Lo que pasó en la ducha la mañana de la despedida
El amanecer entró por el ventanal con una luz tibia y sin prisa. El sol asomaba detrás de la bahía, y sus rayos jugaban con el oleaje manso de una mañana sin viento, reflejándose en el agua hasta llenar de destellos las paredes del departamento. Me quedé un rato mirando ese espectáculo, todavía desnudo entre las sábanas revueltas, sintiendo el cuerpo de Andrés pegado a mi espalda.
No quería moverme. Sabía que en cuanto lo hiciera, el día empezaría a correr, y el día que empezaba era el de la separación.
Habíamos pasado nuestra primera noche juntos. La primera de verdad, después de meses de mensajes a deshoras, de llamadas que terminaban en susurros y de un encuentro robado en un bar de otra ciudad donde apenas nos atrevimos a rozarnos las manos. Y ahora, antes del mediodía, cada uno tenía que volver a su propia vida. Él a su provincia, yo a la mía. A nuestras casas, a nuestras familias, a esa fachada que cargábamos como un traje que no terminaba de quedarnos bien.
Doce horas. Solo nos dieron doce horas y ya tengo que devolverlo.
El pensamiento punzaba. No era tristeza limpia: era una mezcla de dolor y de algo parecido al miedo, el miedo de que esto que acabábamos de descubrir no resistiera la distancia.
Repasé la noche entera sin querer. La forma en que nos habíamos animado, primero con torpeza y después sin freno. Las manos que dejaron de temblar. La risa floja a las cuatro de la mañana, los dos exhaustos y sin sueño, hablando de cosas que jamás le había contado a nadie. Había sido más que sexo, y eso era exactamente lo que hacía tan difícil la mañana que estaba empezando.
Andrés se removió detrás de mí y me besó la nuca.
—¿Estás despierto? —murmuró, con la voz ronca del que durmió poco y no se arrepiente.
—Hace rato —contesté—. Estaba mirando el río.
—Vení, vamos a desayunar afuera. Quiero sentir el aire antes de que esto se vuelva real.
***
Nos vestimos en silencio, con esa torpeza tierna de los cuerpos que ya se conocen pero todavía se miran. Bajamos a una confitería frente al agua y pedimos café y medialunas en una mesa pegada al ventanal. Afuera, la brisa fresca levantaba la espuma del oleaje.
Para cualquiera que pasara por la vereda, éramos dos señores de traje, dos hombres de negocios de paso por la ciudad, repasando cifras antes de una reunión. Nadie habría imaginado que medio día antes esos mismos dos hombres se habían encontrado en un bar de las afueras, temblando, sin saber todavía si lo que sentían iba a estallar o a apagarse.
Ya no había incertidumbre. Eso lo habíamos superado durante la noche.
—¿Cuándo creés que podamos volver a vernos? —preguntó, revolviendo el café sin tomarlo.
—No sé. Pronto. Tengo que inventarme un viaje, una feria, algo —dije—. Vos también buscá un motivo.
Sonrió con melancolía.
—Negocios —dijo—. Siempre vamos a tener algún negocio pendiente en alguna ciudad, ¿no?
—Siempre —prometí, y por debajo de la mesa le apreté la rodilla.
Eran las nueve. El check out del departamento era a las once. Hicimos la cuenta sin decirlo en voz alta: nos quedaban dos horas, y los dos sabíamos exactamente dónde queríamos gastarlas.
—Volvamos —dijo él, y no hizo falta agregar nada más.
***
Subimos en el ascensor sin tocarnos, conteniendo todo, mirándonos en el reflejo del espejo de bronce como dos adolescentes que se aguantan hasta cerrar la puerta. La tensión se acumulaba en cada piso que marcaba el tablero. Para cuando llegamos al departamento, yo ya respiraba distinto.
El número de cada planta tardaba una eternidad en cambiar. Lo miraba de reojo y lo encontraba mirándome a mí, y los dos desviábamos los ojos al instante, mordiéndonos las ganas. Sentía el corazón en la garganta y un calor que me subía desde el vientre. Cuando el ascensor por fin se abrió, salí casi empujándolo por el pasillo, peleando con la cerradura mientras él me respiraba en la nuca.
En cuanto cruzamos el umbral, Andrés se abalanzó sobre mí antes de que pudiera dejar las llaves sobre la mesa. Me besó profundo, hambriento, empujándome contra la pared del recibidor. Las llaves cayeron al piso y ninguno de los dos las miró.
Nuestros cuerpos se unieron en un abrazo apretado, y nuestras lenguas empezaron una danza lenta y posesiva, como queriendo memorizar el sabor del otro para las semanas de ausencia que venían. Sentí su respiración acelerada contra mi mejilla, el calor que subía entre los dos.
Empezamos a desvestirnos sin separarnos del todo, peleando con los botones, riéndonos a medias cuando un puño se trababa en una muñeca. Le abrí la camisa y apoyé la cara contra su pecho cubierto de vello. Olía a café, a jabón y a esa cosa suya que ya no iba a poder oler durante mucho tiempo.
Sus manos recorrieron mi cuerpo desnudo, bajando por la espalda hasta cerrarse sobre mis nalgas, apretando, acercándome a él. Yo temblaba de pura ansiedad. Mis propias manos hacían el mismo camino sobre su cuerpo, deteniéndose en sus glúteos firmes, presionándolo contra mí. Lo sentía duro contra mi vientre, su erección frotándose con la mía mientras su mano derecha bajaba a acariciarme, envolviéndome, sosteniéndome con una firmeza que me cortó la respiración.
—Vení —me dijo al oído, y me tomó de la mano.
Me llevó hacia el baño, y yo me dejé llevar. No había nada en mí que quisiera resistirse. Era tal el deseo de sentirnos, de poseernos una última vez, que habría caminado detrás de él hasta el fin del mundo.
***
Abrió la canilla y esperó a que el agua saliera tibia. El vapor empezó a empañar el vidrio mientras entrábamos juntos bajo la lluvia caliente. El agua nos corría por la cara, por los hombros, encharcando el suelo, y nuestras bocas volvieron a encontrarse, ahora más despacio, saboreando cada segundo.
Entonces Andrés se arrodilló frente a mí.
Levantó la vista y me miró desde abajo, con el pelo pegado a la frente y los ojos brillándole por algo que no era solo el agua.
—Amor —dijo, y la voz le salió temblorosa—, anoche te tuve dentro mío, probé tu sabor, me hiciste tuyo de todas las maneras. Ahora te pido una cosa más. Quiero que termines en mi boca. Por favor.
No contesté con palabras. No habría podido. Le acaricié la cara mojada con las dos manos y eso fue todo el sí que necesitaba.
Empezó a lamerme despacio, recorriéndome entero bajo el agua, mientras sus manos subían por la parte de atrás de mis muslos hasta sostenerme las nalgas. Me tomó en la boca con una suavidad que contrastaba con la firmeza de su ritmo, yendo y viniendo, llevándome hacia él y dejándome ir, jugando con la distancia, con la anticipación.
Su mirada no se despegaba de la mía. Había deseo, había una especie de éxtasis, y había algo más hondo que ninguno de los dos se había animado a nombrar todavía. Yo lo miraba y sabía que mi cara contaba exactamente lo mismo.
El vapor lo cubría todo. El único sonido era el del agua golpeando los azulejos y mi propia respiración, cada vez más entrecortada. Apoyé una mano en la pared para sostenerme; las piernas empezaban a fallarme.
En un momento Andrés bajó una mano para tocarse él mismo, sin dejar de atenderme con la otra. Lo sentí gemir bajo, un sonido ahogado que me vibró en todo el cuerpo. Y justo cuando supe que él estaba por terminar, deslizó un dedo apenas dentro de mí, y esa pequeña intrusión fue todo lo que hizo falta.
Me vacié en su boca con un estremecimiento que me nació de muy adentro, rápido y feroz, una explosión que me obligó a tomarle la nuca y hundirme hasta el fondo, mientras él me recibía sin apartarse, tragando, aferrado a mis caderas como si no quisiera soltarme nunca.
Casi al mismo tiempo lo sentí convulsionar contra mi pierna. Terminó en su propia mano, con un temblor que le recorrió la espalda entera.
Lo que hizo después no me lo esperaba. Se llevó la mano a la boca, juntó su semen con el mío y lo tragó todo. Después levantó la vista, sonrió, y dijo algo que todavía me eriza la piel cuando lo recuerdo.
—Ahora sí. Ahora te llevo dentro a vos también.
Se levantó despacio, con el agua chorreándole por el cuerpo, y me besó. Sentí en su boca el rastro salado de los dos mezclado, y en vez de incomodarme me estremeció. Lo abracé fuerte, pegándolo a mí, sintiendo cómo el agua tibia nos envolvía a los dos.
Cuando separamos las bocas, le susurré al oído:
—Sí, amor. Ahora nos llevamos puestos. Donde sea que estemos.
***
El agua se enfrió antes de que quisiéramos salir. Nos secamos en silencio, todavía mirándonos en el espejo empañado, alargando cada gesto: el café que no tomamos, la toalla que pasamos por la espalda del otro, el beso de más en el hombro.
Después no quedó otra que vestirnos. El traje volvió a su lugar, los dos hombres de negocios reaparecieron en el reflejo como si nada hubiera pasado entre ellos. Bajamos, devolvimos las llaves en recepción y pedimos un taxi al aeropuerto.
En la terminal compartimos un último café, esta vez sí, hasta el fondo de la taza. Hablamos poco. No hacía falta. Cuando anunciaron mi vuelo, Andrés me apretó la mano por debajo de la mesa, igual que yo se la había apretado horas antes frente al río.
—Buscame un motivo —le dije.
—Siempre voy a tener un negocio en tu ciudad —contestó, y se le quebró un poco la sonrisa.
Nos despedimos como dos colegas, con un abrazo de esos que no levantan sospechas, pero los dos sabíamos lo que ese abrazo guardaba adentro. Caminé hacia mi puerta de embarque sin darme vuelta, porque si me daba vuelta no me subía a ese avión.
Recién empezábamos a conocernos. Apenas habíamos arañado la superficie de lo que podíamos ser. Pero algo me quedó claro mientras el avión despegaba y la bahía se hacía chica allá abajo: iban a venir muchos más «encuentros de negocios» en nuestras vidas, y yo iba a contar los días hasta el próximo.