Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La clase de piano que esperé toda la semana

Los martes por la tarde se han convertido en lo único que me importa de la semana. No es por las escalas ni por las piezas que no termino de dominar. Es por esa hora en la que me siento contigo frente al piano, hombro con hombro, y el resto del mundo deja de existir.

Llevo meses tomando clases contigo. Empezó como un capricho de mujer adulta con tiempo libre y ganas de aprender algo nuevo. Se ha vuelto otra cosa. Algo que no me atrevo a nombrar en voz alta, pero que reconozco cada vez que subo las escaleras de tu estudio y me tiembla un poco el pulso.

Es tu olor lo que me desarma. Esa mezcla de sudor limpio y un perfume que ya distingo entre mil. Lo noto sobre todo cuando nuestros brazos se rozan al cruzar las manos en el teclado, ese contacto breve que ninguno de los dos comenta y que yo guardo durante días.

He aprendido a leerte como leo una partitura. Sé que cuando una pieza te gusta entornas los ojos y bajas la voz hasta el susurro. Sé que cuando corriges mi postura, tu mano se demora medio segundo de más sobre mi espalda. Y sé que tú también lo notas, aunque los dos hayamos firmado un pacto silencioso de fingir que esto es solo música.

Durante semanas jugamos a eso. A mirarnos un instante más de la cuenta. A inventar excusas para repetir un compás que ya me sale perfecto. A dejar que el deseo se acumulara entre nosotros como el polvo sobre la tapa del piano, hasta que cualquier roce amenazaba con prenderlo todo.

Esta tarde decidí dejar de jugar. Me puse una falda corta, de las que dejan ver demasiado cuando me siento. Y no llevo nada debajo. La sensación de estar desnuda bajo la tela, sabiendo lo que escondo mientras tú no sospechas nada, me mantiene húmeda desde que crucé la puerta de tu portal.

Subí los tres pisos sintiendo cómo la tela me rozaba con cada escalón, recordándome a cada paso lo que había decidido hacer. Cuando me abriste, con el pelo todavía húmedo de la ducha y esa camisa arremangada que tanto me gusta, estuve a punto de arrepentirme. Pero entré, me senté al piano, crucé las piernas, y supe que ya no había vuelta atrás.

Que dure toda la clase. Que no se dé cuenta. O que se dé cuenta del todo.

Estás concentrado en una pieza nueva, los ojos cerrados, marcando el compás con la cabeza. Aprovecho para agacharme y recoger la partitura que se ha resbalado al suelo. Lo hago despacio, dejando que la falda haga su trabajo, y cuando me incorporo creo que no has visto nada.

Me equivoco.

De repente siento tu mano en mi muslo. No es un roce casual. Aprietas, y luego empiezas a subir, acariciando con una lentitud que me corta la respiración. Te inclinas hacia mí y tu voz baja hasta convertirse en un murmullo contra mi oído.

—Me encantaría comprobar lo mojada que estás —dices.

Un escalofrío me recorre la espalda entera. No pides permiso. No haces falta. Tu boca busca la mía y me roba el espacio, el aliento, las ganas de fingir que esto no estaba pasando desde hace semanas. Mis labios estaban deseando los tuyos, ese juego de morder y soltar, de tomar y devolver.

Mientras me besas, tus dedos siguen subiendo. Sin disimulo, sin precaución, llegan hasta donde no hay tela que los detenga. Me encuentran encendida, resbaladiza, lista. Acaricias con una determinación que no admite discusión y se me escapa un gemido que no logro tragar a tiempo.

—Sigue tocando —me dices.

Es una orden. Ahora la provocada soy yo, y tú lo sabes.

Coloco las manos temblorosas sobre las teclas e intento retomar la pieza. La respiración se me vuelve entrecortada, la piel me arde, y repito el mismo pasaje una y otra vez solo para darte más tiempo, para no terminar nunca. Tus dedos juegan con mi clítoris, lo pellizcan apenas, lo rodean. Es un deleite que me afloja las rodillas.

El ritmo de tus caricias me hace separar las piernas casi sin darme cuenta. Movimientos circulares, lentos, exactos. Me dejas completamente empapada sobre el banco, y la música que sale de mis manos ya no tiene nada de coherente.

Hay algo perverso en mantener las manos en el teclado mientras todo mi cuerpo te pide que pares de fingir. Cada nota que toco es una mentira. Lo único verdadero es tu dedo trazando círculos, el calor que sube desde el vientre, la tensión que se acumula en algún punto entre el placer y la vergüenza de estar haciendo esto aquí, en plena tarde, con la ventana entreabierta.

Termino la pieza como puedo. Entonces sacas la mano, despacio, y la pasas por mi mejilla, por mi boca. Me ofreces tus dedos para que los chupe y obedezco. Siento mi propio sabor en ellos, ese gusto íntimo que me da vergüenza y placer a la vez. Quiero lanzarme sobre ti, pero me detienes con la mirada.

—Todavía no —dices.

Te abres el pantalón con calma, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo. Te liberas y llevas mi mano hasta ti. Me enseñas cómo quieres que te toque, marcando el ritmo con tu propia mano sobre la mía hasta que aprendo. Y cuando estoy lista, vuelves a poner los dedos sobre el teclado.

—Toca conmigo —dices, y empiezas una obra lenta.

Así que tocamos los dos a la vez. Tú, una melodía pausada que llena el estudio. Yo, otra cosa muy distinta. Te acaricio entero, sintiendo las venas marcadas bajo mi mano, la dureza que palpita, la humedad que asoma en la punta. Recojo esa gota con el dedo y me la llevo a la boca. Tu sabor me hace desearte todavía más.

Tu respiración se ralentiza, igual que la música. Reconozco esa señal: te gusta, te gusta tanto que te cuesta seguir el compás.

Me deslizo hacia abajo sin dejar de mirarte. Doy pequeños toques con la lengua en tu glande, ese punto rosado y sensible que reacciona apenas lo rozo. Mis labios besan tu piel, la humedecen, la aprietan. Poco a poco te voy metiendo más adentro, dentro de mi boca caliente, jugando con la lengua mientras te llevo hasta el fondo de la garganta.

Con cada movimiento dejas escapar un sonido grave, incontrolable. Sigues tocando una sola tecla, una y otra vez, como si fuera lo único que te ancla a la realidad. Subo y bajo, marcando mi propio ritmo, sintiendo cómo pierdes el control de la pieza y del cuerpo al mismo tiempo.

Me gusta esto. Me gusta ser yo la que ahora manda, la que decide cuándo apretar y cuándo soltar, la que te arranca esos gemidos que intentas tragar para no perder del todo la compostura de maestro. Llevo semanas siendo tu alumna obediente. Esta tarde, por fin, soy yo la que da la lección.

Uso las manos y la boca a la vez, alternando el ritmo, deteniéndome justo cuando creo que estás cerca para alargar el momento. Tú intentas resistir, aferrado al borde del piano, pero la tensión te delata. Tu cadera empieza a moverse sola, buscando mi boca, y sé que ya no aguantas más.

Cuando estás a punto, me apartas con suavidad. No quieres terminar en mi boca todavía. Te derramas sobre mi cara, y siento el calor caer en mi pelo, en la nariz, en los labios. Saco la lengua para atrapar lo que puedo, sin dejar de mirarte.

No quiero que se acabe.

Pasas la punta por mis mejillas, por mi barbilla, untándome despacio como si quisieras marcarme. Después me ofreces los restos para que termine de limpiarte, y lo hago con una calma que ya no me reconozco. La habitación huele a nosotros, a sudor, a piano viejo, a algo prohibido que acabamos de hacer real.

Te levantas, te arreglas el pantalón y vuelves a ser el de siempre, como si nada. Solo el brillo de tus ojos te delata.

—La clase ha terminado —dices, recuperando el tono de profesor—. La próxima sesión, el martes que viene.

Me tiendes la mano para ayudarme a levantarme del banco. La acepto, todavía mareada, todavía latiendo entre las piernas. Cuando estoy de pie, te acercas una última vez a mi oído.

—La semana que viene ven con vestido —murmuras—. Y sin nada debajo. Otra vez.

No contesto. No me salen las palabras. Asiento como una alumna obediente y recojo mis cosas mientras tú ordenas las partituras como si fueran lo único importante de esta tarde.

***

Cierro la puerta de tu estudio a mi espalda y me apoyo contra la pared del rellano. Me arde la cara, no solo por lo que queda de ti secándose sobre mi piel, sino por todo lo demás. Por el deseo que no se ha apagado, por la promesa del próximo martes, por saber que ahora hay un secreto entre nosotros que ninguno va a romper.

Bajo las escaleras despacio, con las piernas aún flojas, sintiendo el aire fresco de la calle colarse bajo la falda que sigue sin tener nada debajo. La gente pasa a mi lado sin imaginar de dónde vengo, lo que acabo de hacer, lo que llevo escrito en el cuerpo como un trofeo invisible.

Y mientras camino hacia casa, ya solo puedo pensar en una cosa, en la única pregunta que importa de aquí al martes.

¿Qué vestido me pongo la semana que viene?

Ver todos los relatos de Fantasías

Valora este relato

Comentarios (6)

MarisolNK

que relato tan bueno!!! me enganche desde el primer parrafo

Fer_84

por favor que haya segunda parte!! quede con muchas ganas de mas

lectora_nocturna22

Me encantó como lo contaste, se siente real y muy intenso a la vez. Sigue subiendo relatos asi!

Teclista_mdp

jajaja la idea de la faldita al piano es demasiado, tremendo relato

VeronicaR99

Hay segunda parte? porque si no hay deberia haberla :)

Noctambulo_k

Excelente!! de lo mejor que lei en mucho tiempo

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.