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Relatos Ardientes

El alumno que sedujo a su profesor de derecho

Néstor observaba el local con una mezcla de curiosidad y cautela. No solía frecuentar bares de ambiente tan cerca de su barrio. No se avergonzaba de su sexualidad, pero su profesión exigía cierta discreción, y un profesor de derecho aprendía pronto a cuidar las apariencias.

A pesar de su juventud relativa, daba clases de derecho constitucional en la facultad de la ciudad. Desde muy joven sabía que era bisexual, y cuando quería estar con un hombre solía desplazarse a la capital, donde nadie lo conocía. Esa noche, sin embargo, había cedido a la insistencia de un amigo y se había dejado caer por la reapertura de aquel sitio.

Entonces lo vio. No esperaba encontrarlo allí. Era Gael, uno de sus mejores alumnos, ese por el que sentía una atracción de la que no conseguía deshacerse. Avanzaba entre las mesas con una bandeja en la mano, repartiendo copas con una soltura que le quedaba natural.

Cuando llegó a su altura, le sonrió, divertido y un poco asombrado, con un brillo pícaro en los ojos verdes.

—¿Le apetece una copa, profesor Almela? —ofreció, guiñándole un ojo.

—Claro —respondió Néstor, y cogió una copa de cava mientras dejaba resbalar la mirada por aquel cuerpo que llevaba meses deseando en silencio.

El cabello rubio ceniza, casi rapado, le daba un aire deportista; los hombros anchos, la mandíbula recta, los ojos algo rasgados y siempre risueños. Era más bajo que él, pero se movía con una seguridad que llamaba la atención a su paso.

—No sabía que trabajabas aquí —dijo el profesor, dejando la frase a medias.

—No trabajo aquí. Es solo por esta noche, necesitaban gente extra —sonrió Gael, y se alejó con la bandeja.

Néstor lo siguió con la mirada durante el resto de la velada, casi sin darse cuenta. No podía evitarlo. Cuando el local empezó a vaciarse y él llevaba encima más copas de las que había previsto, se acercó a la barra donde el chico recogía vasos.

—¿A qué hora terminas? —le susurró al oído, con la voz algo pastosa.

—Terminé hace un cuarto de hora. Estaba haciendo tiempo.

—¿Tiempo para qué? —preguntó, atreviéndose a posar la mano un instante en su cadera.

—Pensaba pedir un taxi, no debería conducir esta noche —dijo Néstor, sugerente—. Si quieres, puedes acompañarme.

—Si te fías de mí, no hace falta taxi —Gael apoyó las manos en su pecho y jugueteó con un botón de su camisa—. Yo no he bebido. Nunca bebo cuando trabajo.

El profesor lo miró fijamente, perdido en la sensación de aquellas manos sobre él, incapaz de pensar con coherencia. Asintió con la cabeza.

—Vamos.

***

Néstor descansaba bocabajo en la cama, desnudo. Gael, sentado sobre sus piernas, le trabajaba los hombros y la espalda con dedos firmes y precisos. No hacía media hora que se habían acostado de un modo voraz, y todavía no terminaba de creerse lo que había hecho: arriesgarlo todo con un alumno. Podía echarle la culpa al alcohol o al cansancio acumulado de tantas semanas corrigiendo exámenes. Pero la verdad era más sencilla. Lo deseaba desde el primer día de curso.

Los dedos del chico le estaban llevando a endurecerse otra vez. Una idea le cruzó la mente como un rayo: una vez traspasada la línea, no veía motivo para detenerse.

—Gael —murmuró.

—Dime —contestó él, concentrado en el masaje.

—Tú compartes piso con Lara, ¿verdad? —Sentía curiosidad por aquella amiga suya, una alumna menuda y vivaz que solía sentarse en primera fila.

—Desde hace casi cinco años. Es mi mejor amiga.

Néstor se alzó sobre los codos y giró la cabeza para mirarlo. Se pasó la lengua por los labios y sonrió con picardía.

—Me gustaría mucho acostarme con ella.

—Y me lo dices mientras me tienes desnudo encima de ti —Gael soltó una carcajada—. Eres un temerario, ¿lo sabes?

—¿Te molesta?

—En absoluto —el chico bajó la vista hacia el miembro del profesor, que se curvaba hinchado contra su vientre—. Por lo que veo, te gusto lo suficiente como para estar duro otra vez.

—No te puedo ocultar nada —respondió Néstor, y deslizó las manos por las caderas del muchacho, atrayéndolo hacia sí. Alargó el brazo, sacó un preservativo y lubricante del cajón de la mesilla y se los tendió—. ¿Haces los honores?

Gael abrió el envoltorio plateado y lo enfundó con dedos hábiles. Vertió lubricante en su palma y lo extendió, mientras el profesor lo preparaba con cuidado, extasiado al notar cómo el cuerpo del chico se abría y se cerraba sobre sus dedos, intentando llevarlo más adentro.

—Cuando quieras —dijo Gael, guiando el glande hasta su entrada sin dejarlo pasar todavía.

—Hazlo tú, a tu ritmo. Llévame dentro de ti.

El muchacho colocó las manos del profesor en sus caderas, apoyó las suyas en su torso y empezó a descender despacio. Cuando lo recibió por completo, esperó unos segundos, tomó aliento y rotó la pelvis. Luego subió y bajó por él, mordiéndole el pecho hasta dejarle una marca, mientras Néstor adelantaba las caderas para encontrarlo en cada embate.

Los jadeos llenaron la habitación como un eco. En un movimiento brusco, el profesor giró y dejó a Gael de espaldas, le rodeó la cintura con las piernas y empezó a embestirlo con una urgencia frenética, besándolo en la boca. El chico lo sentía palpitar dentro de él, notaba la temperatura subir, el sudor perlar su frente. Con un gruñido, Néstor se arqueó, dejó escapar su nombre y se vació en él, mientras Gael se acariciaba buscando acompañarlo en la liberación.

Exhausto, el profesor se desplomó a su lado, le besó la base del cuello y le acarició el rostro hasta recuperar el aliento.

—¿Qué nota me pones, profe? —preguntó Gael, trazando arabescos en su piel.

—En la cama, matrícula de honor —Néstor le pasó el pulgar por los labios y el chico se lo llevó a la boca, mordiéndolo con suavidad—. En cuanto a tu examen final, te aviso desde ya: no seré yo quien lo corrija. He pedido que lo evalúe uno de mis adjuntos. No me fío de mi propio criterio contigo.

—¿Y si yo te ayudo a que Lara se fije en ti? —deslizó él, insinuante.

—¿Lo harías?

—Puedo intentarlo. No te prometo nada —Gael bostezó—. Pero esta noche me has dejado para el arrastre. Durmamos un rato.

***

Dos días después, Néstor llevaba horas en su despacho corrigiendo exámenes. Se frotó la nuca, miró el montón que aún le quedaba y suspiró. Llamaron a la puerta.

—Adelante.

Gael entró con paso decidido. Lo saludó con una voz neutra que desmentía la sonrisa traviesa de su rostro, se giró y, sin hacer ruido, echó el cerrojo.

—Usted y yo tenemos un asunto serio que tratar, profesor Almela.

—¿De verdad? —Néstor se quitó las gafas de leer y se pellizcó el puente de la nariz—. Nada grave, espero.

—Se equivoca. Es muy grave —respondió el chico, mientras le desabrochaba el cuello de la camisa. Se inclinó y le besó la base de la garganta—. Hace dos días que me ignora deliberadamente, y eso, profe, no está nada bien.

Le deslizó la camisa por los hombros hasta dejarle los brazos atrapados, sin poder sacar las mangas todavía abotonadas en las muñecas.

—Tal vez necesite usted un correctivo.

—Vaya —Néstor alzó una ceja, curioso y expectante—. ¿Y qué correctivo tenía pensado, mi querido alumno?

—Ahora lo verá.

Gael lo empujó con suavidad hasta sentarlo de nuevo en la silla, con los brazos atrás, las mangas haciendo de esposas improvisadas. Se arrodilló entre sus piernas, le abrió el cinturón, le bajó el pantalón y la ropa interior hasta las rodillas, y dejó que cayeran al suelo por su propio peso.

Néstor no daba crédito a la rapidez con que se estaba excitando. Movió las caderas, buscando contacto, deseando tocarle la cabeza y atraerla hacia sí.

—Tranquilo, profe. El control es mío ahora —el chico apoyó la mejilla en su muslo y lo miró a los ojos mientras cerraba la mano en la base de su miembro y ascendía lentamente—. Solo tiene que estarse quieto y dejarse hacer.

Deslizó los labios por la piel, le lamió los testículos, se los llevó a la boca, succionando con cuidado, el pulgar trazando círculos húmedos sobre el glande. Luego se lo metió entero, jugando con la lengua en la pequeña hendidura, subiendo y bajando con una lentitud exasperante que los torturaba a los dos. Lo sentía ganar dureza, tensarse, y supo que estaba cerca. Entonces se levantó, lo miró con deseo y empezó a desnudarse.

El profesor tragó saliva mientras el muchacho sacaba lubricante y un condón de la mochila. Lo vio calentar el gel entre los dedos y, apoyado en el escritorio, prepararse a sí mismo sin apartar la vista de sus ojos, gimiendo bajito a cada movimiento.

—¿Te gusta tu castigo, profe? —Gael se acercó, le aferró el miembro y se lo colocó en la entrada.

—Sí —fue un gemido contenido—. Por favor… ya no aguanto más, hazlo ya.

—Shhh. Hoy las órdenes no las das tú —se inclinó, le besó los labios y empezó a sentarse despacio. Cuando lo recibió, se quedó quieto, acostumbrándose a su grosor, las paredes internas palpitando a su alrededor. Suspiró largamente y continuó hasta quedar sentado del todo, y luego comenzó a subir y bajar, cada vez más rápido, cada vez más hondo.

Las respiraciones agitadas, los jadeos entrelazados y el suave rumor de las pieles húmedas al chocar eran lo único que se oía en el despacho.

—Gael, por favor —suplicó el profesor, casi sin voz—. Necesito tocarte. Libérame.

El chico llevó las manos a su espalda y le desabrochó los puños de la camisa, que cayó al suelo devolviéndole el movimiento a los brazos. Néstor lo tomó de las caderas, se levantó de la silla y, en un movimiento fluido, lo tendió sobre el escritorio, esparciendo exámenes por el suelo. Empezó a embestirlo fuera de control.

—Quiero ver cómo te masturbas para mí —susurró al ritmo de sus golpes.

Y Gael lo complació, mirándolo a los ojos, sintiéndolo palpitar dentro hasta que su cuerpo se tensó y un sonido ronco escapó de su garganta, derramándose entre ambos. Notar los chorros cálidos inundarlo provocó la propia liberación del profesor, que se desplomó sobre él, abrazándolo, con el corazón latiéndole a mil.

—Has sido muy travieso —murmuró Néstor contra su piel—. No tenías que levantarte. Te dije que me dejaras hacer a mí.

El muchacho se incorporó con las piernas temblorosas y miró el desastre de papeles esparcidos.

—¿Era esto lo que pretendías? ¿Manipular tus exámenes? —el profesor sonrió, burlón—. Ya te dije que ni el tuyo ni el de Lara están aquí.

—Qué aburrido eres a veces —Gael se vestía con una sonrisa flotándole en los labios—. Quizá más tarde te apetezca un helado. Hay una heladería junto al puerto con una empleada que tal vez conozcas. Una tal Lara. Termina su turno a las diez.

Néstor se echó a reír. El chico era imposible. Comprendía perfectamente que aquella era su manera retorcida de proponerle una cita entre los tres, y estaba más que dispuesto a aceptarla.

***

Esa noche, después del helado y de una larga espera en el bar donde Gael cerraba su turno, los tres compartieron un taxi de vuelta a casa del profesor. Durante el trayecto se mostraron comedidos, casi discretos. Pero en cuanto las puertas del ascensor se cerraron, fue como si se desatara un huracán.

Aprovechando su envergadura, Néstor los arrastró a un rincón del habitáculo y apresó a cada uno con un brazo. Empezó a besarlos por turnos. Lara le rodeó el cuello y arqueó el cuerpo contra él, presionando los labios sobre su garganta, mientras Gael, pegado a su costado, le repartía mordiscos a lo largo del cuello y le agarraba con firmeza una nalga. Un gemido gutural se le escapó al profesor, estremecido entre las caricias de los dos jóvenes.

—Esto no puede interferir con la universidad —alcanzó a decir Néstor, con la respiración entrecortada.

—Tranquilo, profe —rió Gael contra su oído, deslizando una mano bajo su camisa—. Lo que pasa fuera del aula se queda fuera del aula.

El timbre del ascensor anunció el piso. Ninguno de los tres se movió de inmediato. Lara lo miraba con los ojos cargados de deseo; Gael, con esa sonrisa pícara que lo había arrastrado hasta allí desde la primera copa. Y Néstor, profesor de derecho, hombre de principios y discreción, supo que ya no había vuelta atrás. Buscó a tientas la llave, abrió la puerta y los hizo pasar a los dos, decidido a que aquella noche no terminara pronto.

Las semanas siguientes corrigió cada examen ajeno con escrúpulo, firmó las actas con pulso impecable y mantuvo la compostura en cada clase. Pero cuando cerraba la puerta de su despacho y echaba el cerrojo, dejaba de ser el profesor Almela. Y a esa otra vida, la que cabía entre cuatro paredes y dos cuerpos que lo conocían mejor que nadie, no pensaba renunciar.

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Comentarios (5)

Tato_BA

Dios mio que bueno estuvo!!! Lo lei dos veces jaja

MatiGdl

Por favor escribi una segunda parte, la tension entre ellos al principio estaba buenisima y quiero saber como sigue

Rodrigo_ok

Me gusto mucho como lo contaste, se siente real pero sin ser burdo. Muy bueno

FernandoCba

tremendo relato!! sigue asi

NocturnalFX

Tiene ese toque de tension que no todos logran transmitir bien. Me quede pegado leyendo hasta el final, muy disfrutable

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