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Relatos Ardientes

La paja con el repartidor que volvió a mi puerta

Aquel sábado amanecí solo en casa, con ese silencio raro que deja una vivienda cuando la otra persona se ha ido por todo el fin de semana. No tenía planes, no esperaba visitas y tampoco pensaba vestirme pronto. Me levanté con la polla dura, de esas erecciones pesadas que ya marcan el día antes incluso de apoyar bien los pies en el suelo.

Fui directo al salón, arrastrando el portátil y una botella de agua, como quien prepara una ceremonia privada. Conecté el ordenador al televisor, bajé las persianas a medias y me dejé caer en el sofá completamente desnudo. Busqué porno de mujeres trans, que siempre me había puesto a mil, y en pocos minutos ya estaba acariciándome la polla con calma, disfrutando del calor de mi mano y de la libertad de no tener que esconderme de nadie.

Me gusta alargar las pajas. No correrme rápido, sino dejar que la excitación suba y baje, mirar, cambiar de vídeo, apretar más fuerte, frenar, volver a empezar. Así llevaba ya bastante rato, con la punta brillante, los huevos tensos y la respiración cada vez más pesada, cuando sonó el telefonillo.

Me quedé quieto unos segundos, con la mano todavía rodeándome la polla.

—¿Quién es? —pregunté, sin apartar los ojos de la pantalla.

—Traigo un paquete para la señora de la casa.

Mi pareja no me había comentado nada, pero aquello daba igual. Algún pedido suyo, sin más. Lo lógico habría sido ponerme al menos un pantalón corto, bajar la erección y abrir como una persona normal. En lugar de eso, me asomé por la ventana del patio interior para ver quién subía.

Era un hombre de unos treinta y muchos, moreno, barba corta, hombros anchos bajo el uniforme y una manera de caminar que me llamó la atención al instante. No era un modelo de revista, y precisamente por eso me excitó más: tenía pinta de hombre real, de cuerpo usado, de calor cercano. Yo ya estaba salidísimo, con la mano otra vez en la polla, y de pronto se me cruzó una idea absurda y sucia que me puso todavía más duro.

Abrirle desnudo.

Cuando volvió a sonar el telefonillo para que le abriera el portal, lo hice sin dudar. Ya tenía el corazón disparado. Me quedé detrás de la puerta de casa completamente en pelotas, con la polla tiesa apuntando hacia arriba, y mientras escuchaba el ascensor subir me la meneaba despacio, más por nervios que por placer. Cada segundo me parecía una locura mayor, pero justo por eso no podía echarme atrás.

Oí las puertas del ascensor abrirse. Miré por la mirilla. Lo vi salir con el paquete bajo el brazo, acercarse, pulsar el timbre. Entonces respiré hondo y abrí.

Su cara fue una mezcla perfecta de sobresalto y deseo reprimido. Primero me miró a los ojos, luego bajó la vista sin poder evitarlo y se quedó clavado en mi polla dura.

—Joder... —se le escapó.

Ni yo mismo sé de dónde saqué valor para decir lo siguiente.

—Si quieres, entra y me ves correrme.

El hombre dio un pequeño paso atrás, como si el rellano se hubiera vuelto demasiado estrecho.

—No... no, perdona. Toma el paquete.

Me lo dio con manos nerviosas y apretó el botón del ascensor casi de inmediato. Yo noté de golpe toda la vergüenza subiéndome por la nuca.

—Perdona, de verdad. Se me fue la cabeza —le dije.

No contestó. Entró al ascensor, evitó mirarme y desapareció cuando se cerraron las puertas.

Cerré la puerta de casa y me apoyé en ella, todavía desnudo, todavía empalmado, pero ahora con una mezcla de morbo y ridículo que me secó la boca. Fui a la cocina a beber agua y a insultarme en silencio. Estás fatal. ¿Quién hace una cosa así?

Volví al salón convencido de que lo ocurrido se quedaría como una anécdota humillante. En la pantalla seguían follando dos cuerpos perfectos, pero ya no podía concentrarme. Tenía la cabeza en el rellano, en la cara del repartidor, en ese «joder» que le había salido demasiado sincero.

Entonces sonó el timbre.

Se me heló el estómago y, al mismo tiempo, se me puso la polla todavía más dura. Fui a mirar por la mirilla. Era él.

Abrí.

Esta vez no apartó la vista de mi desnudez. De hecho, se permitió recorrerme entero antes de hablar.

—¿Puedo pasar? —preguntó en voz baja.

—Sí, claro.

Entró rápido. Cerré la puerta y por un momento nos quedamos los dos quietos en el recibidor, respirando fuerte, como si hubiéramos cometido ya algo grave solo con eso.

—Perdona lo de antes —dije.

Él negó con la cabeza.

—No he vuelto por la disculpa. Me pillaste completamente desprevenido. Pero cuando bajé en el ascensor no podía dejar de pensar en tu polla. Y en que quizá, si no volvía, me iba a arrepentir todo el día.

Noté un latigazo caliente en el vientre.

—Vamos al salón —le dije.

Entramos. En la televisión seguía el porno trans, con gemidos llenando la habitación. El repartidor miró la pantalla, luego me miró a mí y sonrió con una mezcla de nervios y alivio.

—Eso te va, entonces.

—Sí. Mucho.

—A mí también me pone morboso —admitió—. Nunca lo digo en voz alta.

Su confesión bajó un poco la tensión extraña y la convirtió en otra cosa: complicidad. Seguía vestido con el uniforme, con la furgoneta esperándolo abajo y un paquete menos en la ruta, pero ya estaba allí, en mi salón, tragando saliva mientras yo seguía desnudo frente a él.

—No tengo mucho tiempo —dijo—. Pero no he subido para hablar.

—¿Entonces para qué has subido?

Su mirada volvió a mi polla.

—Para verla de cerca. Para tocarla, si me dejas. Y para correrme contigo.

Lo dijo tan directo que me recorrió un escalofrío. No hacía falta fingir delicadeza. Los dos estábamos allí por lo mismo.

—Déjame ver la tuya primero.

Se desabrochó el pantalón sin dejar de mirarme. Bajó la cremallera, se empujó el uniforme y luego el calzoncillo. Sacó una polla ya dura, algo más corta que la mía, gruesa de base, con el glande tenso y brillante. Se la agarró con una mano y empezó a meneársela con movimientos cortos, aún tímidos.

—Joder —murmuré—. Has vuelto bien caliente.

—No sabes cuánto. En el ascensor ya la llevaba apretándome el pantalón.

Yo me acerqué y puse mi polla a la altura de la suya. Verlas juntas me encendió todavía más. Dos tíos adultos en medio de un salón cualquiera, un sábado cualquiera, pajeándonos como animales por puro morbo. No había romanticismo, no había vueltas. Solo deseo, urgencia y esa suciedad deliciosa de hacerlo con un desconocido.

—Tócamela —le dije.

Él dudó un segundo.

—¿En serio?

—Claro.

Soltó su polla y cerró la mano sobre la mía. Su contacto fue más torpe de lo que esperaba, pero precisamente esa torpeza me excitó. No era un gesto ensayado; era la mano de un hombre que llevaba tiempo deseando hacer eso y no se había atrevido. Me la acarició de arriba abajo, primero suave, luego con más decisión, notando el grosor, el calor, la dureza completa.

—Es la primera vez que toco otra —me confesó—. Otra polla, quiero decir.

—Pues para ser la primera no lo estás haciendo mal.

—Estoy acojonado y cachondo a la vez.

—Mejor combinación imposible.

Le agarré yo la suya. Dio un pequeño respingo al sentir mi mano envolverle el tronco. Empecé despacio, marcando el ritmo, acariciándole el glande con el pulgar antes de bajar hasta la base y volver a subir. Se le cortó la respiración.

—Hostia... —dijo, con la voz rota—. Joder, eso sí que no me lo esperaba.

—¿Te gusta?

—Muchísimo.

Lo miré a los ojos mientras seguía pajeándolo. Quería ver en su cara exactamente hasta dónde llegaba su deseo. No apartó la vista. Eso me gustó todavía más.

—Si quieres correr muy rápido, sigue con la mano —le dije—. Pero si quieres que esto valga la pena, haz algo más.

Tragó saliva.

—¿Como qué?

Le acerqué mi polla a la boca. No la forcé. Solo la puse ahí, a pocos centímetros de sus labios, invitándolo.

—Como chuparla.

Se quedó inmóvil dos segundos, respirando sobre el glande. Luego abrió la boca y sacó la lengua, dándome una lamida torpe pero muy húmeda en la punta. Casi se me doblaron las rodillas. Volvió a pasar la lengua alrededor del glande y después me metió la punta en la boca, chupando con hambre contenida, como si llevara años imaginándolo.

—Así, sí —gemí—. Joder, no pares.

Se arrodilló delante de mí con el pantalón a media pierna y empezó a mamármela de verdad. Ya no había timidez en sus movimientos, o al menos la estaba usando a favor. Me sujetaba la polla con una mano mientras subía y bajaba la boca, ensalivándola cada vez más. No tenía técnica de experto, pero sí ganas, y eso se notaba en la forma ansiosa en que me tragaba el glande, en cómo se le escapaban pequeños gemidos con mi polla entre los labios.

Yo le acariciaba el pelo y luego le agarré la nuca, no para imponerme sino para marcarle el ritmo. Se dejó guiar sin resistencia, con los ojos medio cerrados. Cuando apreté un poco y le llevé la polla más adentro, se le tensó la garganta y soltó un ruido ronco que me volvió loco.

—Mierda, qué bien chupas para ser tu primera vez.

Él apartó apenas la boca para hablar, jadeando.

—Llevo años imaginando esto. Solo que nunca pensé hacerlo en una entrega.

Le respondí tirando suavemente de él hacia arriba. Quería besarlo. Nos miramos a escasos centímetros, ambos respirando deprisa, y entonces lo besé con saliva, con el sabor de mi polla todavía en sus labios. Me devolvió el beso con una urgencia que ya no dejaba dudas. Metí la lengua en su boca y al mismo tiempo volví a agarrarle la polla.

—Enséñame cómo te gusta —le dije.

Se sacó por fin del todo el pantalón hasta media pierna y empezó a masturbarse delante de mí mientras yo hacía lo mismo con la mía. Nos besábamos a ratos, nos separábamos para mirar cómo se movían nuestras manos, cómo se tensaban los cuerpos. La tele seguía de fondo, pero ya apenas la escuchábamos.

—Quiero probar una cosa —murmuró.

Se sentó en el borde del sofá y me hizo un gesto para que me acercara. Me colocó entre sus piernas abiertas, volvió a meterse mi polla en la boca y, al mismo tiempo, empezó a pajearse él. Verlo así, mamándomela y machacándose la suya con la mano, me pareció brutal. Bajé la vista y vi su mano subir y bajar deprisa, húmeda ya de preseminal, mientras mi polla entraba y salía de su boca cada vez con más saliva.

Le puse dos dedos bajo la barbilla y levantó la cara. Tenía la boca brillante.

—Yo también quiero chupártela.

Se apartó, sorprendido y excitado a la vez. Me arrodillé yo entonces frente a él y le lamí primero el glande, despacio, notando cómo se estremecía. Él soltó un gemido abierto, sin contenerse. Le pasé la lengua por el tronco, le chupé la punta y después me la metí en la boca de golpe, arrancándole un «joder» fuerte, casi incrédulo.

Me agarró el hombro para no perder el equilibrio. Yo le mamaba marcando una cadencia firme, húmeda, tragándome lo que podía y usando la mano en la base para completar cada bajada. Sabía a piel caliente y a nervios. Sentí cómo su polla se endurecía todavía más dentro de mi boca.

—No puedo creerme que me esté pasando esto —dijo entre jadeos.

Saqué la boca lo justo para responder:

—Pues créetelo y disfrútalo.

Le chupé los huevos un instante, volví al glande y me entretuve ahí, lamiéndolo con calma hasta hacerlo retorcerse. Cuando levanté la mirada, lo vi con la cabeza echada hacia atrás, una mano agarrando el sofá y la otra apretando su propia pierna para no venirse demasiado pronto.

Subí de nuevo y me senté a su lado. Los dos teníamos la respiración rota. Nos masturbamos uno frente al otro unos segundos, mirándonos sin hablar. La escena era obscena y sencilla, justo como tenía que ser.

—Quiero corrernos juntos —dijo.

—Podemos hacer algo mejor que cada uno por su lado.

Le cogí la mano y la puse sobre mi polla. Yo cerré la mía sobre la suya. Empezamos a pajearnos mutuamente, acompasados. La sensación era distinta a hacerlo uno mismo: el ritmo ajeno, la presión imperfecta, la atención puesta en el cuerpo del otro. Todo eso me llevó enseguida a un punto mucho más alto de excitación.

—Más fuerte —me pidió.

Obedecí. Le bombeé la polla con decisión, girando un poco la muñeca al subir. Él hizo lo mismo conmigo y tuve que apretar los dientes. El salón se llenó del ruido húmedo de las manos trabajando, de nuestra respiración acelerada, de palabras sueltas cada vez más sucias.

—Así... sí... joder, así.

—No pares.

—Qué pollón tienes.

—Y tú estás ardiendo, cabrón.

Me acerqué para besarlo otra vez sin dejar de pajearlo. Nuestras frentes chocaron un instante. Le mordí el labio inferior y noté cómo se le tensaba todo el cuerpo.

—¿Te queda mucho?

—Muy poco —dijo—. Si me sigues así, me corro ya.

—Aguanta un poco más.

Le solté la polla y me puse de pie. Él me miró, confuso, hasta que entendió lo que quería cuando me acerqué más y coloqué mi glande a la altura de su boca otra vez.

—Chúpamela mientras te pajeo. Nos corremos así.

Abrió la boca sin discutir. Le metí la polla y retomé con mi mano su ritmo. Ahora sí gemía de verdad, con la boca ocupada, la saliva resbalándole por la barbilla y la polla latiéndome dentro de la mano. Cada vez que yo subía un poco más rápido, él me tragaba más hondo. Cada vez que me apretaba con los labios, yo le respondía cerrando más fuerte la mano sobre su verga.

—Mmm... joder... —logró decir, apartándose un segundo para respirar—. Me voy a correr.

—Pues córrete.

Volvió a metérsela en la boca y aceleré. Sentí cómo se le ponían duros los muslos, cómo el abdomen se le contraía, cómo su polla daba pequeños tirones dentro de mi mano. Un segundo después se corrió. El semen le salió a pulsos calientes, espesos, manchándole la mano y parte del vientre. Se estremeció entero mientras seguía chupándomela, desordenado, incapaz de controlar nada.

Verlo correrse así me remató. Me saqué de su boca a tiempo, me agarré la polla con fuerza y me la machaqué tres veces apenas. Solté la corrida enseguida, con un gemido bronco, disparando el semen sobre el suelo y parte del borde del sofá. Fue una corrida larga, tensa, de las que te vacían las piernas. Él me miró desde abajo, todavía jadeando, y esa imagen me hizo salir un poco más.

Nos quedamos unos segundos sin movernos, respirando como si hubiéramos subido corriendo varias plantas. El televisor seguía encendido, absurdo ya, completamente irrelevante frente a lo que acababa de pasar en mi propio salón.

Él fue el primero en reírse, bajito, incrédulo.

—Ni en mis fantasías más cerdas.

—Las mías tampoco solían incluir mensajería urgente —contesté.

Le acerqué papel del mueble auxiliar y empezamos a limpiarnos. Lo hacía con movimientos torpes, todavía medio temblando por la descarga. Verlo así, recién corrido, con el uniforme descolocado y la cara colorada, me daba todavía ganas de seguir. Pero su móvil vibró y la realidad volvió de golpe.

Miró la pantalla y maldijo entre dientes.

—Tengo que irme ya. Si no, me llaman.

Asentí. Era una lástima, pero también tenía su morbo que todo hubiera sido tan precipitado, tan robado al día. Se subió el calzoncillo, se acomodó el pantalón y terminó de arreglarse la ropa. Yo seguía desnudo, observándolo con una satisfacción animal que no intentaba disimular.

—¿Te arrepientes? —le pregunté.

Me sostuvo la mirada mientras guardaba el móvil.

—Ni un poco. Me arrepentía más cuando me estaba yendo sin volver.

—Entonces no lo dejemos como una locura de una sola vez.

Se quedó pensando un instante. Luego sonrió, ya menos nervioso.

—¿Tienes alguna app? Algo discreto.

Le dije cuál usaba para hablar sin levantar sospechas en casa. Sacó el teléfono, nos agregamos ahí mismo y comprobamos que el contacto aparecía. Ver su nombre en mi pantalla, después de haberle tenido la polla en la boca y en la mano, me provocó una segunda oleada de morbo.

Antes de irse se acercó otra vez a mí, ya con la compostura medio recuperada. Pensé que me daría la mano o una despedida incómoda. En lugar de eso, me besó. Un beso corto, firme, nada romántico y muy claro en su intención.

—La próxima vez —dijo— no vuelvo con tanta prisa.

—La próxima vez —respondí— no te abro en el rellano. Te hago pasar desde el principio.

Se rio, abrió la puerta y salió al pasillo con la profesionalidad rehecha a medias. Esperé a oír el ascensor antes de cerrar. Entonces regresé al salón y vi el suelo salpicado, el sofá manchado y el porno aún reproduciéndose en la pantalla grande como si nada.

Me dejé caer sentado, agotado y satisfecho, y miré el desastre con una sonrisa estúpida. Había empezado la mañana queriendo una paja larga en soledad, y había terminado compartiendo corrida con un hombre al que una hora antes no conocía. A veces una fantasía no avisa; solo llama al timbre, sube en ascensor y, si tienes la cara suficiente para abrir desnudo, acaba volviendo a tu puerta.

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Comentarios(4)

NocheLibre55

jajaja el momento del ascensor me mató, y lo que vino después... no me lo esperaba para nada. Tremendo

Valentina_23

necesito una segunda parte!!! dejaste todo a medias jaja

MarcosNight

buenísimo!!! se nota que es real

GabrielCba33

y el tipo se dio cuenta de algo?? me quedé con esa duda jajaja. Muy bueno igual

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