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Relatos Ardientes

Lo que Lorena me susurra cuando estamos juntos

Lorena es de esas mujeres que no pasan desapercibidas. Atractiva, risueña, con una coquetería natural que no necesita esfuerzo. Tiene una energía que desprende incluso cuando está quieta, como si llevara una luz propia encendida por dentro.

Es la típica chica que te cruzas en la playa con un bikini diminuto y te quedas mirando sin poder evitarlo. No solo por el cuerpo, sino por la actitud: esa mezcla de seguridad y picardía que te atrapa sin pedirte permiso.

Desde el principio tuve la sensación de que en ella había algo más debajo de la superficie. Algo que no mostraba del todo, pero que se intuía en su forma de caminar, de reír, de mirar de reojo. Y quizá por eso, cuando empezó a contarme historias de su pasado, no supe muy bien cómo reaccionar.

Pensaba que quería ponerme celoso. Y quizá sí. Quizá buscaba medir mis reacciones, ver si me removía por dentro imaginarla con otros. Lo que no sabía —lo que no podía ni sospechar— era que lo que despertaba en mí no eran celos. Era otra cosa. Algo más profundo, más oscuro, más íntimo.

Todo empezó con una conversación aparentemente inocente, durante unas vacaciones que pasamos juntos en la costa. Lorena hablaba con esa naturalidad suya, moviendo las manos, riéndose de sus propias anécdotas. Yo la escuchaba, atrapado en su voz, en su forma de contar las cosas.

—Yo antes era muy de tontear —dijo de repente, como quien comenta el tiempo—. Mucho. Demasiado, quizá.

Levanté una ceja, intentando parecer indiferente.

—¿Ah, sí? —respondí, con un tono que pretendía ser neutro.

—Sí —repitió ella, sonriendo—. Y más en los viajes. No sé qué tienen los viajes… que te vuelves otra persona.

Se quedó pensativa un segundo, como si un recuerdo concreto le hubiera atravesado la mente de golpe.

—¿Te conté lo de Salou? —preguntó.

Negué con la cabeza. Y ahí empezó todo.

***

—Fue en el viaje de fin de curso —dijo—. Íbamos todas las amigas. Ya sabes… playa, alcohol barato, música a todas horas. Un caos precioso.

La forma en que lo dijo me hizo sonreír. Pero había algo más. Una chispa en sus ojos. Una especie de nostalgia traviesa que no le había visto antes.

—Íbamos de fiesta en fiesta —continuó—. Y sí… tonteábamos con muchos chicos. Era ese tipo de viaje.

Lo dijo con una naturalidad que me desarmó. Sentí un pequeño nudo en el estómago, pero no era incomodidad. Era otra cosa. Algo que no quería admitir ni ante mí mismo.

—Hubo uno —añadió—. Un italiano. Lo conocí en la playa.

Bajó la mirada un segundo, como si recordara algo que todavía le provocaba un cosquilleo.

—Estábamos tomando el sol y no parábamos de mirarnos. Estaba buenísimo, y al final se acercó a hablar. Muy simpático, muy seguro de sí mismo. Y en un momento dado, después de bañarnos juntos y reírnos, se ofreció a ponerme crema.

Tragué saliva. Lorena sonrió al ver mi reacción.

—No hizo nada raro, pero sí se entretuvo en zonas peligrosas —dijo—. Ya sabes… ese tonteo, esa tensión que se crea sin que nadie la nombre. Me puse muy encendida.

La palabra cayó entre nosotros como una piedra en un lago tranquilo. Noté cómo mi respiración cambiaba. Ella siguió hablando, sin prisa, disfrutando de tener mi atención atrapada.

—Quedamos por la noche con su grupo y mis amigas —continuó—. Y bueno, acabamos todos en la misma habitación bebiendo antes de salir de fiesta. Pero en un momento dado los eché a todos, después de habernos enrollado, para quedarnos a solas.

Empecé a ponerme aún más nervioso, inquieto por saber qué venía después.

—Lo pasamos muy bien. Él era de esos que te dominan, que te tratan de forma intensa. Me encantó. Lo hicimos con preservativo, pero en un golpe de calor se lo quitó… y ya sabes dónde me gusta que terminen.

Lo curioso es que Lorena no parecía darse cuenta de lo que me pasaba por dentro. Hablaba como quien comparte una anécdota graciosa, como quien recuerda una aventura juvenil sin importancia. Pero yo estaba ardiendo. No de celos, sino de algo mucho más difícil de explicar.

¿Por qué me gusta tanto escuchar esto?

Esa noche apenas dormí. Daba vueltas en la cama repasando cada frase, cada pausa, cada gesto que ella había hecho mientras me lo contaba. Me sorprendía a mí mismo queriendo más detalles, queriendo que la historia no terminara ahí. Y al mismo tiempo me daba un poco de vértigo descubrir esa parte de mí que no conocía.

***

—También estaba el chico del hotel —me dijo, como si fuera un comentario suelto.

Levanté la vista de golpe.

—El de seguridad —aclaró—. Me lo cruzaba cada día por los pasillos.

Me contó que una tarde salió de su habitación recién duchada, envuelta solo en una toalla demasiado corta. Iba a la habitación de una amiga, justo al lado. Y al abrir la puerta, él estaba allí, parado en el pasillo.

—Me miró de arriba abajo —dijo Lorena— y yo, sin pensarlo, le solté: «Podríais hacer las toallas un poco más largas, ¿no?».

Lo dijo con ese tono suyo, juguetón, que mezcla inocencia y provocación a partes iguales.

—Y él me respondió: «O más cortas».

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Lorena se dio cuenta enseguida.

—A partir de ahí estuvimos tonteando varios días —continuó—. Él me invitó a… bueno, ya sabes. A su coche, en el descanso. Pero no quise. No así.

Se acercó un poco más a mí mientras me lo contaba, como si el recuerdo la empujara.

—Al final, en su día libre, pasó en mi habitación. En la misma cama que el otro.

Otra vez ese silencio. Otra vez esa sonrisa que no terminaba de cerrarse.

—Me lo hizo de una forma más tierna que el italiano, más pausada, pero me gustó igual o más. Y, además, la tenía enorme.

Notaba cómo mi erección crecía con cada frase, sin que yo pudiera ni quisiera disimularlo.

—¿Y sabes lo que llegué a plantearme unos días después? —dijo ella, mordiéndose el labio—. Haberlo hecho con los dos a la vez. Habría sido una locura.

***

Pero lo que terminó de descolocarme —y de encenderme más de lo que jamás habría admitido entonces— fue cuando Lorena decidió enseñarme fotos de aquellos chicos. No lo hizo de golpe, ni con intención de presumir. Fue más bien como quien comparte un recuerdo visual para completar una historia que ya estaba contando.

—¿Quieres verlos? —preguntó.

Dudé un segundo, pero asentí. Algo dentro de mí necesitaba ponerles cara.

Ella desbloqueó el móvil, buscó en su perfil de redes y me giró la pantalla.

—Este es el italiano —dijo.

Era alto, fuerte, con esa sonrisa confiada que encajaba demasiado bien con la historia que acababa de contarme. Sentí un pequeño vuelco en el estómago. Lorena lo notó al instante.

—Y este… —pasó a otro perfil— es el del hotel.

El de seguridad. El de la toalla. El de la frase que todavía me recorría la espalda cada vez que la recordaba.

—A veces me dan like —comentó ella, encogiéndose de hombros—. O me mandan fueguitos en las historias.

Lo dijo con una naturalidad que me dejó sin aire. No era presunción. No era una provocación directa. Era simplemente realidad. Una realidad que ella compartía conmigo sin filtros, como si nada.

—Mira —añadió, enseñándome una notificación antigua—. Este me respondió hace poco a una foto en bikini.

Sentí algo extraño. Una mezcla de tensión, curiosidad, un punto de incomodidad. Y un morbo que no sabía cómo gestionar. Era como si esas fotos, esos likes, esos fueguitos, hicieran más real todo lo que ella me había contado.

Como si los recuerdos no fueran solo palabras, sino algo que seguía vivo, latente, respirando en algún rincón de su pasado.

Y lo peor —o lo mejor— era que ella no parecía darse cuenta del efecto que tenía sobre mí. O quizá sí. Quizá lo intuía. Quizá disfrutaba viendo cómo me removía por dentro mientras me lo contaba.

***

Durante el resto del viaje, la miré de otra manera. La observaba reír en la terraza, caminar descalza por la arena, hablar con desconocidos en el bar del hotel, y cada gesto suyo se cargaba de una intensidad nueva. Ya no veía solo a la mujer que tenía al lado. Veía también a todas las que había sido antes de mí.

Con el tiempo, Lorena entendió que todo aquello no me alejaba. Me acercaba. Me encendía. Y desde entonces algo cambió entre nosotros, en silencio, sin necesidad de hablarlo.

Ahora, cuando estamos juntos, cuando la tengo cerca, cuando su boca roza mi oído, Lorena me susurra fragmentos de aquellas historias. Me recuerda frases, miradas, momentos. Me revive escenas que nunca vi, pero que siento como si las hubiera vivido yo mismo.

—¿Te acuerdas de lo que me dijo el del hotel? —me susurra, despacio, con los labios pegados a mi piel.

Y yo me pierdo. Cada vez que me habla así, cada vez que mezcla su voz con aquellos recuerdos, me enciendo de una forma que no sabía que era posible. Porque ahora ella lo sabe. Ahora entiende exactamente lo que hace conmigo.

Entiende que su pasado, contado en su voz, en su tono, en su forma de pausar las palabras, es parte de nuestro presente. Que no la quiero a pesar de aquellas historias, sino que las quiero porque son suyas.

Y mientras estamos juntos, muy juntos, mientras Lorena me susurra al oído recuerdos antiguos que ya casi siento míos, los dos terminamos explotando a la vez. Por todo lo que ella fue. Por todo lo que somos ahora.

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Comentarios (5)

Kike_uy

Tremendo. De esos relatos que te dejan pensando un rato largo despues de leerlos.

MarcosC_ba

Que bien capturas esa confusión interna, cuando algo te descoloca pero no podés mirarle la cara todavía. Muy bueno.

PilarLect

Me encanto!!

DiegoLect2

Se hizo cortisimo, quiero saber como sigue esto. Segunda parte por favor!

Mariela_99

Lo leí dos veces. La segunda fui entendiendo cosas que la primera se me escaparon. Muy bien escrito, de verdad.

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