Hugo me vistió de femboy en nuestro último día
La luz de la mañana entraba filtrada por las persianas a medio bajar y caía sobre las sábanas revueltas del hostal. Era nuestro último día en la ciudad. Al día siguiente cogíamos el vuelo de vuelta a casa, y los dos lo sabíamos, aunque ninguno había querido decirlo en voz alta todavía.
Hugo seguía dormido a mi lado, con un brazo cruzado sobre mi cintura y la respiración lenta contra mi nuca. Me quedé un rato quieto, mirando cómo el sol le dibujaba la línea de la mandíbula. No quiero que esto se acabe. Era una semana entera robada a nuestras familias, que andaban más pendientes de las compras de última hora que de dónde estábamos sus hijos.
Cuando por fin abrió los ojos, sonrió con esa pereza suya de recién despierto.
—Tengo planes para hoy —murmuró con la voz ronca—. Cosas que solo podemos hacer aquí.
—¿Qué clase de cosas? —pregunté, girándome para quedar frente a él.
—Sorpresa. Vístete.
***
Salimos a la calle con el frío seco del otoño mordiéndonos las orejas. Hugo había sacado de internet una lista de sitios, y nos desviamos un par de manzanas hasta una avenida con escaparates que en casa habrían sido impensables. La primera parada fue un local pequeño de tatuajes y piercings, con las paredes cubiertas de láminas y un olor a tinta y desinfectante.
—Siempre quise uno en la lengua —dijo Hugo, frotándose las manos—. En España no me lo hacen con la edad que tengo. Aquí sí.
Lo vi tumbarse en la camilla, abrir la boca y aguantar sin pestañear. Cuando se incorporó con la pequeña bola de acero brillándole entre los dientes, me miró con una ceja levantada, retándome. No me lo pensé dos veces. La anestesia me dejó la lengua dormida y torpe, y salimos los dos riéndonos de cómo hablábamos, conscientes del castigo que nos iba a caer al volver.
—Esto no es nada —dijo arrastrando las palabras, todavía emocionado—. Lo bueno viene ahora. El próximo sitio te va a encantar.
—¿Más que un piercing ilegal?
—Mucho más. Lo vas a flipar.
***
En la esquina me pidió que cerrara los ojos. Lo hice, dejándome guiar a ciegas por la acera, su mano firme en mi hombro orientándome. Sentía la gente pasar, los retazos de conversaciones en un idioma que no era el mío, el rumor del tráfico. Me colocó frente a algo y se quedó un segundo en silencio.
—Ya puedes abrirlos.
En el escaparate, sobre dos maniquíes de cuerpos jóvenes, había conjuntos que no se parecían a nada que hubiera visto en una tienda. Faldas cortas, medias largas, prendas de colores vivos inspiradas en personajes de manga, todo pensado para un cuerpo como el mío. Femenino y a la vez no. Me quedé sin aire.
Tardé en reaccionar. Y cuando lo hice, me lancé sobre Hugo y le comí la boca sin importarme las miradas indiscretas, descubriendo la sensación nueva y extraña de los dos piercings chocando entre nuestras lenguas.
—¿Cómo sabías…? —empecé, pero no terminé la frase.
—Porque te conozco —dijo simplemente.
***
Dentro no sabía por dónde empezar. Recorría los pasillos a paso ligero, tocándolo todo, mareado de tantas prendas: braguitas con un corte pensado para disimular, conjuntos en tonos vibrantes con motivos de animales y personajes. Hugo, más tranquilo, me dejó deambular un rato y luego me llevó del codo hasta la sección del fondo, donde los juguetes se mezclaban con arneses y correas.
Cogí un plug con una cola de zorro y lo levanté para enseñárselo.
—Si esto pasa el control del aeropuerto, te juro que me lo pongo en el baño antes de embarcar.
Hugo soltó una carcajada.
—Por verte ponértelo soy capaz de jugármela. Pero como me lo hagan sacar de la maleta en el control, no sé qué cara va a poner mi madre.
Volvimos a la zona de los conjuntos. Él fue directo a uno: un modelo de conejito en un rosa exacto al de mi pelo. Lo descolgó y me lo puso delante.
—Este. Pruébatelo.
Me ruboricé tanto que no era capaz de moverme del sitio. Tuvo que empujarme él al probador, correr la cortina y empezar a desvestirme con una delicadeza que me desarmó, como si me fuera a romper. Cuando estuve completamente desnudo, me besó. Un beso suave, sin prisa, que decía «confía en mí» mejor que cualquier palabra.
La primera prenda fue un tanga rosa, apenas tela. Yo estaba demasiado sobrepasado por lo que sentía como para empalmarme, y Hugo me colocó con cuidado, acomodándolo todo hacia atrás para que el bulto quedara prácticamente oculto. Me hizo sentar en el taburete y, despacio, fue subiéndome unas medias largas del mismo color hasta media altura del muslo, rematadas arriba con tres rayas blancas. De pie otra vez, me ayudó a entrar en una falda corta de vuelo, rosa con ribete blanco, justo hasta donde empezaban las medias.
No podía dejar de mirarme en el espejo mientras él me vestía, absorto en una imagen que había deseado durante años sin animarme nunca a buscarla. Un jersey fino de lana blanca cerró el conjunto. Y como remate, una diadema con dos orejas de conejo que él mismo me ajustó sobre el pelo.
Hugo dio un paso atrás y me miró en el reflejo con una sonrisa que no le cabía en la cara. Yo me había encogido, con los brazos recogidos sobre el pecho, sobrepasado por la emoción.
—Es el mejor regalo que me han hecho en la vida —susurré, y noté que se me empañaban los ojos.
—Eres lo más bonito que he visto en la mía —respondió, y supe que lo decía en serio.
***
Esta vez no hubo sexo en el probador. El momento era demasiado perfecto para mancharlo con prisas. Solo besos lentos, caricias rozando cada centímetro de piel descubierta, el deseo absurdo de que el reloj se parara para quedarnos ahí dentro el resto del día.
Sin pensarlo, hice una foto y la mandé al grupo que teníamos con Bruno y Dani. Bruno juega al baloncesto en una liga de fuera y vive con Dani, que dibuja, y los dos se habían convertido para nosotros en una especie de hermanos mayores, los que ya habían recorrido el camino que nosotros estábamos empezando.
Las respuestas llegaron casi al instante. «Estás increíble», escribió Bruno. «Quiero dibujarte para uno de mis personajes», pidió Dani, y a mí se me escapó la risa dentro del probador.
—No quiero quitarme esta ropa —le dije a Hugo al oído.
—Pues no te la quites. Pagamos el conjunto y te lo llevas puesto.
—Estás loco. Si aparezco así delante de mi madre le da algo. Bastante voy a tener que aguantar ya con lo del piercing.
—Pero lo compramos igual —dijo—. Es mi regalo de despedida.
—¿Y yo qué te regalo a ti? —pregunté, poniéndome mimoso.
—Creo que ya sé lo que quiero —contestó con una sonrisa torcida que no necesitaba traducción.
***
Volvimos al hostal con la bolsa de la tienda y el conjunto guardado, aunque me lo puse otra vez en cuanto cerramos la puerta de la habitación. Hugo se sentó en el borde de la cama y me miró cruzar el cuarto con la falda meciéndose, las medias tirantes sobre los muslos, y en sus ojos había algo que me hizo temblar antes de que me tocara.
Me llamó con un gesto y me senté a horcajadas sobre él. Nos besamos largo, con los piercings chocando, sus manos subiendo por debajo del jersey hasta encontrar mi pecho. Me tumbó despacio, me apartó el tanga sin quitármelo del todo, y preparó mi entrada con paciencia, los dedos resbaladizos abriéndome poco a poco mientras me hablaba bajito al oído.
—Mírate —murmuró—. Llevo todo el día queriendo hacer esto.
Cuando por fin entró, lo hizo despacio, conteniéndose, atento a cada gesto de mi cara. Me arqueé contra él, agarrándome a sus hombros, la falda subida hasta la cintura y las medias rozándole los costados con cada embestida. No fue salvaje. Fue lento, profundo, cargado de algo que se parecía demasiado a la despedida. Me empujaba hasta el fondo y se quedaba ahí un segundo, sintiéndome, antes de volver a empezar.
—Te quiero —jadeé, y no era una frase de las que se dicen en la cama. Era de verdad.
—Y yo a ti —respondió, acelerando solo un poco, su mano cerrándose entre mis piernas al mismo ritmo.
Acabamos casi a la vez, él vaciándose dentro con un gemido ahogado contra mi cuello, yo derramándome sobre el jersey blanco que ya nunca volvería a estar limpio del todo. Nos quedamos pegados, sudados y temblorosos, sin separarnos, alargando el último latido todo lo posible.
***
Después nos quedamos abrazados en la cama deshecha, yo acurrucado contra su pecho, él dibujándome círculos en la espalda con la punta de los dedos. Por la ventana se veía el cielo empezando a teñirse de naranja sobre los tejados de una ciudad que ya no volveríamos a pisar juntos en mucho tiempo.
—Mañana a estas horas estaremos en el avión —dije.
—Lo sé. Pero esto nos lo llevamos puesto. —Me apretó un poco más fuerte—. Literalmente, en tu caso.
Me reí contra su piel. Pensé en el conjunto doblado en la maleta, en el piercing que todavía me dolía un poco, en las fotos que guardaríamos sin enseñar a nadie. Pensé en que volveríamos a nuestras vidas de siempre, a las familias y a los castigos, pero que algo había cambiado para no volver atrás. Yo había visto en el espejo a la persona que era cuando nadie me obligaba a fingir, y había sido Hugo quien me la enseñó.
—Oye —dije al cabo de un rato—. Lo del plug del aeropuerto iba en serio.
Hugo se echó a reír tan fuerte que la cama tembló, y me besó la frente con los labios todavía curvados.
—Ya veremos cómo pones tú esa cara en el control —dijo.
Y nos quedamos así, enredados, mientras la luz se apagaba despacio sobre nuestro último día.