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Relatos Ardientes

Encontré los calzoncillos marcados de mi primo

Me llamo Marcos, tengo veinticinco años, soy moreno, delgado y de ojos verdes. Estoy terminando un posgrado que se me está atragantando más de lo que esperaba, y vivo en una ciudad universitaria compartiendo piso para poder pagar el alquiler. El piso tiene tres habitaciones. Hasta ese curso había vivido con dos chicas que ya habían acabado la carrera, así que andaba buscando gente nueva con quien repartir los gastos.

La solución llegó sola. Mi tía me llamó para contarme que su hijo empezaba la universidad en mi misma ciudad, y que a ver si yo sabía de algún sitio donde pudiera quedarse él y un amigo que iba a estudiar lo mismo. Le dije que justo tenía dos cuartos libres. Un sábado vinieron los dos chicos con sus madres a ver el piso y a repartirse las habitaciones. A mi tía le pareció perfecto que yo estuviera, porque así, según ella, podría controlar a su hijo para que estudiara y se portara bien. Eso era lo que esperaba. No quiero adelantar acontecimientos, pero en lo de estudiar, al menos, no se equivocó.

Os presento a mi primo. Se llama Dani, es un poco más alto que yo, bastante delgado y muy blanco de piel, con un pelo castaño claro que en verano se le pone casi rubio. Su amigo, Hugo, es también de piel clara, de complexión más fuerte, algo trabajada, y con el pelo oscuro. Los dos tenían justo la edad de empezar la carrera.

Al principio me daba algo de reparo dejar de vivir con chicas. Los tíos tenemos fama de cerdos para la limpieza y, por desgracia, suele ser verdad. Pero vivir con alguien de la familia tenía su lado bueno, así que pensé que no podía salir tan mal. Lo otro que me rondaba la cabeza era la posibilidad de que Dani descubriera que soy gay. En la familia no lo sabe casi nadie. No es que lo esconda, pero no tengo ningún gesto ni ninguna pinta que lo delate, así que la gente da por hecho que soy hetero y yo no me molesto en corregir.

Se instalaron en septiembre y convivimos sin el menor problema durante varios meses. Si hubo algún conflicto, fue conmigo mismo: cada vez estaba más cachondo de pasar el día entero rodeado de dos chavales de dieciocho años que estaban para comérselos. Dani siempre fue mono, pero desde que entró en la universidad, contagiado por su amigo y por la moda de ahora, empezó a ir al gimnasio. En cuestión de meses se le marcaron los brazos y la espalda, y la confianza entre nosotros fue creciendo hasta el punto de andar por casa medio desnudos sin pensarlo.

Aprendí su rutina sin querer. Sabía a qué hora se levantaba, sabía que dejaba la puerta del baño entreabierta cuando se duchaba, sabía que los domingos se quedaba en calzoncillos hasta media tarde repasando apuntes en el sofá. Yo me sentaba en el otro extremo con el portátil y fingía corregir trabajos, pero cada vez que él cambiaba de postura y la tela se le tensaba entre las piernas, dejándome adivinar la forma de la polla dormida contra el muslo, perdía el hilo de lo que estuviera leyendo. Se me marcaba el bulto en el chándal y tenía que colocarme el portátil encima para disimularlo, apretar los dientes y obligarme a mirar la pantalla, repitiéndome que era mi primo, que aquello no podía ni pensarlo.

Lo curioso es que cuanto más me repetía que estaba prohibido, más vueltas le daba. Por las noches, en mi cuarto, me costaba dormirme. Oía a través de la pared cómo se movía en su cama, el crujido del somier, y mi cabeza se inventaba lo que estaría haciendo al otro lado. Algunas noches oía un ritmo distinto, un frotar constante contra el colchón, una respiración corta que se aceleraba y terminaba en un suspiro apagado, y sabía perfectamente que se estaba haciendo una paja a dos metros de mi cabeza, separados solo por un tabique. Entonces me metía la mano por debajo del pantalón del pijama, me agarraba la polla ya empalmada y me la pelaba en silencio al mismo ritmo que le calculaba a él, mordiéndome el labio para no hacer ruido, imaginándome su polla en su mano, la mía en la suya, los dos corriéndonos a la vez. Terminaba con la corrida caliente en la tripa y una vergüenza brutal al día siguiente cuando lo veía desayunar tan tranquilo, sin sospechar nada.

El peor momento del día era por las mañanas. Uno de los dos salía de su cuarto en calzoncillos para meterse en el baño, todavía medio dormido, y se le notaba el bulto de la erección matinal marcándose en la tela, la punta de la polla dibujada contra el algodón, incluso alguna vez un cerco húmedo pequeño donde había goteado algo mientras dormía. Yo desayunaba en la cocina fingiendo mirar el móvil, y los ojos se me iban solos a la entrepierna, a los huevos que se le adivinaban colgando, al culo respingón que se le marcaba cuando pasaba de espaldas hacia el baño. Me moría de vergüenza, rezando para que medio adormilados no se dieran cuenta de hacia dónde miraba, y con la polla latiéndome debajo de la mesa.

—¿Hoy también madrugas para currar? —me preguntaba Dani, rascándose la tripa justo por encima de la goma del calzoncillo, haciéndola bajar un dedo y enseñándome el arranque del vello.

—Sí, turno de mañana —respondía yo, sin levantar la vista del café.

No podía levantar la vista. Si lo hacía, se me iba a notar todo.

Supongo que por eso terminé haciendo lo que hice durante las vacaciones de Navidad. Yo me quedaba en el piso casi todas las fiestas, porque además del posgrado tengo un trabajo de media jornada que me ayuda a pagarme los estudios, y solo vuelvo a casa de mis padres en las fechas señaladas. En cambio, mis dos compañeros, en cuanto acabaron las clases, hicieron la maleta y se largaron, dejándome solo en el piso vacío.

***

Esa soledad, sumada a la calentura que había ido acumulando durante meses, me llevó una tarde a hacer algo que nunca me habría atrevido a hacer con ellos en casa. Terminé el turno, llegué al piso, y el silencio se me hizo raro. Me serví una cerveza, encendí la tele, y al rato me descubrí mirando la puerta cerrada de la habitación de Dani.

Ni yo mismo sabía qué buscaba. Empujé la puerta y entré. Su cuarto era el típico de cualquier chaval de su edad: la cama deshecha, unas zapatillas tiradas en una esquina, la ropa repartida entre la silla y el borde del colchón. Lo primero que me golpeó fue su olor. Ese aroma suyo, mezcla de desodorante barato y de algo más animal, hizo que la polla empezara a empalmárseme dentro del pantalón, hinchándose contra la tela hasta que tuve que meterme la mano y colocármela hacia arriba para que no me molestara.

Me sentía un poco ridículo, un poco sucio, pero no podía parar. Rebusqué entre su ropa sin saber muy bien para qué. Cogí una sudadera que había dejado sobre la silla y la olí, hundiendo la cara en el cuello, donde el olor del sudor de Dani estaba concentrado. Me acerqué a la cama por si había dejado el pijama, pero no había suerte. Me tumbé un momento boca abajo sobre las sábanas revueltas, apreté la polla contra el colchón donde él había dormido, y me froté despacio contra la tela, con la nariz metida en la almohada, tragándome su olor a pelo, a sudor, a saliva seca. Y al final abrí el armario. Entre la ropa colgada y los montones doblados de cualquier manera, encontré una bolsa de tela donde guardaba la ropa sucia antes de meterla en la lavadora.

Como iba a estar fuera un par de semanas, lo lógico era que estuviera vacía. Pero la abrí igual. Dentro había una muda de la última vez que durmió allí: un par de calcetines y unos calzoncillos negros. En cuanto metí la cabeza me llegó un olor mucho más intenso, más a macho, más a polla y a huevos sudados de todo un día. Aparté los calcetines sin pensarlo y me quedé con el calzoncillo. Le di la vuelta para dejar el interior a la vista y ahí estaba: un par de manchas blanquecinas, resecas, la señal inequívoca de que aquella prenda había recogido una descarga. La bolsita que le sujetaba los huevos tenía el tejido más amarillento por el sudor, y en la parte de atrás, justo donde le quedaba pegado al agujero del culo, había una raya oscura, un cerco fino que me disparó el pulso.

Me los acerqué a la nariz despacio, casi con miedo. Reconocí el olor de mi primo al instante: algo de sudor, un punto ácido, y por debajo el dulzor inconfundible del semen seco. No era mucho. Seguramente se había hecho una paja antes de acostarse y se había vuelto a poner el calzoncillo, dejando esa marca que ahora me tenía con el corazón a mil. Le di la vuelta y respiré por la parte de atrás. El olor cambió. Ahí era más íntimo, más sucio, un rastro tibio de culo de tío joven que me hizo cerrar los ojos y apretar los muslos, con la polla ya completamente dura y goteando pringue dentro del pantalón.

Esto está mal. Esto está muy mal.

El pensamiento me cruzó la cabeza y no hizo más que ponerme aún más cachondo.

***

Me llevé el calzoncillo marcado a mi habitación, sabiendo que no me molestaría nadie. Cerré la puerta por costumbre, aunque no había nadie en todo el piso. Me quité la camiseta por la cabeza, me bajé el pantalón y los calzoncillos de un tirón hasta los tobillos, y me senté desnudo en el borde de la cama. La polla me saltó hacia arriba, dura como una piedra, con la punta enrojecida y un hilo espeso de pre-semen colgándome desde el glande. La tenía tan tiesa que casi me dolía, y estaba sudando un poco, más por los nervios que por otra cosa. Tener en la mano algo tan íntimo de Dani, una prenda que había estado pegada a su polla, a sus huevos y al agujero de su culo, me ponía de una manera que no sabía explicar.

Me metí primero la prenda entera en la boca, chupando la tela por la parte de las manchas, notando en la lengua un rastro salado y dulzón a la vez, imaginándome que estaba lamiendo directamente la punta de la polla de mi primo el día que se corrió ahí dentro. Se me escapó un gemido bajo, para nadie. Después me froté la punta con la tela, despacio, justo por la zona de las manchas, dando pequeñas vueltas alrededor del glande con el algodón raspando el frenillo. La aspereza del semen reseco contra la piel sensible me arrancó un escalofrío que me subió por la espalda hasta la nuca. Cerré los ojos y me lo imaginé. Imaginé su polla, que nunca había llegado a ver del todo, solo intuida bajo la tela del calzoncillo en aquellas mañanas. Me la imaginé blanca como el resto de su piel, un poco curvada hacia arriba, con la cabeza gorda y colorada, los huevos grandes y lisos colgándole debajo. Imaginé cómo sería sentirla en la mano, cerrar los dedos alrededor de ella y notar el peso; cómo sería metérmela en la boca, dejarla apoyada en la lengua, chuparle la punta despacio hasta que empezara a soltar; cómo sería abrirme de piernas para él y sentirla abrirse paso dentro de mí, empujando en mi culo hasta el fondo.

Me pelaba la polla despacio al principio, alargándolo, con el calzoncillo apretado contra la nariz para no perder ni un resto de su olor. Cada dos o tres pasadas paraba, apretaba la base para no correrme antes de tiempo y volvía a empezar. Me lamí los dedos, me los llevé atrás y empecé a rozarme el agujero del culo con la yema, apretando de vez en cuando, imaginándome que era el dedo de Dani el que se me metía. El agujero se me abría solo, tragándose el dedo hasta el nudillo, y por delante la polla se me sacudía sola cada vez que empujaba dentro. Cambié de mano para poder pajearme con más fuerza. Me escupí en la palma, me la rodeé bien y empecé a bombeármela de arriba abajo, apretando fuerte el glande al llegar a la punta, mientras el otro dedo seguía metido en el culo, tocándome ese puntito por dentro que me hacía ver luces.

Después fui acelerando. La cama crujía un poco y yo respiraba cada vez más hondo, atrapado entre la culpa y unas ganas que no había sentido nunca con tanta fuerza. Me pasé el calzoncillo a la boca, me lo metí entre los dientes por la parte más marcada, chupándolo como un pañuelo mojado. Pensaba en Dani saliendo del baño con el bulto marcado, en su espalda nueva del gimnasio, en su culo respingón bajando por el pasillo, en su olor llenándome la cabeza. Me imaginé que abría la puerta en ese momento, que me pillaba desnudo en la cama con su calzoncillo sucio metido en la boca y dos dedos en el culo, y que en vez de largarse se me acercaba, se bajaba el pantalón, me sacaba la tela de la boca y me la cambiaba por su polla dura.

—Dani, joder, Dani —susurré con la voz rota, sin ser capaz de aguantarme más.

Llegué con una intensidad que me dejó temblando. Los muslos se me contrajeron, se me cerró el culo alrededor de mis dedos apretándolos con fuerza, y solté cuatro o cinco chorros calientes que me cayeron encima. El primero me llegó hasta el cuello, otro me pintó el pecho, y los últimos me quedaron colgando del puño y resbalándome por los huevos, mientras seguía aspirando el aroma de aquel calzoncillo marcado por mi primo. La polla me siguió palpitando un buen rato después, escupiendo hilos finos que se mezclaban con el semen ya derramado sobre mi tripa. Me quedé así, tumbado, empapado, con la respiración entrecortada y la prenda todavía en la mano, notando cómo la culpa volvía despacio ahora que el calentón se iba apagando. Cogí el calzoncillo de Dani y me limpié con él, restregándome la corrida por la barriga y la polla ablandada, mezclando mi semen fresco con las manchas viejas suyas, como si fuera una manera de tocarnos.

No fue ni la primera ni la última vez que lo hice esas vacaciones. Volví a su cuarto más de una tarde, y un par de veces llegué a ponerme yo mismo aquellos calzoncillos. Me los subí despacio, notando la tela usada cerrándose alrededor de mi polla ya empalmada y de mis huevos, sintiendo contra la piel el mismo algodón que había abrazado la polla de mi primo, y luego me tumbaba boca abajo en su cama a frotarme contra el colchón hasta correrme dentro de la tela, dejando yo también mi marca. Una noche llegué a meterme en la boca uno de sus calcetines mientras me pajeaba, mordiéndolo para no gritar, y otra tarde me metí dos dedos en el culo con saliva y me imaginé que era él quien me abría por primera vez, jurándome en voz baja que un día se lo iba a proponer de verdad.

No sé si Dani llegó a fijarse en algo cuando volvió de las fiestas. Lo único que sé es que, cuando deshizo la maleta y devolvió aquel calzoncillo a la bolsa de la ropa sucia, había más marcas de las que él había dejado al irse. Y que cada mañana, cuando volvió a salir del baño en calzoncillos y a rascarse la tripa medio dormido, con la polla otra vez marcándose bajo la tela, yo seguía bajando la vista al café, sabiendo algo que él no sabía, y con el sabor de su corrida seca todavía en algún rincón de la memoria de mi lengua.

Continuará…

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Comentarios(8)

NicoBSAS

buenisimo!! me quede con ganas de saber como termino todo

SergioCba87

muy buen relato, se siente real sin ser forzado. espero que haya segunda parte!!

Facu_lector

jaja esa tensión navideña me mató, muy bien logrado

MaxiPlatense

Hacia tiempo que no leia algo que me enganchara tanto desde el primer parrafo. El excerpt ya me vendio, pero el relato supero las expectativas. Muy buen trabajo.

TiagoRdP

sigue así!! queremos mas historias así de intensas

GabrielCDMX

me recordo cosas de cuando era mas chico y no entendia bien lo que sentia. este tipo de relatos te hacen pensar, no solo excitar

LectorSilencioso

Por favor que haya continuacion... quede justo en el momento mas interesante y se me hizo cortisimo

NocheDeLectura

La tension que se construye poco a poco es increible. de esas historias que no podes parar de leer hasta el final.

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