El desconocido del vestuario quiso unirse a nosotros
Habían pasado cuatro meses desde aquella tarde en el vestuario del gimnasio, cuatro meses de mensajes a medianoche, encuentros robados y conversaciones que terminaban siempre en lo mismo. Andrés y Marcos habían dado con un ritmo propio, una corriente que los empujaba el uno hacia el otro sin que ninguno de los dos entendiera del todo el porqué. Y esa tarde de jueves, casi sin proponérselo, terminaron de nuevo donde todo había empezado: las duchas del fondo, los azulejos grises, el olor a cloro y a toallas húmedas flotando en el aire tibio.
Andrés llegó primero. Se quitó la camiseta empapada de sudor y la dejó colgada del banco de madera, sin prisa, atento al sonido de la puerta. Había venido a entrenar, eso era cierto, pero la idea de repetir aquel encuentro lo había acompañado durante toda la rutina de pesas, distrayéndolo en cada repetición. Antes de meterse a la ducha le había escrito a Marcos una sola palabra. Y allí estaba ahora, esperando.
Marcos entró pocos minutos después, con esa seguridad que hacía girar las cabezas. Llevaba el pelo todavía mojado de la pileta y una camiseta de tirantes que dejaba ver los hombros anchos, la piel morena que Andrés conocía de memoria. Cruzó el vestuario sin disimular hacia dónde miraba.
—Pensé que no vendrías —dijo Andrés, apoyado contra los azulejos.
—Me escribiste «ahora». ¿Qué querías que hiciera? —Marcos sonrió de medio lado y dejó su bolso junto al banco.
Se encontraron frente a las duchas, igual que la primera vez, pero ahora con una familiaridad que volvía cada gesto más audaz. Andrés dejó que sus ojos bajaran sin pudor, y Marcos respondió recorriéndolo de arriba abajo con la misma falta de vergüenza. El aire entre ellos vibraba. Pero no estaban solos.
A pocos metros, junto a los lavabos, había un tercer hombre. Joven, quizás de veinticinco, con la piel tostada y un cuerpo esbelto y trabajado que se adivinaba bajo una toalla anudada a la cintura. Tenía los ojos oscuros y curiosos, y no apartaba la vista del intercambio. Llevaba un rato secándose el pelo con una lentitud que delataba que no tenía ninguna prisa por marcharse.
Nos está mirando, pensó Andrés, y en lugar de incomodarlo, la idea le calentó el pecho.
—Vaya, este lugar nunca decepciona —dijo Marcos, rompiendo el silencio con su voz grave. Se pasó la mano por la nuca, un movimiento lento, casi una invitación, y miró de reojo al desconocido, incluyéndolo en la conversación.
Andrés soltó una risa baja. —Eso parece. —Sus ojos se encontraron con los del joven, que no se inmutó. Al contrario: dio un paso hacia ellos, la postura relajada pero atenta, como quien evalúa una oportunidad antes de tomarla.
—Iván —dijo, con una voz suave y firme, dejando la toalla colgada del gancho más cercano. Sus movimientos eran fluidos, y había algo en su manera de mirarlos, directa, sin rastro de timidez, que aceleró el pulso de Andrés.
—Andrés —respondió él, secándose despacio las manos en una toalla, dejando que sus dedos rozaran el brazo de Marcos al pasar—. Y él es Marcos.
El aire del vestuario se volvió denso, casi sólido. Los tres se midieron en silencio, la tensión creciendo como una cuerda que se tensa poco a poco. Iván sonrió, un destello de dientes blancos contra la piel oscura.
—¿Siempre es tan interesante este sitio? —preguntó, inclinándose apenas hacia ellos, la voz cargada de insinuación.
Marcos fue el primero en moverse. —Depende de con quién te lo encuentres —dijo, y avanzó hacia el último compartimento de duchas, el del fondo, separado del resto por un tabique de azulejo. Se detuvo en el umbral y miró a los otros dos con una ceja levantada—. Si quieren seguir charlando, ahí dentro hay más intimidad.
Andrés no dudó. Con un gesto de cabeza invitó a Iván a seguirlos, y los tres entraron en el reducto del fondo. El espacio era estrecho, pensado para uno, y de pronto los cuerpos quedaban a un palmo de distancia. Marcos cerró la mampara, y el silencio que siguió se rompió enseguida con la respiración pesada de los tres.
***
Marcos fue quien dio el primer paso. Empujó a Andrés contra la pared fría y lo besó con una urgencia que no admitía dudas, las manos abriéndose paso por su torso, los dedos hundiéndose en la cintura. Andrés respondió tirando de él, pegando las caderas, sintiendo cómo el agua de una ducha mal cerrada goteaba a su lado.
Iván no se quedó mirando. Se acercó por detrás de Marcos, las manos encontrando sus caderas, presionándose contra su espalda. La sorpresa hizo que Marcos interrumpiera el beso un instante, solo para sonreír contra la boca de Andrés.
—Joder, esto es nuevo —murmuró Andrés, la voz entrecortada, mientras Marcos le mordía el cuello, dejándole marcas que ardían de un modo delicioso. Iván rió por lo bajo, los labios rozando la nuca de Marcos, las manos ya tirando del elástico de sus shorts con una destreza que no dejaba lugar a la torpeza.
La ropa empezó a caer. Un frenesí de manos que desabrochaban, bajaban, liberaban. Andrés terminó en el centro, atrapado entre los dos cuerpos, y por un momento perdió la noción de qué mano pertenecía a quién. Marcos lo besaba de frente con una intensidad que lo obligaba a jadear; Iván, detrás, exploraba la espalda de Marcos con una mezcla de curiosidad y hambre. Y entonces las manos del joven encontraron a Andrés, lo rodearon, lo apretaron con una firmeza que le arrancó un gemido y lo hizo arquearse contra los azulejos.
Marcos se giró. Capturó la boca de Iván en un beso que era puro fuego, y Andrés aprovechó el momento para deslizarse hacia abajo, los labios trazando un camino por el pecho de Marcos, bajando por el vientre tenso hasta llegar a su sexo. Lo conocía bien, y precisamente por eso sabía exactamente cómo tomarlo, con una lentitud calculada que arrancó un gruñido del fondo de la garganta de Marcos.
Iván, mientras tanto, se ocupó de Andrés. Sus manos y su boca lo recorrieron con una precisión que hablaba de experiencia, sin titubeos, leyendo cada reacción para repetir lo que funcionaba. Andrés tuvo que apoyar una mano en el muslo de Marcos para no perder el equilibrio.
El espacio reducido amplificaba cada sonido: el roce de la piel mojada, la respiración agitada, los gemidos contenidos por miedo a que alguien entrara en el vestuario. Marcos, con una mano enredada en el pelo de Andrés, marcaba el ritmo, y con la otra buscaba a Iván, atrayéndolo para compartir un beso desordenado, los tres demasiado cerca, demasiado encendidos.
Entonces Marcos se apartó. Tiró de Andrés hacia arriba y lo empujó con suavidad en dirección a Iván.
—Tu turno —susurró, la voz ronca.
***
Iván no necesitó que se lo repitieran. Sacó un preservativo del bolsillo de los shorts que habían quedado tirados sobre el banco, preparado con la rapidez de quien había anticipado el momento desde el primer cruce de miradas. Se acercó a Andrés y alineó los cuerpos, las manos firmes en sus caderas.
La sensación de Iván entrando en él, lenta pero implacable, hizo que Andrés se aferrara a los hombros de Marcos, que lo sostenía de frente y lo besaba para mantenerlo anclado a algo. Cada embestida era precisa, medida, y le arrancaba a Andrés gemidos que rebotaban contra el azulejo del reducto.
—Así —jadeó Andrés contra la boca de Marcos—. Así, no pares.
Pero Andrés no estaba dispuesto a ser solo el que recibía. Con un movimiento decidido, le dio la vuelta al juego. Hizo girar a Marcos y lo apoyó contra la pared, y Marcos se dejó hacer con una sonrisa por encima del hombro. Andrés lo preparó con cuidado, los dedos moviéndose entre la firmeza y una especie de reverencia, mientras Iván observaba la escena con la respiración cada vez más pesada.
Cuando Andrés se deslizó dentro de Marcos, el gemido que soltó este fue suficiente para que el calor en el cuerpo de Andrés se disparara. Iván no quiso quedarse fuera. Se acercó, las manos y los labios alternando entre los dos, acariciando una espalda, mordiendo un hombro, robando un beso, tejiendo un circuito de placer que los mantenía a los tres al borde.
El ritmo se aceleró sin que nadie lo decidiera. Era un único movimiento compartido, una coreografía improvisada de cuerpos que se buscaban en un espacio que apenas les alcanzaba. El vapor de las duchas vecinas empañaba la mampara, y el mundo de afuera —los pasos lejanos, las taquillas que se cerraban de golpe, la voz amortiguada de alguien en el pasillo— quedaba reducido a un rumor sin importancia.
El clímax llegó como una sucesión de detonaciones. Primero Andrés, que se perdió en el calor de Marcos con un gemido que tuvo que ahogar contra su nuca. Después Iván, que se dejó ir con un sonido ronco, las manos clavadas en la cadera de Andrés. Y por último Marcos, cuyo cuerpo entero tembló bajo el peso de los otros dos, conteniendo apenas el grito.
Se sostuvieron mutuamente durante unos segundos, respirando con dificultad, el sudor y el agua brillando sobre la piel. Nadie habló. No hacía falta.
***
Cuando por fin se separaron y empezaron a recomponerse en el silencio cargado del reducto, buscando la ropa entre el suelo mojado, Iván fue el primero en romper la calma. Sonrió, con un brillo travieso en los ojos oscuros.
—¿Saben una cosa? —dijo, abrochándose los shorts—. Creo que acabo de encontrar mi gimnasio favorito.
Andrés y Marcos rieron, todavía con la respiración entrecortada. Marcos se pasó una toalla por la frente y miró al joven con una ceja levantada.
—Cambiamos de horario cada semana —dijo—. Pero algo me dice que vas a saber encontrarnos.
—Tal vez nos volvamos a cruzar —añadió Andrés, recogiendo su camiseta del banco.
Iván se colgó la mochila al hombro y se detuvo un instante en la puerta del vestuario.
—Cuenten con ello —dijo, y le guiñó un ojo a cada uno antes de salir, uno por uno, al bullicio indiferente del polideportivo, como si nada de lo que acababa de pasar hubiera tenido lugar entre aquellos azulejos grises.