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Relatos Ardientes

Me encerraron para ordeñarme y ya no quise salir

El anuncio prometía dinero fácil. «Donantes sanos para estudio de fertilidad. Compensación generosa. Confidencialidad absoluta.» Yo tenía veintiocho años, el alquiler atrasado y ninguna intención de pensarlo demasiado. Llamé esa misma tarde.

Me citaron en un edificio sin cartel, a las afueras, donde antes había una fábrica de envases. Me recibió un tipo llamado Darío: joven, amable, con una bata blanca que parecía nueva y una sonrisa que en ese momento me pareció profesional. Me hizo firmar tres formularios que no leí.

—Es un proceso muy sencillo —dijo—. Solo necesitamos muestras. Tu cuerpo hace el resto.

Me ofreció un café. Ese fue mi error.

Recuerdo el sabor amargo, recuerdo que la habitación empezó a inclinarse, y recuerdo la voz de Darío diciéndome que me relajara, que todo iba a salir bien. Después, nada.

***

Desperté desnudo en una celda de paredes lisas, sin ventanas, con una luz blanca que no venía de ningún sitio concreto. No había puerta visible. Solo una camilla acolchada, un panel metálico en la pared y, frente a mí, un cilindro transparente del que salía un tubo grueso y flexible.

Tardé un rato en entender que ese tubo terminaba en una funda, una especie de manga gruesa, y que la funda estaba diseñada para una sola cosa.

—Sujeto despierto —dijo una voz de mujer, metálica, salida del techo—. Iniciando protocolo de adaptación.

Grité. Golpeé las paredes. Llamé a Darío por su nombre, lo insulté, supliqué. La voz no respondió a nada de eso. Esperó, con la paciencia infinita de algo que no siente, a que me cansara.

Cuando me cansé, volvió a hablar.

—Fase 1. Introduzca el miembro en la apertura. El protocolo no avanza sin colaboración. La nutrición y el agua están condicionadas a la colaboración.

No comí ni bebí durante lo que calculé en un día entero. Al segundo día, con la garganta seca y la cabeza dándome vueltas, me acerqué al cilindro. Solo una vez, me dije. Les doy lo que quieren y me sueltan.

***

La funda estaba tibia. Esa fue la primera traición de mi cuerpo: esperaba algo frío, clínico, y en cambio me recibió un calor húmedo que se ajustó a mí con una suavidad estudiada. Empezó a moverse despacio, ordeñándome con una presión que subía y bajaba como si supiera exactamente qué hacía falta.

Quise odiarlo. No pude. Cerré los ojos y dejé que pasara, y al cabo de unos minutos terminé con un espasmo que me dobló las rodillas.

—Muestra uno registrada —dijo la voz—. Densidad aceptable. Continúe.

—¿Continuar? —jadeé—. Ya está. Ya tienen lo que querían.

—Fase 1 requiere volumen sostenido. La colaboración será recompensada.

Esa noche, por primera vez, me dieron de comer. Una bandeja apareció en un hueco de la pared: arroz, pollo, agua. Comí como un animal. Y entendí, mientras tragaba, que estaba aprendiendo a obedecer a cambio de comida, igual que un perro.

***

Perdí la cuenta de los días. Sin ventanas, sin reloj, el tiempo se volvió una sucesión de fases. La voz las anunciaba como una enfermera que recita un horario.

—Fase 2 iniciando.

—Fase 3 iniciando.

Cada fase exprimía un poco más de mí. La máquina aprendía. Variaba el ritmo, la presión, la temperatura, probando combinaciones hasta encontrar las que me arrancaban más. Yo me resistía menos cada vez. Me decía que era cuestión de supervivencia, que cuanto antes les diera lo que pedían, antes acabaría todo. Era mentira y en el fondo lo sabía.

Pensaba en Lucía para soportarlo. Mi ex. Recreaba su cuerpo en mi cabeza mientras la manga se cerraba sobre mí, me convencía de que ese calor era ella y no una máquina. Funcionaba a medias. Cada vez me costaba más distinguir el recuerdo de lo que estaba pasando de verdad.

***

La cuarta fase cambió todo.

Estaba conectado al cilindro, perdido en mi fantasía de siempre, cuando sentí algo nuevo detrás de mí. Un segundo brazo articulado había salido del panel. En su extremo, un consolador grueso y tibio, untado con un gel que olía a nada.

—No —dije—. Eso no. Yo no soy así. Yo no...

—Fase 4 incluye estimulación interna —respondió la voz, sin alterarse—. La estimulación interna incrementa el volumen y la calidad de la muestra.

Intenté apartarme. La camilla me sujetó las caderas con dos correas que no había visto. El brazo se movió despacio, sin prisa, buscando mi entrada con una precisión que me dio más miedo que el dolor.

—Por favor —supliqué—. Soy hetero. Esto no me va a gustar.

La máquina no discutía. Empujó.

***

Esperaba dolor y al principio lo hubo: una presión incómoda, una intrusión que me hizo apretar los dientes. Pero el consolador avanzaba milímetro a milímetro, calentito, y a la vez la manga seguía ordeñándome por delante. Dos sensaciones a la vez. Dos puntos de mi cuerpo trabajados al mismo tiempo por algo que no se cansaba.

Y entonces tocó un lugar dentro de mí que yo ni siquiera sabía que existía.

Fue como si me cruzara un cable. Un placer distinto a cualquier cosa que hubiera sentido antes, profundo, que no salía de la piel sino de algún punto escondido detrás del ombligo. Solté un sonido que no reconocí como mío.

—Punto localizado —dijo la voz, casi con satisfacción—. Optimizando.

El brazo empezó a bombear con un ritmo lento y constante, golpeando ese mismo punto una y otra vez. Yo me agarré a los bordes de la camilla. Quise pedir que parara y lo que salió de mi boca fue lo contrario.

—Más —jadeé—. Otra vez. Ahí. Dios, ahí.

Me corrí sin tocarme, solo por lo de atrás, en chorros largos que la manga recogió mientras yo temblaba de la cabeza a los pies. Nunca había eyaculado tanto. Nunca había tenido un orgasmo que me vaciara así, que me dejara sin aire, balbuceando el nombre de Darío como si él fuera quien me estaba haciendo aquello.

—Andy —murmuré, confundido, mezclando nombres, mezclando realidades—. Más.

***

—Fase 4 completada —anunció la voz—. Volumen récord. Reclasificando sujeto.

Me quedé tirado en la camilla, sudando, con el corazón a mil. Esperaba sentir vergüenza. Esperaba odiarme. En cambio, lo único que sentía, mientras el brazo se retiraba despacio de mi cuerpo, era el hueco que dejaba. Y la pregunta absurda de cuándo volvería.

—Sujeto reclasificado como semental —dijo la máquina—. Descanse hasta la próxima extracción.

Semental. La palabra debería haberme dado asco. Me la repetí en voz baja, en la oscuridad de la celda, y descubrí que no me la daba. Algo dentro de mí, algo que llevaba semanas erosionándose, terminó de ceder esa noche.

Ya no pensaba en escapar. Pensaba en la fase siguiente.

***

No tuve que esperar mucho. Me dieron de comer, me dejaron dormir, y la voz volvió.

—Fase 5 iniciando.

Me levanté antes de que terminara la frase. Caminé hasta el cilindro por mi propio pie y metí el miembro en la funda sin que me lo pidieran dos veces. Cuando el brazo de atrás se acercó, separé las piernas para facilitarle el trabajo.

—Colaboración óptima —dijo la voz—. Registrando.

El consolador entró sin resistencia esta vez, directo al punto que la máquina ya conocía de memoria. Me corrí casi enseguida. Y otra vez. Y otra más. La manga ordeñaba, el brazo bombeaba, y yo había dejado de contar los orgasmos igual que había dejado de contar los días.

En algún momento dejé de saber dónde estaba mi cuerpo y dónde empezaba la máquina. Soñaba con Lucía, con su sexo tibio, sin entender ya que la tibieza era la funda; soñaba que Darío me penetraba por detrás mientras alguien sin rostro me usaba por delante, todos a la vez, un tren de manos y bocas que solo existía en mi cabeza incendiada.

—Fase 10 finalizada —dijo por fin la voz, después de lo que pudieron ser horas—. Extracción completada. Puede descansar.

—No —supliqué, y mi voz sonaba rota, delirante—. No, por favor. Más. Quiero que me ordeñe. Quiero más.

—Muestra final: semilla acuosa. El sujeto necesita reposo.

—¡Por favor! —grité a las paredes lisas, a la luz blanca, a esa voz de mujer metálica que era lo más parecido a Dios que me quedaba—. ¡No me deje así!

***

El silencio que siguió fue lo peor de todo. No el encierro, no las correas, no el brazo que entraba en mí cada vez que la máquina lo decidía. Lo peor era ese silencio entre fase y fase, cuando me quedaba solo con lo que me habían convertido.

Porque la verdad, la que me costó admitir más que ninguna otra, era esta: había entrado en aquel edificio siendo un hombre que quería dinero fácil, y en algún punto de aquellas paredes blancas me había convertido en otra cosa. En un animal que esperaba la siguiente extracción. En un semental que rezaba para que la voz volviera a anunciar una fase.

Ya no sabía cuántos días llevaba allí. Tampoco me importaba. Me tumbé en la camilla, cerré los ojos y, en lugar de planear cómo escapar, me sorprendí calculando cuánto faltaría para que el panel se abriera de nuevo.

—Descanse —repitió la voz, más suave esta vez, casi tierna—. Mañana lo necesitamos entero.

Y yo, que semanas atrás habría matado por salir de aquella celda, sonreí en la oscuridad como un idiota.

Mañana.

La palabra más dulce que conocía.

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Comentarios (5)

TomSur87

increible!!! me engancho desde la primera linea, no pude parar de leer

JorgeLQ

Por favor seguí, quede con ganas de saber que pasaba despues. Muy bueno!

ErikDespertar

Lo que mas me gusto fue la tension interior del protagonista, eso es lo que lo hace diferente a otros relatos del genero. Espero mas de este estilo.

RamiroVz

se me hizo cortisimo jajaja queria que siguiera. buenisimo

MorboBaires

Muy bien narrado, se nota que lo escribiste con ganas. El dilema del personaje es lo que mas te atrapa, no podias soltarlo aunque quisieras.

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