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Relatos Ardientes

El desconocido que me hizo cruzar mi línea roja

Han pasado casi cuatro años de la experiencia más morbosa que he tenido en mi vida, y todavía la recuerdo con un detalle que casi me asusta. Vivo en Valencia desde hace tiempo, pero mi familia es de un pueblo del norte, y no voy a dar más pistas sobre eso. En aquella época, con el confinamiento todavía coleando, trabajaba desde casa al cien por cien y me instalé una temporada larga, yo solo, en un piso vacío que la familia tenía en mi ciudad de origen.

En Valencia mi vida sexual nunca había sido gran cosa. Compartía piso con dos personas más y la falta de intimidad lo condicionaba todo. Allí, en cambio, al estar solo y sin nadie a quien dar explicaciones, viví una época de cierto desenfreno. La oferta no era nada del otro mundo: en las apps los mismos perfiles de siempre, mucha discreción, casi nadie con la cara visible. Pero tener un piso para mí solo me facilitaba las cosas, y conocí a tíos que me ponían muchísimo.

Había uno que me tenía obsesionado desde hacía semanas. El perfil se llamaba solo «XXL», ponía treinta y cuatro años y poco más. La información era mínima, pero suficiente para volverme loco: una única foto con un bóxer negro, una sudadera sin mangas con la cremallera abierta, el pecho moreno y cubierto de vello, los abdominales marcados, los brazos de alguien que pisaba el gimnasio en serio y, colgando del cuello, una cadena con un colmillo de plata. No enseñaba la cara, pero todo lo demás era puro morbo.

Lo tenía guardado en favoritos. Cada cierto tiempo le mandaba un toque o un mensaje tonto, y nunca había recibido respuesta. Aquella mañana lo volví a intentar con un saludo cualquiera, sin esperanza. Y, por primera vez, me contestó.

—¿Zorra sumisa? —fue lo único que escribió.

—Un poco —respondí. Me daba vergüenza reconocer más. Es verdad que me gusta que el otro lleve las riendas y casi siempre soy pasivo, pero lo de ser sumiso de verdad nunca lo había explorado. Era una fantasía que tenía guardada en un cajón.

Sin darme tiempo a nada, me llegaron dos fotos de su polla. Enorme, de las que parecen retocadas y no lo están. En una le caía sobre el vientre y en la otra se la sujetaba con la mano, como midiéndola. Se me puso dura solo de mirarla, y noté ese hormigueo de cuando te excitas de golpe y todo lo demás deja de importar.

—Mándame un vídeo desnudo, con cara —escribió.

Yo nunca mando nada con la cara, por miedo a que acabe circulando por ahí. Pero estaba en forma y por privado me daba menos reparo. Intenté escaquearme mandándole fotos sueltas: la cara por un lado, el cuerpo desnudo por otro.

—Puta, te he dicho un vídeo. No me hagas repetirlo.

Ahí entendí que aquello iba en serio. Me metí en el baño, me grabé delante del espejo girando el cuerpo despacio y se lo envié. Después esperé con el corazón golpeándome en el pecho.

Tardó un poco. Luego:

—Está bien, puta. ¿Quieres polla? Voy a tu casa y te follo a pelo.

Se me cortó la respiración. La idea de hacerlo así me ponía como un animal, pero soy de los que se rallan muchísimo con las enfermedades, y con desconocidos siempre, sin excepción, uso condón. Le dije que de esa manera no podía ser, que si quería le hacía una mamada de las buenas.

—No. Zorra, la única forma de que yo te folle es sin goma. Si no te vale, no me molestes más.

Aquello debería haber sido el final. Mi línea roja de siempre, la que jamás había cruzado por nadie. Pero estaba cachondo como pocas veces en mi vida, con el pulso a mil y la cabeza ocupada por una sola idea fija. Me quedé mirando la pantalla un buen rato. Y al final solo fui capaz de escribir tres palabras.

—Lo que digas.

—¿Dónde vives? Salgo en media hora. Estate listo.

Le pasé la dirección. Me duché a toda prisa, me puse un slip ajustado, unos vaqueros y una camiseta. Me senté en el sofá a esperar, nervioso perdido, casi temblando, consciente de que acababa de ceder algo que nunca había cedido y de que a partir de ahí ya no controlaba nada.

Por fin vibró el móvil: «Estoy abajo. ¿Qué piso?». Le di el número, sonó el telefonillo y le abrí el portal. Oí el ascensor bajar primero y luego subir, con esa lentitud que en ese momento se me hizo eterna. Llamaron al timbre.

Abrí la puerta y allí estaba. Moreno, con barba recortada, definido y más guapo todavía de lo que prometían las fotos. Entró sin saludar, cerró tras de sí y me recorrió de arriba abajo con la mirada, como quien evalúa una compra.

Le ofrecí una cerveza para romper el hielo, más por nervios que por otra cosa.

—No he venido a charlar contigo —dijo con una calma que ponía los pelos de punta—. He venido a reventarte ese culo de puta que tienes. ¿Lo entiendes, zorra? Lo único que vas a hacer ahora es desnudarte. La cerveza me la sirvo yo.

Fue derecho a la cocina, que se veía desde la entrada, abrió la nevera, cogió una lata y volvió a sentarse en el sofá como si aquel piso fuera suyo. Yo me quedé de pie, en slips, sin saber muy bien qué hacer con las manos.

—Quítame las zapatillas y túmbate en el suelo, boca arriba —ordenó—. ¿Te gusta comer pies? Porque es por donde vas a empezar.

Me arrodillé, le desaté las zapatillas y me tendí en el suelo. Él me pasó los pies por la cara con los calcetines todavía puestos, despacio, marcando territorio. Yo ya no cabía en mí y, sin pensar, metí la mano dentro del slip para tocarme.

Me agarró la muñeca y me la sacó de un tirón, con algo de violencia.

—Ni se te ocurra tocarte si yo no te lo digo, puta. Que te corres y se acaba la fiesta antes de empezar.

Se quitó los calcetines y me metió los dedos del pie en la boca. Yo los chupé como si me fuera la vida en ello.

—Sigue, que esto es solo el aperitivo —dijo, divertido.

Un par de veces me rozó la polla con la planta del pie, por encima de la tela. Estuve a punto de correrme solo con eso. Cuando se aburrió, se desabrochó el pantalón y me agarró del brazo.

—De rodillas, zorra.

Ya de cerca vi el bulto enorme tensando el bóxer negro. Me sujetó la cabeza con las dos manos y me la apretó contra el paquete, sin prisa, para que sintiera el calor a través de la tela.

—Esto es lo que te vas a comer ahora —murmuró.

Se sacó la polla y me golpeó la cara con ella un par de veces, casi con desprecio.

—Se te cae la baba, ¿eh? Todavía no sé si dejar que me la comas o partirte ese culo de puta ahora mismo. Si te la comes, te la comes entera. Nada de quedarte jugando con la punta.

Se puso de pie, se quitó toda la ropa de golpe y echó un vistazo alrededor.

—¿Dónde está la cama?

Señalé el dormitorio. Casi no me salía la voz de los nervios. Me cogió otra vez del brazo y me arrastró hasta allí.

—Túmbate boca arriba, con la cabeza colgando por el borde de la cama.

Obedecí. Me metió la polla en la boca y empujó hasta el fondo de la garganta. No podía respirar, me dio una arcada y noté cómo se me llenaban los ojos de lágrimas. Él no aflojó.

—Muy bien. Así me gustan las guarras como tú —dijo, observando mi cara puesta del revés.

No me dejó disfrutarla mucho rato. Me dio la vuelta, me puso a cuatro patas y me bajó el slip de un tirón.

—Zorra, la próxima vez que te vea quiero que lleves suspensorio. Quiero ese culo a punto en todo momento, ¿entendido?

Noté su barba rozándome las nalgas y, de repente, su lengua. Me comió el culo como nadie lo había hecho jamás. Primero apenas un roce, después la sentí entrando un poco, abriéndome. Soltó un escupitajo y empezó a meter un dedo, luego dos, hasta que entraron sin resistencia. Cuando ya estaba algo dilatado, noté por fin la punta de aquella polla descomunal apoyándose contra mí.

—Espero que aguantes, guarra, porque este culo tan prieto lo voy a dar muy duro.

Empezó despacio, metiendo solo una parte. Yo estaba tan al borde que si me hubiera rozado la polla con un solo dedo me habría corrido en el acto. Cuando hice el ademán de llevar la mano hacia abajo, me cayó un azote seco en la nalga.

—Ya te lo he dicho. No te tocas si no te lo mando yo.

Siguió follándome, subiendo el ritmo, ganando un poco más de terreno en cada embestida. Esa primera tanda la aguanté bastante bien. Mi cuerpo se fue abriendo para abrazar aquello, y la sola idea de estar llenándome del todo me tenía fuera de control. De vez en cuando me azotaba o me tiraba del pelo para recordarme quién mandaba.

Sin previo aviso, paró, me dio la vuelta y me echó las piernas sobre sus hombros. Desde ese ángulo empezó a metérmela hasta el fondo, y ahí fue donde entendí de verdad lo que es tener algo de ese tamaño dentro por completo. Cada embestida era como si fuera a partirme en dos. No era un dolor agudo, sino un estar siempre al límite, justo en la frontera entre el placer y lo insoportable. Gemía sin poder evitarlo, mitad por el gusto, mitad por no poder más. Creo que él también lo disfrutaba: notaba cómo mi culo prieto intentaba cerrarse alrededor de su polla y eso lo ponía todavía más bestia.

—Zorra de mierda, con lo prieto que lo tienes me vas a hacer correr ya.

Aceleró el ritmo, me plantó la mano sobre la cara para sujetarme y descargó dentro entre gemidos roncos. Lo sentí latir mientras terminaba. Cuando se vació del todo, sacó la polla y me la acercó a la boca.

—Límpiala. Ahora ya te puedes correr, zorra.

Con su polla todavía entre los labios, me bastaron un par de sacudidas para correrme como no recuerdo haberlo hecho jamás, con un temblor que me recorrió de arriba abajo.

Se levantó sin más, fue al salón donde había dejado la ropa y se vistió en silencio, sin mirarme apenas. Se marchó sin decir una palabra y me dejó tirado en la cama, desnudo, con su corrida resbalándome por dentro y la respiración todavía descompasada.

Cuatro años después, sigo volviendo a aquella tarde cada vez que quiero excitarme de verdad. Ha sido, con muchísima diferencia, lo más intenso que me ha pasado nunca. Y todavía hay noches en que reviso la app, sin demasiada esperanza, por si vuelvo a encontrarme con aquel perfil sin cara.

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Comentarios (4)

NocturnoCba

buenisimo este relato, de los mejores que leí ultimamente!!

TomasVR

quedé enganchado desde el primer parrafo. Espero que haya mas

IgnacioP_RLP

Me encanto como lo escribiste. Hay algo muy honesto en la forma de contarlo, sin irse a lo burdo

rodrigo_mdp

¿vas a escribir la continuacion? quedé con ganas de saber como sigue

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