Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Dos hombres me invitaron al reservado del bar

Todo empezó aquella noche. Yo no estaba decepcionado: esa palabra es demasiado limpia, demasiado educada para lo que sentía. Estaba hecho pedazos. Destruido por la vida, por el mundo y, sobre todo, por una mujer.

Se llamaba Bárbara y yo había cometido el error de quererla con esa rapidez tonta que siempre me delata. Por eso el golpe dolió tanto. No perdí solo una pareja; perdí algo de mí que ya no sé si volverá.

No fue un amable «ya no te quiero». Fue mucho peor. Mientras se ponía el abrigo, lista para salir de mi piso y de mi vida, me miró como se mira a una mosca pesada.

—Tienes la polla demasiado pequeña para una mujer como yo, Mateo —dijo.

Lo soltó sin anestesia. Y, por si la puñalada no fuera bastante honda, remató con la comparación de siempre. La del ex, claro.

—Seis centímetros más que la tuya —añadió, midiendo el aire con los dedos, casi burlándose—. Seis. Vaya diferencia, ¿no?

Esa imagen se graba a fuego en el cerebro. Te quema cada vez que respiras. Yo, en mi intento patético de salvar algo, recurrí a la frase de manual, esa que te dicen que es lo correcto pensar.

—El tamaño no importa, Bárbara. Importa el cariño, la complicidad, el respeto.

Se detuvo en el umbral. La rabia de sus ojos fue como si me escupiera fuego.

—¿Complicidad? ¿Respeto? Eso son tonterías para las revistas que lees. ¡Madura de una vez!

No supe qué contestar.

—¿Que el tamaño no importa? Mírate bien, Mateo. Cuando te la meten de verdad no es lo mismo sentir tus catorce centímetros de crío que sentir sus veinte bien gordos rompiéndote el coño. ¿Lo entiendes? Con él me siento llena, con el cuello del útero golpeado a cada embestida, chorreando por dentro. Contigo apenas notaba que estabas ahí. Me follaba a mí misma con los dedos mientras te movías encima, imbécil.

Aquello no fue una crítica. Fue una confesión. Su ex se la había estado follando mientras seguía conmigo, y según ella lo hacía mejor. La puerta se cerró con un golpe seco y definitivo. Escuché su risa corta y cruel al otro lado, y luego el silencio me encerró en mi propio piso.

***

Las horas pasaron como una agonía. Con la oscuridad salen los monstruos, y los míos tenían su voz. Entonces el móvil se encendió sobre la mesa. Pensé «un mensaje, qué iluso». Era ella, en videollamada. Contesté como un perro que vuelve al amo que lo ha golpeado.

—¿Te has quedado sin palabras, mi niño? —su voz, a través del teléfono, era aún más venenosa—. Voy a ser generosa. Grábalo. Quiero que entiendas lo que es una mujer de verdad cuando la complacen como merece.

La pantalla parpadeó. Su rostro desapareció y, en su lugar, apareció una escena cruda y mal enfocada: ella a cuatro patas encima de la cama, con el culo empinado hacia la cámara y un tío detrás clavándosela hasta los huevos. El teléfono estaba apoyado justo en el ángulo para que yo lo viera todo: la polla enorme entrando y saliendo brillante de sus jugos, el coño de Bárbara devorando cada centímetro, las tetas balanceándose con cada golpe.

—Mira, Mateo, mira bien —jadeó ella girando la cabeza hacia la cámara—. Esta es la verga que necesito. ¿Ves cómo entra? ¿Ves cómo me abre?

El tío la agarró de la cadera y empujó con más fuerza. Se oía el sonido húmedo, obsceno, del choque de sus caderas contra el culo de ella. Un chapoteo espeso que hacía que se me revolviera el estómago y que, al mismo tiempo, la polla se me pusiera dura contra el pantalón, traicionera, patética.

—Ay, joder, así, dame más —gimió Bárbara arqueando la espalda—. Mateo, ¿ves esto? Esto es una polla. Esto es lo que llena a una mujer. Mira cómo me chorrea el coño, mira cómo me la trago entera.

El hombre metió el pulgar entre las nalgas de Bárbara y le apretó el ojete. Ella soltó un grito ronco y empezó a mover el culo hacia atrás, empalándose ella misma, cabalgándolo de espaldas mientras él la sujetaba.

—¿Sabes qué es lo mejor de todo? —siguió, con la voz pastosa y la boca abierta—. Que mientras me revienta el chocho pensando en tu carita de niño asustado, imagino tu pito de bebé intentando ponerse dura y me da la risa. Se me sale la leche de risa que me da. A él lo siento hasta las tripas; a ti te recuerdo como un crío jugando a ser hombre con su juguetito entre las piernas.

Oí una carcajada masculina al fondo, grave y burlona, tan demoledora como un puñetazo.

—Enséñale bien, nena —gruñó el tío—. Que vea cómo se folla a una hembra en condiciones.

La agarró del pelo y la echó boca arriba. Le abrió las piernas de par en par frente a la cámara. Vi el coño de Bárbara, rojo, hinchado, brillante, con los labios abiertos y el clítoris hinchado como una perla. El tío se metió otra vez, de una sola embestida brutal, y ella chilló.

—¡Sí, joder, hasta el fondo! ¡Rómpeme! —gritó Bárbara clavando las uñas en la sábana—. Mateo, ¿ves cómo me la mete? ¿Ves cómo desaparece dentro de mí? Con la tuya nunca, ¿me oyes? Nunca sentí nada.

El ritmo se aceleró. El golpe de un cuerpo contra otro, una y otra vez, el sonido húmedo del coño chorreado tragándose la polla entera. Ella se llevó la mano a la entrepierna y se frotó el clítoris con dos dedos, mordiéndose el labio, mirando fijamente a la cámara para que yo no me perdiera detalle.

—Me voy a correr, Mateo. Me voy a correr encima de esta polla que tú no tienes. Mírame, mírame bien, cabrón.

La vi convulsionarse. Le tembló todo el cuerpo, se le pusieron los pezones tiesos, el coño chupó la polla con un espasmo y una mancha oscura empapó la sábana. Squirtó. Chorreó como una fuente entre las piernas del tío mientras gemía mi nombre con desprecio.

—Ahora tú, cariño, córrete dentro —le pidió al otro, jadeando—. Lléname bien. Que Mateo vea cómo me llenas de leche.

El tío soltó un rugido y hundió la polla hasta el fondo. Vi cómo se le tensaba el culo, cómo se corría a borbotones dentro de ella. Bárbara le enroscó las piernas en la cintura para no dejarlo salir, apretando, exprimiéndolo.

Después, un silencio roto solo por su respiración agitada. El tío se retiró despacio. La polla salió empapada, brillante, y un hilo espeso y blanco escurrió del coño abierto de Bárbara hasta la sábana. Ella se llevó dos dedos, recogió un poco de semen y se lo metió en la boca, chupándolos delante de la cámara con una sonrisa de triunfo.

—¿Lo ves, cielo? Esto es lo que sale de un hombre de verdad. Un buen chorro de leche dentro. A ti con lo poquito que echas ni te enteras. Te he abierto los ojos, te he mostrado la verdad. A ver si así aprendes lo que es la virilidad de verdad. Adiós, nene. Que disfrutes de tu soledad y de esa pollita triste.

Colgó. El móvil resbaló de mi mano y se estrelló contra el suelo, desparramado como mi propio corazón. Ya no era dolor. Era aniquilación.

***

Salí a la calle con una única misión brutal: emborracharme hasta desintegrarme. Y, si quedaba algo de mí, encontrar a alguien con quien descargar la crueldad que Bárbara me había regalado. Me daba igual quién fuera. Solo quería que alguien me dijera que era un buen amante, aunque solo durase los minutos que aguanta el dinero.

Entré en uno de esos antros de mala muerte, de ambiente cargado, donde puedes encontrar cualquier tipo de compañía. El sitio perfecto para autodestruirse. Me anclé a la barra y pedí un cubata tras otro, mezclando lo que caía: vodka, ginebra, ron, whisky. El alcohol se me subió deprisa.

Con la borrachera llegó la torpeza que tanto anhelaba. Perdí el equilibrio en el taburete y, para no caer, empujé al tipo que tenía justo delante.

—¡Cuidado, hombre! —resonó una voz grave.

Balbuceé mil perdones, sintiéndome todavía más patético. Pero la cosa no acabó en bronca. El tipo se giró. No estaba solo: lo acompañaba un amigo. Los dos eran altos, anchos, con esa presencia que llena un sitio. Me miraron, no con rabia, sino con algo que me heló el estómago. El primero me sostuvo del brazo para que no me fuera al suelo. Su agarre era firme y, sin embargo, casi paternal.

—Tranquilo, chico. No pasa nada —me dijo—. Me llamo Bruno. Este de aquí es Diego. Tienes pinta de estar hecho polvo. ¿Qué te pasa?

Diego me ofreció una sonrisa discreta y me ayudó a sentarme bien. Y yo, sin filtros, roto por el alcohol y por el odio, les conté toda la historia. La humillación, los catorce centímetros, el ex, la videollamada. Todo.

No se rieron. Bruno asintió con seriedad y pidió otra ronda. Diego se inclinó, puso una de sus manazas sobre la mía y me rodeó los hombros con el otro brazo.

—Olvídate de esa mujer, Mateo. A un hombre no lo mide lo que tiene entre las piernas, lo mide el corazón. El tamaño es fachada, créeme. Lo que importa es el cariño, los sentimientos, el buen hacer.

—Un buen amante es el que te hace sentir bien, no el que te rompe —añadió—. Y tú pareces un chico con el corazón en su sitio. Eso es lo que vale.

Me contaron chistes tontos, anécdotas, todo lo necesario para hacerme sentir menos miserable. Empezaron a convencerme de que mi problema era diminuto, una mentira que Bárbara había inflado. En su compañía me sentía mejor. Más seguro, incluso. Su atención, esa validación que ella me había arrancado, me sedujo.

Bruno se inclinó sobre la barra. Su cuerpo proyectaba una sombra de intimidad sobre mí. Su voz era un susurro bajo, casi un secreto.

—Oye, Mateo, escúchame. Aquí no estamos bien. Esto que cuentas es demasiado íntimo para soltarlo entre tanto ruido. ¿Y si nos vamos a un reservado, donde podamos hablar tranquilos?

Diego asintió de inmediato.

—Tiene razón. Da más calma y nadie tiene por qué oír estas cosas. ¿Vienes, Mateo?

Ingenuo, roto y desesperado por mi propio castigo, acabé aceptando. ¿Qué me quedaba por perder? Ya me habían robado la dignidad en una videollamada. Asentí con un movimiento de cabeza tan pequeño que casi lo inventé.

***

Me condujeron a la parte de abajo del local, a un pasillo con cuatro puertas negras. Entramos en una. El reservado era pequeño y oscuro, olía a ambientador barato y a sudor rancio. Un sofá descolorido de tres plazas, un diván al lado, una butaca de cuero agrietado. Me senté en el borde del sofá, rígido como una estatua.

Ellos no se sentaron. Se quedaron de pie, mirándome. Entonces Bruno se arrodilló frente a mí y me cogió las manos. No eran rudas, eran cálidas. Y su voz, ahora, sonaba suave, casi tierna.

—Tranquilo, chico. Estás aquí con nosotros. Estás a salvo.

Diego se colocó detrás de mí y empezó a masajearme los hombros con una presión firme y constante que me iba deshaciendo los nudos.

—Tienes muchísima tensión, Mateo. Deja que te ayudemos a relajarte —murmuró.

Y yo, como un idiota, me lo creí. Cerré los ojos y me dejé llevar. Sentí las manos de Bruno subir por mis brazos, desabotonar mi camisa con una lentitud hipnótica. Me sentía como un niño al que desnudan para meterlo en la bañera. Vulnerable, pero cuidado. No había desdén ni prisa. Solo atención.

Diego seguía con el masaje, hundiendo los dedos en mis músculos. Sentí su respiración cerca de la sien y, al poco, sus labios rozándome la oreja.

—Así se está mejor, ¿verdad? Sin la armadura, sin la ropa que te protege del mundo —susurró.

La camisa cayó al suelo. Bruno tiró del cinturón y de mis pantalones, y yo no hice nada por impedirlo. Querían mi bien, ¿no? Me lo estaban demostrando con cada caricia, con cada palabra que curaba la herida que Bárbara me había abierto.

Hasta que Bruno se apartó de golpe. Se levantó, y su cara cambió. Ya no había compasión ni ternura. Me miraba con hambre, con el cuerpo tenso.

—Mira, Diego —dijo señalando la tela fina que me cubría la ingle. Su voz era ya un gruñido—. Mira lo que esconde el crío debajo de la ropa. Lleva un tanga. ¡Joder!

Soltó una carcajada honda. Diego se acercó con la burla pura en los ojos. Toda su supuesta compasión se evaporó de golpe.

—Anda, si son casi unas bragas —se rió—. Ahora dudo hasta de lo que tiene debajo. Habrá que comprobarlo, ¿no?

Sin esperar respuesta, me agarró del borde de la prenda y tiró con una violencia inaudita. La tela se desgarró con un sonido seco y caí en la cuenta de que estaba completamente expuesto. Bruno se inclinó, clavó la mirada en mi entrepierna y volvió a reír, esta vez con desprecio.

—Mira qué pena, Diego. Diez centímetros como mucho. Pequeñita, pero al menos está dura. ¡Lo que faltaba!

Su risa era ahora una sentencia. Entendí entonces que todo el cuidado había sido el preludio de una humillación calculada, ensayada. Bruno me agarró del pelo y me obligó a bajar del sofá, a ponerme de rodillas sobre el suelo pegajoso del reservado.

—Si esa mujer quería enseñarte lo que es un hombre de verdad —murmuró Diego, desabrochándose el cinturón frente a mi cara—, nosotros vamos a terminar la clase.

Se bajó los pantalones de un tirón. La polla le saltó fuera, gorda, larga, ya medio dura, colgándole pesada delante de mis ojos. Debía tener veintidós centímetros como mínimo, gruesa como mi muñeca, con un capullo violeta y unos huevos hinchados que le rozaban los muslos. Bruno se colocó al lado e hizo lo mismo. La suya era todavía más brutal, con un grueso venoso que latía a cada golpe de sangre.

—Mira, mira lo que es esto, chaval —dijo Bruno agarrándose la verga con la mano y golpeándome la mejilla con ella—. Esto es lo que tu tía necesita. Esto es lo que tú nunca podrás darle a una mujer.

La polla caliente me marcaba la piel a cada golpe. Yo apreté los labios, mirando al suelo, humillado. Diego me agarró de la mandíbula y me obligó a abrir la boca. Metió el pulgar entre mis dientes hasta que abrí, y entonces empujó su verga hasta el fondo.

—Chupa, princesita —gruñó—. Aprende para qué sirve una boca como la tuya.

Sentí el sabor salado, el olor fuerte a macho sudado, la carne dura y palpitante llenándome la garganta. Me atraganté, se me saltaron las lágrimas y un hilo de baba me chorreó por la barbilla. Diego me sujetó de la nuca y empezó a moverse, follándome la boca sin piedad, empujando hasta que la nariz me chocaba con el pubis y no podía respirar. Cada arcada mía era una carcajada suya.

—Mira cómo la traga el niñato —se burló—. Se le da mejor esto que a Bárbara, seguro.

Bruno me agarró del pelo y me arrancó de la polla de Diego para plantarme la suya en la boca. La cambiaban a cada rato, obligándome a mamarlas por turnos, restregándome los huevos por la cara, abofeteándome con las vergas mojadas de saliva. Yo babeaba, jadeaba, se me caían las lágrimas y, contra toda lógica, mi propia polla ridícula estaba dura entre mis muslos, apuntando al techo como una traidora.

—Anda, mira, si al mocoso le pone —soltó Bruno riendo—. Le gusta que lo usen. Ya sabía yo.

Diego me obligó a levantarme y me tumbó boca abajo sobre el sofá, con el culo empinado. Sentí sus manos abriéndome las nalgas, y luego una lengua caliente y áspera lamiendo, ensalivándome el ojete de arriba abajo. Me estremecí, quise apartarme, pero Bruno me sujetó las muñecas contra el respaldo.

—Quieto, princesita. Vas a aprender lo que sintió Bárbara. Vas a saber lo que es una polla de verdad partiendo por dentro.

Diego se escupió en la mano, se embadurnó la verga y apoyó el capullo en mi entrada. Empujó despacio al principio. Sentí un dolor brutal, agudo, como si me rompieran en dos. Grité contra el cojín, y él soltó una carcajada mientras seguía empujando.

—Ábrete, chaval, ábrete. Que entre entera. Eso es. Eso es.

Notó como el músculo cedía y de golpe hundió la polla hasta el fondo. El grito me subió del estómago. Sentí sus huevos golpeándome el culo, su pubis pegado a mis nalgas, la verga entera clavada dentro de mí. Empezó a moverse, primero lento, luego con embestidas duras que me hacían resbalar contra el sofá.

—¡Joder qué apretado está el cabrón! —gruñó Diego agarrándome de las caderas—. Está más estrecho que un coño de virgen. Bruno, ven a probar.

Bruno se acercó y me metió la polla en la boca otra vez, de golpe, hasta la garganta. Me follaban por los dos lados, cada uno moviéndose a su ritmo, riéndose de cada gemido ahogado que se me escapaba. Sentí a Diego acelerar, clavarme el pubis contra el culo con embestidas cada vez más brutales, mientras Bruno me sujetaba la cabeza y me la usaba como una funda.

—Voy a llenarte el culo, princesita —jadeó Diego—. Vas a saber lo que es tener leche de un hombre de verdad dentro.

Empujó con todo, se hundió hasta el fondo, y noté como se corría dentro de mí, un chorro caliente tras otro, palpitando, llenándome. Cuando salió, un hilo espeso de semen me escurrió por el muslo hasta el sofá. Sin dejarme respirar, Bruno se apartó de mi boca, dio la vuelta y ocupó su lugar. Me penetró de una sola embestida, aprovechando que estaba ya abierto y resbaladizo por la leche del otro.

—Joder, qué gustito da entrar así de fácil —gimió—. Bien lubricado con el semen de mi colega.

Me folló con más violencia todavía, tirándome del pelo, obligándome a levantar la cabeza, mientras Diego se sentaba delante de mí y me metía otra vez la polla ablandada y sucia en la boca para que se la limpiara. Me obligaron a chuparla, a saborearme a mí mismo mezclado con su leche, mientras Bruno seguía embistiéndome por detrás como un animal.

—Mírate, Mateo —susurró Diego levantándome el mentón—. Este eres tú. Esto es lo que vale tu pollita de niño. Servir de agujero.

Bruno empujó fuerte, me clavó las uñas en las caderas y se corrió también dentro de mí, con un rugido grave, apretándome contra su cuerpo hasta la última gota. Y en algún punto de aquella humillación, mi propia polla ridícula, atrapada contra el sofá, soltó un chorro patético de leche sin que ninguno de los dos me tocara siquiera. Me corrí como un perro, mordiendo el cojín, mientras dos hombres me llenaban por los dos lados.

Salieron de mí despacio, casi con desprecio. Sentí el semen caliente escurrir por los muslos, por la barbilla, empapando la tela del sofá. Me quedé de rodillas, temblando, hecho un guiñapo.

—Ya está la clase dada, princesita —dijo Bruno abrochándose el cinturón—. La próxima vez que una tía te diga que la tienes pequeña, sabrás dónde venir.

Se rieron, se subieron los pantalones y se largaron dando un portazo. Yo me quedé allí, en el suelo, con las piernas abiertas, escurriendo leche ajena, sintiendo el culo ardiendo y las mejillas mojadas de lágrimas y saliva.

Salí de allí de madrugada, con la camisa mal abrochada y un sabor amargo que no se iba con nada. No sé si me habían roto del todo o si, de alguna forma retorcida, me habían dado justo lo que fui a pedir.

Lo único que sé es que, semanas después, cuando el móvil vuelve a encenderse en la oscuridad y temo que sea ella, no es el recuerdo de Bárbara el que me acelera el pulso. Es el de aquel pasillo de cuatro puertas negras.

Ver todos los relatos de Relatos Gay

Valora este relato

Comentarios(7)

SebasLector

que bueno!! me enganche desde el primer parrafo, tiene mucho ritmo

SantiNocturno

Me gustó mucho como empieza. Ese estado de vulnerabilidad antes de que todo cambie es muy real. Bien escrito.

RubenOscuro_21

Buenisimo, espero la continuación pronto!!!

PabloCR

Me recordó a una noche que salí solo a tomar algo después de una situacion fea y terminé conociendo gente que no esperaba. Ese principio me atrapó de entrada. Muy buen trabajo

FacuNoche

tremendo relato, lo leí de un tirón jaja

NightReader_77

La ambientación del bar estuvo perfecta, se siente la atmosfera. Queremos más de estos relatos!!

Juancho_BA

¿hay continuación? quiero saber que pasó después en el reservado

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.