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Relatos Ardientes

El deseo prohibido que despertó al espiar a su esposa

Esteban tenía cincuenta y ocho años y una espalda que crujía cada mañana al salir de la cama. Las canas le habían ganado la batalla hacía tiempo y su cuerpo ya no respondía con la urgencia de antes. Llevaba media vida girando alrededor de Lucía, su mujer: veintinueve años de piel tibia, risa fácil y unas caderas que se mecían sin que ella lo notara. Enfermera de turnos imposibles, volvía a casa con el uniforme arrugado, el pelo revuelto y un beso que sabía a café y a cansancio.

Pero algo había cambiado en los últimos meses. Los turnos extra se multiplicaban. Los mensajes llegaban tarde, con explicaciones demasiado pulidas. Y había marcas tenues en su cuello, un rastro de colonia masculina que no era la suya, escondido bajo el olor a desinfectante. La sospecha lo carcomía despacio, como un ácido que no terminaba de quemar del todo.

Todo se precipitó una tarde en la cafetería del barrio. Renata, una vieja amiga de Lucía que había trabajado en el mismo hospital, se sentó frente a él con una sonrisa torcida.

—No quería meterme —dijo, removiendo el café sin beberlo—, pero creo que mereces saberlo. Tu mujer anda con el supervisor de enfermería. El mismo que me tuvo a mí en su despacho durante un año entero.

Esteban sintió un cuchillo entrar despacio entre las costillas. Y, al mismo tiempo, algo más abajo que se tensaba sin permiso.

—¿Estás segura? —preguntó, con la voz más firme de lo que esperaba.

—Los vi salir juntos de la sala de descanso. Y conozco esa cara que pone ella. Tú también la conoces.

La conozco. Vaya si la conozco.

Renata se quedó callada un momento, midiéndolo con la mirada, como si esperara verlo derrumbarse sobre la mesa. Pero Esteban no se derrumbó. Asintió despacio, dio un sorbo a su café frío y se sorprendió a sí mismo notando que la noticia no le pesaba como debería. Le ardía, sí, pero de un modo que no sabía clasificar.

—Lo siento —dijo ella al fin—. Pensé que querrías saberlo antes de que medio hospital lo supiera.

—Hiciste bien —respondió él, y lo dijo en serio, aunque por motivos que jamás le confesaría a nadie.

***

Esa noche, Lucía se marchó con una excusa flaca, una emergencia en quirófano que él fingió creer. La dejó tomar ventaja y la siguió a distancia, los limpiaparabrisas peleando contra una lluvia que caía en cortinas. El hospital era un bloque de luces frías al final de una avenida vacía. Estacionó lejos, entró por la puerta de servicio y subió por una escalera húmeda, guiado por una corazonada que le martilleaba en el pecho.

El ala administrativa estaba en penumbra. Los pasillos olían a cloro y a café recalentado, y el único sonido era el zumbido lejano de una máquina expendedora. Avanzó pegado a la pared, contando las puertas cerradas, hasta que una de ellas, al fondo, dejó escapar una franja de luz amarilla.

Y un sonido que reconoció antes de poder nombrarlo: jadeos ahogados, el roce de una respiración entrecortada contra los dientes. Esteban se detuvo en seco. El instinto le decía que se diera la vuelta, que bajara las escaleras y fingiera que nunca había venido. No le hizo caso. La puerta estaba entreabierta apenas un palmo. Pegó el ojo a la rendija.

Allí estaba ella.

Lucía, su mujer, la enfermera atenta que repartía calma en cada habitación, arrodillada en el suelo de linóleo. El uniforme blanco abierto hasta la cintura, los botones rendidos, y debajo un sostén de encaje que apenas la contenía. Frente a ella, de pie, un hombre de unos cuarenta y siete años con el pantalón caído hasta los tobillos y los músculos del abdomen tensos bajo la camisa abierta. La mano de él enredada en el pelo de ella, marcando el ritmo.

Esteban tendría que haber empujado la puerta. Tendría que haber gritado, separarlos, romper algo. En cambio se quedó quieto, con la frente apoyada en el marco, mirando cómo su esposa lo tomaba en la boca con una entrega que no le conocía. Los labios estirados, la lengua girando, los pequeños sonidos húmedos que se le escapaban entre embestida y embestida. Una mano de ella subía y bajaba; la otra había desaparecido entre sus propios muslos.

—Así, despacio —murmuró el hombre, la voz ronca—. Sabes hacerlo mejor que nadie.

Ella levantó la mirada hacia él, y en esa mirada no había culpa. Había hambre.

Debería odiarla. Debería estar destrozado.

Pero su cuerpo decía otra cosa. La sangre se le había concentrado en un solo punto, latiendo contra la cremallera con una insistencia humillante. Verla así —su mujer, la que cada mañana le preparaba el café, convertida en otra cosa entre las manos de un extraño— le encendía algo oscuro que jamás se había atrevido a mirar de frente. Se desabrochó el pantalón allí mismo, en el pasillo a oscuras, y se rodeó con la mano.

***

Lucía se incorporó, mareada, y se giró para apoyarse en el escritorio cubierto de papeles. Se bajó las medias y la ropa interior de un tirón. El hombre la tomó por las caderas y se hundió en ella de un solo movimiento, arrancándole un grito que reverberó en las paredes vacías.

—Más fuerte —pidió ella, arqueando la espalda—. No te contengas.

Él obedeció. El escritorio crujía con cada embestida, los papeles resbalaban al suelo, y el cuerpo de Lucía se sacudía hacia adelante una y otra vez. Esteban veía el sudor brillar en la espalda de su mujer, el pelo pegado a la nuca, las manos del otro hundiéndose en su carne con una posesión brutal. Cada vez que ella gemía, él la apretaba más fuerte.

—Dilo —gruñó el hombre, sin frenar—. Di a quién perteneces aquí dentro.

—A ti —jadeó ella—. Aquí soy tuya. Solo tuya.

Esteban se mordió el labio hasta sentir el sabor metálico de la sangre. Su mano se movía sola, al ritmo de las caderas del otro, como si los tres compartieran el mismo pulso. Que lo diga otra vez. Que diga que es de él. La idea tendría que haberlo destruido y, sin embargo, lo empujaba más cerca del borde con cada segundo.

El olor del cuarto se filtraba por la rendija: sudor, sexo, un almizcle que no le pertenecía. Lucía empujaba hacia atrás para recibir cada golpe, buscando más, como si quisiera vaciarse de todo lo que era en su casa para volverse otra persona en ese despacho. El hombre bajó una mano y le buscó el centro del placer, frotando en círculos rápidos mientras seguía embistiendo.

—Voy a terminar dentro —anunció él, la voz quebrada por el esfuerzo—. Y vas a volver a casa con eso.

—Sí —contestó ella, casi sin aire—. Hazlo. Quiero llevármelo puesto.

Esteban cerró los ojos un instante. La imaginó volviendo a la cama esa madrugada, todavía marcada por otro, y a él mismo recibiéndola sin decir nada, fingiendo que no sabía. La fantasía se le clavó tan hondo que tuvo que apretar los dientes para no gemir en voz alta. Que el daño ya esté hecho. Que yo solo tenga que cargarlo.

***

El final llegó como una tormenta. El hombre se hundió hasta el fondo, todo el cuerpo tenso, y soltó un rugido grave mientras se vaciaba en ella. Esteban contó las pulsaciones por el modo en que se le doblaron las rodillas al otro. Lucía se convulsionó casi al mismo tiempo, un temblor que le recorrió la espalda entera, y gritó —no su nombre, sino el del otro—, las manos crispadas sobre el borde del escritorio.

Esteban terminó en silencio, la frente contra la madera fría de la puerta, ahogando el sonido en su propia garganta. Una oleada de placer culpable lo dobló por la cintura, la visión borrosa, mitad por las lágrimas, mitad por el vértigo. Se subió el pantalón con dedos torpes y se escabulló por el pasillo, dejando atrás el cuarto donde su mujer seguía recuperando el aliento sobre el escritorio de otro.

Bajó las escaleras de dos en dos. La lluvia lo recibió afuera como una bofetada y se quedó un momento bajo el agua, dejando que lo limpiara. Tendría que haber sentido rabia. Tendría que haber querido romperlo todo. En cambio sentía un calor extraño asentándose en el pecho, una excitación que no terminaba de apagarse y que le daba más miedo que la traición misma.

***

Llegó a casa antes que ella. Se duchó largo, borrando cualquier rastro de lo que había hecho en aquel pasillo, y se metió en la cama con el corazón todavía acelerado. Escuchó la puerta del garaje casi dos horas después, los pasos cuidadosos en la escalera, el grifo del baño abriéndose y cerrándose.

Cuando Lucía se deslizó bajo las sábanas, traía el pelo húmedo y un aroma que ninguna ducha había logrado tapar del todo. Esteban se giró hacia ella en la oscuridad y la atrajo contra su cuerpo.

—Pensé que dormías —susurró ella, sorprendida.

—Te esperaba —contestó él.

La besó despacio, con la lengua, buscando bajo el sabor a pasta de dientes ese rastro salado y ajeno que sabía que seguía ahí. Y lo encontró. Lejos de apartarlo, lo encendió. La tumbó de espaldas y se movió sobre ella con una urgencia que llevaba años sin sentir, imaginando que recorría un terreno que otro acababa de marcar, que su cuerpo seguía la huella tibia que el otro había dejado.

—Estás distinto esta noche —murmuró Lucía contra su oído, enredando las piernas en su cintura.

—Es que te quiero —dijo él, empujando hondo.

Y lo decía en serio, aunque la verdad fuera más retorcida de lo que ella podría imaginar. La abrazó mientras se movían, los dos sudados en la penumbra, y se permitió por primera vez nombrar en silencio el deseo que lo había sorprendido detrás de aquella puerta. No quiero recuperarte. Quiero saber hasta dónde llegas cuando crees que no te veo.

Lucía se durmió pronto, con la respiración pesada y una mano abandonada sobre el pecho de él. Esteban se quedó despierto mucho rato, mirando el techo, sabiendo que volvería al hospital. Que volvería a buscar esa rendija de luz. Que algo en él, viejo y cansado, había encontrado por fin una razón para arder.

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Comentarios (6)

NachoCba91

Demasiado bueno esto!! me dejo enganchado desde el primer parrafo y no pude parar

FacuMdq

Por favor que haya segunda parte, quede con muchas ganas de saber como sigue la historia

LectoraMx

Lo que mas me gustó es como narra la confusion del protagonista. Se siente muy real, no forzado

LauraX_ok

jajaja me recordó a una situacion que me pasó hace años y que nunca le conté a nadie... muy bueno

MarcelaQ

Bien escrito y con buen ritmo. Se lee rapido y eso ya es un merito en si mismo

nocturnol33

tremendo relato!!! seguí publicando así

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