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Relatos Ardientes

Lo que pasó en el vestuario con el entrenador nuevo

Esas Navidades me las tuve que pasar en la ciudad. No pude bajar al pueblo con mi familia porque arrastraba tres asignaturas de la carrera y diciembre era el único mes en que podía sentarme a estudiar sin distracciones. Aquella mañana me dio una pereza tremenda salir de la cama, pero pensé en lo que me costaba la cuota mensual del gimnasio y eso fue suficiente para levantarme. Acabé agradeciendo esa decisión más de lo que jamás habría imaginado.

Aunque fui a mi hora de costumbre, encontré el local casi desierto. Cuando me tocaba el último ejercicio de pecho, solo quedábamos el entrenador, una mujer en las cintas de correr y yo. Resultaba raro entrenar con tan poca gente, sobre todo en un sitio que a media tarde se llenaba hasta no poder coger ni una mancuerna.

El monitor se llamaba Darío, lo leí en su camiseta de tirantes. No era el chico que solía estar a esa hora. Tenía la piel morena, varios tatuajes que le subían por el antebrazo y un corte de pelo y una barba muy cuidada, casi militar. Calculé que me sacaría unos veinte años, pero los llevaba de una manera que solo lo hacía más imponente.

Se le veía aburrido. Daba vueltas por la sala, recolocaba discos que nadie había movido, miraba el reloj de la pared. En uno de esos rondines se acercó a mí y, entre serie y serie, nos pusimos a hablar. Me contó que él normalmente cubría el turno de mañana, pero que casi toda la plantilla estaba de vacaciones y le había tocado doblar. Charlamos de tonterías: alguna noticia del día, lo vacío que estaba todo, mi carrera, por qué seguía en la ciudad en plenas fiestas.

Debían de ser las ocho cuando me preparé para lo último, el press de banca. Me tumbé, agarré la barra y empecé bajo su atenta mirada. Hice dos repeticiones y me detuvo.

—No hace falta que la bajes tanto —dijo.

Lo intenté de nuevo, o creí hacerlo, porque enseguida me corrigió otra vez.

—No, no, lo has vuelto a hacer mal. Espera, que te enseño.

Flexionó las rodillas y, despacio, apoyó las dos manos sobre mi pecho.

—Ahora baja.

Lo hice nervioso, incómodo por el calor de su tacto. La barra casi rozó el anillo que llevaba en la mano derecha, pero subí sin problema.

—Eso es, así, tío.

Terminé la serie y, cuando me levanté del banco, me dio un golpecito con el dorso de la mano en el pectoral.

—En nada vas a tener esto duro como una piedra, ya verás.

—¿Como los tuyos? —pregunté, haciéndome el inocente.

—Ja, sí, aunque a ti te va a costar bastante más. —Se quitó la camiseta de un tirón y tensó los músculos—. Esto no se consigue de un día para otro. Toca, anda, toca.

Eché un vistazo disimulado alrededor. La mujer de las cintas ya no estaba. Estábamos completamente solos, y tuve que morderme por dentro para que no se me notara la sonrisa.

Obedecí. Saqué una mano del bolsillo y recorrí aquel torso trabajado, la piel caliente bajo mis dedos, el relieve de cada músculo.

—Con las dos, tío, con las dos.

Me cogió la muñeca y me llevó la otra mano al pecho. Para entonces yo ya tenía un bulto evidente en el pantalón de chándal, imposible de esconder, pero él no le quitaba la vista a mi cara. Sabe perfectamente lo que está haciendo, pensé. En ese instante me pareció tan atractivo que olvidé por completo que tenía delante a un hombre casado que me doblaba la edad. Tanto lo olvidé que me incliné y lo besé.

Lo recibió bien. Más que bien. Se quedó un segundo quieto, sorprendido, y después me devolvió el beso con una calma que me puso la piel de gallina. Estuvimos así, disfrutando de la boca del otro junto a las máquinas, hasta que se apartó un par de centímetros.

—Vamos al vestuario.

***

Lo seguí por el pasillo con el corazón a mil. Nada más cruzar la puerta echó el pestillo y se vino otra vez a mi boca, esta vez sin ninguna pausa. Los labios no eran su única manera de invadirme: mientras me besaba, sus manos bajaban lentamente por mi espalda hasta cerrarse sobre mi culo y apretarlo con fuerza.

Me empujó hasta sentarme en uno de los bancos de madera. Allí me sacó la camiseta por la cabeza y me bajó el pantalón de un tirón, dejándome solo con los calzoncillos.

—Cómeme las tetas —me dijo al oído, con una voz grave que no admitía discusión.

No respondí. Me puse de pie, pegué la cara a aquel pecho enorme y lo recorrí entero con la boca. Le mordía los pezones y, cada vez que lo hacía, él me daba un azote seco en la nalga que me arrancaba un gemido y me ponía todavía más. Bajé al abdomen, donde tardé menos porque la piel estaba menos marcada y porque las ganas me empujaban hacia lo que escondía aquel pantalón de chándal.

Darío se sentó en el banco con las piernas abiertas. Le bajé la cintura del pantalón sin prisa, despacio a propósito, sabiendo que la espera lo iba a poner de los nervios. Por debajo, el calzoncillo blanco ya marcaba una erección que tiraba de la tela y amenazaba con salirse sola. Acerqué la nariz y respiré su olor: una mezcla de sudor, de gimnasio y de hombre que me nubló por completo.

Podría haberme quedado un buen rato así, regodeándome, pero él no tenía tanta paciencia. Me puso una mano en la nuca y guio mi cabeza hacia su entrepierna. Con la cara a un palmo, agarré la goma del calzoncillo con los dientes y la fui bajando hasta liberarlo. Saltó una polla larga, fina, depilada y cruzada de venas, que me pareció igual de imponente que el resto de él.

Empecé por la punta, recorriéndola con la lengua antes de metérmela. No era la primera vez que se la chupaba a alguien, pero sí la primera con un hombre tan mayor, y eso me encendía de una manera nueva. Darío no se molestó en hacerse el duro: desde el primer momento empezó a gemir, y el volumen subía cuanto más adentro se la metía yo en la boca.

Arrodillado frente a él, me encontré con una imagen que no he podido olvidar. Todos sus músculos estaban en tensión, las venas marcadas, el cuerpo de aquel armario de gimnasio mostrándose en todo su esplendor bajo la luz fría de los fluorescentes. Me la tragué hasta donde pude y empecé a sacarla y meterla sin parar, disfrutando del roce de mi lengua contra cada vena, de mis dedos clavados en sus muslos.

Siempre había tenido un punto débil por las piernas de un tío, y las suyas, gruesas y duras, eran justo lo que me gustaba. Le acaricié los gemelos mientras seguía con la boca, y noté cómo cada caricia le tensaba un poco más.

—Así, no queda mucho… —dijo entre jadeos, apretando los dientes.

En vez de frenar, fui más rápido. Eso hizo que Darío empezara a hablarme más sucio, que me dijera al oído que yo «era suyo», que mi boca «no había probado nunca nada como aquello». Recorría su polla con los labios a una velocidad que no me conocía, con una destreza que ni yo sabía que tenía.

Soltó un primer hilo de líquido espeso que recogí con la garganta sin perder el ritmo. Entonces puse en marcha lo que llevaba un rato pensando. Saqué la polla de la boca y bajé a lametones hasta sus testículos. Los masajeé con la lengua, primero uno y después el otro, lento, sabiendo que era su punto débil. Él seguía soltando cosas, que era un cerdo, que ni su mujer se la comía así, y cada palabra me empujaba a seguir.

Con esa banda sonora se corrió. Fueron varios chorros que me cayeron en la cara y en su propio torso, espesos y calientes. Se quedó hundido contra la pared del vestuario, agotado, respirando hondo. Yo fui recogiendo todo a lametones, limpiándole el pecho y la cara con la lengua, tragándomelo despacio mientras él me miraba sin decir nada.

Cuando terminé, me subió a su altura y nos besamos otra vez, más calmados ahora, casi con cariño. Mientras lo hacía, llevó una mano a mi calzoncillo y empezó a masturbarme, sin prisa, como quien sabe que tiene toda la noche por delante y que el gimnasio, esa Navidad, no lo iba a interrumpir nadie.

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Comentarios (5)

MatiasQ_91

Excelente!!! muy bien contado, uno de los mejores que lei ultimamente

FelipeR_lector

Quedé enganchado desde el primer parrafo. Hay continuación? porque quede con ganas de mas

GuillermoR

Me recordó a una situación parecida que viví hace años en el gimnasio donde entrenaba. Uno nunca sabe lo que puede pasar jaja. Muy bueno

LectorDespierto

Muy morboso e interesante, gracias por compartirlo

Leon_84

Buenisimo relato, se nota que esta bien escrito y pensado. Espero el proximo

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