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Relatos Ardientes

Llevé a mi mujer a un masaje y no aparté la vista

La sala estaba tibia y en penumbra. Media docena de velas repartidas por las repisas hacían temblar las sombras contra las paredes, y un olor denso a aceite de almendras flotaba en el aire. Sobre la camilla, boca abajo y completamente desnuda, estaba tu mujer. Carolina respiraba despacio, con la cara apoyada en el hueco acolchado, esperando el masaje que tú mismo le habías regalado sin imaginar adónde iba a llevarte.

Cuando él dejó caer un chorro delgado de aceite sobre su espalda, sentiste de inmediato una palpitación entre las piernas. Fue algo físico, involuntario, como si el cuerpo se te hubiera adelantado a la cabeza.

La palpitación se volvió un latido constante cuando viste aquellas manos grandes recorrerle los hombros tensos y bajar por la columna. Eran manos que sabían lo que hacían. Y al oír un sonido que te pareció un gemido apagado, provocado por la presión que él impuso sobre su nuca, directamente se te puso dura.

El masajista —Adrián, según la tarjeta que te habían dado en recepción— levantó apenas la vista. Te hizo una seña con los ojos, un gesto mínimo, para que te sentaras en el sofá pegado a la pared. Desde ahí tenías un ángulo privilegiado de todo lo que ocurría sobre la camilla. Obedeciste sin pensarlo, como si la decisión ya estuviera tomada desde antes de entrar.

Después se volvió a concentrar en su espalda. Presionaba y amasaba con una firmeza profesional, pero había algo más en cada movimiento, un morbo apenas disimulado que lo hacía deslizar las manos, al subir, por los costados, rozando la parte de los pechos que quedaba aplastada contra la tela de la camilla.

En un momento bajó las dos manos extendidas por el centro de la espalda con una presión larga y descendente, y se detuvo justo donde empieza la separación de las nalgas. Se quedó ahí, las palmas abiertas, cubriendo parte de ellas, empujándolas suavemente hacia abajo. La carne cedía y volvía bajo sus dedos.

Esas manos firmes sobre las caderas de ella te recordaron cuántas veces te habías montado tú así, sujetándola por ese mismo lugar, moviéndola a tu antojo hasta que ninguno de los dos aguantaba más. La imagen te golpeó con una claridad incómoda, ahí sentado, con las manos quietas sobre las rodillas.

Te perdiste unos segundos en ese recuerdo y no viste el instante exacto en que él se trasladó al pie de la camilla. Cuando volviste a enfocar, tenía una mano apoyada en cada uno de los pies de Carolina. Con los pulgares recorrió el centro de las plantas, desde el talón hasta el arranque de los dedos, una y otra vez, hasta que el cuerpo de ella se ablandó visiblemente de puro confort.

Luego subió. Con las palmas abiertas fue apretando y soltando cada tramo de las pantorrillas, ascendiendo despacio, llegando justo al borde inferior de las nalgas antes de bajar de nuevo. Repitió el recorrido tres veces. A la cuarta cambió de cara: subió por la parte interna de los muslos, hasta el borde mismo de sus labios, y esta vez sí que se oyó, sin ninguna duda, un gemido.

La segunda vez que repitió ese movimiento, ella abrió las piernas por instinto, ofreciendo más acceso. Pero él no avanzó. Sabía exactamente lo que estaba haciendo. Sabía provocar la ansiedad y dejarla pendiente de cada centímetro. Siguió amasando la cara interna de los muslos, lento, rítmico, apenas rozando lo que ella quería que tocara.

Cuando notó que Carolina empezaba a empujar el centro de su cuerpo contra sus dedos, buscándolo, él le dio una nalgada seca que resonó en toda la habitación y la hizo sobresaltarse sobre la camilla. Inmediatamente después llegó una orden, dicha con una voz baja que parecía un gruñido.

—Boca arriba. Y no te muevas.

En la penumbra alcanzaste a ver la cara de sorpresa de ella. No protestó. No supiste si fue por el tono o por las ganas que la tenían atrapada, pero giró sin decir una palabra y se quedó quieta, ofrecida, como le habían pedido.

Sus pezones, duros, apuntaban al techo. La respiración acelerada delataba todo lo que ella intentaba fingir, porque tenía los ojos cerrados y la cara relajada, como si durmiera. No dormía. Tú lo sabías mejor que nadie.

Él retomó su lugar en la cabecera y volvió a empezar por los hombros, bajando luego por los brazos, sin prisa. Después dejó caer un chorro generoso de aceite directamente sobre el pecho y el ombligo de ella. El aceite descendió siguiendo cada curva, y una parte se deslizó desde el ombligo hacia el punto exacto donde tú sabías que ella sentía más placer. El cambio de temperatura la hizo estremecerse de arriba abajo.

Esparció el aceite por todo el abdomen, por las caderas, con las palmas planas. Después amasó los dos pechos, firme, generoso, pero sin tocar los pezones, que parecían pedir atención a gritos. Era una crueldad calculada, y tú la reconocías porque la habrías hecho igual.

Bajó otra vez a las piernas. Esta vez se las separó con un movimiento brusco, deliberado, hasta que una de ellas quedó colgando fuera de la camilla. Carolina quedó abierta, expuesta a la luz temblorosa de las velas, sin nada que la cubriera.

Él se colocó al pie y empezó a masajear los muslos separados con movimientos que terminaban apretando justo en las ingles, haciendo asomar sus labios hinchados. No buscaba taparla. Buscaba mostrarla. Mostrártela.

Podías ver con claridad el brillo de la humedad, provocada por algo más que el aceite. Y los gemidos de ella, cada vez más hondos, te lo confirmaban sin lugar a dudas.

Él era implacable. No buscaba darle placer, solo provocarla, mantenerla justo en el límite y no dejarla cruzarlo. Se notaba que sabía hacer su trabajo, porque a los pocos minutos fue ella misma quien deslizó la otra pierna fuera de la camilla, abriéndose todavía más, levantando el sexo, como rogando que esas manos por fin se extendieran hasta su centro y calmaran la tensión que la tenía completamente entregada.

Carolina movía las caderas en círculos pequeños, casi imperceptibles, buscando un contacto que él le negaba con una paciencia que rozaba la tortura. Cada vez que sus dedos se acercaban al centro, ella contenía el aire; cada vez que se alejaban, soltaba un suspiro entrecortado que era casi una súplica. Tenía el cuello arqueado y una mano aferrada al borde de la camilla, los nudillos blancos. Nunca, en todos los años que llevaban juntos, la habías visto así de abierta, así de expuesta delante de otro hombre.

Y lo más perturbador no era la escena. Era darte cuenta de que no querías que parara. Que cada gemido de ella, cada gota que resbalaba por la cara interna de sus muslos, te encendía más que cualquier cosa que hubieran hecho los dos a solas.

Tu respiración se había vuelto tan ruidosa como la de ella. Tenías la camisa pegada a la espalda por el calor de la sala, los puños cerrados sobre el sofá, y una erección que ya empezaba a doler. Pero no te moviste. Algo en aquella escena te clavaba al asiento. No era solo el deseo de ella. Era el deseo de mirar, de no intervenir, de descubrir cuánto eras capaz de soportar antes de quebrarte.

Carolina seguía con los ojos cerrados, así que no podía ver el gesto que él te hizo entonces. Un movimiento leve de la cabeza, una invitación a acercarte sin hacer ruido. Te levantaste despacio, con el corazón golpeándote en la garganta, y diste dos pasos hacia la camilla.

Cuando estiraste la mano hacia ella, él te detuvo solo con la mirada. Un brillo firme en la penumbra que no admitía discusión. Aquello no era una invitación a tocar. Era una invitación a mirar más de cerca. A ser un espectador cada vez más próximo de lo que estaba a punto de pasar.

Y entonces lo entendiste. La regla de aquella noche no la ponías tú. La habías entregado en la puerta, junto con el cuerpo de tu mujer, y ahora solo te quedaba quedarte ahí, a un palmo de su piel brillante, conteniendo la respiración, esperando junto a ella el momento exacto en que él decidiera, por fin, dejarla cruzar el límite.

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Comentarios (6)

ElTorino88

Tremendo relato!!! de los mejores que lei ultimamente, me tuvo pegado hasta el final.

Curioso_Lect

Y ella sabia que te habian dejado quedar a ver? me pica la curiosidad jaja

MorboLector

Que escenario tan morboso, bien llevado sin caer en lo burdo. 10 puntos

FernandoRba

increible

SandroViajero

Me recordo a una situacion parecida que vivi hace unos años, no podia creer lo que estaba pasando en el momento jaja. Muy bien narrado.

NicoParana

Se siente real, como si lo hubiera vivido yo mismo. Sigue escribiendo por favor!

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