Lo que pasó en el hotel tras el festival de Málaga
Los festivales de música siempre me han servido de válvula de escape. Ese fin de semana de septiembre reservé una habitación individual en un hotel a dos calles del recinto, en Málaga, con la excusa perfecta para desconectar del ruido de la oficina en Zaragoza y perderme durante dos días entre escenarios, cervezas y gente nueva.
Bajé la maleta un viernes por la mañana, dejé las cosas en la habitación y quedé con los de siempre en una terraza cerca del puerto. Iker y Salva estaban ya con el segundo tercio, y a los pocos minutos apareció otro grupo de amigos malagueños que se apuntaban al finde. Con ellos venía un chaval al que yo no conocía.
—Este es Rubén, un colega del curro —dijo Iker—. Se apuntó al último momento.
Le tendí la mano y en cuanto sus dedos apretaron los míos supe que ese festival no iba a ser como los otros. Alto, delgado pero fibroso, con el pelo castaño rapado por los lados y una barba corta que le enmarcaba la mandíbula. Cuando levantó la cara para saludarme me clavó unos ojos verdes que se me quedaron dentro. No sé si él lo notó, pero el apretón se alargó un segundo más de la cuenta.
—Un placer, Iván —dijo.
El placer va a ser mío, guapo.
Nos bebimos otra ronda y entramos al recinto cuando empezaba a caer el sol. Los primeros conciertos pasaron entre saltos y coros, y yo intentaba seguir la conversación del grupo, pero cada dos por tres se me iba la mirada hacia él. Cómo bailaba, cómo se pasaba la mano por el cuello para secarse el sudor, cómo se le marcaba la línea de los hombros bajo la camiseta blanca. En una de esas volteó la cabeza y me pilló mirándolo. En vez de apartar la vista, sonrió, y esa sonrisa fue una invitación clara.
Le devolví una más tímida, medio de perfil. Él arqueó una ceja. El resto de la tarde se convirtió en un juego. Un roce fingido al pasar por detrás para pedir una cerveza. Una mano apoyada en mi hombro más rato del necesario. Una mirada larga mientras el escenario principal se llenaba con los primeros acordes del cabeza de cartel.
Sobre las diez me tocó en el brazo.
—Oye, Iván, estoy reventado de mear. ¿Me acompañas y pillamos unos chupitos a la vuelta?
—Vamos.
Nos abrimos paso entre la marea de gente. En uno de los apretujones estiró la mano hacia atrás y me pilló los dedos como si fuera lo más natural del mundo. Yo entrelacé los míos sin pensarlo. Notaba el pulgar acariciándome el dorso de la mano con cada paso, y con cada caricia se me tensaba un poco más el pantalón.
Los baños eran esas cabinas circulares con cuatro plazas alrededor de un poste central. Nos metimos los dos en el mismo hueco, uno frente al otro. Me saqué la polla ya medio dura, forcé un poco y empecé a mear mientras él hacía lo mismo. Levanté la vista y me lo encontré mirándome fijo, sonriendo con los dientes apretados. Después noté cómo su mano derecha se movía despacio, arriba y abajo, sin pudor. El cabrón se estaba pajeando delante de mí, con mi polla fuera y el ruido del festival golpeando la lona por encima de nuestras cabezas.
Terminó, se subió los pantalones a medias y en lugar de salir por delante rodeó el poste central y se colocó detrás de mí. Yo todavía tenía la polla afuera. Sentí el bulto duro de la suya empujándome contra el culo por encima del vaquero, y su boca pegándose a mi oreja.
—Deja de mirarme y follemos, Iván. Llevo toda la tarde con la polla dura por ti.
Aquello fue el pistoletazo. Me guardé la polla como pude, le agarré la muñeca y tiré de él fuera de la cabina. En cuanto salimos de la fila lo empujé contra un lateral menos iluminado, le agarré la nuca y le comí la boca. Él respondió mordiéndome el labio de abajo, tirando de mí hacia dentro. Un beso largo, sucio, con las manos metiéndose ya por debajo de la camiseta. La gente pasaba a nuestro alrededor y ni la miramos.
—Necesito que me la metas —le dije al oído, apretándole la polla por encima del vaquero—. Ahora.
—Te la voy a meter hasta que no te queden fuerzas ni para gemir.
Salimos del recinto sin despedirnos de nadie. Anduvimos las dos calles hasta el hotel medio corriendo, parando cada pocos metros a comernos la boca contra alguna pared. Cuando entramos al ascensor y las puertas se cerraron, se desabrochó el vaquero de un tirón, se sacó la polla ya durísima y me empujó los hombros hacia abajo con las dos manos.
—Abre la boca.
Caí de rodillas sin pensarlo. La tenía larga, gruesa, con una curva ligera hacia la izquierda que la hacía todavía más obscena. Me la metió de golpe hasta la mitad, agarrándome del pelo, y empezó a follarme la boca al ritmo del ascensor subiendo. Yo salivaba sin control, el suelo se manchó de gotas, y el bulto en mis pantalones ya era una humedad caliente. Cuando el ascensor pitó en la séptima planta él se guardó la polla a duras penas y yo me limpié la barbilla con el dorso de la mano. Recorrimos el pasillo hasta mi habitación agarrados por la cintura, medio riéndonos, medio jadeando.
Cerré la puerta con el pie. No nos dio tiempo a llegar a la cama. Nos quitamos la ropa a tirones, mordiéndonos el cuello, y volví a arrodillarme frente a él. Le agarré la polla con las dos manos y me la metí hasta el fondo mirándolo a los ojos. Empecé despacio, saboreando la piel, moviendo la lengua alrededor del glande antes de tragármela entera. En la habitación solo se oía el sonido húmedo de mi saliva bajando por su rabo y sus suspiros roncos.
—Así, joder, así —jadeaba, con la cabeza echada hacia atrás.
Fui subiendo el ritmo. Aceleraba, aflojaba, la sacaba para lamerle los huevos y volvía a tragármela hasta la garganta. Él me agarró la cabeza con las dos manos y tomó el control. Empujaba profundo, hasta hacerme atragantar, y yo me dejaba, con los ojos llorosos y la baba corriéndome por la comisura. Me sacó unos segundos para que respirara y me tumbó en la cama boca arriba, con la cabeza colgando por el borde. Me abrió la boca con el pulgar y volvió a metérmela hasta el fondo.
—Aguántame así, tragátela entera.
Sentía cada centímetro colándose por la garganta, sus huevos golpeándome la nariz, sus manos apretándome las tetillas. Estuvo así diez minutos largos, follándome la boca sin sacarla, marcando el ritmo con las caderas. Su polla se fue hinchando dentro de mí. Empezó a gemir más agudo, a jadear entre dientes. La clavó hasta el fondo y noté los primeros chorros bajando por mi garganta, calientes y gruesos. La sacó a mitad de corrida y los últimos trallazos me cayeron sobre la lengua, los labios y una parte de la mejilla. Me incorporó por los hombros, me lamió la cara despacio y me metió su semen en la boca con la suya, compartiéndolo. Nos lo tragamos entre besos.
—Todavía no he empezado contigo —murmuró.
Su polla no se había bajado ni un dedo. Le empujé contra el colchón, me subí encima y le fui recorriendo con la boca el cuello, el pecho, los pezones. Le mordía suave y él arqueaba la espalda. Cuando me senté a horcajadas sobre sus caderas, agarró la polla y la apuntó contra mi agujero. Bajé despacio y entró sin resistencia, como si ya me hubiera estado esperando ahí dentro. Solté un gemido largo cuando la punta rozó el fondo, cerré los ojos y empecé a moverme. Primero suave, disfrutando de cada centímetro. Luego más rápido, arriba y abajo, apoyándome en su pecho con las dos manos. Él me miraba desde abajo, con la cara roja y los labios entreabiertos, mordiéndose el inferior.
—Fóllame más fuerte —le pedí.
Rubén me agarró de las caderas y empezó a embestir él desde abajo. La cama chirriaba, mis huevos rebotaban contra su vientre, y yo me derrumbé encima de su pecho, mordiéndole el hombro para no gritar. Él aceleró y la penetración se volvió salvaje, un ritmo animal que solo cortaba para clavarla hasta el fondo y aguantarla ahí un segundo antes de volver a empezar.
—Levántate —dijo de repente.
Salió de mí, me cogió de la mano y me llevó hasta el ventanal que daba a la calle. Apoyé las palmas y la mejilla contra el cristal frío y arqueé el culo hacia atrás. Él me abrió las nalgas con los pulgares, escupió y me la volvió a meter de una embestida seca. Grité contra el cristal. Empezó a bombearme sujetándome por las caderas con las dos manos, duro, profundo, sin darme respiro. Yo notaba cada vena de su polla arrastrándose por las paredes de mi culo.
Abrí los ojos. En el edificio de enfrente, detrás de una cortina medio abierta, había un tío mirándonos. Un hombre de unos cuarenta y tantos, en calzoncillos, con una copa en una mano y la polla en la otra, meneándosela al ritmo de lo que veía. La luz de su salón le iluminaba la cara. No apartaba la vista.
Saber que nos estaban mirando fue como echarle gasolina al fuego. Empecé a mover el culo hacia atrás contra él, a pedirle más, a suplicárselo entre gemidos. Rubén me estampó una palma contra la nalga y me embistió más rápido. Yo estaba sudando, taquicárdico, apretando el culo alrededor de su polla sin querer. Sentí el orgasmo subiendo por las piernas sin haberme tocado ni una vez. Solté un gemido largo contra el cristal y me corrí a chorros gruesos que golpearon el ventanal y bajaron despacio, dejando un rastro brillante. El vecino de enfrente aceleró el ritmo de su mano.
Se me aflojaron las piernas. Rubén lo notó, me abrazó por detrás y me llevó de vuelta a la cama medio en volandas. Me tumbó boca arriba, me subió las piernas a sus hombros y volvió a metérmela. No me quedaban fuerzas ni para gemir. Me besaba mientras me follaba, lento, hondo, buscándome la lengua entre embestida y embestida.
—Voy otra vez —susurró.
La sacó, se puso a horcajadas sobre mi vientre y se hizo una paja rápida a dos centímetros de mi cara. La segunda corrida le salió a chorros sobre mi pecho, mi cuello y mi mandíbula. Se dejó caer encima de mí, sin importarle mancharse la piel. Me buscó la boca con besos cortos y lentos, cargados de algo que no era solo sexo.
Nos quedamos así un rato, quietos, oyéndonos respirar. Después me abrazó desde atrás, apoyé la cabeza contra su pecho y me quedé escuchándole el corazón bajar poco a poco de revoluciones.
Cuando estaba a punto de dormirme, murmuró contra mi oreja:
—Recuerda que mañana hay segundo día de festival.
Me reí bajito, con los ojos ya cerrados. No pensaba salir de esa habitación hasta que el sol se pusiera otra vez.
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