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Relatos Ardientes

Lo que pasó en la ducha la mañana de la despedida

El amanecer entró por el ventanal con una luz tibia y sin prisa. El sol asomaba detrás de la bahía, y sus rayos jugaban con el oleaje manso de una mañana sin viento, reflejándose en el agua hasta llenar de destellos las paredes del departamento. Me quedé un rato mirando ese espectáculo, todavía desnudo entre las sábanas revueltas, sintiendo el cuerpo de Andrés pegado a mi espalda.

No quería moverme. Sabía que en cuanto lo hiciera, el día empezaría a correr, y el día que empezaba era el de la separación.

Habíamos pasado nuestra primera noche juntos. La primera de verdad, después de meses de mensajes a deshoras, de llamadas que terminaban en susurros y de un encuentro robado en un bar de otra ciudad donde apenas nos atrevimos a rozarnos las manos. Y ahora, antes del mediodía, cada uno tenía que volver a su propia vida. Él a su provincia, yo a la mía. A nuestras casas, a nuestras familias, a esa fachada que cargábamos como un traje que no terminaba de quedarnos bien.

Doce horas. Solo nos dieron doce horas y ya tengo que devolverlo.

El pensamiento punzaba. No era tristeza limpia: era una mezcla de dolor y de algo parecido al miedo, el miedo de que esto que acabábamos de descubrir no resistiera la distancia.

Repasé la noche entera sin querer. Cómo nos habíamos arrancado la ropa apenas cerramos la puerta, cómo Andrés me había empujado boca abajo sobre la cama y me había abierto las nalgas con las dos manos para lamerme el culo hasta hacerme gemir contra la almohada. Cómo después había sido yo el que se arrodilló entre sus piernas y le mamé la polla despacio, sintiendo cómo se le hinchaba en mi boca y cómo me tomaba de los pelos para marcarme el ritmo. Cómo me había cabalgado con la verga entera adentro, moviendo el culo en círculos mientras yo lo agarraba de las caderas y le pedía más. Cómo terminó él la primera vez, corriéndose sobre mi pecho en chorros calientes que después repartió con los dedos por mi cuello y mi boca. Cómo terminé yo la segunda, empujando fuerte dentro de él hasta vaciarme en su culo con un gemido largo. La risa floja a las cuatro de la mañana, los dos exhaustos y pegajosos, hablando de cosas que jamás le había contado a nadie. Había sido más que sexo, y eso era exactamente lo que hacía tan difícil la mañana que estaba empezando.

Andrés se removió detrás de mí y me besó la nuca. Sentí su polla, ya medio dura otra vez, apretándose contra mi culo desnudo.

—¿Estás despierto? —murmuró, con la voz ronca del que durmió poco y no se arrepiente.

—Hace rato —contesté—. Estaba mirando el río.

—Vení, vamos a desayunar afuera. Quiero sentir el aire antes de que esto se vuelva real.

***

Nos vestimos en silencio, con esa torpeza tierna de los cuerpos que ya se conocen pero todavía se miran. Bajamos a una confitería frente al agua y pedimos café y medialunas en una mesa pegada al ventanal. Afuera, la brisa fresca levantaba la espuma del oleaje.

Para cualquiera que pasara por la vereda, éramos dos señores de traje, dos hombres de negocios de paso por la ciudad, repasando cifras antes de una reunión. Nadie habría imaginado que medio día antes esos mismos dos hombres se habían encontrado en un bar de las afueras, temblando, sin saber todavía si lo que sentían iba a estallar o a apagarse. Nadie habría imaginado tampoco que debajo del pantalón, a ese que revolvía el café con cara de aburrimiento, todavía le ardía el culo del cogedón de la noche.

Ya no había incertidumbre. Eso lo habíamos superado durante la noche.

—¿Cuándo creés que podamos volver a vernos? —preguntó, revolviendo el café sin tomarlo.

—No sé. Pronto. Tengo que inventarme un viaje, una feria, algo —dije—. Vos también buscá un motivo.

Sonrió con melancolía.

—Negocios —dijo—. Siempre vamos a tener algún negocio pendiente en alguna ciudad, ¿no?

—Siempre —prometí, y por debajo de la mesa le apreté la rodilla, y de ahí subí la mano hasta rozarle el bulto por encima de la tela. Lo sentí endurecerse al instante.

—Si me seguís tocando así no vamos a llegar al departamento —murmuró, con una sonrisa torcida.

—Ese es el punto —le contesté.

Eran las nueve. El check out del departamento era a las once. Hicimos la cuenta sin decirlo en voz alta: nos quedaban dos horas, y los dos sabíamos exactamente dónde queríamos gastarlas.

—Volvamos —dijo él, y no hizo falta agregar nada más.

***

Subimos en el ascensor sin tocarnos, conteniendo todo, mirándonos en el reflejo del espejo de bronce como dos adolescentes que se aguantan hasta cerrar la puerta. La tensión se acumulaba en cada piso que marcaba el tablero. Para cuando llegamos al departamento, yo ya respiraba distinto y tenía la polla apretada contra la bragueta, hinchada de solo pensar en lo que venía.

El número de cada planta tardaba una eternidad en cambiar. Lo miraba de reojo y lo encontraba mirándome a mí, y los dos desviábamos los ojos al instante, mordiéndonos las ganas. Sentía el corazón en la garganta y un calor que me subía desde el vientre. Cuando el ascensor por fin se abrió, salí casi empujándolo por el pasillo, peleando con la cerradura mientras él me respiraba en la nuca y me pasaba una mano por el culo, apretándome con fuerza sobre el pantalón.

En cuanto cruzamos el umbral, Andrés se abalanzó sobre mí antes de que pudiera dejar las llaves sobre la mesa. Me besó profundo, hambriento, empujándome contra la pared del recibidor. Las llaves cayeron al piso y ninguno de los dos las miró.

Nuestros cuerpos se unieron en un abrazo apretado, y nuestras lenguas empezaron una danza lenta y posesiva, como queriendo memorizar el sabor del otro para las semanas de ausencia que venían. Sentí su respiración acelerada contra mi mejilla, el calor que subía entre los dos, y su polla dura clavándose contra la mía a través de las dos capas de tela.

—Te necesito la boca —le dije con la voz rota, y no esperé respuesta.

Le arranqué el saco, le tiré de la camisa hasta hacer saltar dos botones, le desabroché el cinto con dedos torpes. Cuando le bajé el pantalón y el bóxer de un tirón, su verga saltó dura, gruesa, con la punta ya brillante. Me agaché ahí mismo, contra la pared del recibidor, y me la metí entera hasta el fondo de la garganta.

—Puta madre —gimió él, apoyando las dos manos contra la pared, encima de mi cabeza—. Así, amor, chupámela así.

Empecé a mamársela con las dos manos, una en la base y la otra sosteniéndole las bolas, moviendo la cabeza de adelante hacia atrás, dejando que la punta me chocara contra el paladar. Sentía cómo se le tensaban los muslos, cómo le vibraba la polla en la boca cada vez que la sacaba del todo para lamerle desde las bolas hasta la punta y volver a tragármela. Él me tomó del pelo y empezó a empujar, cogiéndome la boca despacio, mirándome desde arriba con la mandíbula floja.

—Qué bien la chupás, la puta madre. Anoche no me alcanzó, hoy tampoco me va a alcanzar.

Le respondí con un gemido ahogado, la boca llena de su verga, y le hundí un dedo entre las nalgas para presionarle el culo. Lo sentí estremecerse y salirse de golpe, agarrándome de las axilas para levantarme.

—Vení. Vení conmigo. Todavía no. Todavía no quiero terminar.

Me llevó hacia el baño, y yo me dejé llevar, con los pantalones a media caña y la camisa desabrochada. No había nada en mí que quisiera resistirse. Era tal el deseo de sentirnos, de poseernos una última vez, que habría caminado detrás de él hasta el fin del mundo.

***

Abrió la canilla y esperó a que el agua saliera tibia. Terminamos de arrancarnos la ropa a los tirones, tirándola en cualquier parte del piso mojado. El vapor empezó a empañar el vidrio mientras entrábamos juntos bajo la lluvia caliente. El agua nos corría por la cara, por los hombros, encharcando el suelo, y nuestras bocas volvieron a encontrarse, ahora más despacio, saboreando cada segundo.

Lo pegué contra los azulejos y le agarré la polla con la mano derecha, apretándosela mientras le mordía el cuello, la clavícula, el pezón derecho, hasta hacerlo gemir. Con la otra mano le busqué el culo, le abrí las nalgas y le pasé el dedo por el agujero, empujando apenas. Lo sentí abrirse para mí, todavía flojo del cogedón de la noche.

—Ahí, amor, ahí —jadeó—. Metémelo.

Le hundí el dedo entero de una sola vez y él tiró la cabeza hacia atrás golpeándose contra los azulejos. Lo cogí con el dedo un rato largo, agregando un segundo, moviéndolos en círculos mientras le seguía masturbando la verga con la otra mano. Andrés se retorcía, apoyado contra la pared, con los ojos cerrados y la boca abierta, chorreando agua por todo el cuerpo.

—Pará, pará —dijo de golpe, agarrándome la muñeca—. Pará que me corro.

Saqué los dedos despacio. Andrés respiró hondo, me miró, y entonces se arrodilló frente a mí.

Levantó la vista y me miró desde abajo, con el pelo pegado a la frente y los ojos brillándole por algo que no era solo el agua. Tenía la polla mía a un palmo de la cara, dura, roja, latiéndome.

—Amor —dijo, y la voz le salió temblorosa—, anoche te tuve la verga adentro del culo, me tragué tu leche a la mitad de la noche, me hiciste tuyo de todas las maneras. Ahora te pido una cosa más. Quiero que te corras en mi boca. Que me llenes la boca de leche. Por favor.

No contesté con palabras. No habría podido. Le acaricié la cara mojada con las dos manos y eso fue todo el sí que necesitaba.

Empezó a lamerme despacio, recorriéndome entero bajo el agua. Me lamió las bolas una por una, chupándomelas, metiéndoselas enteras en la boca. Después me subió por el tronco de la verga con la lengua plana, lento, mirándome, hasta llegar a la punta. Ahí se detuvo, jugó con la lengua alrededor de la corona, se metió el glande hasta la mitad y volvió a soltarlo. Me estaba volviendo loco.

—No juegues —le supliqué—. Chupámela entera.

Me la tragó de una sola vez, hasta el fondo. Sentí el calor de su garganta ajustándose alrededor de mi polla y me tuve que agarrar de la barra de la cortina para no caerme. Sus manos me subieron por la parte de atrás de los muslos hasta sostenerme las nalgas y me atrajo hacia él, marcándome que le cogiera la boca sin miedo.

Empecé a moverme yo, empujando despacio primero, después más fuerte, viendo cómo mi verga entraba y salía entre sus labios. Cada vez que la sacaba, un hilo de saliva y agua le colgaba del mentón. Cada vez que la volvía a meter, él la recibía con un gemido bajo que me vibraba en toda la polla.

Su mirada no se despegaba de la mía. Había deseo, había una especie de éxtasis, y había algo más hondo que ninguno de los dos se había animado a nombrar todavía. Yo lo miraba y sabía que mi cara contaba exactamente lo mismo.

El vapor lo cubría todo. El único sonido era el del agua golpeando los azulejos, el chapoteo obsceno de su boca chupándome la verga y mi propia respiración, cada vez más entrecortada. Apoyé una mano en la pared para sostenerme; las piernas empezaban a fallarme.

En un momento Andrés bajó una mano para tocarse él mismo, sin dejar de atenderme con la otra. Le veía la espalda mover al ritmo con que se pajeaba abajo, y lo sentí gemir bajo con mi polla adentro, un sonido ahogado que me vibró en todo el cuerpo. Y justo cuando supe que él estaba por terminar, subió la mano libre, me la metió entre las nalgas y me deslizó un dedo apenas dentro del culo, y esa pequeña intrusión fue todo lo que hizo falta.

Me vacié en su boca con un estremecimiento que me nació de muy adentro, rápido y feroz, una explosión que me obligó a tomarle la nuca y hundirme hasta el fondo mientras me corría. Sentí los chorros de semen saliendo uno tras otro, uno, dos, tres, cuatro, llenándole la boca, escurriéndosele por las comisuras mezclados con el agua. Él me recibía sin apartarse, tragando lo que podía, aferrado a mis caderas como si no quisiera soltarme nunca, la garganta trabajándole alrededor de mi verga.

Casi al mismo tiempo lo sentí convulsionar contra mi pierna. Terminó en su propia mano, con un temblor que le recorrió la espalda entera, gimiendo con la boca todavía llena de mí.

Lo que hizo después no me lo esperaba. Se llevó la mano a la boca, juntó su semen con el mío y lo tragó todo. Después levantó la vista, sonrió con los labios brillándole, y dijo algo que todavía me eriza la piel cuando lo recuerdo.

—Ahora sí. Ahora te llevo dentro a vos también.

Se levantó despacio, con el agua chorreándole por el cuerpo y la polla todavía goteando, y me besó. Sentí en su boca el rastro salado y espeso de los dos mezclado, y en vez de incomodarme me estremeció. Se lo devolví con la lengua, buscando cada resto, chupándole los labios, lamiéndole el mentón donde había quedado un hilo. Lo abracé fuerte, pegándolo a mí, sintiendo cómo el agua tibia nos envolvía a los dos y cómo nuestras vergas, todavía sensibles, se rozaban entre los vientres.

Cuando separamos las bocas, le susurré al oído:

—Sí, amor. Ahora nos llevamos puestos. Donde sea que estemos.

***

El agua se enfrió antes de que quisiéramos salir. Nos secamos en silencio, todavía mirándonos en el espejo empañado, alargando cada gesto: el café que no tomamos, la toalla que pasamos por la espalda del otro, el beso de más en el hombro, la mano que le pasé una última vez por la polla ya blanda mientras lo secaba.

Después no quedó otra que vestirnos. El traje volvió a su lugar, los dos hombres de negocios reaparecieron en el reflejo como si nada hubiera pasado entre ellos. Bajamos, devolvimos las llaves en recepción y pedimos un taxi al aeropuerto.

En la terminal compartimos un último café, esta vez sí, hasta el fondo de la taza. Hablamos poco. No hacía falta. Cuando anunciaron mi vuelo, Andrés me apretó la mano por debajo de la mesa, igual que yo se la había apretado horas antes frente al río.

—Buscame un motivo —le dije.

—Siempre voy a tener un negocio en tu ciudad —contestó, y se le quebró un poco la sonrisa.

Nos despedimos como dos colegas, con un abrazo de esos que no levantan sospechas, pero los dos sabíamos lo que ese abrazo guardaba adentro. Caminé hacia mi puerta de embarque sin darme vuelta, porque si me daba vuelta no me subía a ese avión.

Recién empezábamos a conocernos. Apenas habíamos arañado la superficie de lo que podíamos ser. Pero algo me quedó claro mientras el avión despegaba y la bahía se hacía chica allá abajo: iban a venir muchos más «encuentros de negocios» en nuestras vidas, y yo iba a contar los días hasta el próximo, con el gusto de su semen todavía en la boca.

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Comentarios(7)

TonioB

Que bueno!!! Me enganche desde el primer parrafo y no pude parar. Espero que haya mas de estos dos.

DiegoSur77

Muy bien escrito, se siente real sin ser burdo. Me gusto mucho la tension desde el principio.

Noe22

increible como transmitis la urgencia de ese momento!! se te va el tiempo leyendo

GaboR_lector

Quede con ganas de saber mas sobre ellos, se nota que tenian historia detras. Por favor segui escribiendo, tenes un estilo muy natural y fluido.

MarianoBA

muy caliente, sigue asi!!

SilviaCordo

Me hizo acordar a una despedida que yo tambien viví, esa mezcla rara de tristeza y deseo al mismo tiempo. Lo captaste muy bien.

Lucas_Noc

me pregunto que paso despues de esas dos horas... ¿habrá segunda parte?

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