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Relatos Ardientes

Tomás y su hermano me iniciaron en el sótano

Hay recuerdos que uno guarda en un cajón con llave, y este es el mío. La primera vez que probé el sexo fue de una manera rara, casi clandestina, y durante años me convencí de que si alguien llegaba a enterarse me arruinaría la vida entera. Hoy, a la distancia, no me arrepiento de nada. Tenía recién cumplidos los diecinueve y una curiosidad que me quemaba por dentro mucho antes de saber qué hacer con ella.

Me llamo Adrián. En aquella época era flaco, no llegaba al metro setenta, de piel muy blanca, pelo rubio y ojos celestes. Vivía con mis padres en un barrio cerca del puerto, una zona vieja levantada por familias de inmigrantes italianos y algún que otro comerciante turco. Buena gente, casi todos del sur de Italia, que se habían traído sus costumbres metidas en la valija.

Me fascinaba entrar a sus casas y descubrir esas cosas que en la mía no existían: la quinta con verduras propias, las conservas en frascos, el vino que hacían en el fondo. Pero lo que de verdad me subyugaba era la casa de Tomás, un vecino de mi edad con dos hermanos mayores. Tomás era con quien mejor me llevaba, y su casa tenía un secreto que terminó siendo el mío.

El terreno estaba en pendiente, así que al construir habían aprovechado para hacer una especie de cuarto de piedra debajo de la vivienda. Paredes rústicas, una puerta de reja, piso de cemento. La madre de Tomás nos abría hasta que llegaba el padre del trabajo. A mí ese lugar me parecía una mazmorra, y por algún motivo eso me gustaba. Ahí pasábamos las tardes, a veces con Andrés, el hermano del medio, porque Leandro, el mayor, ya trabajaba y andaba en otra cosa.

No recuerdo bien cómo empezó todo, pero sí cómo fue creciendo. Estábamos despertando al sexo sin que nadie nos explicara nada, aprendiendo de manera desordenada, repitiendo lo que se decía de boca en boca entre los muchachos del barrio.

Una tarde, después de una charla larga y cargada de insinuaciones, Tomás y yo empezamos a sacarnos la ropa. Yo me quedé en calzoncillos, temeroso de desnudarme del todo, cuando apareció Andrés y empezó a insistirme para que me quitara todo. Justo en ese momento escuché a mi madre gritando que viniera a comer. Me vestí a las apuradas y crucé corriendo a casa, suspirando, aliviado de haber escapado de ese momento. O eso creí entonces.

***

El comienzo de verdad fue un juego. Sobre una mesa de madera vieja que usábamos como camilla, nos turnábamos para hacer de paciente y de médico. Una bobería, sí, pero fue la excusa para todo lo que vino después. Aquella tarde me tocó a mí ser el paciente, y esta vez Tomás insistió en que me desnudara completamente. Sentía vergüenza, un pudor extraño, así que me acosté en calzoncillos. Él intentó bajármelos y no lo dejé.

De mala gana me revisó por encima de la tela, tocándome el cuerpo, preguntándome con voz seria si me dolía en algún lado. Cuando sus manos llegaron a mis glúteos, algo cambió. No me tocó por dentro, ni siquiera se acercó tanto, pero ese contacto me prendió una sensación de placer que no esperaba. Se me puso dura sin que pudiera evitarlo.

Desde ese día la cosa se nos encendió. Tomás empezó a proponerme que nos masturbáramos juntos. Yo me negaba y le pedía repetir el juego del doctor, porque me gustaba que me revisara, que me tocara con esa excusa de inocencia. Cada vez que me insistía para que me desnudara, le decía:

—La próxima vez, te lo prometo.

Y así lo fui estirando, hasta que un día cedí. Estaba muerto de vergüenza de mostrarme, pero me gustó cuando empezó a acariciarme la piel, sentir su mano recorrer mi espalda y abrir mis nalgas. Me dio vuelta y descubrió que estaba completamente duro. Quise taparme, pero me frenó.

—Estás caliente. Yo también. ¿Nos hacemos una paja juntos? —dijo, y se bajó los pantalones.

Su verga era un par de dedos más grande que la mía. Sentí una atracción que no me esperaba, porque nunca me había considerado homosexual ni había pensado en otros hombres de esa forma. Pero había algo en ese instante, los dos desnudos, los dos duros, que me arrastró. Empezamos a tocarnos al mismo tiempo, y cuando vi cómo Tomás acababa, algo se rompió y se rearmó dentro de mí para siempre.

***

Eso pasó a repetirse cada tarde. Nos desnudábamos, nos masturbábamos a la vez, y de a poco fuimos incorporando cosas nuevas. Caricias más largas, juegos de atarme las muñecas, boca abajo sobre la mesa mientras él me recorría la espalda. Una tarde quiso meterme un dedo y no lo dejé; al día siguiente, sí. Y fue mucho más placentero de lo que había imaginado.

Hasta que un día apareció con un cepillo viejo. Después de discutirlo un rato, terminé de paciente otra vez. Lo enjabonó y empezó a deslizarlo por mi entrada, despacio, mientras yo sentía esa intrusión recorrerme por dentro. No pude contener la erección. Él me decía que era lo más sensual que había visto, hablaba mientras lo movía, lo sacaba y lo volvía a meter.

—Estaría bueno meter otra cosa —murmuró.

No le contesté. Tampoco quise imaginar a qué se refería, aunque por dentro lo deseaba.

Por mi educación, por el miedo, por mil cosas, me frenaba en la última intención. Pero seguía entregándome como su paciente, su cobayo, su lo-que-fuera. Hasta que una tarde se me montó encima. Le dije que no, varias veces, y volvió a convencerme con esa voz suya.

—Solo entre las piernas. Nada más —prometió.

—Está bien, pero solo eso —cedí.

Sentí su miembro caliente deslizarse entre mis muslos apretados, y aunque el miedo me impedía dejarlo entrar, la fricción contra mis nalgas lo llevó rápido al final. Acabó entre mis piernas. Me limpié con un trapo y me quedé mirando su verga todavía erguida, mojada, y eso me atrajo de una forma casi incontenible. Crucé a casa, me encerré en el baño y me masturbé para apagar el fuego. Pero ya algo distinto estaba creciendo en mí.

***

El paso definitivo llegó una tarde fresca y lluviosa. Estábamos hablando cuando Tomás me propuso desnudarnos.

—Pero hace frío —protesté.

—Ya lo sé, pero nos calentamos entre los dos —dijo, con esa sonrisa.

Me reí y me saqué la ropa. Me dio un poco de frío hasta que él me abrazó, intentando entibiarme el cuerpo, tocándome mientras terminaba de desnudarme. No sé qué me pasó, pero sus roces me fueron llevando a un estado raro, como un trance, y me dejé acostar boca abajo sobre la mesa.

Se montó. Sentí su miembro entre mis glúteos, su mano separándome las piernas, su glande apoyado justo en la entrada.

—No, Tomás, por favor —murmuré.

Pero siguió, con una habilidad y una paciencia que me desarmaron. Jugaba con su verga contra mis nalgas, las golpeaba suave, me relajaba sin que me diera cuenta. Sin pensarlo, levanté un poco el trasero.

—Un poquito, nada más —me dijo.

—Está bien, pero solo eso.

Cuando la cabeza empezó a abrirme sentí una molestia, un quejido se me escapó.

—¿Te gusta? —preguntó.

—No sé, la verdad.

—¿Quiero que siga?

Estaba intrigado y excitado a la vez, sin saber si estaba bien o mal, y creo que esa duda era justamente lo que no me dejaba decidir. Al sentir la punta presionar, un escalofrío me recorrió entero.

—Hacé lo que quieras —dije, entregándome.

De un empellón entró gran parte. Solté una exclamación por ese cuerpo ajeno metiéndose en mí. Otro empujón y quedó adentro del todo. Sentí una mezcla rara de molestia y excitación, las manos aferradas a los bordes de la mesa, los dedos de los pies contraídos. Cuando empezó a moverse, lento y constante, mi cuerpo fue cediendo a esa sensación nueva.

Cada vez que salía me succionaba por dentro; cada vez que entraba me empujaba todo. Me sentí dominado, en parte humillado, y entendí que a él le pasaba lo contrario: crecía, se agrandaba, se adueñaba de mí. A partir de esa tarde se convirtió en mi dueño, y yo, por un tiempo, en su sumiso. Sus embestidas se hicieron más fuertes, más bruscas, hasta que un temblor lo recorrió y acabó dentro de mí. Cayó sobre mi espalda, transpirado, abrazándome, mientras los dos nos quedábamos quietos recuperando el aire.

Nos vestimos en silencio, como si hubiéramos hecho algo prohibido. Lo era, sin duda, pero ese placer no tenía precio.

***

Llevábamos casi un mes con lo nuestro, y se había vuelto rutina. Yo quería algo más sin saber bien qué. Nos confiamos demasiado. Una tarde, sobre una colchoneta vieja, justo cuando Tomás me la había metido, se abrió la reja y entró Andrés.

No supe qué hacer. Me tapé, balbuceando.

—Estábamos jugando, Andrés.

—Lindo juego —dijo, apoyado en el marco—. Quiero participar. Cuando se entere tu vieja, se va a enojar.

—Por favor, no le cuentes nada.

—¿A cambio de qué?

—Me tengo que ir —corté, vistiéndome a las apuradas, y crucé a casa.

Pasaron tres o cuatro días. Suena el timbre, abro, y ahí estaba Andrés. Por poco me hago encima del susto. Me llevaba casi una cabeza, y en ese momento me pareció gigante.

—¿Está tu mamá, rubio? —dijo, tocándome la cara.

—No, por favor, no le digas nada —respondí, asustado.

Justo apareció mi madre, contenta de verlo.

—Venía a buscar a Adrián —dijo él, tranquilo.

—Llevátelo, hace días que no sale.

Me agarró del hombro como si mi propia madre me entregara al lobo. Salimos y me llevó al depósito de su padre, hizo entrar y trabó la puerta.

—Por favor, Andrés, perdoname.

—No tengo nada que perdonarte. Solo me devolvés un favor por cerrar la boca.

Me hizo desnudar. Me resistí, pero terminé haciéndolo, intuyendo cómo seguía esto y, para mi vergüenza, deseándolo un poco.

—Qué rico que sos, tan blanquito —dijo, recorriéndome los glúteos—. El otro día no te pude mirar bien.

Me apretó los pezones, me tocó la verga, que se irguió sola con ese contacto.

—Mirá, se te para. Eso me gusta.

Se bajó los pantalones y dejó a la vista un miembro grande, oscuro, curvo, durísimo. Me lo hizo tocar y después me empujó de los hombros hasta hacerme arrodillar.

—Nunca hice esto —dije.

—Siempre hay una primera vez para todo.

Me tomó del pelo y me obligó, despacio, a metérmela en la boca. A pesar de la situación, esa forma de tratarme, ese tamaño, me excitaron. Fui cediendo, transportándome a un estado de embeleso, hasta que terminé mamando de manera incontenible, lamiéndole hasta los testículos.

Me acostó sobre la mesa, me chupó los pezones, me apretó los genitales, me metió los dedos. Me recorrieron unas convulsiones suaves, gemidos que no pude callar.

—¿Te gusta, mi rubio? —dijo, mientras me levantaba las piernas y me abría los muslos.

Apoyó su glande en mi entrada y lo fue deslizando, abriéndome en dos. Aguanté, hasta que entró del todo. Se inclinó y me besó en los labios; lo acepté, cohibido.

—¿Te gusta? —repitió, bombeando con delicadeza.

No dije nada, pero mi cara me delataba, y eso lo hizo acelerar hasta hacerme gemir. Me besó con más fuerza. Sentía algo distinto, una entrega total, mientras sus movimientos zarandeaban mi propia verga de un lado a otro. Después me bajó, me dobló sobre la mesa, me abrió bien las piernas y volvió a penetrarme con más empeño, su cuerpo desnudo pegado al mío.

—Hace más de quince días que no cojo. Con vos va a ser una delicia —dijo.

Esa penetración me alteraba segundo a segundo, mis gemidos delataban mi estado, él aceleraba al ritmo de mis exclamaciones, hasta que, después de varios minutos frenéticos, acabó dentro de mí. Al sacarla, me acercó la cara a su miembro y, sin oponerme, lo limpié con la lengua, sintiendo ese sabor amargo y a la vez seductor. Terminé masturbándome mientras lo hacía.

***

Intenté despegarme de ese idilio inesperado, o como quiera llamarse. Seguí viendo a Tomás un par de veces, sin contarle lo que pasaba con su hermano. Pero unos días después, recién bañado y envuelto en una toalla, esperando justamente a Tomás, sonó el timbre. Era Andrés. Un sudor frío me recorrió.

—Estoy solo —le dije, temeroso.

—Ya lo sé.

—En cualquier momento llega mi vieja.

—Difícil. La vi entrar a la peluquería —dijo, y me tomó la mano para llevarla a su bulto—. Te echo dos polvitos y me voy contento.

Entró, cerró con llave, me sacó la toalla. Su manoseo rápido me puso duro. Me alzó, le rodeé la cintura con las piernas, y me ensartó de una sola vez, entre exclamaciones de placer y sorpresa. Subía y bajaba sobre ese pistón rígido mientras nos besábamos sin parar, hasta que acabó inundándome por dentro. Terminé arrodillado, mamando su miembro todavía húmedo de su propio semen.

Después me llevó a mi habitación, se desnudó del todo y me invitó a echarme a su lado. Me hizo poner la cara entre sus piernas y no dudé en lamerlo, hasta que nos adormecimos un rato. No sé cuánto pasó. Jugueteamos, me puso en cuatro y volvió a penetrarme, sacándola y metiéndola, cambiando de posición, llevándome a un estado de arrobamiento total con sus embestidas salvajes, hasta vaciarse otra vez en mí.

Quise masturbarme, pero me lo impidió.

—Te está esperando mi hermanito —dijo, vistiéndose.

Lo miré sorprendido. Apenas se fue, me lavé, me perfumé y corrí a ver a Tomás, que estaba de mal humor por la tardanza. Quise compensar la espera.

—¿Qué querés que te haga? —pregunté.

—No sé.

—¿Querés que te la mame?

—¿En serio?

—Sí.

Nos desnudamos los dos y me arrodillé como en una ceremonia secreta. Con toda la sutileza que había aprendido, lamí su miembro tenso, corrí su prepucio, dejé el glande expuesto a la punta de mi lengua, eso que lo volvía loco. Lo chupé una y otra vez, sintiendo cómo su cuerpo se sacudía con cada gemido, mientras le metía un dedo. Él me tomó la cabeza con las dos manos, acelerando, hasta descargar en mi boca. Detecté un sabor como de almendras, y por primera vez tragué parte de ese flujo.

—Gracias. Sos un buen amigo —me dijo, besándome en la boca.

Hoy, tantos años después, sé que aquel sótano de piedra fue mi verdadera escuela. Aprendí lo que era el deseo, la sumisión, la entrega, y aprendí que el placer no siempre entra por la puerta que uno espera. No me arrepiento. A veces los recuerdos que guardamos bajo llave son, justamente, los que más nos definen.

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Comentarios (5)

MatiasC77

Tremendo!! me quede enganchado de principio a fin, no pude parar de leer

LoboSur22

Por favor escribi la segunda parte. Quiero saber que paso con el hermano despues, me dejaste con ganas de mas

Nando_Mdz

Me trajo recuerdos propios... esas experiencias que te marcan para siempre y que nunca le contás a nadie

NocheRara_99

Muy bueno! siguieron viéndose los tres despues o fue algo unico?

EduardoK22

El sotano como escenario le da un clima increible al relato. Muy bien narrado, se siente la tension de cada momento sin que te sobre nada

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