La terapia que me devolvió a Irene cada noche
Llevas casi veinte años viviendo con Irene. Os casasteis siendo unos críos, demasiado jóvenes para saber lo que hacíais, demasiado enamorados para que eso importara. Era preciosa, sin discusión la más guapa del barrio. Todavía recuerdas que te pasabas el día entero empalmado pensando en ella, contando las horas que faltaban para volver a casa.
Los chavales de ahora se creen que el sexo de antes era cosa de mojigatos. Alucinan delante de sus pantallas, convencidos de haber inventado el deseo. Si hubieran visto lo que Irene te hacía a ti, todas esas actrices que tanto los excitan les parecerían novicias.
Había días en que llegabas reventado del trabajo, con la cabeza embotada de problemas, y al abrir la puerta te la encontrabas de rodillas en el recibidor. Desnuda. Las manos quietas sobre los muslos, esperándote. En ese mismo instante se te borraban todos los males del mundo.
Te quedabas parado, deleitándote en recorrerla con la mirada. Su cara de niña traviesa, la nariz respingona, las pecas salpicadas sobre las mejillas. El pelo oscuro y rizado le caía sobre los hombros. Tenía unos ojos negros de mirada lasciva y unos labios carnosos que no podías dejar de observar. Y siempre acababas deteniéndote en sus pezones, altivos, coronando unos pechos firmes de areolas morenas que contrastaban con la blancura delicada de su piel.
Entonces hacía siempre lo mismo. Se lamía los labios despacio, hasta dejarlos húmedos y brillantes, los entreabría dejando asomar la lengua y aguardaba con una expresión sumisa y ardiente a que te desabrocharas el cinturón. Tu sexo saltaba como un resorte. A ella debía de hacerle gracia, porque sonreía antes de abrir la boca.
A partir de ahí solo había tres certezas. La primera, que nunca apartaba las manos de sus muslos. La segunda, que se dejaba hacer sin oponer la menor resistencia: ahogaba toses y arcadas, babeaba, e incluso se le escapaba alguna lágrima. La tercera, que te corrías en lo más hondo de su garganta y ella tragaba cada gota mientras succionaba hasta vaciarte por completo.
Joder, cómo te ponía. ¿Quién no desea que su mujer lo reciba así cuando vuelve quemado de la calle? Siempre aseguraste que no existe mejor forma de relajarse, y ella lo sabía perfectamente. Había tardes en que le follabas la boca con violencia, casi con saña, buscando correrte cuanto antes. Otras era una danza pausada, mecías su cabeza como el oleaje al ritmo de cada empujón, cada vez más profundo.
El sonido de su garganta cediendo, sus mejillas hundiéndose al compás de la felación, te encendían de un modo que rozaba lo insoportable. Pero por encima de todo estaban sus ojos. Esa mirada clavada en tus pupilas, expectante, sumisa, devorándote. Al final, de una manera u otra, le abrazabas la cabeza contra el vientre y tu sexo palpitaba dentro de ella vaciándose con cada empujón de tus caderas. Notabas cómo tragaba mientras se agitaba buscando aire, sin retirar nunca los labios de la base. Esperaba, paciente, a que aflojaras el abrazo y le acariciaras el pelo.
Luego sacabas el miembro muy lentamente, ella te daba un beso sonoro en el glande, y mientras te subías el pantalón se incorporaba y te preguntaba siempre lo mismo.
—¿Has tenido un buen día, mi amor?
—Fantástico —respondías—. Uno de los mejores de mi vida.
Y era verdad. Ningún problema lograba traspasar la puerta de vuestra casa.
***
Así era vuestra vida. El sexo lo sostenía todo. No quedaba rincón del piso donde no lo hubierais hecho. Te volvía loco darle placer, sabías de memoria lo que la hacía temblar, y nada te gustaba tanto como notar sus piernas flaqueando mientras intentaba mantenerse de pie.
Te arrodillabas sobre la alfombra, la atrapabas abrazándote a sus muslos y hundías la cara entre ellos. Podías oler el aroma de su sexo. Ella te miraba desde arriba y tragaba saliva, impaciente. Le subías la falda muy despacio, acariciabas sus nalgas y masajeabas el estrecho orificio de su ano mientras desde esa perspectiva veías cómo sus pechos subían y bajaban con cada respiración, los pezones marcándose contra la tela.
A veces estaba tan excitada que le introducías el pulgar y la sodomizabas con una lentitud calculada. Entonces te dabas un festín con su sexo húmedo. Ella separaba las piernas y tu lengua se hundía en su intimidad, recorriendo cada pliegue hasta hallar el punto exacto. Buscaba tus manos con urgencia, necesitaba que la sujetaras con fuerza para no caer en mitad del torbellino al que la conducías.
Te excitaba sentir su fragilidad. Temblaba ante el orgasmo inminente. Entrelazabas los dedos con los suyos, le aferrabas el culo con firmeza y su sexo se fundía con tu boca. Inspirabas hondo y la llevabas al límite atrapando su clítoris entre los labios, succionándolo una y otra vez, mientras ella echaba la cabeza hacia atrás y gemía sin contención. Su cuerpo se sacudía al ritmo de tu boca. El orgasmo era largo, profundo. Después caía de rodillas y apoyaba la frente en tu hombro mientras recuperaba el aliento.
Para entonces tú estabas tan duro que necesitabas penetrarla. Te volvía loco ponerla a cuatro patas y embestirla tirando de su melena. Sentirla retorcerse de placer con cada arremetida hasta que descargabas en lo más hondo, mientras ella gemía y bufaba abrasada por su propio clímax.
Otras noches te sentabas en el sofá y ella cabalgaba sobre ti. Le acariciabas los pechos y tu boca se daba un banquete con ellos. Sus pezones duros te enloquecían: los lamías, los succionabas, los apretabas con suavidad entre los dientes. Notabas cómo crecía su excitación, cómo se mordía el labio inferior tratando de ahogar los gemidos que le arrancaba cada caricia. Entonces se llevaba las manos a la nuca, invitándote a seguir.
Ella marcaba el ritmo. Se mecía sobre ti con una maestría que te desarmaba, acelerando el compás de forma casi imperceptible, alimentando la urgencia de los dos. Suspirabais y gemíais como si fuerais un solo cuerpo. Cuando la sentías estremecerse, te pedía que la miraras, y te corrías observando su rostro consumido por la pasión.
***
Pero todo eso es ya un recuerdo. Irene se fue hace seis meses. Un cáncer rápido, implacable, que no dio tregua. Ni siquiera tuvo tiempo de despedirse como ella habría querido: de rodillas, con la boca abierta, mirándote con esa sumisión ardiente que tanto os había unido.
El duelo te comió vivo. Nada tenía sentido sin ella. El trabajo se convirtió en una sucesión de horas grises y la casa en un mausoleo de silencios. Te sentabas en el borde de la cama con su almohada entre las manos, buscando un aroma que cada día era más débil. Pensabas que el deseo se había muerto con ella, enterrado en la misma caja.
Hasta que un amigo te habló de la terapia. No la del diván ni la de las pastillas. Una clínica experimental a las afueras: un casco, unos electrodos, una inmersión total. «Revives lo que más echas de menos», te dijo bajando la voz, como si confesara un pecado. «Es como si volviera a estar aquí. La piel, la voz, el olor. Todo».
Tardaste semanas en decidirte. La primera vez entraste muerto de miedo. Te tumbaron en una camilla fría, te colocaron los electrodos en las sienes, y de pronto una oscuridad cálida te envolvió. Luego, un sonido familiar: la llave girando en la cerradura. La puerta de tu casa se abría.
Y allí estaba ella. Desnuda, de rodillas en el recibidor, las manos quietas sobre los muslos, los labios húmedos y brillantes. Exactamente igual. La misma mirada lasciva, los mismos pezones altivos, el mismo aroma que siempre te enloqueció. No había una sola pena que el cerebro hubiera olvidado reconstruir.
Te arrodillaste frente a ella, temblando, sin terminar de creerlo. Le acariciaste el pelo como la última vez que lo hiciste en vida. Ella sonrió, abrió la boca, sacó la lengua. Te desabrochaste el cinturón con dedos torpes. Tu sexo saltó como siempre, y ella lo acogió hasta el fondo, sin resistencia, ahogando arcadas, babeando, llorando de puro placer.
Le follaste la garganta con la misma urgencia de antaño, abrazándole la cabeza contra el vientre mientras te corrías en lo más hondo, sintiendo cómo tragaba cada gota y succionaba hasta dejarte seco. Cuando aflojaste el abrazo, ella te dio aquel beso sonoro en el glande, se incorporó y preguntó con su voz suave:
—¿Has tenido un buen día, mi amor?
—Fantástico —respondiste con la voz rota—. El mejor de mi vida.
Y en ese instante supiste que no volverías a salir.
***
Firmaste los papeles esa misma semana. Transferencia permanente, lo llamaban en el contrato, con una frialdad burocrática que no encajaba con lo que estabas comprando. Donaste el cuerpo. Te conectaron para siempre. La parte de ti que aún respiraba quedó atrás, en una camilla, alimentada por máquinas, mientras lo que de verdad eras cruzaba al otro lado para no regresar.
Ahora vives dentro de ella. Cada día abres la puerta y ahí está Irene, esperándote de rodillas, las manos sobre los muslos, la lengua asomando entre los labios. Cada noche la pones a cuatro patas y la embistes tirando de su melena, o la sientas a horcajadas sobre ti mientras te das un festín con sus pechos, hasta que ambos os disolvéis en un orgasmo que no termina nunca.
Aquí no existe el tiempo. No existe la enfermedad. No existe esa cama de hospital ni el olor a desinfectante ni el silencio que vino después. Solo está su boca, su sexo, su mirada sumisa clavada en la tuya mientras te vacías dentro de ella una vez, y otra, y otra más.
Y cada vez, sin falta, ella pregunta lo mismo.
—¿Has tenido un buen día, mi amor?
Y tú respondes siempre lo mismo, con la verdad más absoluta que has dicho jamás.
—Fantástico, mi amor. Ha sido el mejor día de mi vida.
Y así será, por toda la eternidad.