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Relatos Ardientes

Lo que pasó en las duchas del equipo esa tarde

La semana del primer partido oficial de la temporada caía sobre el equipo de desarrollo como una tormenta a punto de reventar. Faltaban tres días para el estreno —un duelo en casa contra un rival directo de la liga— y la tensión se respiraba en cada entrenamiento, en cada mirada que se cruzaba entre las taquillas. El pabellón entero parecía contener el aliento.

Aimar sentía los nervios en la punta de los dedos. Un cosquilleo constante en el estómago no lo dejaba dormir, por más cansado que llegara a la cama. Cada mañana, al despertar en el apartamento de Filadelfia que aún le resultaba ajeno, notaba el pulso acelerado y las manos temblorosas mientras preparaba el café. Es normal, se repetía. Pero el miedo a fallar en el debut, a no merecer la confianza que habían depositado en él desde Europa, lo carcomía por dentro.

En el vestuario, la competencia se traducía en silencios incómodos y en bromas forzadas que tapaban la frustración. Los novatos como Aimar y Tyler ganaban terreno sin remedio, un relevo natural que los veteranos sentían como una amenaza directa. Eran más atléticos, más frescos, con la mecánica de tiro pulida en academias europeas y en institutos donde el baloncesto era casi una religión.

—Estos chavales vienen a quitarnos el pan —masculló DeShawn una tarde, el base curtido, después de que Aimar le robara un balón con un cambio de mano rapidísimo.

Big Ray, el pívot veterano, observaba desde el banco con cara de filósofo y ojos preocupados. Sabía que su papel de mentor podía convertirse en el de suplente permanente, y que no había mucho que él pudiera hacer para frenarlo.

—Me tiemblan las piernas solo de pensar en los minutos de verdad —confesaba Tyler, el alero novato, tras un entrenamiento—. Pero los veteranos están un paso por detrás. Lo noto en cada jugada.

Aimar sentía culpa mezclada con euforia. Brillaba ocupando espacios, en los tiros de media distancia, en las defensas versátiles. Pero cada acierto suyo era un minuto menos para alguien que llevaba años subiendo y bajando de categoría, peleando por un sitio.

Los entrenadores apretaban hasta el agotamiento. —¡Más rápido en transición! —gritaba el técnico principal, la voz ronca de tanto instruir—. ¡Cierra el rebote, Ray, no dejes huecos! Sesiones eternas de pick-and-roll, de tiros libres bajo presión fingida, de ajustes contra zonas. Demasiados detalles para tan poco tiempo.

Aimar sudaba a chorros. El body de cuerpo entero que llevaba bajo la equipación oficial le rozaba la piel como un recordatorio de quién era. El cansancio de una pretemporada larguísima empezaba a pesarle como plomo en las piernas.

—Esto es lo peor que viene ahora —comentó DeShawn en el vestuario, secándose el sudor—. Viajes largos en autobús o en avión, dormir en camas de hotel que no son la tuya, comer a horas raras. La pretemporada fue dura, pero la temporada regular te rompe si no estás preparado.

Aimar asentía en silencio, con las emociones revueltas: orgullo por estar ahí, miedo a lo desconocido, nostalgia del ritmo más humano del baloncesto europeo. Y en el fondo, una determinación de hierro. Sobreviviré. Brillaré.

***

El vestuario era un microcosmos de tensiones, alianzas y secretos. El sudor se mezclaba con el olor a linimento y a desodorante, y el eco lejano de los balones botando en la cancha recordaba el porqué de todo. Las taquillas metálicas formaban pasillos estrechos, con bancos de madera gastados por años de uso.

Para Aimar, aquel lugar se había convertido en un segundo hogar forzado. Allí, su peto marrón claro —ya un símbolo conocido entre los compañeros— despertaba curiosidad, respeto y, a veces, preguntas incómodas. La semana previa al debut lo había intensificado todo: los nervios a flor de piel, las rivalidades latentes, el cansancio que hacía cada conversación más cruda y más real.

Una tarde, tras un ejercicio extenuante de defensa, Aimar se dejó caer frente a su taquilla con el cuerpo empapado bajo el body que usaba como capa base. Hank, el encargado del material —un hombre de mediana edad, bigote gris y gesto de eficiencia eterna—, se acercó repartiendo toallas limpias. Llevaba días observando aquella prenda inusual, y por fin decidió preguntar.

—Oye, Aimar, ¿qué pasa con ese body que llevas siempre debajo? —dijo, tendiéndole una toalla—. Parece cómodo, pero con la equipación encima te asarás de calor. Los demás usan compresión en las piernas o en el torso, no todo junto.

Aimar sintió un leve rubor subiéndole por las mejillas, pero respondió con honestidad. El body no era solo ropa: era su talismán, un recordatorio de libertad que había aprendido en su pueblo, con Eneko y Mikel.

—La verdad, Hank, preferiría entrenar solo con el body. Me siento más libre, más yo mismo —confesó, mirando un segundo al suelo antes de levantar la vista—. Pero como hay que ponerse la equipación oficial, no me queda otra que llevar las dos cosas, aunque pase más calor. Me da seguridad. Es como mi armadura. Me hace estar más concentrado en la cancha.

Hank entornó los ojos con comprensión y le palmeó el hombro.

—Entendido, chaval. Mientras no rompas ninguna regla y te haga mejor, adelante. Solo hidrátate más. No queremos desmayos en el debut.

Aimar sonrió, con el alivio desbordándole el pecho. Una pequeña victoria en un mundo lleno de presiones.

Otro día, en una pausa después de un partidillo intenso, Big Ray se sentó a su lado con la toalla al cuello. El pívot tenía el cuerpo enorme marcado por cicatrices de viejas lesiones y una barba canosa que le daba aire de sabio de la cancha. Había sido un apoyo silencioso para Aimar desde el principio, pero esa vez su pregunta fue más personal.

—He visto que siempre llevas petos, hasta fuera de aquí. ¿Hay una historia detrás? —preguntó, la voz grave y pausada, como si supiera que tocaba un tema sensible—. A mí esa prenda me recuerda a los granjeros pobres de mi tierra, en Alabama. Gente dura. Allí se le tenía manía por lo que representaba: pobreza, trabajo sucio. Pero en ti se ve distinto. Fresco.

Aimar notó un nudo en la garganta. El peto era su esencia, su libertad personal y también la otra, la que no nombraba en voz alta; pero en aquel vestuario lleno de prejuicios latentes eligió las palabras con cuidado.

—Es mi talismán, Ray. En mi pueblo empezó como un desafío, una manera de provocar a alguien que terminó siendo muy especial para mí. Con el tiempo se convirtió en mi forma de ser yo mismo, libre. Además me recuerda a quienes me enseñaron. El body me da confianza dentro de la cancha, y los petos, fuera de ella. Sé que para algunos es raro, pero es parte de mí.

Big Ray lo miró hondo y asintió despacio, la mano en su hombro con una calidez casi paternal.

—Te entiendo, chaval. En mi época vestíamos lo que nos daban, sin pensar en libertades. Pero tú lo llevas bien. Se ve natural. Sigue así, libre para vestir y vivir como quieras. Esta liga es dura, pero ser auténtico te hace invencible. Y si alguien te juzga, ignóralo. Yo siempre voy a estar de tu lado.

Aimar contuvo las lágrimas, con la gratitud desbordándole por dentro. Un aliado inesperado en un mundo de pura competencia.

Con el paso de los días, el resto del equipo dejó de verlo como una amenaza y empezó a tratarlo como un buen compañero. Sus pases precisos y sus defensas los hacían mejores a todos. —Aimar me obliga a moverme más rápido —admitía DeShawn tras un partidillo—. Su tiro me fuerza a cerrar mejor —decía otro. La tensión inicial se disolvía en risas y en alianzas forjadas a base de sudor.

Pero no todos lo llevaban igual. Tyler, el otro rookie, se hundía bajo la presión. Los errores se le acumulaban en los ejercicios, agachaba la cabeza en el vestuario y las dudas lo consumían. No soy lo bastante bueno, parecía repetirse a sí mismo.

***

Una tarde, Aimar se quedó más tiempo en la cancha haciendo tiros voluntarios después de la sesión obligatoria. Cuando por fin entró a las duchas para refrescarse, las daba por vacías. Pero el vapor llenaba el espacio, espeso y caliente, y al fondo había alguien.

Era Tyler. No lo había oído llegar. Estaba apoyado contra la pared de azulejos, los ojos cerrados, la respiración entrecortada, la mano moviéndose frenética sobre su miembro erecto. El agua le caía por la espalda tensa y arqueada, y el cuerpo entero le brillaba de sudor y de vapor. Se masturbaba con una urgencia casi desesperada, los dientes apretados, ajeno a todo lo que no fuera su propia descarga.

Aimar se quedó clavado en el sitio. Debería irme, pensó. Pero no se movió. El vapor, el sonido de la respiración agitada, la imagen del otro entregado por completo a sí mismo… algo lo retuvo más tiempo del que debía. Tragó saliva sin apartar los ojos.

Tyler terminó contra las baldosas blancas con un gruñido ahogado, el cuerpo sacudido por el espasmo. Pero no había alivio en su cara, ninguna señal de verdadera satisfacción. Cuando abrió los ojos y encontró a Aimar mirándolo, la vergüenza lo invadió de golpe: la cara roja, el cuerpo encogido, cubriéndose por instinto a pesar de los meses que llevaban compartiendo vestuario.

—Joder… perdón, Aimar… no sabía que… —balbuceó.

Aimar se apiadó del chico. Sabía que Tyler no tenía el ancla que él sí tenía: Eneko y Mikel durante tanto tiempo, y ahora Liam, que en las noches de insomnio le espantaba los miedos con solo estar cerca, en la misma cama. Se acercó tranquilo, sin rastro de juicio en la voz.

—Tranquilo, Tyler. Todos necesitamos alguna forma de soltar la presión. Yo… muchas veces necesito a alguien cerca para poder dormir, sobre todo cuando me siento acorralado. Pero hacerlo así, de esa manera tan rabiosa, no creo que te haga bien. Te va a quemar la cabeza y el cuerpo.

A Tyler se le asomaron las lágrimas.

—Es la única forma que encontré de calmar la ansiedad. La presión me está matando.

Aimar no traicionó su intimidad —sabía bien los problemas que le traería que alguien descubriera lo cerca que estaba de quienes le importaban—, pero lo guió con cuidado.

—Prueba a respirar hondo, a visualizar que sale bien, como dice la psicóloga. El ejercicio extra, la música, hablar con alguien. Hay que encontrar ese algo. Tienes que canalizar la ansiedad en algo que te fortalezca, no que te desgaste. Si quieres, te ayudo a buscarlo.

Tyler asintió, con el alivio asomándole entre las lágrimas.

—Gracias, Aimar. Eres… un buen tío. El mejor compañero que podría tener.

Desde aquella tarde, Aimar lo fue guiando con discreción hacia caminos más sanos. Y mientras volvían juntos al vestuario, entre el vapor que empezaba a disiparse, entendió algo que ni los entrenadores enseñaban: que el líder no se forja en el gran partido, sino en las pequeñas batallas que nadie ve.

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Comentarios (4)

LectorMorbo

tremendo relato!!! de esos que no podes dejar de leer hasta el final

Curioso_Sur

y despues que paso entre los dos?? dejaste todo en suspenso jeje, necesito la continuacion

MauroBaires

muy bien narrado, se siente la tension desde el primer parrafo. los vestuarios siempre esconden cosas interesantes jaja

ValdiviaR89

excelente!!

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