Mi alumno de la facultad lo tenía todo planeado
Buenas a todos. Quería contarles cómo cerré el año, porque estuve desaparecida una buena temporada y me llegaron un montón de mensajes preguntando qué me había pasado. Nada grave, tranquilos. Simplemente se me acumularon mil cosas encima.
Como saben, doy clases en una facultad. Soy profesora de una de las carreras y este fue el último cuatrimestre que tuve a uno de mis grupos. Entre los exámenes finales, la corrección de trabajos, algunos recitales por mi cuenta y, sobre todo, el viaje de egresados de ese curso, no me quedó un minuto libre. Fue un viaje hermoso, de esos que no se olvidan.
Obviamente no me perdí ni una sola de las fiestas de la semana. Más adelante les cuento de eso, que da para un relato aparte. Pero hoy quiero contarles la mejor parte, la que pasó lejos de la pista de baile.
Mi grupo está lleno de adultos, gente de veinte y pico que ya labura, que ya vive sola, que cierra una etapa de su vida. Todos mayores, todos sabiendo perfectamente lo que hacen. Entre ellos estaba Tomás, veintidós años, una sonrisa de pícaro y unos ojos que me venían buscando desde hacía meses. En las clases me sostenía la mirada un segundo de más, se quedaba a hacer preguntas que no necesitaba hacer, me rozaba al entregar un trabajo. Yo me hacía la que no me daba cuenta, pero claro que me daba cuenta.
La primera noche del viaje nos cruzamos en la escalera del hotel, los dos un poco entonados, y terminamos dándonos unos besos a escondidas contra la pared, con el corazón a mil por miedo a que apareciera alguien. La segunda noche golpeó la puerta de mi habitación. Nos besamos largo, sin apuro, hasta que lo empujé despacio hacia la cama, le bajé el pantalón y le practiqué sexo oral con ganas, mirándolo a los ojos, hasta que terminó y recibí todo en la boca. Pero eso fue apenas el aperitivo de lo que vino después.
El tercer día por la mañana los chicos se preparaban para una excursión. Tomás, muy vivo, dijo que le tiraba la espalda y la cintura, que prefería quedarse para estar entero a la noche. Yo, con toda la cara dura del mundo, anuncié que me quedaba a cuidarlo, que no podía dejarlo solo en el hotel. Nadie sospechó nada.
Entramos a su habitación y cerró la puerta con llave. Se sacó la remera y quedó solo en bóxer, tirado sobre la cama.
—Date vuelta, boca abajo, que te voy a aflojar esa espalda —le dije.
Se acomodó y yo me subí, una rodilla a cada lado de sus piernas, y empecé a masajearle la cintura hacia los omóplatos. Él suspiraba a propósito. Sabía perfectamente que el gemido de un hombre me enciende.
—Masajeame con esas tetas, dale, no te hagas la difícil —murmuró contra la almohada.
—¿Estás loco? —me reí.
—Puerta con llave, música fuerte para los curiosos, balcón cerrado, vos en bolas y arriba mío. Está todo dado para perder un par de horas.
—Lo tenías todo pensado, tramposo —le dije, y sentí cómo se me apretaba todo por dentro—. Me calienta esa actitud. Agarrate.
Me saqué la remera y el corpiño mientras le hablaba, sin dejar de masajearlo. Sentí el aire fresco de la habitación en la piel y me incliné sobre él. Empecé a pasarle los pechos por la espalda, primero apenas, rozándolo, hasta que de a poco fui apoyando más peso. Los presionaba contra su cintura y los arrastraba de arriba abajo, una y otra vez, sintiendo cómo se le erizaba la piel a mi paso. Subí hasta los hombros y repetí el recorrido, despacio, durante varios minutos. Lo escuchaba respirar cada vez más hondo, y eso me ponía a mí tan caliente como a él.
No aguantó mucho más. Se giró de golpe boca arriba, me agarró las tetas con las dos manos, me las apretó, me las amasó con una urgencia que me dejó sin aire.
—Mariana, no puedo creer lo bien que estás —dijo con la voz tomada—. Subite acá, que me muero por comerte.
Le sonreí. Bajé al piso, me saqué el short y la tanga, y volví a subir, esta vez para sentarme sobre su cara, con las rodillas contra la almohada y todo mi sexo apoyado en su boca. Me agarró fuerte de las nalgas y empezó a lamerme con una devoción que no me esperaba. Lo hacía lento y firme al mismo tiempo, como si me estuviera besando.
Sentía cómo el clítoris se me iba hinchando de a poco hasta quedar atrapado entre sus labios. Lo succionaba, lo besaba, paseaba la punta de la lengua por toda la extensión. Yo resoplaba, jadeaba, con los dedos enredados en su pelo.
—Me encanta así, seguí —le pedí—. No pares, te necesito.
Siguió un buen rato. Yo me mojaba cada vez más mientras sus manos me acariciaban y me palmeaban el culo. El pibe tiene un talento natural, no hay vuelta que darle. Disfruté de su lengua hasta que los dos sentimos que llegaba el momento del plato principal.
Me levanté, nos besamos unos segundos y me acomodé encima suyo, deslizándome despacio sobre su verga durísima. Cerré los ojos y largué un gemido largo cuando lo sentí entero adentro.
—Sos perfecta, Mariana —jadeó él, agarrándome de la cintura—. Gemí, por favor, dejame escucharte.
Eso quería y eso le di. Apoyé las manos en su pecho lampiño, las bajé hasta sus caderas y empecé a cabalgarlo como una loca. Mis pechos rebotaban, mi culo chocaba contra sus muslos y sonaba en toda la habitación. Saltaba sobre él sin cansarme, mientras él miraba mi cuerpo embobado.
Después bajé el ritmo. Apoyé el cuerpo contra el suyo y empecé a moverme en vaivén, presionándome contra él, sintiéndolo en cada centímetro. De a poco fui subiendo otra vez la fuerza. En un momento se sentó en el colchón, me abrazó la cintura, yo me aferré a sus hombros y volví a moverme rápido y profundo. Le gemía en la boca, nos besábamos desesperados, sus manos clavadas en mis nalgas para acompañar el movimiento.
Me agarró del pelo y me lo tiró hacia atrás con una mano mientras con la otra me apretaba el culo. Los dos buscábamos lo mismo, con la misma desesperación.
—Date vuelta —me ordenó, agitado—. Quiero verte de atrás.
Lo empujé contra la almohada y me acomodé de espaldas a él, ofreciéndole la vista. Volví a meterme su verga y seguí moviéndome, esta vez más sensual, más lento, para que disfrutara cada segundo. A los pocos minutos ya me estaba palmeando, acariciando, apretando, y hasta me deslizó un dedo por detrás. Cuanto más me movía, más se hundía todo en mí. Me tenía gimiendo justo como él quería.
Le di la mano y me ayudó a cambiar de posición. Se sentó al borde de la cama y yo me senté encima, amasándole la verga y los huevos con todo el cuerpo. Aceleré para que terminara. Conozco mis movimientos, ese vaivén de cadera que vacía a cualquiera en cinco minutos. Cuando lo sentí al borde, me tiré al piso, entre sus piernas, lo masturbé unos segundos con la boca abierta y la lengua afuera, y recibí todo encima de la cara y los pechos.
—Sos increíble —dijo entre jadeos, mirándome—. Me matás con esa cara.
—Y yo amo ponerme así con vos —le respondí riéndome—. Mirá cómo me dejaste. Me encantás, bombón.
Después junté lo que me había quedado con los dedos y me lo llevé a la boca. No iba a desperdiciar nada. Nos quedamos un rato más abrazados, haciéndonos mimos, y cuando calculé que la excursión estaba por volver me despedí y me fui a mi habitación, por las dudas.
***
A la noche salí con todo el grupo al boliche para la fiesta de esa fecha. En medio del baile, entre luces de colores y la música a todo volumen, me crucé con uno de los coordinadores de la empresa que organizaba el viaje. Un tipo grande, de mi edad, con espalda ancha y una labia tremenda. Me sacó a bailar y al rato ya me tenía las manos en la cintura, diciéndome al oído cosas que no debería. Me invitó a charlar en un sector apartado del lugar, lejos de mi grupo, donde la música llegaba amortiguada.
—Así que sos profesora del grupo —dijo, acercándose más de la cuenta.
—Exacto. Es el último cuatrimestre que les doy clases.
—Cómo me hubiese gustado tener una profesora así.
—¿Por algo en especial? —le pregunté, haciéndome la inocente.
—Por verte entrar al aula todos los días, mínimo. Eso y la chance de encararte. Motivo más que suficiente para no faltar nunca.
—¿Encararme? —me reí—. Serías de los atrevidos.
—Te aseguro que te encantaría cruzarme en un lugar como este.
—¿Ah, sí? ¿Y por qué?
Por toda respuesta se desabrochó el pantalón, liberó el miembro ya erecto, me tomó de la cara y me acercó. Abrí la boca, lo lamí entero y empecé a chupársela ahí mismo, en la penumbra del apartado. Después de un rato me senté de nuevo, él se paró frente a mí, sobre el banco donde estábamos, y empezó a cogerme la garganta mientras me sostenía la nuca contra su cuerpo. Yo tenía arcadas, la saliva se desbordaba, y me encantaba cada segundo.
Cuando me liberó me besó y, sin perder tiempo, me puso contra la mesa. Me levantó el vestido, corrió la tanga, se agachó a comerme unos minutos y después me penetró. Entraba y salía rápido, fuerte, hasta hacerme gemir y rasguñar la madera. Mis nalgas aplaudían contra sus muslos y resonaban en el cuarto. No paró hasta que terminó y llenó el preservativo. Me dio una palmada en el culo, me lo acarició y volvimos a besarnos.
—Lamentablemente no fuiste mi alumno —le dije, acomodándome el vestido.
—Te aseguro que no me habría perdido ni una clase. Pero al menos me di el gusto. Gracias por el rato.
Lo despedí y volví con mi grupo a ver en qué andaban.
Sé que quedó cortito y cargado de información, pero el tiempo me apremia y quería al menos contarles algo de estos últimos meses. Hay mucho más y lo voy a ir publicando en estos días. Cualquier cosa, ya saben que tienen mi mail a disposición. Disfruten.