El amo que me eligió la noche de mi cumpleaños
El sábado había empezado como cualquier otro, con el olor a café subiendo por la escalera y la voz de mi madre llamándome para desayunar. Renata no sospechaba que esa mañana iba a recibir la respuesta más incómoda de su vida. Faltaba poco más de un mes para que yo cumpliera diecinueve años, y ella, como cada año, quería saber qué deseaba de regalo.
—Adrián, en unas semanas es tu cumpleaños —dijo, removiendo el azúcar—. ¿Qué te gustaría que te regaláramos tu padre y yo?
Llevaba días ensayando la frase frente al espejo. Aun así me temblaba la voz.
—La verdad es que no lo había pensado mucho… —mentí—. Pero, si puede ser, me gustaría que me ayudaran a iniciarme como sumiso.
Mi madre escupió el café de vuelta a la taza. A mi padre se le cayó la tostada dentro de la suya, y se quedó mirándome como si me hubiera salido una segunda cabeza.
—¿De dónde has sacado tú esa idea, hijo? —preguntó ella, recomponiéndose despacio.
—Sé que ustedes juegan a esto. Sé que son dominantes y que tienen experiencia.
El silencio que siguió fue tan denso que se podía cortar. Renata respiró hondo, se tragó el orgullo y el susto a partes iguales, y mantuvo esa sangre fría que yo siempre le había envidiado.
—¿Y tú cómo sabes eso? ¿De dónde lo has sacado?
—Estoy registrado en una web. Busqué gente de la ciudad y me salieron varios perfiles. Un par de ellos son ustedes.
No podía negarlo. En aquellos perfiles aparecían sus caras, no hacía falta reconocerlos por un tatuaje o por la forma del cuerpo. Vi cómo mi madre pasaba del bochorno al cálculo en cuestión de segundos, midiendo cómo convertir aquello en algo que no nos hiciera daño, ni a mí ni a la familia.
—Mira —dijo al fin—. Si te digo que no, o te lo prohíbo, lo vas a hacer igual, porque ya eres mayor de edad. Así que lo haremos, pero a mi manera. Voy a hablar con una amiga para que te adiestre ella, o para que encuentre a alguna mujer dominante de confianza.
Mi padre seguía sin articular palabra, pero por su gesto entendí que la propuesta le parecía aceptable.
—Mamá —la corté—, estás dando por hecho que quiero una mujer. Y no. Quiero un amo. O una pareja que me domine. Hay cosas que me gustan que prefiero no contarte, porque solo te haría más daño. Busca a un hombre que me guíe, y que él decida cómo hacerlo.
Renata apretó los labios. No tenía a quién recurrir, así que esa misma tarde fue al club al que solía acudir y se sentó con una vieja amiga, una dominante llamada Selene. Entre copa y copa le contó el dilema. Selene conocía a un amo bisexual y a varios amos gais de plena confianza. Lo curioso es que al amo bisexual mi madre también lo conocía: en su propio juego con mi padre, ellos eran ama y sumiso, y aquel hombre, tiempo atrás, había usado a mi padre más de una vez.
***
Selene lo llamó y el hombre apareció en el club en menos de una hora. Se sentaron los tres a una mesa apartada y Renata tomó la palabra.
—Mi hijo cumple diecinueve dentro de un mes. Le pregunté qué quería de regalo y me pidió que lo ayudara a iniciarse como sumiso. A mí la idea no me entusiasma, no me importa que empiece, pero no quiero ser yo quien lo inicie. Lo que sí quiero es que quien lo haga no lo dañe, que lo cuide. Él pide un amo. Selene cree que tú puedes ayudarme.
El hombre, al que todos llamaban amo Viktor, hizo girar el vaso entre los dedos antes de contestar.
—A ver, ahora mismo tengo una sumisa a prueba y no dispongo de tiempo para un adiestramiento en condiciones. Pero conozco a varios amigos que sí. Te propongo algo: quedo con tu hijo, hablo con él de lo que le gusta, de sus miedos, de sus límites. Y cuando lo tenga claro, busco entre los míos a quien pueda encajar con él.
—Me parece razonable. ¿Y tú qué quieres a cambio?
—De ti, nada —sonrió—. No te voy a engañar: me gustaría usarlo en el futuro. Pero si lo hago, jamás lo sabrías. Mi idea es presentarlo a los amos que considere adecuados y dejar que él elija. Dale mi número para que me llame. Mejor aún, lo cito en mi casa, así hablamos con calma.
Al día siguiente, mi madre me extendió un papel doblado.
—Llama a este número. Es un dominante. Va a hablar contigo para conocerte y preparar una velada en la que varios amos se mostrarán para que tú escojas al que más te guste.
—¿Tiene perfil en la web? —pregunté.
—¿Tú qué crees que es este mundo? Claro que tiene perfil, pero no te lo voy a dar. Es un hombre serio y quiere que vayas sin saber nada de él. Que empieces desde cero.
***
Llamé esa misma tarde y amo Viktor me citó para el sábado siguiente, después de comer, en su casa. Decía que así estaríamos lejos de oídos indiscretos. Me vestí con cuidado, y cuando estaba por salir, mis padres se acercaron a la puerta. Mi madre me ajustó el cuello de la camisa.
—Tranquilo. Muéstrate como eres. Cuéntale todo: lo que te gusta y también lo que te da miedo.
Tomé un autobús hasta las afueras y caminé un par de kilómetros hasta una urbanización de chalets. En la garita, dos guardias me pidieron el documento, llamaron por radio y, cuando alguien dio el visto bueno, levantaron la barrera. La puerta del chalet se abrió sola cuando llegué. Dentro, una voz grave y áspera me recibió antes de que pudiera verlo.
—Hola, Adrián. Me han contado cosas de ti. Podemos hablar de dos maneras: vestido o desnudo. Tú decides. A mí me da igual.
Me estaba poniendo la manzana delante. Dudé. Al final preferí empezar la charla vestido. Y fue una buena conversación, más fluida de lo que esperaba. Viktor quiso saber de dónde venía ese deseo, en qué momento había nacido en mí. Qué me atraía y qué no. Qué cosas no haría jamás, bajo ningún concepto. Hablamos tanto y tan a fondo que en un momento le confesé algo.
—Si ahora me volviera a preguntar lo de antes —dije—, lo haría desnudo.
—Pues hazlo —ordenó.
Empecé por los zapatos y los calcetines. Luego el pantalón, después la camisa, y por último el bóxer. Viktor se acercó sin prisa. Me palpó los pectorales, el abdomen, los muslos, las nalgas, como quien evalúa una compra. Me tomó de la mandíbula y me hizo abrir la boca para revisarme los dientes, la nariz. Me indicó que me depilara entero, del cuello hacia abajo, para el día de mi cumpleaños. Después llamó a mi madre por teléfono delante de mí.
—Estoy con Adrián. Tiene potencial, mucho. Le voy a buscar unos cinco amos y montaremos una velada en la que será valorado por todos y él escogerá. Eso sí: en pago a mi intermediación, me reservo el derecho de usarlo más adelante. ¿De acuerdo?
No oí lo que ella respondía, pero por el gesto de Viktor entendí que había dicho que sí, siempre que yo estuviera de acuerdo y nadie me perjudicara.
***
No pasaron muchos días. Mi cumpleaños se echaba encima. Viktor llamó a un amigo amo, un tal Roman, que un mes atrás le había preguntado si conocía a algún sumiso de fiar. Le contó mi historia y le pidió que organizara una fiesta privada. Entre los dos lo prepararon todo. Sería en una pequeña finca con un torreón de piedra en su interior. Cada invitado debía llegar a una hora exacta y con un riguroso código de vestimenta. Yo tenía que presentarme la víspera y dormir allí.
Llegué al atardecer del día anterior. Me recibió un chico que no llevaba más que un dispositivo de castidad. Sin mediar palabra, me condujo a los sótanos, me hizo desnudar y me encerró en una celda de piedra. Esa noche apenas dormí: soñé con lo que iba a pasar y me desperté excitado más de una vez.
Por la mañana me sirvieron el desayuno y me dejaron caminar por la finca, siempre desnudo. A media mañana el chico vino a buscarme para prepararme. Me llevó de nuevo a los sótanos, donde entre las piedras habían construido unas termas. El agua estaba muy caliente y todo era vapor y humedad. Echó unas sales aromáticas y, cuando me puse de pie, fue jabonándome el cuerpo: primero la espalda, luego el torso, después el resto. Repitió la operación varias veces.
Cuando terminó, me hizo salir y me perfumó con una esencia de maderas. Me inclinó sobre una especie de potro hasta dejarme doblado, con la mirada fija en el suelo. Preparó una bolsa con agua tibia y un laxante, y a los pocos segundos sentí los retortijones. Me mandó al baño a vaciarme y repitió aquello tres veces, hasta dejarme limpio por dentro. Después me lavó de nuevo y me condujo a una habitación donde quedé encerrado, esperando.
***
A las ocho menos cinco vinieron a por mí. Me colocaron una máscara y me ataron las manos. Me llevaron a una sala del torreón y me dejaron en el centro, sobre una tarima. Cuando todos los invitados hubieron entrado, me retiraron la máscara. Un foco me cegaba de frente: no veía a nadie salvo a quien se acercara a un palmo de mí.
Viktor se situó a mi espalda, me levantó los brazos por encima de la cabeza y los ató a una cadena. Tiró de ella hasta que mis pies apenas tocaban el suelo, sostenido en un equilibrio precario. Hizo una seña y empezó a sonar la música. Cinco hombres se aproximaron, todos maduros, de aspecto enjuto y rostro serio. Me palparon igual que había hecho Viktor en su casa. Tenían derecho a ello solo hasta que yo me decidiera por uno.
Viktor me soltó. Caminé despacio, con pasos cortos, entre aquellos cuerpos, hasta detenerme frente a uno de ellos. Me arrodillé y bajé la cabeza. El hombre me alzó el mentón, me dio un revés en la mejilla y, acto seguido, posó la mano en mi nuca y me hizo besar su anillo.
—A partir de ahora respondes ante mí —dijo Roman con una calma que daba más miedo que un grito.
Esa fue toda la tregua que hubo. Me levantó, me empujó contra una mesa de piedra y me poseyó de una sola embestida, sin preámbulos. Profundo, superficial, rápido, lento, marcando él el ritmo a su antojo mientras yo me aferraba al borde de la mesa.
Cuando terminó, me devolvió a la posición primera, colgado de la cadena, y me aplicó diez latigazos. Yo contaba en voz alta y daba las gracias después de cada uno, como me habían enseñado a hacer. Luego se turnaron los otros candidatos, cinco azotes cada uno. Para cuando me soltaron, las piernas no me sostenían y me derrumbé en el suelo.
Viktor me incorporó y me dejó a cuatro patas. Roman me tomó primero; los otros cuatro lo hicieron después, uno tras otro, sin la menor consideración, como si yo no fuera más que el lugar donde descargarse. Cuando sentí que el orgasmo les llegaba, me trasladaron a una gran losa rectangular, hundida como una bañera de piedra, y se masturbaron sobre mí hasta cubrirme entero de semen. Después, uno a uno, me orinaron encima: primero Viktor y los demás amos, y al final mi nuevo dueño.
—Ahora eres mío —dijo Roman, mirándome desde arriba—. Cada centímetro de tu piel. Cada agujero me pertenece.
—A sus pies, señor —respondí, humillado y entregado, antes de recibir en la boca el último chorro de mi dueño.