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Relatos Ardientes

El trío que empezó en su despacho

Dormí mal y me levanté peor. No era culpa del café ni del silencio raro de la casa, sino de la decisión que había tomado la noche anterior, cuando me planté en el aeropuerto, vi mi vuelo en la pantalla y fui incapaz de subir. Tenía que estar al otro lado del océano acompañando a mi socio en un viaje clave, pero me di la vuelta y regresé sin avisar a nadie.

Pasé la mañana dando vueltas por el salón, calculando horarios y ensayando explicaciones que no sonaban convincentes ni para mí. A mi pareja podía decirle la verdad a medias. A mis colegas, casi nada. Y a Darío, que era mi mentor, mi jefe de verdad y el único cuya opinión todavía me importaba, no podía presentarme con cualquier cuento.

Salí a correr para aclararme la cabeza y volví más despejada, pero no más tranquila. En la terraza del barrio me tomé dos copas de vino demasiado rápido, pensando que todavía tenía tiempo para ordenar el desastre. Fue allí, con la televisión encendida detrás de la barra y la gente callándose de golpe, cuando vi que un avión se estrellaba contra una de las torres donde, en teoría, yo debía estar esa mañana.

Se me heló la sangre. Eché a correr hasta casa con el corazón golpeándome el pecho. En cuanto encendí el móvil, empezó a vibrar sin descanso: llamadas perdidas, mensajes, voces asustadas. Mi pareja, mi hermana, compañeros de trabajo, números que no reconocía. Y entonces entendí lo cerca que había estado de una muerte que ni siquiera era capaz de imaginar.

Hablé primero con mi pareja, Julián. Lloró, me insultó del susto y luego me pidió que no me quedara sola. Yo apenas podía seguir su voz porque seguía mirando la pantalla del televisor, como si en cualquier momento fuera a aparecer el nombre del hombre al que había dejado marcharse sin mí.

Después de esa llamada supe que no podía retrasarlo más. Tenía que ver a Darío cara a cara.

***

Llegué a la facultad al caer la tarde. Elegí la ropa con una intención que no quise admitir ni mientras me vestía: un pantalón ajustado, un suéter fino sin sujetador y una chaqueta corta para no parecer demasiado evidente. Quería recuperar su apoyo, sí, pero también quería comprobar algo que llevaba meses flotando en el aire cada vez que me miraba más de la cuenta.

Darío me recibió en su despacho con la tensión marcada en la mandíbula. Era un hombre maduro, sobrio, de los que siempre parecen tener el control incluso cuando se les está hundiendo el mundo. Cerró la puerta, me ofreció asiento y durante unos segundos no dijo nada. Solo me miró.

—Has hecho una locura —soltó al fin—. ¿Dónde coño te metiste todo el día?

—En casa. Luego salí. No supe cómo enfrentarme a todo.

—¿Y no se te ocurrió llamar?

—Lo sé. No tengo defensa.

Me escuchó en silencio mientras le explicaba que no había subido al avión porque el proyecto me daba asco, porque no quería seguir prestándome a ciertas maniobras, porque me sentía usada. Eso era verdad. Lo que omití al principio fue que también había algo más oscuro: el deseo de romper con una parte de mi vida y correr hacia otra, aunque todavía no supiera cuál.

Darío dio vueltas por el despacho con el vaso de agua en la mano. Me preguntó por mi socio, por los rumores, por mi relación con él. Noté el cambio exacto en su expresión cuando dejé de fingir.

—Sí —le dije—. Me acostaba con él.

Se quedó quieto. No hizo ningún gesto teatral, pero vi cómo apretaba los dedos alrededor del vaso.

—Pensé que eran habladurías.

—No lo eran.

—¿Tu marido lo sabe?

—Julián no es mi marido, pero sí, lo sabe todo.

—¿Todo?

—Todo.

Levantó las cejas, desconcertado. Yo crucé una pierna sobre la otra y vi cómo sus ojos bajaban un segundo, apenas un segundo, hacia el hueco entre mis muslos. No fue un accidente. Y tampoco lo fue que yo no corrigiera la postura.

—Somos una pareja abierta —añadí—. A veces compartimos fantasías. A veces las vivimos.

El silencio se hizo más denso. Él carraspeó, se aflojó el nudo de la corbata y me ofreció una copa. Acepté porque ya no tenía sentido fingir distancia.

—No esperaba oírte decir algo así —murmuró mientras servía ginebra.

—Yo tampoco esperaba decírtelo.

Me acerqué al mueble bar para coger mi vaso y me quedé lo bastante cerca como para notar su respiración cambiar. Su colonia olía a limpio, a madera seca, a hombre mayor acostumbrado a que no le tiemble la mano. Le gustaba mirarme. Esta vez no intentó disimularlo.

—Siempre has confiado en mí —dijo.

—Por eso estoy aquí.

—No creo que sea solo por eso.

Lo dijo sin mirarme a los ojos, clavando la vista en mi escote. Me mojé los labios con la lengua y sentí el vuelco bajo en el vientre, ese aviso claro de que ya no estaba jugando solo con palabras.

—¿Y por qué más crees que he venido? —pregunté.

Alzó la cabeza despacio. Tenía las pupilas oscuras, alertas, como un hombre que por fin escucha lo que llevaba demasiado tiempo deseando oír.

—No lo sé —dijo—. Pero si sigues sentada así y mirándome de esa manera, me lo vas a poner muy difícil.

—Tal vez esa era la idea.

***

La confesión lo desarmó más que cualquier llanto. Se sentó frente a mí en el sofá del despacho, demasiado cerca para seguir fingiendo neutralidad, y me pidió que le explicara qué quería decir exactamente con eso de compartir fantasías. Lo pidió con tono serio, casi clínico, pero el bulto que empezaba a empujar su pantalón lo contradecía.

Le hablé de noches con Julián en las que imaginábamos a otro hombre mirándonos. De cómo el morbo de sabernos observados me encendía más que cualquier caricia suave. De veces en que me había corrido pensando en un tercero, no necesariamente participando, a veces solo mirando mientras me abrían de piernas y me follaban.

Darío tragó saliva.

—No deberías estar contándome esto.

—Y sin embargo quieres que siga.

No lo negó. Bebió un trago largo. Yo hice lo mismo y apoyé el vaso sobre la mesa baja inclinándome lo bastante para que el tejido se tensara sobre mis tetas. Cuando volví a sentarme, él ya estaba mirándome sin reservas.

—¿Te excitaba tu socio por eso? —preguntó.

—Me excitaba porque era un cabrón y sabía manejarme. Pero no era solo él. A veces me ponía más pensar en quién podía descubrirnos.

—Joder.

—Sí.

—No tienes idea de cómo suena eso en tu boca.

—Pues imagínate cómo se siente.

Alargó la mano y me tocó la rodilla por primera vez. Solo eso. La yema de los dedos sobre el hueso, quieta, casi tímida. Yo no me aparté. Al contrario, separé un poco más las piernas.

—Si te digo que he pensado en ti más de una vez, ¿sales corriendo? —preguntó con la voz ronca.

—Depende de lo que hayas pensado.

Su mano subió un tramo pequeño, del borde de la rodilla al muslo. El calor me subió de golpe por la entrepierna.

—En ponerte aquí mismo, boca abajo sobre este sofá —dijo—. En subirme la falda... aunque hoy no la llevas. En bajarte el pantalón y ver si gimes como imagino.

Solté el aire por la nariz, despacio.

—Sigue.

—En abrirte bien las piernas y follarte mientras me miras por encima del hombro. En oírte pedir más. En descubrir si eres tan descarada como aparentas o si tiemblas cuando por fin te tocan de verdad.

—Toco y tiemblo a la vez —le contesté.

Se quedó mirándome unos segundos, como esperando que me arrepintiera. En lugar de eso, cogí su mano y la llevé al interior de mi muslo. No hasta el coño. Todavía no. Solo lo suficiente para que sintiera el calor y la humedad que ya había empapado la tela.

—No estoy temblando para echarme atrás —le susurré.

Eso fue todo lo que necesitó.

Se lanzó sobre mi boca con un beso seco, hambre contenida durante demasiado tiempo. No besaba como un chico ansioso sino como un hombre que llevaba años imaginando un gesto y, al tenerlo por fin, quería devorarlo entero. Le abrí los labios con la lengua y respondí con la misma brutalidad. Nuestras manos dejaron de portarse bien al mismo tiempo.

Me agarró una teta por encima del suéter, apretándola con un gemido que me vibró en la garganta. Yo le desabroché la camisa a tirones, metí la mano y le arañé el pecho mientras seguíamos besándonos con saliva y dientes. Me empujó contra el respaldo, hundió la cara en mi cuello y me mordió justo donde sabía que dejaría marca.

—Qué coño has venido a hacerme —murmuró.

—A que dejes de mirarme y empieces a tocar.

Me metió la mano dentro del pantalón sin más rodeos. Encontró el tanga completamente mojado y soltó una maldición ronca.

—Joder, estás empapada.

—Llevo así desde que cerraste la puerta.

Metió dos dedos por debajo de la tela, apartó el tanga a un lado y me rozó el clítoris con la precisión de alguien que sabe escuchar un cuerpo. Eché la cabeza hacia atrás y abrí más las piernas para darle espacio. Su pulgar se quedó trabajando arriba mientras los dedos me abrían despacio.

—Quiero verte —dijo.

Se arrodilló frente a mí. Bajó el pantalón hasta media pierna de un tirón, junto con el tanga, y me dejó abierta en el borde del sofá. Sentí una punzada de vergüenza y excitación al mismo tiempo al verlo ahí, con la cara a la altura de mi coño, mirándolo como si llevara años soñando con esa vista.

—No me tapes —me ordenó cuando intenté cerrar las piernas por reflejo.

Volvió a abrirme con las manos. Después acercó la boca y me pasó la lengua de abajo arriba, lenta y ancha. El gemido me salió directo, sin elegancia.

—Así, joder —murmuré.

Me comió el coño con una concentración obscena. No tenía prisa. Lamía, chupaba, se detenía en el clítoris para hacerme temblar y luego metía la lengua más abajo hasta obligarme a moverme sobre el sofá buscándolo. Cuando añadió dos dedos y empezó a follarme con ellos mientras me chupaba, ya no pensé en nada más.

—Mírame —dijo sin apartar la boca.

Lo hice. La imagen de Darío, el hombre serio y medido que todo el mundo respetaba, arrodillado entre mis piernas con la cara empapada, me puso todavía más caliente. Me estaba mirando como si yo fuera un vicio que por fin podía permitirse.

—Te gusta que te miren —murmuró contra mi coño—. Se nota.

—Sí.

—¿Te gusta imaginar a otro viendo esto?

La pregunta me atravesó. Gemí más fuerte.

—Sí, joder.

—Dilo bien.

—Me encanta.

Sonrió contra mí, como si aquella respuesta lo excitara casi tanto como tocarme. Me folló con los dedos más rápido, hundiéndolos hasta el fondo mientras el pulgar me castigaba el clítoris. Noté el orgasmo subir con una violencia que me obligó a agarrarle del pelo.

—No pares. No pares, cabrón.

—Córrete en mi boca.

Lo hice así, abierta de piernas en el sofá de su despacho, con el coño latiéndome contra su lengua y los dedos entrando y saliendo mientras yo jadeaba sin contenerme. Cuando terminé, seguía lamiendo despacio, alargando cada sacudida hasta volverla dolorosamente buena.

—Me vas a matar —susurré.

—Todavía no he empezado a follarte.

***

Se levantó y se desabrochó el pantalón sin apartar los ojos de mí. Saqué una pierna de la ropa para liberarme y me incorporé a medias. Su polla saltó pesada, gruesa, ya dura. La miré sin disimulo y él soltó una risa breve, nerviosa y orgullosa a la vez.

—¿Eso también forma parte de la reunión? —pregunté.

—La parte importante.

Me agarró de la nuca y me besó otra vez. Bajé la mano, lo empuñé y le apreté la base. Estaba caliente, tenso, latiéndome contra la palma. Le escupí en la punta y empecé a pajearlo mientras lo miraba. La cara que puso bastó para saber que llevaba demasiado tiempo necesitando aquello.

—Joder —resopló—. No juegues así conmigo.

—No es un juego.

Me arrodillé entre sus piernas y me la metí en la boca. Primero la punta, saboreándolo despacio, luego más, bajando hasta donde pude sin forzar. Él apoyó una mano en mi cabeza, sin empujar todavía, como conteniéndose. Yo quería más. Lo chupé con ruido, hundiendo la lengua bajo el glande y ordeñándolo con la mano. Cada vez que me sacaba un poco para respirar, lo volvía a lamer desde los huevos hasta la punta antes de tragármelo otra vez.

—Mírate —dijo con la voz rota—. Mírate así.

Levanté los ojos hacia él sin soltarlo del todo. Eso lo remató. Me sujetó del pelo con más firmeza y empezó a marcar el ritmo, entrando en mi boca con embestidas cortas. Me dejé hacer. Me gustaba la mezcla de control y cuidado, la brutalidad contenida de un hombre que quería usarme sin dejar de leerme la cara.

—Hostia —murmuró—. Así... así, no pares.

Le acaricié los huevos, le chupé con más profundidad y noté cómo se tensaba de golpe. Me sacó antes de correrse y me levantó de los brazos, casi sin aliento.

—Si sigues, me corro ya.

—Entonces fóllame de una vez.

No hizo falta repetirlo. Me giró y me dobló sobre el escritorio. Sentí el canto de la mesa clavándoseme bajo el vientre, las manos de él bajándome del todo el pantalón, su polla abriéndome los labios empapados.

—¿Así te lo imaginas? —dijo pegado a mi oído—. ¿En una oficina, con alguien pudiendo entrar?

—Sí.

—¿Y si nos vieran?

—No hables. Hazlo.

Me la metió de una sola embestida. Hasta el fondo. Se me escapó un grito y tuve que agarrarme al borde de la mesa para no irme hacia delante. Era grueso de verdad, y entró con la facilidad obscena que da estar tan mojada que el cuerpo ya está pidiendo que lo partan en dos.

Empezó con un ritmo firme, profundo, sin acelerarse aún. Cada empujón me hacía chocar con la mesa y mover papeles, bolígrafos, vasos. El despacho se llenó del sonido húmedo de la penetración y de mi respiración cada vez más rota.

—Mírate cómo me lo recibes —gruñó—. Pareces hecha para esto.

Me agarró del pelo y me obligó a arquearme más. La nueva postura hizo que me diera todavía mejor. Gemí tan fuerte que él se rio entre dientes.

—Eso. Que se note.

—Joder... más fuerte.

—Eso querías, ¿no? ¿Que dejara de mirarte y empezara a tocarte?

—Sí.

—Pues toma.

Y me dio. Más fuerte. Más sucio. Más hondo. Cada embestida venía con el golpe de sus caderas contra mi culo y con una frase cada vez más baja, más animal. Me sobó las tetas por encima del suéter, me pellizcó los pezones a través de la tela, me abrió una nalga para ver mejor cómo entraba y salía de mí.

—Me vuelve loco verte abierta así.

—No pares.

—¿Y si entra alguien ahora mismo?

La pregunta me disparó otra vez. Noté el coño apretársele alrededor.

—Te has puesto más caliente —dijo al instante.

—Cállate y sigue.

—No. Quiero oírtelo. ¿Te pondría que nos vieran?

Cerré los ojos un segundo. La imagen me atravesó limpia: la puerta abriéndose, otra respiración, otra mirada clavada en mí mientras él me seguía taladrando sobre la mesa.

—Sí —gemí—. Sí, me pondría.

Su mano bajó a mi clítoris y empezó a frotarlo sin compasión mientras seguía follándome. El orgasmo me subió demasiado deprisa. Noté la tensión extenderse por el vientre y las piernas, la mesa crujiendo bajo mí y su voz pegada a mi nuca.

—Córrete pensando en eso. En que alguien abre y te encuentra con mi polla dentro.

Me corrí gritando su nombre. No uno elegante, no uno contenido, sino un estallido sucio y desordenado, temblando sobre el escritorio mientras él seguía embistiéndome para alargarme cada contracción.

Entonces sonó la puerta.

No se abrió del todo. Solo un golpe seco, un tirón de manija, una pausa.

Darío se quedó quieto dentro de mí.

Ambos miramos hacia allí.

—Está cerrado —susurró.

Volvió a sonar, esta vez acompañado por una voz masculina al otro lado.

—¿Darío? ¿Sigues ahí?

Se me disparó el pulso. Reconocí la voz al instante: Julián.

Mi pareja.

Nos miramos los dos a la vez. Darío palideció. Yo, en cambio, noté una oleada brutal de excitación mezclada con pánico.

—Joder —murmuró él—. ¿Qué hace aquí?

Antes de que pudiera responder, Julián habló de nuevo.

—Me dijo recepción que seguías en el despacho. Abre.

Darío hizo ademán de salir de mí. Le agarré la muñeca y negué con la cabeza, casi sin saber por qué. O sí lo sabía. Lo sabía perfectamente.

—No —susurré.

—¿Estás loca?

—Abre.

Sus ojos se abrieron con incredulidad. Yo estaba empapada otra vez.

—Abre la puerta —repetí, ronca—. Si he venido a contarte la verdad, que sea toda.

***

Darío tardó un segundo de más, pero terminó apartándose y subiéndose el pantalón lo justo para poder caminar. Yo no me moví mucho. Solo me incorporé, me acomodé el suéter a medias y me quedé sentada en el borde de la mesa, con las piernas aún abiertas por el temblor, el pantalón a media pierna y el coño latiendo por haber sido follada hace apenas unos segundos.

Cuando abrió, Julián se quedó inmóvil en el umbral.

Tenía la cara marcada por el cansancio del viaje, la preocupación y algo más oscuro que conocía muy bien. Sus ojos pasaron de Darío a mí, de mi boca hinchada a la ropa revuelta, del botón abierto del pantalón de él a mis muslos desnudos. No hizo ninguna pregunta estúpida. No le hizo falta.

—Veo que he llegado en mal momento —dijo.

Me sostuve su mirada. Darío intentó hablar, pero levanté una mano para callarlo.

—No. Has llegado justo al momento exacto.

Julián cerró la puerta detrás de sí. Lento. Muy lento. Eso me dijo más que cualquier palabra. Su mandíbula se tensó, pero el bulto bajo sus vaqueros también. Mi coño respondió al instante.

—¿Le contaste? —preguntó.

—Casi todo.

—¿Y esto también formaba parte de la confesión?

—Terminó formando parte.

Darío estaba rígido, todavía sin saber si lo iban a partir la cara o arrastrarlo a algo que no entendía. Julián lo observó unos segundos y luego me miró a mí. Nos conocíamos demasiado.

—Dímelo claro —ordenó—. ¿Qué quieres?

Noté la vergüenza como un calor feroz subiéndome por el pecho, pero ya no había vuelta atrás.

—Quiero que te quedes —dije—. Quiero que me veas. Y si te pone tanto como a mí... quiero que participes.

El silencio fue brutal. Tan espeso que pude oír mi propia respiración y el tráfico lejano en la calle.

Darío soltó aire por la nariz, incrédulo.

—No pienso tocarla si tú no...

—Cállate —dijo Julián sin apartar la vista de mí.

Se acercó despacio. Me agarró de la barbilla, me obligó a mantener la cara alta y me besó con hambre, con bronca y con alivio. Le sabía a carretera, a café y a rabia. Cuando se separó, me dio una palmada seca en el muslo desnudo.

—Siempre fuiste una hija de puta peligrosa —murmuró—. Y sí, me pone.

Yo gemí solo por oírlo.

Se volvió hacia Darío.

—Si vas a seguir, hazlo bien. Quiero verla correrse.

Darío tardó dos segundos en reaccionar. Luego el último resto de contención se le cayó de la cara.

Julián se quitó la chaqueta, la dejó en una silla y se colocó detrás de mí. Sus manos bajaron a mis tetas por encima del suéter mientras Darío volvía a situarse entre mis piernas. Sentí una mezcla de vértigo y excitación tan intensa que tuve que agarrarme a los hombros de mi pareja.

—Mírala —dijo Julián al otro—. Está chorreando.

Darío me acarició el coño con dos dedos y resopló.

—Joder, sí.

—No la trates como de cristal —añadió Julián—. Le gusta duro.

Me mordí el labio, excitadísima por oír hablar de mí como si fuera un cuerpo conocido y a la vez expuesto. Darío me metió dos dedos, luego tres, abriéndome mientras Julián me chupaba el cuello por detrás.

—¿Así? —preguntó Darío.

—Más —respondí yo antes que nadie.

Julián se rio contra mi piel. Me subió el suéter, dejó mis tetas al aire y empezó a jugar con los pezones, endurecidos y sensibles. Darío se arrodilló otra vez y me comió el coño delante de él, sin timidez ya, como si quisiera demostrar que también sabía usarme.

Ver a mi pareja mirándolo fue casi demasiado. Julián me abrió más las piernas con las manos y le habló como quien da una orden.

—Métela otra vez. Yo quiero su boca.

Se colocó delante de mí y se sacó la polla. Ya estaba durísima. La acaricié un segundo, admirando cómo le palpitaba. Después abrí la boca y lo recibí mientras Darío se levantaba y me volvía a penetrar desde abajo, empujando fuerte, profundo, haciéndome chocar contra el cuerpo de uno mientras me llenaba el otro.

El sonido de mi garganta ocupada, sus respiraciones y el golpe húmedo de la polla entrando en mi coño convirtió el despacho en algo completamente ajeno a la razón. Me estaban usando entre los dos y yo estaba feliz de no tener que elegir a cuál mirar, a cuál tocar, a cuál pedirle más.

Julián me sujetó del pelo para marcarme el ritmo en la boca. No con violencia ciega, sino con esa firmeza exacta que me hace obedecer encantada. Darío, detrás, me agarró de las caderas y empezó a darme más duro, perdiendo por fin la compostura.

—Así la quería ver —dijo Julián con un jadeo—. Toda abierta y tragando.

Yo gemí con la boca llena. Darío me la sacó, me giró y me puso de espaldas contra el escritorio. Julián no perdió tiempo: me levantó una pierna y me la volvió a meter en la boca mientras el otro me follaba de pie. Tenía una mano de cada uno en el cuerpo, una polla en la boca y otra entrando y saliendo de mi coño, y sentí una felicidad obscena, animal, exacta.

—Dile quién te está follando —ordenó Julián.

Solté su polla lo justo para responder entre jadeos.

—Los dos.

—No todavía —dijo Darío, llevándome al borde a base de embestidas brutales—. Pero ya mismo.

Julián me escupió en la boca, volvió a metérmela y yo tragué sin apartar la vista de sus ojos. Ese gesto bastó para que mi cuerpo se estremeciera otra vez. Darío metió la mano entre nosotros, encontró mi clítoris hinchado y empezó a frotarlo al mismo tiempo que me clavaba la polla con un ritmo casi salvaje.

—Ahora sí —gruñó Julián—. Córrete.

Me corrí entre los dos de una forma tan violenta que se me aflojaron las piernas. Julián me sostuvo de la nuca. Darío me sostuvo de la cintura. Yo solo pude gemir, temblar y dejar que me siguieran usando durante las últimas sacudidas.

Darío fue el primero en correrse. Se vació dentro de mí con un gemido ronco, apretándome tan fuerte las caderas que seguro me dejó marca. Se quedó pegado a mi espalda unos segundos, respirando como si se le fuera la vida en ello.

Julián salió de mi boca y me agarró la cara.

—Abre.

Obedecí. Se la pajéo dos veces y se corrió sobre mi lengua y mis labios. Cerré la boca, tragué y luego le saqué la lengua despacio. Le brilló la mirada con una mezcla de orgullo y deseo satisfecho que me desarmó más que cualquier obscenidad.

Darío salió de mí con un siseo y vi su semen resbalándome por el muslo. Julián bajó la vista y me limpió con dos dedos. Luego me los metió en la boca para que los chupara. Lo hice sin apartar los ojos de él.

***

Nos quedamos los tres en silencio unos segundos. El despacho olía a ginebra, sudor y sexo reciente. Sobre la mesa había papeles arrugados, un vaso volcado y mi dignidad convertida en algo mucho más honesto.

Darío fue el primero en reír, incrédulo, agotado. Se pasó una mano por la cara y negó con la cabeza.

—Llevo años creyendo que lo había visto todo —dijo—. Y vienes tú.

—Yo también llevo años creyéndolo —respondió Julián—. Y ella siempre encuentra una manera nueva de desordenarlo todo.

Me subí el pantalón con piernas todavía temblorosas y me acomodé la ropa como pude. Ninguno de los dos intentó suavizar lo ocurrido con frases torpes. No hacía falta. Había sido demasiado claro, demasiado crudo, demasiado real como para disfrazarlo de otra cosa.

Julián me besó la frente. Darío me miró como si aún no terminara de creer que me hubiera tenido abierta sobre su escritorio y luego entre nosotros dos. Yo sentí vergüenza, sí, pero una vergüenza limpia, sin arrepentimiento.

Había faltado a un viaje, esquivado una muerte y llegado a aquel despacho queriendo salvar una relación profesional. Al final había terminado haciendo algo más peligroso: decir la verdad completa sobre lo que me excitaba, sobre lo que era, sobre lo que podía llegar a pedir si dejaba de mentirme.

Y esa noche, por primera vez en mucho tiempo, no tuve dudas sobre ninguna de las tres cosas.

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Comentarios(5)

PepeRlector

excelente!!! de principio a fin no pude soltar el telefono

Marianela_Mdq

Por favor seguí con una segunda parte, quedé con muchas ganas de saber qué pasa despues

Romina_Sur

Me recordó a una situación parecida que tuve hace años jajaja, aunque la mia no terminó tan interesante. Muy bien escrito!

DarkLector

La tension desde el principio te atrapa, muy bien logrado. Sigue asi!

veranico82

Buenisimo!! cuando sale la continuacion??

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