Subí a avisarle de la gotera y su hijo gay me sedujo
Llevaba casi una semana viendo caer agua por el patio de luces. No mucha: un goteo constante que bajaba desde el piso de arriba y manchaba la pared del lavadero. Supuse que sería la lavadora de la vecina y, como el asunto no se arreglaba solo, una mañana de febrero decidí subir a avisarles.
Me había mudado al piso de mi madre hacía dos meses, justo después de firmar el divorcio. Mientras buscaba algo propio, vivir con ella era cómodo y barato. Ese día ella había salido temprano, así que subí yo.
Toqué el timbre y esperé un par de minutos. Cuando la puerta se abrió, me encontré con un chico de unos veinticinco años, vestido únicamente con un calzoncillo ajustado que no dejaba demasiado a la imaginación.
—Buenos días. Disculpa si te pillo en mal momento —dije, intentando mirarlo a la cara—. Soy el vecino de abajo. Creo que tu lavadora pierde agua y se filtra a mi piso.
El chico me repasó de arriba abajo con una calma que me incomodó y me halagó a partes iguales.
—Claro. Pasa y lo miramos —dijo apartándose—. Sígueme.
Lo seguí hasta la galería. El piso era casi idéntico al de mi madre, los mismos azulejos, la misma distribución, solo cambiaba la decoración. Él se apoyó en el marco de la puerta y me observó mientras yo me agachaba junto a la lavadora.
—¿Por dónde dices que sale el agua? —preguntó.
—Aquí detrás —respondí, inclinándome sobre el aparato—. Es la toma de entrada. Esta tuerca está floja y gotea, seguramente más cuando arranca el ciclo.
Intenté apretar la rosca con los dedos. Cedió un poco y, justo cuando creí que la tenía, saltó del todo. Un chorro de agua fría me reventó en plena cara y en el pecho antes de que lograra cerrar el paso y volver a ajustar la pieza en su sitio. Quedé empapado de la cabeza a la cintura.
—Madre mía, cómo te has puesto —se rio él—. Voy a por una toalla. Será mejor que te quites esa ropa o te vas a quedar helado.
—No te preocupes, ahora bajo y me cambio.
Pero el frío ya se me había metido en los huesos. La galería era una nevera y empecé a estornudar. Cuando entramos a la cocina, él volvía con una toalla y una bolsa de plástico.
—Quítate todo y mételo aquí, que te lo lleves seco no tiene sentido —dijo tendiéndome la bolsa—. Sécate con la toalla mientras.
Me desnudé. La camisa, el pantalón, hasta los zapatos calados. Mientras lo hacía, lo sorprendí mirándome con una atención que no tenía nada de casual. Se pasó la lengua por el labio inferior, despacio, como quien se relame antes de comer. No era mi imaginación: me estaba mirando con deseo.
—Ven al comedor —dijo—. Hay una estufa encendida, ahí te secarás mejor.
Lo seguí, ya envuelto en la toalla, hasta un sofá frente a una estufa de butano. Nos sentamos los dos, él con su calzoncillo, yo con la toalla a la cintura.
—Así que tú eres el despertador —soltó de pronto.
—No te entiendo.
—Sí, hombre. Mi madre duerme justo encima del dormitorio que ocupas tú. Y aquí se escucha todo.
Sentí que se me helaba algo por dentro, y no era el agua. Caí en la cuenta de que algunas noches no habíamos sido nada cuidadosos.
—Será que somos escandalosos —dije, buscando una salida.
Él se rio y me apoyó la mano en el brazo, subiéndola luego hasta el pecho.
—Claro. ¿Y siempre el hombre llama «mamá» a su mujer y ella a él le dice «hijo»?
Lo saben todo. La frase me dejó sin aire. No tenía sentido negarlo.
—Tranquilo, no pasa nada —siguió él, sin retirar la mano—. Cada uno hace lo que quiere en su casa. Mi madre trabaja de noche y duerme de día, y me ha contado que os oye. Yo también me he tumbado alguna vez en su cama para escucharos.
—Pues siento si os hemos molestado.
—¿Molestar? Ojalá tuviéramos nosotros esa suerte. Ni ella ni yo tenemos pareja, y nos encanta oír esa pasión. A ella le gusta imaginar que alguien la hace disfrutar así. A mí me gusta pensar que un hombre podría gozar conmigo de esa manera.
—¿Eres gay? —pregunté, aunque la respuesta ya flotaba en el aire.
—Sí. Y me gustan los hombres maduros, los que saben lo que hacen. Los que saben dar placer de verdad.
Desde luego, el chico no se andaba con rodeos.
—¿Alguna vez has estado con un hombre? —insistió.
—Si te soy sincero, una vez. Hace años, con un tío que conocí por un chat. No se repitió.
—¿Y te gustó?
—Me hizo disfrutar mucho con la boca. Después me pidió que lo penetrara. Fue raro, estábamos en silencio para que no nos oyera nadie. Él rondaba los veinticinco y yo ya andaba por los cuarenta.
—Y ahora te van las maduras, como tu madre —dijo con una media sonrisa—. La he visto en la escalera. Está muy bien para su edad.
—La quiero mucho. Vivir con ella es algo que pasó sin pensarlo, y ya ves dónde nos ha llevado.
—Pues qué suerte. Encima puedes acostarte con ella.
—Es un placer que no sabría explicar.
El tono morboso de la conversación me estaba calentando, y saber que aquello excitaba a otros lo calentaba todavía más. Me removí en el sofá, incómodo por la erección que empezaba a tensar la toalla.
—Mi padre es un bruto, no me imagino nada con él —siguió—. Pero con hombres de su edad sí. Sois los que mejor me tratáis.
—Me alegra oír eso.
Ya estaba casi seco y pensé que era el momento de marcharme. La charla me gustaba demasiado y eso me incomodaba. Me puse de pie con la intención de despedirme. Entonces él, todavía sentado, tiró del borde de la toalla y la dejó caer al suelo.
***
Mi pene quedó a la altura de su cara. Él lo tomó con una mano, sin prisa, mirándome a los ojos.
—¿No te apetece repetir la experiencia? —preguntó.
—¿Quieres que tengamos sexo?
—Claro. Quiero probar esta polla que tanto le gusta a tu madre. Le tengo envidia.
Y sin decir nada más, acercó la boca y empezó a lamerme. La sorpresa duró apenas unos segundos; después solo quedó la sensación. Mi pene creció dentro de su boca mientras él trabajaba con una habilidad que me dejó sin defensas. Le agarré la cabeza con las dos manos y lo apreté contra mí.
—Joder, así me vas a hacer acabar enseguida —jadeé.
Por toda respuesta chupó con más fuerza, subiendo el ritmo, hasta que un par de minutos después solo me dio tiempo a avisarlo con un gemido antes de vaciarme en su boca. Él lo recibió todo, saboreándolo, sin dejar de lamer mientras yo perdía la rigidez entre sus labios.
—¿Te ha gustado, vecino?
—Esto no me lo esperaba —dije, dejándome caer de nuevo a su lado, completamente desnudo.
—Tienes una polla enorme. Ahora entiendo que tu madre disfrute tanto.
Se acercó y me besó con mi propio sabor todavía en los labios. Primero fue un beso suave, pero enseguida empujó con la lengua, y yo, caliente como estaba, le abrí la boca y nos enredamos en un beso largo y húmedo. Sentí mi pene volver a despertar.
—Hacía mucho que no estaba con nadie —murmuró—. Verte desnudo y depilado me ha puesto a mil.
—Tú tampoco estás nada mal. No habría imaginado que un chico joven se fijara en un madurito como yo.
Me volvió a besar y yo le respondí, girándome hacia él. Una mano le recorría el pecho, la otra se le perdía en el pelo. Poco a poco la bajé hasta encontrar su pene, duro y de buen tamaño, apretado dentro del calzoncillo.
—He sido un chico malo, papi —me susurró al oído—. Creo que merezco un castigo.
—¿Y cómo debería castigarte?
—Unos azotes en el culo. Con tu polla, claro.
La idea, lejos de incomodarme, me encendió. Él se puso a cuatro patas sobre el sofá y se bajó el calzoncillo, mostrándome un culo redondo y firme. No lo pensé dos veces: acerqué mi pene, ya recuperado, y empecé a golpearlo contra sus nalgas.
—Más fuerte —pedía—. Dame fuerte, que he sido muy malo.
El juego me ponía cada vez más duro. Lo golpeaba con la verga una y otra vez, viendo cómo la piel se le enrojecía.
—¿Te gusta mi culo?
—Está firme y caliente.
—¿Y por qué me haces sufrir y no me la metes?
Aquella pregunta me terminó de poner como una piedra. Solo lo había hecho una vez en mi vida, pero las ganas de volver a penetrar a un hombre, y más a uno tan atractivo, pesaban más que cualquier duda.
—¿Quieres que te la meta entera? —pregunté, sabiendo la respuesta.
—No te preocupes, está bien abierto. Cuando llegaste estaba jugando con un consolador.
Llevé la mano a su entrada y, en efecto, la noté preparada. Me escupí en los dedos, comprobé que entraban con facilidad y empecé a empujar mi pene en él, despacio.
—El despertador me está follando como a su mamá —gimió—. Métela sin piedad, que me encanta.
No quería hacerle daño, así que entré poco a poco hasta sentir que lo llenaba por completo. Él arqueaba la espalda y giraba la cabeza para mirarme, con la lengua fuera y los ojos entornados, gimiendo con cada embestida.
—Qué buen vecino. Me encanta lo que me haces.
—A mí también me gustas —respondí sin dejar de empujar a fondo.
Lo sentí buscarse el pene con una mano mientras con los dedos me rozaba los testículos. El placer crecía rápido, demasiado.
—Dámela toda dentro —me pidió—. Quiero sentirla caliente. Me encanta pervertir a los heteros.
Aceleré el ritmo. Me había corrido hacía un rato y aun así noté pronto cómo el orgasmo volvía a subir.
—Te voy a llenar el culo.
—Sí, hazlo —jadeó.
Me derramé dentro de él con un gemido ronco y dejé el pene quieto unos segundos, recuperándome, mientras él seguía respirando agitado. Luego me senté de nuevo a su lado.
***
—Caramba con el vecino —dijo, acomodándose junto a mí—. Esto sí que no me lo esperaba.
Los dos desnudos en el sofá, seguíamos acariciándonos y besándonos sin prisa.
—¿Te ha gustado? —pregunté.
—Muchísimo —respondió, masturbándose despacio su pene aún duro.
No sé si fue por morbo o por agradecimiento, pero le aparté la mano y lo tomé yo. Empecé a moverla a un ritmo lento, sintiéndolo palpitar entre mis dedos, mientras él apoyaba la cara en mi hombro y soltaba un gemido bajo. Casi sin pensarlo, bajé del sofá, me arrodillé frente a él y me lo metí en la boca.
Era la primera vez que probaba un pene de verdad. En casa había lamido algún juguete de mi exmujer, por curiosidad, pero esto era distinto: el calor, el peso, el sabor del líquido preseminal. No me desagradó en absoluto. Al contrario, escuchar sus gemidos me ponía a mí también.
—Estás pervirtiendo a un hetero —dijo.
—O despertando a un bisexual —respondí, sacándomelo un momento de la boca.
—¿Seguro que no lo habías hecho antes? La comes de maravilla.
Seguí lamiendo, cada vez más excitado, sintiéndolo endurecerse del todo. Y entonces lo supe: quería más.
—Quiero que me des por el culo —dije—. Quiero que me estrenes tú.
No era del todo virgen en eso: a veces me había metido aquel mismo juguete mientras me masturbaba, así que conocía la sensación. Lo tumbé en el sofá y me coloqué de costado, dándole la espalda, después de robarle otro beso largo.
—Hazme tuyo —le pedí—. Quiero sentirme follado por un hombre.
No se hizo de rogar. Acercó su pene a mi entrada sin lubricarlo siquiera con saliva, y ese detalle, esa sensación de estar siendo tomado en seco, me dio un morbo que no esperaba. Empujó. Noté la punta abrirse paso, la presión, mientras me sujetaba la cadera para entrar entero. Apreté para sentirlo más.
—Dame fuerte —le pedí—. Sin piedad.
Él me clavó el pene hasta el fondo, lo dejó quieto un segundo y arrancó un vaivén rápido. Se notaba que tenía muchas ganas, y yo quería que se corriera dentro de mí. Apretaba el culo para atraparlo, para sentir cada entrada y cada salida.
No aguantó mucho, igual que me había pasado a mí. Lo sentí soltar una buena descarga, caliente, muy adentro. Me quedé cachondo y satisfecho a la vez, y supe ahí mismo que aquella no sería la última vez que dejaría que un hombre me diera placer. Solo entonces caí en que no habíamos usado protección. No me importó demasiado: así había podido sentirlo derramarse entero, hasta las últimas gotas, cuando se retiró.
Me senté sobre la toalla para no manchar el sofá, notando el líquido escurrirse fuera de mí. Él se acomodó a mi lado tras subirse el calzoncillo.
—Mi madre se va a preguntar por qué tardamos tanto en mirar lo de la lavadora —dijo.
—Dile que hubo que meter bien la manguera.
Nos reímos los dos.
***
En ese momento apareció en el comedor una mujer de más o menos mi edad, con cara de recién despertada. Llevaba una camiseta blanca larga que le hacía de camisón. Era guapa, de rasgos parecidos a los de su hijo.
—Perdón, cariño. No sabía que tenías visita —dijo.
—Es el vecino, mamá. El despertador —contestó él, sonriendo.
—¿Tú eres el hijo de la vecina de abajo?
—Sí. Siento las molestias.
—Al contrario. Ya querría yo para mí lo que tiene tu madre —respondió, y por el tono entendí que era tan descarada como su hijo—. ¿Y qué hacéis los dos aquí desnudos?
Recordé entonces que la toalla no me tapaba absolutamente nada.
—Se mojó arreglando la lavadora y le pedí que se secara junto a la estufa —explicó él.
Ella nos miró como quien sabe perfectamente que aquello no era toda la verdad, pero no dijo nada.
—Tengo que irme, llego tarde al médico. Pero quedas invitado a subir a vernos cuando quieras —añadió con una sonrisa cargada de intención—. O a despertarnos.
—Seguro que será un placer para él —respondió su hijo.
Me despedí con toda la cortesía que pude reunir, ya pensando en volver a subir, a despertarlos a los dos si hacía falta. Y no pensaba esperar demasiado.
Desde aquella mañana de febrero, algo se me quedó abierto por dentro. Despertó una parte de mí que llevaba años negando, y siempre que he podido he buscado a otro hombre que volviera a hacérmela sentir.