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Relatos Ardientes

La segunda vez que me entregué a otro hombre

Era cerca de la medianoche y Rosario seguía despierta del otro lado de la ventana. Desde el cuarto piso del departamento llegaba el rumor constante de los autos cruzando la avenida, un sonido lejano que se mezclaba con nuestra respiración. Adentro, en cambio, todo era quietud. Nuestros cuerpos descansaban después de la primera entrega, y mi mente flotaba en esa frontera difusa entre el sueño y la vigilia, agotada por el desgaste físico y emocional de aquella primera vez.

Habíamos dejado la luz del pasillo encendida, una franja amarilla que se colaba bajo la puerta y dibujaba apenas el contorno de los muebles. La cama olía a nosotros, a sudor y a algo nuevo que no sabría nombrar. Bruno dormía a mi lado, boca abajo, con un brazo cruzado sobre mi pecho como si tuviera miedo de que yo me fuera mientras él no miraba.

Todo indicaba que esa felicidad recién descubierta no se rompería esa noche. Y en el fondo sabía que no se rompería nunca. Nuestras almas parecían haberse acoplado a nuestros cuerpos de una forma que ninguno de los dos había previsto. Desnudos, abrazados, todavía con los rastros secos del primer encuentro sobre la piel, dormíamos a medias, sin soltarnos del todo.

No sé cuánto tiempo pasó. Lo que me devolvió al mundo no fue un ruido ni una luz, sino una caricia. Entre la niebla del sueño y la inconsciencia empecé a sentir sus manos. Bruno recorría mi pecho con las yemas de los dedos, despacio, trazando círculos alrededor de mis pezones, bajando por el centro de mi abdomen hasta detenerse justo antes de llegar más abajo.

Abrí los ojos apenas. La habitación seguía a oscuras y él era una silueta moviéndose sobre las sábanas. Sentí cómo su boca seguía el camino que habían abierto sus dedos: un beso en el hombro, otro en el cuello, una mordida suave en la clavícula que me arrancó un escalofrío.

Pensé que estaba soñando.

No estaba soñando. Cuando su boca bajó del todo y se adueñó de mí, un calor intenso me recorrió la espalda. Me chupaba sin prisa, saboreando incluso los restos del encuentro anterior, como si quisiera reconocer cada parte de mí con la lengua antes de que volviéramos a empezar.

—Bruno… —murmuré con la voz quebrada por el sueño y el placer—. Amor…

Él levantó la vista hacia mí, me soltó un instante de su boca y habló en voz baja, casi un susurro contra mi piel.

—Dejame amarte —dijo—. Dejá que sienta tu sabor. Después quiero ser tuyo otra vez, antes de que amanezca.

No supe qué contestar. No hacía falta. Le acaricié la cabeza y dejé que continuara, que me limpiara, que me besara con esa devoción que todavía me costaba creer dirigida hacia mí. Bajó hasta mis testículos y los recorrió con los labios, despacio, mientras una mano subía por la cara interna de mi muslo.

Apenas unas horas antes yo ni siquiera me habría imaginado en esa cama. Nos habíamos conocido por casualidad, charlando durante semanas sin atrevernos a decir lo que los dos sabíamos. Esa noche, después de demasiadas vueltas y demasiado silencio, había bastado una mirada sostenida un segundo de más para que todo se desbordara. Y ahora estaba ahí, dejándome querer por otro hombre como nunca antes me había dejado querer por nadie.

El placer no era el de un golpe, sino el de una marea que sube. Me elevó al cielo con la boca, sin urgencia, deteniéndose cada vez que mi respiración se aceleraba demasiado, como si quisiera prolongar el momento todo lo posible. Después sus manos buscaron más abajo. Me acarició, me besó donde nadie me había besado nunca, escupió y deslizó dos dedos dentro de mí con un cuidado que me deshizo por completo.

—Tranquilo —dijo cuando me tensé—. Soy yo.

Y eso bastó. Me relajé contra el colchón y dejé que me explorara. Cada movimiento de sus dedos abría algo nuevo, una sensación para la que no tenía palabras porque hasta hacía unas horas ni siquiera sabía que existía.

***

Cuando notó que mi erección era tan firme como la suya, Bruno se detuvo. Se incorporó en la penumbra, respiró hondo y se acostó boca arriba a mi lado. Buscó a tientas el frasco de lubricante que habíamos dejado sobre la mesa de luz, se untó él mismo y abrió las piernas mirándome a los ojos.

—Hacéme tuyo —dijo—. Cógeme así, de frente. Quiero verte la cara.

Me costó moverme. No por falta de deseo, sino por todo lo contrario: era tanto que me paralizaba. Nada nos resultaba fácil en aquella primera experiencia. Todo era torpe, todo era ensayo, todo era tratar de imitar lo que habíamos visto alguna vez en algún video, sin saber del todo si lo hacíamos bien.

Pero nada de aquello era grotesco. Todo era ternura. Todo era fuego, deseo y unas ganas inmensas de cuidarnos mientras nos perdíamos el uno en el otro.

Me acomodé entre sus piernas. Él las levantó y las apoyó contra mi cintura. Sentí el calor de su cuerpo contra el mío, su respiración entrecortada, sus manos cerrándose sobre mis antebrazos. Apoyé la punta en la entrada y empecé a presionar, despacio, atento a cada gesto de su cara.

—Pará si te duele —le pedí.

—No pares —contestó—. Seguí.

Empujé apenas. Cuando mi glande sobrepasó el primer anillo de su cuerpo, Bruno apretó los párpados y soltó un quejido que no era de dolor sino de algo más profundo. Me detuve, esperé a que se acostumbrara, y entonces me dejé caer sobre él hasta quedar pecho contra pecho.

Sentí su miembro erecto atrapado entre nuestros vientres, latiendo al mismo ritmo que el mío. Esa sola idea —su verga rozándome la piel mientras yo estaba dentro de él— me llevó a un nivel de excitación que no había conocido antes. No era solo penetrarlo. Era estar adentro y afuera de él al mismo tiempo, recibir y dar en el mismo movimiento.

Empecé a moverme. Despacio primero, con embestidas cortas y cuidadas, midiendo cada reacción. Bruno me clavaba los talones en la espalda baja, me buscaba la boca, me mordía el labio. Cada vez que entraba un poco más hondo, él gemía contra mi cuello y yo sentía cómo su cuerpo se abría para recibirme.

—Así —dijo—. No pares, por favor.

Le hice caso. El ritmo se volvió más firme, más seguro, una conversación sin palabras entre nuestros cuerpos. Cada empujón mío encontraba una respuesta en sus caderas, que subían a mi encuentro. La cama crujía bajo nosotros y el rumor de la avenida quedaba muy lejos, como si el mundo entero se hubiera reducido a ese cuarto, a esa cama, a esos dos cuerpos tratando de fundirse en uno.

Lo besé mientras me movía. Le besé los párpados, la frente perlada de sudor, la comisura de la boca. Él me sostenía la mirada en la oscuridad y en esos ojos vi todo lo que yo también sentía: miedo, asombro, ternura y un deseo que ya no podíamos negar.

En algún momento le tomé la mano que tenía libre y entrelacé mis dedos con los suyos contra la almohada. No era solo sexo y los dos lo sabíamos. Cada empuje, cada pausa, cada respiración compartida iba dejando una huella que no se borraría con la mañana. Sentí que con cada movimiento le entregaba algo más que el cuerpo, y que él me lo devolvía multiplicado.

Sentí su miembro humedeciéndome el vientre con cada roce y supe que él estaba tan cerca como yo. No quería que terminara. Habría dado cualquier cosa por estirar ese instante, por quedarme dentro de él para siempre, sintiéndolo respirar, sintiéndolo mío.

—Estoy llegando —le avisé en un susurro.

—Yo también —dijo—. Juntos.

***

Y ese momento llegó sin prisa, sin pausa, como una consecuencia natural de todo lo que veníamos viviendo. No hubo grandes exclamaciones ni gritos. Fue ese instante sublime en el que el silencio del gozo interno estalla en el cuerpo, esa explosión callada en la que uno entrega lo mejor de sí al otro.

Me vacié dentro de él en una serie de espasmos que me dejaron sin aire. Casi al mismo tiempo sentí su calor entre nuestros vientres, su entrega derramándose entre los dos cuerpos pegados, uniéndonos también por fuera. Quedamos así, abrazados, temblando, sin querer separarnos ni un milímetro.

Me quedé sobre él un rato largo, todavía adentro, escuchando cómo su corazón se iba calmando bajo mi pecho. Bruno me acariciaba la espalda con la punta de los dedos, dibujando líneas invisibles, y de vez en cuando me besaba la sien.

—Ahora sí sos mío —dijo en voz baja, sonriendo en la oscuridad.

—Siempre lo fui —le contesté.

Todo fue calma, profundidad y amor compartido. Cuando por fin me deslicé hacia un costado, lo atraje contra mí y dejé que apoyara la cabeza sobre mi hombro. Afuera, Rosario seguía despierta, indiferente a lo que pasaba en aquel cuarto piso. Adentro, dos hombres que se amaban acababan de descubrir que la entrega no se medía en una sola vez.

Nos quedamos en silencio, mirando la franja de luz bajo la puerta, dejando que la respiración del otro nos arrullara. No hicieron falta más palabras. Antes de que amaneciera ya estábamos dormidos otra vez, enredados, con la certeza de que todavía nos quedaban muchas noches por delante para seguir conociéndonos.

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Comentarios (5)

MatiasCordo

Increible, me atrapaste desde el primer parrafo. Grande!!

LoboNoc

¿Y despues que paso con él? Nos dejas con demasiada intriga jaja. Espero la segunda parte

NatyRBsAs

La tension de las 3 de la mañana esta tan bien descripta que casi la senti. De lo mejor que lei en un tiempo, muy buen relato.

LucasBaires

Buenisimo, sigue asi!

Damian_C

Me recordo a una experiencia que tuve hace años... ciertas noches te marcan de una manera que no se puede explicar del todo. Gracias por compartirlo.

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