Lo que encontré en el monte no era humano
Durante tres años, Nahuel fue el loco del pueblo. Nadie creyó su historia, pero su cuerpo guardaba la prueba: cicatrices finas que le cruzaban el pecho y los muslos, recuerdo de unas garras que, según él, habían sido reales. La gente prefería reírse. Era más fácil que aceptar lo que él juraba haber tocado aquella noche en el Cerro Bruma.
Las paredes de su cabaña estaban cubiertas de dibujos a carbón. Una y otra vez aparecía ella: ojos negros como pozos sin fondo, boca llena de colmillos, labios de un azul imposible y una melena enmarañada que, incluso en el papel, parecía moverse sola. Los foros lo tachaban de demente. En los programas de radio lo invitaban solo para burlarse.
—Otra vez el hombre que se enamoró de un monstruo —decían entre carcajadas.
Pero Nahuel había empezado a soñar con ella. En sus sueños, la criatura lo llamaba con una voz grave que le retumbaba en los huesos.
Vuelve.
Despertaba empapado en sudor, con el corazón golpeándole las costillas y el cuerpo traicionándolo de deseo. Una madrugada, revisando mapas viejos de la región, encontró el relato de un cazador desaparecido décadas atrás. Hablaba de «una mujer enorme, de pelo oscuro y ojos sin alma, con una risa que helaba la sangre». No estaba loco. No del todo.
Marcó cruces rojas donde otros habían visto siluetas contra la luna. Guardó sus dibujos en la mochila, como prueba, y se internó en el bosque. El aire olía a pino agrio y a musgo. Cada rama que crujía bajo sus botas le parecía una respuesta.
—Tiene que ser real —murmuraba—. Porque si no lo es, entonces el perdido soy yo.
***
La lluvia llegó como una sentencia. Para el séptimo día, Nahuel arrastraba los pies por el lodo, demacrado, ardiendo de fiebre. Había comido raíces, huevos crudos, la carne fría de una rana que le dejó el estómago en brasas. El río le había dado agua y, con ella, el delirio.
Cuando el cielo estalló en relámpagos, las fuerzas se le quebraron. Cayó de bruces, la cara hundida en el fango.
Quizá así termine todo, pensó, mientras la oscuridad lo jalaba hacia abajo.
No vio los dos ojos negros que brillaban entre la cortina de agua, en lo alto de un abeto. Lo observaban. Esperaban.
***
Yana —así se nombraba a sí misma en la lengua antigua del monte— lo había sentido antes de verlo. Una vibración en la tierra, como una astilla clavada en el costado. Un humano. Pero no cualquiera: era él, el de las cicatrices que olían a obsesión.
Llevaba siete días siguiéndolo desde las ramas. Lo vio tropezar, maldecir al cielo, masticar carne cruda con desesperación. Su olor era una mezcla de sudor, miedo y una terquedad que perforaba el aire.
Insensato, pensó, hundiendo las garras en la corteza de un pino. Débil. Pero persistente.
Y entonces lo vio caer. Lo observó dejar de moverse mientras la lluvia lo azotaba, lavándole la suciedad, la locura, el hambre. Yana respiró hondo. El aire olía a error. A oportunidad.
Bajó del árbol sin un solo ruido. Se detuvo junto a él y, con un dedo terminado en garra, le giró el rostro. Pálido, los labios morados, pero el pecho aún subía y bajaba. Lo levantó con un gruñido que hizo temblar los charcos. No pesaba casi nada. Lo apretó contra su pelaje espeso y caliente, y algo en su propio pecho se estremeció sin permiso.
***
La cueva olía a humo, hierbas amargas y piel húmeda. El fuego crepitaba mientras Yana le bajaba la fiebre como quien negocia con la muerte. Masticó quinua y calabaza hasta volverlas pasta tibia y se la depositó en la boca inconsciente; él tragaba por reflejo, la garganta latiéndole como un pajarillo atrapado. Un té de corteza de sauce siguió después, gota a gota.
Lo envolvió en pieles de oso y lo arrastró contra su torso. La fiebre del hombre chocó contra el calor de la bestia: dos incendios discutiendo bajo la misma manta. La tormenta aullaba en la entrada. Yana enterró el rostro en su cuello y olió la enfermedad, la sopa, el sudor. El olor de alguien que no había venido a cazarla, sino a encontrarla.
—Tú —murmuró contra su oreja, frotando sus labios azules contra la piel febril—. Mío. Te curaré. Y después decidiré qué hago contigo.
***
Cuando Nahuel abrió los ojos, la oscuridad era absoluta, pero el calor lo envolvía como un segundo pellejo. Sintió antes de ver: los brazos peludos y gruesos que lo aprisionaban, el aliento cálido rozándole la frente, el aroma a tierra mojada y a algo salvaje y dulzón que le llenaba las fosas nasales.
Extendió la mano temblorosa y tocó. La mata de pelo enredado. La piel curtida bajo el pelaje, caliente como piedra al sol. El contorno de unos labios inmóviles. Enterró la cara en su cuello y olfateó con la desesperación de un hombre que ha pasado tres años dudando de su propia memoria.
Real. Viva. Mía.
—Tranquilo —vibró la voz de ella en su propio pecho—. Duerme.
—No —rogó él, aferrándose a su brazo con una fuerza que no tenía.
Yana se liberó con la fluidez del agua escapando entre los dedos. Golpeó las piedras y el fuego muerto resucitó en un estallido de chispas. La luz la dibujó: hombros poderosos, una espalda en cascada de pelo negro, una cinta roja de lana atada en la muñeca, deshilachada, la única nota de color en toda su oscuridad.
—¿Por qué me salvaste? —la voz de Nahuel era un hilo roto.
Ella volvió la cabeza. El fuego le bailaba en las pupilas.
—Porque tu locura me pertenece.
Se acercó con un cuenco de sopa humeante en una mano y la garra extendida en la otra. Le acercó el caldo a los labios y él bebió: la quinua le quemó la garganta, pero era vida. Mientras tragaba, la garra descendió por su cuello, por su pecho, hasta detenerse en la cara interna del muslo, a un centímetro de su sexo.
—Te toqué mientras dormías —confesó, y no había vergüenza en ello—. Cada cicatriz. Cada costilla. ¿Quieres que termine lo que empecé?
Nahuel contuvo el aliento y asintió. Era lo único que había deseado en tres años.
***
El chisporroteo del fuego se ahogó en un silencio repentino cuando él se inclinó. Sus labios agrietados se cerraron alrededor del pezón oscuro de Yana, duro como una piedra de río. Un gruñido profundo, casi un rugido contenido, le sacudió el pecho a la bestia.
Ella no retrocedió. Sonrió, y sus colmillos brillaron al fuego. Le hundió las garras en el pelo sucio, no para apartarlo, sino para guiarlo.
—Así —siseó, arqueando la espalda cuando la mano de él apretó torpe pero decidida—. Más fuerte. Demuéstrame que no solo sueñas conmigo.
Nahuel obedeció. Mordió, chupó, gimió contra esa piel que sabía a sal y a ceniza, su erección ya dura frotándose contra el muro de calor y pelo. Yana le levantó la barbilla con una garra y lo obligó a mirarla.
—Tu cuerpo recuerda lo que eres —dijo—. Lo que siempre fuiste.
De un movimiento lo volteó. Nahuel cayó de espaldas sobre las pieles, mirando a la criatura que se alzaba sobre él como una montaña viva. Los labios azules le recorrieron el cuello, le lamieron las cicatrices hasta hacerlas brillar, le dejaron un punto rojo justo donde el pulso latía como loco.
Luego ella se irguió y separó los muslos sobre su rostro, dos columnas de ébano vivo. Su sexo colgaba sobre la boca de él, oscuro, húmedo, de un púrpura profundo a la luz del fuego.
—Lame —ordenó, descendiendo centímetro a centímetro—. Huele a tormenta y a mí.
El aroma lo golpeó: tierra fermentada, musgo caliente, savia silvestre. Su lengua recorrió cada pliegue, primero con torpeza, después con hambre, mientras Yana rotaba las caderas y gruñía una vibración que le atravesaba el cuerpo entero. Con la garra libre, ella rodeó el sexo de él y empezó a frotarlo con la precisión de quien aprende un arma nueva, sin ternura, midiendo cada reacción.
—Pequeño —murmuró, comparando su mano enorme con esa carne temblorosa—. Pero ardes bien.
Nahuel convulsionó debajo de ella, embriagado por su olor, atrapado entre el límite y un placer que le quemaba las entrañas.
—Casi… —jadeó.
—No. Aguanta —y entonces ella cambió el juego.
Bajó por su cuerpo, le apresó la cabeza entre los muslos y cerró los labios azules en torno a su erección. No para chuparla. Apenas un roce de colmillos, un pellizco suave en el punto más sensible. Nahuel explotó con un grito desgarrado, el semen disparándose contra el pelaje oscuro de ella. Yana lo atrapó con la palma, se la llevó a la boca y lamió su propia garra sin apartar los ojos de los suyos.
—Salado —dijo—. Como la primera vez.
Se inclinó y le besó la boca, compartiendo el sabor de su triunfo. Afuera, la lluvia por fin cesó.
***
Nahuel quiso incorporarse, buscar más, pero el cuerpo lo traicionó: un mareo violento, la visión sembrada de puntos negros. Cayó de nuevo, jadeando, el sudor frío empapándole las sienes.
—Estás débil —declaró Yana, y había en su voz un dejo extraño, casi de cuidado. Alimentó el fuego con dos troncos gruesos y, con un trozo de su falda de lana, lo limpió: el vientre, los muslos marcados por sus garras. Cada gesto era práctico, posesivo. Esto es mío y lo mantengo limpio, parecían decir.
Lo enrolló contra su torso y le guió la boca hacia su pecho.
—Duerme —ordenó, y esta vez la palabra sonó casi a súplica.
Antes de que la oscuridad lo venciera, Nahuel sintió los labios azules rozarle la frente. Un gesto casi humano.
***
Los días que siguieron fueron un sueño terrenal y húmedo. Por las mañanas despertaba con el hocico de una cabra olfateándole el pelo y a Yana ya en pie, ordeñando con esas manos que podrían destripar a un lobo y que, sin embargo, se movían con una delicadeza imposible. Por las tardes aprendía a arrancar papas bajo su mirada negra. Por las noches comían guisos espesos junto al fogón de piedra.
Y después llegaba el verdadero ritual. A veces ella lo tomaba contra las pieles con urgencia, marcándolo con dientes y garras. Otras era lenta, meticulosa, explorando su cuerpo como si fuera la primera vez. Cuando el frío enterró el huerto bajo la nieve, la cueva se convirtió en un vientre de piedra y pelaje, y Nahuel aprendió a tejer mantas de lana de oveja.
—Bien —aprobó Yana una noche, envolviéndose en una de sus creaciones. Era el mayor elogio que él había recibido en su vida.
***
Una tarde, ya entrado el deshielo, no hubo prisa. Ni fiebre, ni tormenta, ni desesperación. Solo tiempo.
Yana arrancó una de las flores azules que crecían en los rincones húmedos de la cueva, las mismas que tenían el color de sus labios. La masticó despacio, sin apartar los ojos de los de él, y se inclinó para pasarle la pulpa machacada en un beso. El néctar dulce y terroso se mezcló con la saliva de ambos. Era como beber de ella misma.
Nahuel se dejó caer entre sus muslos mientras, arriba, la boca de ella se cerraba en torno a su sexo. Un encaje desigual y perfecto. Él había aprendido a lamer siguiendo los pliegues morados que ya conocía, a usar los dientes justo como a ella le gustaba, a tragar su sabor sin vacilar. No había un final apurado: solo el chasquido húmedo de las lenguas, los gruñidos de Yana cuando él daba con el ritmo exacto, el olor a flores y a sexo flotando en el aire quieto.
Ella se corrió primero, un temblor que le sacudió los muslos, y aun así lo mantuvo allí, obligándolo a seguir hasta que decidió soltarlo. Después lo montó con una lentitud agónica, conectándolos en un movimiento fluido, llevándolo al borde una y otra vez sin dejarlo caer. Sus cuerpos encajaban como tallados de la misma roca oscura del monte.
—¿Lo sientes? —le preguntó, clavándole las garras en los hombros.
Nahuel no supo responder con palabras. Pero lo sintió: una corriente entre ellos, como si la montaña los hubiera unido no por casualidad, sino por designio. Cuando por fin colapsaron, ella lo envolvió con su cuerpo y su pelaje.
—Duerme —ordenó. Y por primera vez en su vida, Nahuel no soñó con ella. No le hacía falta: ya estaba exactamente donde quería estar.
***
Meses después bajó al pueblo una última vez. Las calles que antes recorría como un hombre común le parecían ahora pequeñas, ajenas. Sus labios eran del mismo azul oscuro que los de Yana; su piel, más curtida; su ropa, un traje de piel cosido con hilo trenzado. La gente cruzaba la calle. Alguien murmuró «demonio». Un niño quiso acercarse y su madre lo arrancó de un grito.
El dueño de la taberna donde alguna vez trabajó lo recibió temblando.
—¿Eres… tú? —susurró, como esperando que se desvaneciera.
—Sí —dijo Nahuel, con una voz más grave de lo que recordaba. Le tendió un fardo de cartas atadas con una cuerda de pelo de alpaca—. Para mi familia. Diles que estoy vivo.
—¿Y qué les digo de…? —el hombre no terminó la pregunta. Sus ojos bajaron a los labios azules, a las garras que colgaban del cinturón.
—Diles que encontré lo que buscaba.
Giró sobre los talones y caminó de vuelta a las montañas. Yana lo esperaba en el límite del bosque, su silueta enorme recortada contra los pinos. Lo olió, buscando rastros del pueblo en su piel, y luego le pasó una garra por el pelo. Un gesto que ya no lastimaba, que solo afirmaba.
—Bien. Ahora, a casa.
***
Lo que ella nunca admitiría —ni a él, ni a la montaña, ni a sí misma— era lo que había hecho años atrás. Un ídolo de hueso, esculpido con manos temblorosas. Una súplica silenciosa tallada en la oscuridad:
Tráeme a alguien. Alguien que no le tema a mi oscuridad. Alguien que me elija.
Y la montaña le había respondido. En las noches más frías, cuando Nahuel dormía enterrado en su pelaje, Yana lo recordaba y apretaba un poco más el abrazo. Nunca lo diría en voz alta. Pero por primera vez, ninguno de los dos estaba perdido.