintió ella, aunque el pulso le golpeaba el cuello.
El hombre del traje carraspeó. —Antes tendrás que demostrar que estás lista. Dorian, ¿por qué no le enseñas a nuestra invitada lo que significa pertenecer a este círculo? Que se ponga de rodillas y te la chupe delante de mí. Necesito saber que la puta obedece.
Dorian la tomó de la mano y la llevó al centro de la alfombra. —Quítate el camisón —ordenó, en voz baja y sin un solo gramo de duda.
Ella no dudó. Con movimientos lentos, deliberados, deslizó los tirantes por sus hombros y dejó que la tela cayera al suelo. Se quedó así, completamente desnuda, expuesta a la mirada de los dos hombres y al calor de la chimenea. Los pezones se le habían puesto duros como piedras, el vello del pubis recortado en una línea prolija, los muslos temblándole apenas.
—De rodillas —dijo él.
Mara obedeció. Las rodillas se le hundieron en la alfombra y alzó la mirada hacia Dorian, con los ojos brillándole entre la entrega y un deseo que no sabía esconder. Sentía la mirada del hombre del traje clavada en su culo desnudo, en la raja abierta entre sus nalgas, y en lugar de vergüenza sintió una humedad viscosa deslizándosele por la cara interna del muslo.
Él se agachó hasta quedar a la altura de su cara. —¿Estás dispuesta a hacer lo que sea? ¿A rebajarte, a obedecer, a dejar que te usemos para conseguir lo que buscamos? ¿A que ese hijo de puta te vea chupármela como la puta que sos?
—Sí —susurró ella, con la voz ronca—. Por ti, Dorian. Por ti me la trago entera. Por ti me abro donde quieras.
Él la tomó del pelo, sin aviso, y la atrajo hacia su boca. La besó con dureza, exigente, la lengua metida hasta el fondo, hasta que ella se rindió por completo y se abrió a ese dominio. Después le soltó el pelo un segundo, se desabrochó el cinturón y sacó la polla, ya dura, gruesa, la venas marcadas, la punta brillante de líquido. Volvió a agarrarla de la nuca.
—Abrí la boca. Sacá la lengua. Mostrale al invitado cómo se le chupa la verga a tu amo.
Mara sacó la lengua y él le apoyó la polla encima, la deslizó por la lengua plana, empujó hacia adentro. Ella cerró los labios alrededor y empezó a chupar, despacio primero, dejando que él le marcara el ritmo con la mano en la nuca. Sentía la verga caliente hinchándose contra su paladar, el sabor salado del líquido preseminal en el fondo de la garganta.
—Más adentro —gruñó Dorian, y la empujó hasta el fondo. La punta chocó contra su garganta, ella hizo una arcada, se le llenaron los ojos de lágrimas, pero no se apartó. Aguantó. Tragó saliva alrededor de la carne dura y volvió a empujarse ella misma hacia adelante, para que él supiera que aguantaba lo que fuera.
El hombre del traje se acercó, sin tocarla, y se agachó al lado. Le miró de cerca la cara empapada, los labios estirados alrededor de la polla, los hilos de baba que le colgaban del mentón. —Es buena —murmuró—. Sabe tragársela sin quejarse. Aguanta.
Dorian la agarró de las dos orejas y empezó a follarle la boca en serio, embistiendo con las caderas, hundiéndose hasta las pelotas contra su cara, los testículos pegándole en el mentón con cada envión. Ella se dejó, jadeante, la garganta abierta, el rímel corrido, la mano libre bajándose al coño a masturbarse mientras se la tragaba. Estaba empapada. Chorreaba encima de la alfombra.
—Mirala cómo se toca —dijo el del traje—. Le gusta ser usada.
—Es mi puta —contestó Dorian con la voz ronca, sin dejar de embestir—. Mi puta preciosa. Y va a ser la vuestra durante una noche.
Antes de terminar en su boca, la sacó. La levantó del pelo hasta ponerla de pie, la giró y la empujó contra el escritorio. Le apartó las nalgas de un golpe y sin ceremonias le clavó la polla en el coño hasta el fondo. Mara gimió, gutural, sintiendo cómo se abría alrededor de él, cómo cada centímetro de carne le raspaba las paredes.
—Cogela contra la mesa —dijo el hombre del traje, todavía impasible, mirando cómo el culo de Mara se movía con cada embestida—. Que la sienta el invitado. Que sepa lo que le pertenece.
Dorian la agarró de las caderas y la folló duro, sin pausa, la mesa golpeando la pared con cada empuje, los papeles cayéndose al suelo, los pechos de ella arrastrándose contra la madera. Le tiró del pelo hacia atrás para que arqueara la espalda, y en ese ángulo la penetró más hondo todavía. Mara jadeaba, gemía, le decía sí, sí, más, cógeme, soy tuya, en un hilo de voz roto por cada embestida.
—Corrite conmigo —le ordenó Dorian—. Corrite en mi verga, delante de él.
Ella no pudo aguantar más. El orgasmo la partió al medio, un espasmo largo que le apretó el coño alrededor de él y la dejó temblando contra el escritorio. Dorian embistió tres veces más y se corrió dentro de ella con un gruñido bajo, vaciando la polla hasta la última gota en el fondo de su coño. Cuando salió, un hilo blanco y espeso empezó a deslizarse por la cara interna del muslo de Mara.
El hombre del traje asintió despacio. —Impresionante. Creo que ya estamos listos para empezar.
Dorian le tendió la mano y la ayudó a incorporarse. —Vamos a prepararte. Y recuerda, Mara: pase lo que pase esa noche, sigues siendo mía.
—Siempre tuya —respondió ella, todavía temblando, con el semen bajándole por el muslo.
***
Los días siguientes fueron de entrenamiento puro. Aprendí a deslizarme entre hombres poderosos sin que notaran que los estudiaba, a usar una sonrisa como cebo, a sacar una confesión de una conversación banal. Pero también aprendí algo más difícil: el poder que hay en rendirse, en entregarse del todo. Dorian me llevó hasta el límite cada noche, exigiéndome que me humillara ante él, que me deshiciera de todo lo que no fuera obediencia.
Una noche me hizo desnudarme delante del espejo y me obligó a masturbarme mientras él miraba, sin tocarme, dándome órdenes precisas: dos dedos dentro, ahora tres, ahora el pulgar en el clítoris, ahora más rápido, ahora despacio, no te corras hasta que te lo diga. Cuando finalmente me dejó correrme, me hizo lamer los dedos empapados de mi propia humedad delante de él, y después me metió los mismos dedos en la boca junto con su polla, para que aprendiera a sentir en la lengua los sabores mezclados de mi coño y de su verga.
Otra noche me ató boca abajo en la cama, con las piernas abiertas, y estuvo una hora comiéndome el coño y el culo alternadamente, sin dejarme correrme, hasta que empecé a suplicarle. Cuando le supliqué, me la clavó por atrás, en el ojete, con la polla lubricada con mi propia baba, y me folló el culo despacio, largo, forzándome a sentir cada centímetro, mientras me susurraba en la oreja que ese agujero también era suyo, que todo lo que había en mí era suyo. Me hizo correrme sin tocarme el coño, solo con la polla en el culo y sus palabras sucias en el oído.
Otra noche estaba tendida en el suelo del despacho, desnuda, con las muñecas atadas con una cinta de seda por encima de la cabeza. Él se inclinó sobre mí y su aliento me rozó la oreja.
—¿Estás lista para la recepción? ¿Lista para ser mía en cuerpo y en todo lo demás? ¿Lista para dejar que otro hombre te meta la lengua entre las piernas si eso me consigue lo que quiero?
—Sí, amo —respondí, con la voz rota de deseo, el coño ya latiendo solo de escucharlo.
—Entonces demuéstramelo.
Me abrió las piernas de un tirón y me penetró de un solo empuje, sin preparación, sin piedad, hasta las pelotas. Yo grité, no de dolor, sino de puro placer sucio y crudo, y me arqueé contra las cintas de seda pidiéndole más. Me folló mirándome a los ojos, sin apartar la vista un segundo, mientras me repetía que era suya, mi puta, mi arma, mi coño, mi boca, mi culo, todo suyo. Me corrí dos veces antes de que él terminara, y cuando por fin se vació dentro de mí, me desató las manos y me obligó a limpiarle la polla con la lengua, lamiendo cada gota de semen mezclado con mis propios jugos.
Cerré los ojos y supe que lo que venía iba a llevarme a lugares que ni siquiera había imaginado. Pero también supe que, pasara lo que pasara, seguiría siendo suya. Y eso, más que nada, me hacía sentir entera.
***
La noche de la recepción me moví entre los invitados con calma de cazadora. El vestido negro, ajustado, marcaba cada curva que Dorian había elegido para la ocasión, y mi sonrisa prometía cosas que no pensaba cumplir. Debajo del vestido no llevaba nada, ni ropa interior ni sujetador, y él lo sabía. Cada vez que me movía, la tela me rozaba los pezones ya sensibles y el coño desnudo, recordándome quién me había vestido y para qué. Detrás de esa fachada, mi cabeza registraba cada palabra, cada gesto, cada copa de más. Sabía que él me observaba desde algún rincón en sombras, y esa certeza era un escudo invisible.
Cuando la fiesta llegó a su punto más alto, me encontré a solas con uno de los hombres más influyentes de la ciudad, en una habitación de lujo apartada del bullicio.
Las cortinas de terciopelo estaban corridas y el aire pesaba de expectativa. El único sonido era el tic-tac de un reloj antiguo en un rincón, recordándome que el tiempo corría incluso para mí. No estaba sola del todo, claro: había cámaras escondidas en las lámparas y en los marcos de los cuadros, y Dorian estaba al otro lado de esas lentes, esperando. No me falles, me había dicho. No iba a hacerlo.
El senador Valdés llevaba un traje impecable, de esos que solo los hombres de verdadero poder pueden permitirse. Olía a madera y a cuero nuevo, a dinero y a control. Cuando sus ojos se posaron en mí, sentí el peso de su mirada, como si pudiera desvestirme sin tocarme. Pero yo no era de las que se dejan intimidar. Para esto me habían entrenado. Yo era la que iba a desvestirlo a él.
—Eres aún más hermosa de lo que me habían contado —murmuró, extendiendo una mano lenta, como si temiera espantar a una presa. Pero la presa no era yo.
Me acerqué con una sonrisa que había ensayado frente al espejo durante horas, mitad inocencia, mitad promesa de mamada. —Senador. Ha sido un placer coincidir con usted esta noche.
Su mano rozó la mía y noté cómo se le aceleraba el pulso, un detalle mínimo que no se me escapó. Valdés no estaba acostumbrado a ser el perseguido, y eso lo volvía interesante. Lo guié hacia el sofá con movimientos fluidos, calculados para que se sintiera al mando justo cuando yo ya tenía las riendas.
—¿Te molesta si me siento? —preguntó, con la voz un punto más ronca.
—Por favor —respondí, y me senté a su lado, lo bastante cerca para que nuestro calor se mezclara, no tanto como para asustarlo. Al sentarme dejé que el vestido se me subiera lo justo para descubrirme la mitad del muslo desnudo.
—Mara —dijo, pronunciando mi nombre como un secreto—, he oído hablar mucho de ti.
—¿Sí? —Me incliné apenas hacia él, dejando que un mechón me cayera sobre el hombro y que el escote se abriera un poco más. Los pezones se me marcaron duros contra la tela.
—Dicen que eres… extraordinaria. —Sus ojos recorrieron mi boca, mi cuello, se clavaron sin disimulo en mis tetas. Sentí esa mirada como un dedo trazándome la mandíbula, bajando por el pecho.
—Eso depende de lo que busque —susurré, acortando un poco más la distancia, hasta que nuestros alientos se rozaron.
—¿Y qué buscas tú, Mara? —preguntó, ya en un hilo de voz.
—Lo mismo que usted, senador. Follar y olvidarnos de los apellidos.
Su mano me rozó la mejilla con una suavidad que no esperaba, firme y a la vez cuidadosa, como si temiera quebrarme. Pero yo no era de cristal. Estaba hecha de algo más duro, forjada en mi lealtad a Dorian.
—Eres peligrosa —murmuró contra mi oído.
—Solo para quien se lo merece.
Y entonces su boca encontró la mía. El beso empezó despacio, un roce que exploraba, que prometía. Pero yo no estaba allí para promesas vacías. Tomé el control, presioné mis labios con más firmeza y dejé que mi lengua lo hiciera jadear. Sus manos bajaron por mi espalda y me apretaron las caderas contra él. Noté su polla, dura y urgente, contra mi muslo. Sonreí sin que lo viera.
Le agarré la mano y me la subí al pecho, por encima de la tela primero, dejándole apretar y sentir el pezón duro contra la palma. Después le bajé la mano hasta el borde del vestido y se la guié por dentro, hasta que sus dedos rozaron la piel desnuda del muslo y siguieron subiendo. Cuando descubrió que no llevaba nada debajo, se le escapó un gemido gutural.
—Puta madre, Mara —jadeó contra mi cuello—. Estás desnuda debajo de esta cosa.
—Y empapada, senador —le susurré al oído—. Compruébelo.
Sus dedos gruesos me encontraron el coño, ya chorreante, y se hundieron sin resistencia. Uno primero, después dos, moviéndose adentro con torpeza ansiosa. Me hizo abrir las piernas encima del sofá y me follaba con los dedos mientras yo le mordía el labio inferior y le desabrochaba la chaqueta.
—Así, senador —le jadeé—. Más adentro. Tóqueme.
Lo llevé despacio hacia el borde del sofá y empecé a desabotonarle la camisa con una lentitud que lo hizo gemir de pura frustración. Botón a botón, hasta dejar al descubierto un pecho ancho cubierto de vello oscuro. Su piel ardía bajo mis dedos.
—Mara —jadeó—, no sé qué me estás haciendo.
—Apenas estoy empezando —respondí, y dejé que mis labios le recorrieran el cuello, la clavícula, el centro del pecho. Fui bajando, dejándole un rastro de saliva por el vientre. Su respiración se volvió corta, irregular. Un hombre que no estaba acostumbrado a perder el control, perdiéndolo.
Mis manos encontraron su cinturón y lo soltaron con un movimiento. El pantalón cedió poco después, y cuando le bajé también los boxers de un tirón, su polla saltó dura, gruesa, con una vena hinchada corriéndole por debajo y la punta brillante y roja. Lo miré, expuesto, y mi sonrisa fue mitad seducción, mitad triunfo.
—¿Qué quieres, Mara? —preguntó, con la voz cargada de necesidad.
—Toda tu verga —respondí—. En mi boca. Hasta el fondo.
Me arrodillé ante él en la alfombra. Mis dedos recorrieron su muslo antes de cerrarse alrededor de su sexo, caliente y tenso. Empecé con la lengua, larga y plana, subiendo desde la base hasta la punta, saboreando la sal del líquido preseminal que ya le brotaba. Después besé la punta, la envolví con los labios, y bajé despacio, muy despacio, milímetro a milímetro, hasta que la sentí llegarme al fondo de la garganta.
Lo miré a los ojos mientras lo hacía, viendo cómo se le deshacía el control, cómo su respiración se volvía un jadeo superficial. Aguanté un segundo con la polla entera clavada en la garganta, sintiéndola pulsar contra mi paladar, y después empecé a subir otra vez, apretando los labios, dejando un hilo de baba y presemen colgándome del mentón.
—Mara —gimió—, no sé cuánto voy a aguantar.
—No tienes que aguantar nada. Quiero que te corras en mi boca. Quiero tragarme cada gota.
Y volví a metérmela. Esta vez sin piedad. La mano cerrada en la base, la otra masajeándole las pelotas, la boca subiendo y bajando con un ritmo cerrado, chupando fuerte al subir, aflojando al bajar, dejando que resbalara hasta la garganta y volviera a salir hasta la punta. Sonaba obsceno, la baba haciendo ruido, chapoteando entre mis labios y su carne dura.
Su cuerpo se tensó, su pulso golpeaba bajo mis dedos. Sus manos se hundieron en mi pelo y me guiaron con una urgencia que no quise ignorar. Aumenté el ritmo, más rápida, más audaz, la mano bombeándole la base al mismo tiempo que la boca chupaba la punta. Le solté las pelotas y bajé un dedo hacia el perineo, presionando ahí donde sabía que iba a rematarlo.
—Mara… por favor… me voy a correr… me voy a correr en tu boca…
—Sí —murmuré con la polla entre los labios—. Dámelo todo.
Lo sentí lo suficiente para saber que estaba al borde. Su espalda se arqueó, su voz se rompió en un grito ahogado, y entonces explotó dentro de mi boca. El primer chorro me golpeó el paladar, caliente y espeso; el segundo me llenó la lengua; el tercero se derramó fuera y me chorreó por el mentón. Yo tragué todo lo que pude, sin dejar de chuparle mientras se corría, ordeñándole hasta la última gota, hasta que él se estremeció y me apartó, demasiado sensible para seguir.
Lo miré recuperarse, todavía temblando, la respiración deshecha, la polla todavía dura y brillante de mi saliva encima del abdomen. Me pasé un dedo por el mentón, recogí el semen que se me había escapado y me lo llevé a la boca, chupándolo despacio delante de él, mirándolo a los ojos. Sonreí, mitad satisfacción, mitad victoria. Tenía lo que Dorian necesitaba: cada segundo de aquello había quedado grabado, y el senador Valdés acababa de convertirse en un hombre con mucho que perder.
—Mara —murmuró, aún ronco—, eres increíble. La mejor mamada de mi vida.
—Solo hago mi trabajo —respondí, y me puse de pie, alisándome el vestido, todavía con el sabor de él en la lengua.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó, con la voz todavía teñida de deseo—. Ven, dejame follarte también. Quiero metértela.
—Ahora —dije, con una sonrisa seductora y fría a la vez— creo que hay algo que deberías saber antes de que esto vaya más lejos.
Me miró sin entender, la polla todavía al aire, pero antes de que pudiera hablar la puerta se abrió y Dorian entró, llenando la habitación con su sola presencia. —Mara. Es hora de irnos.
El senador se puso rígido, y su gesto pasó del deseo a la rabia en un segundo, intentando taparse a manotazos con los pantalones caídos en los tobillos. —¿Quién diablos eres tú?
Dorian sonrió con esa sonrisa que nunca le llegaba a los ojos. —Alguien a quien no deberías haber subestimado. Y por cierto, senador: cada gemido tuyo, cada gota que te sacó de la polla mi mujer, quedó grabado en cuatro cámaras distintas. Mañana por la mañana usted y yo vamos a tener una conversación muy larga. Mara, ven.
Obedecí, moviéndome con calma hasta su lado. Pero antes de salir me giré hacia el hombre, todavía con los pantalones en los tobillos y la verga a medio ablandarse, y le susurré: —La próxima vez, asegúrate de saber a quién le estás metiendo la polla en la boca.
Y salí de la habitación con Dorian a mi lado. En el pasillo él me apretó la nuca con la mano, posesivo, y me susurró al oído que le había hecho ponerse duro mirarme chuparle la verga a otro hombre, que en cuanto llegáramos al coche iba a follarme en el asiento de atrás para lavarme el sabor del senador con el suyo. Sentí el coño apretarse de puro deseo, y supe que la noche recién empezaba. Pero por ahora estaba a salvo junto a él, mi protector, mi amo. Y eso, para mí, era suficiente.





