El único cuerpo que lo encendía era el de su amigo
Estaban sentados al borde de la pileta, con los pies hundidos en el agua templada. El vapor subía despacio y el olor a cloro lo impregnaba todo. Dos cuerpos tallados por años de entrenamiento: hombros anchos, piel lisa y bronceada, las piernas marcadas por el esfuerzo. Andrés y Tobías eran los mejores del club, los que todos llamaban «los hermanos», inseparables desde los diez años.
—Te juro que ese video es lo mejor que vi en meses —dijo Andrés, salpicando el agua con el talón—. La rubia esa me dejó loco.
—Está increíble —respondió Tobías—. Yo apenas lo puse, no aguanté nada.
—Para eso somos hombres, hermano. —Andrés le dio un golpe amistoso en el hombro y dejó la mano un segundo de más sobre la piel húmeda—. Tenemos la testosterona por las nubes. Mirá cómo estamos, en nuestro mejor momento.
Tobías asintió, aunque por un instante no supo dónde mirar.
***
La playa estaba llena esa tarde, pero ellos destacaban. Caminaban por la arena con sus trajes de competición, la piel brillando de sol y sudor, sin un solo vello en el cuerpo. No tardaron en atraer miradas, y dos chicas se acercaron con la excusa de pedir fuego.
—La fiesta ya empezó acá, ¿no? —dijo Andrés, pasando el brazo por los hombros de una de ellas.
El juego subió de tono rápido. Cuando cayó el sol, los cuatro se metieron entre unas rocas. Andrés tenía a su chica contra una palmera; Tobías estaba sentado en la arena con la otra encima, las manos de ella trabajando por dentro de la licra. Se quedaron así un buen rato, entregados al roce, hasta que las chicas se despidieron riendo y se alejaron por la orilla.
Andrés se limpió el sudor de la frente.
—Estaban buenas, ¿no? —dijo, pero arrugó la cara—. Aunque… se me paró y todo, pero pensé que iba a sentir más. Me faltó el golpe, ¿entendés?
—Pensé que era el único. —Tobías se sacudió la arena de las piernas—. Me vine, sí, pero fue todo muy mecánico.
—Es el entrenamiento de hoy, que estuvo pesado. El ácido láctico te baja el deseo, es ciencia. —Andrés se levantó y le tendió la mano para ayudarlo a pararse. Tobías la tomó, y sintió la fuerza del agarre subirle por el brazo—. Mañana, descansados, es otra historia.
Por un segundo, Andrés se quedó mirando el pecho agitado de su amigo. Después apartó la vista hacia el mar.
***
Esa noche, cada uno en su cuarto, el silencio solo hizo crecer la confusión.
Tobías buscaba algo en el celular para terminar de relajarse cuando, sin querer, apareció un video de dos hombres. Su primera reacción fue de rechazo. Estaba por cerrarlo, pero notó que los tipos tenían una complexión idéntica a la de ellos: nadadores, hombros anchos, piel lisa. No le atraían los de la pantalla. Lo que lo traicionó fue su propia cabeza, que empezó a poner a Andrés en esa escena. La misma mano que me dio el golpe en la playa, recorriéndome. Su erección se volvió de piedra en un segundo, y se quedó congelado, asustado de lo duro que estaba solo de pensar en su amigo.
En la otra casa, Andrés pasaba videos de mujeres con desgana. Tiró el celular al colchón y se quedó mirando el techo. Cuando cerró los ojos, volvió la imagen de Tobías en la arena, el roce de sus muslos bajo el agua de la pileta. El pulso se le disparó, un calor le subió por la columna, y su cuerpo respondió con una fuerza que no había sentido en toda la tarde.
—No puede ser —murmuró, apretando los dientes—. Es Tobías, mi hermano.
Los dos terminaron la noche en vela, sin entender por qué solo la imagen del otro lograba encenderlos.
***
El vestuario estaba desierto al día siguiente, apenas el goteo de las duchas. Se cambiaban de espaldas, pero al quedar en ropa interior se miraron de reojo. El físico del otro, la piel perfecta, los músculos definidos, les golpeó la vista. Casi al mismo tiempo, las dos erecciones aparecieron, abultando la licra de forma evidente.
—¿Otra vez? —Andrés se miró el bulto, furioso—. Esta energía acumulada me va a volver loco.
—Es la creatina que tomamos ayer —dijo Tobías, rojo, tapándose con la toalla—. Nos aceleró de más.
—Seguro. Vamos al agua, a ver si el frío nos baja.
Nadaron con furia una hora entera, tratando de quemar la sensación. Al terminar quedaron apoyados en el borde, el agua al pecho.
—Anoche no pude —confesó Andrés de golpe, sin mirarlo—. Por más videos que puse, nada. Pensé que algo se me había descompuesto.
Tobías abrió mucho los ojos.
—A mí me pasó lo mismo. Se me paraba, pero no con lo que veía.
—¡Algo comimos ayer! —Andrés golpeó el agua—. No es normal que a los dos nos pase igual el mismo día.
Mientras lo decía, no podía dejar de mirar cómo el agua resbalaba por el pecho de su amigo.
***
El cansancio los venció esa tarde y, como tantas veces desde chicos, se tiraron en la misma cama. Apagaron la luz. En la oscuridad, el cuarto se sentía más pequeño, y el calor del cuerpo del otro funcionaba como un imán. Cada vez que sus piernas se rozaban bajo las sábanas, Andrés sentía una corriente eléctrica que no entendía.
Amaneció con el sol entrando por la ventana. Andrés despertó primero, pegado a la espalda de Tobías, el brazo rodeándole la cintura, el pecho contra sus omóplatos.
Debería apartarme, burlarme como siempre. Pero se siente demasiado bien.
Tobías llevaba minutos despierto. Sentía el peso del brazo, la firmeza del pecho contra su espalda, la respiración tranquila en su nuca. En cualquier otro momento lo habría empujado. Ahora una calidez lo recorría de pies a cabeza, y no quería moverse.
Sin poder evitarlo, el cuerpo de Andrés reaccionó. Su erección presionó directamente contra la espalda de su amigo. Tobías la sintió perfectamente, y en lugar de alejarse, un escalofrío le bajó por toda la columna. Su propia dureza golpeó contra la mano que Andrés tenía apoyada sobre su vientre.
—¿Vos también sentís eso? —preguntó Andrés con la voz ronca, sin soltarlo.
—Sí —respondió Tobías, sin atreverse a girar—. Está muy fuerte.
—Debe ser por la testosterona acumulada. El cuerpo reacciona con lo que tenga cerca, ¿no?
—Sí. Es un reflejo, nada más.
Siguieron así, apretados, fingiendo que era un experimento de sus propios cuerpos, hasta que un grito desde la cocina rompió el hechizo y los obligó a separarse de golpe.
***
Días después llegaron a una playa apartada, una zona nudista famosa por su ambiente relajado. Caminaban completamente desnudos, decididos a «probarse» de una vez. Andrés señaló a una mujer que tomaba sol.
—Mirá esa. Cuerpo de revista. —La observó fijo, intentando forzar una reacción—. Está buenísima… pero no siento nada, Tobías. Es como mirar una estatua.
Se sentaron en las toallas, uno al lado del otro. Cuando Andrés se giró para acomodarse, su mirada recorrió sin querer el cuerpo de Tobías: los hombros potentes, las piernas largas, todo bajo el sol. La imagen de la mujer desapareció de su cabeza y sintió el tirón eléctrico en la base del vientre.
—¡Mirá esa, la del bikini rosa! —dijo Tobías de repente, señalando a cualquier lado, la voz agitada—. ¡Por ella sí se me puso así!
—¡A mí también! —mintió Andrés, ocultando su erección con la pierna.
Los dos ahí, durísimos, señalando a una mujer a la que apenas miraban, sabiendo en el fondo que el motor de ese deseo estaba sentado a centímetros.
***
Esa misma tarde se metieron entre unas rocas altas, ocultos de todos.
—Ya sé qué pasa —dijo Andrés, caminando de un lado a otro—. Lo hacemos mal. Demasiada fuerza, demasiada prisa. Vamos a hacerlo acá, uno al lado del otro. Nos observamos y corregimos, como cuando arreglamos el estilo de mariposa.
—Está bien —tragó saliva Tobías—. Si es por corregir, hagámoslo.
Se sentaron frente a frente. El contraste de las pieles bronceadas y la visión directa de los dos miembros erectos volvió el aire irrespirable. Empezaron a tocarse, intentando mantener la mirada «profesional», pero los ojos no podían dejar de recorrer el pecho, el abdomen, la entrepierna del otro.
—Mirá, yo lo hago así… —La voz de Andrés se quebró—. Pero verte de cerca… con el sol pegándote en los músculos…
—Vos también —jadeó Tobías, los ojos cerrados, la mano cada vez más rápida—. Te ves muy fuerte.
No pasaron dos minutos. La excitación fue tan violenta que la «técnica» se les olvidó. Terminaron casi al mismo tiempo, los músculos tensos al máximo, jadeando, cubiertos de sudor.
—¡Era la técnica! —dijo Andrés después, todavía agitado—. Con presión de grupo el cerebro reacciona. Es como una competencia.
—A huevo —asintió Tobías, con el corazón a mil.
Se levantaron convencidos de su propia mentira, aunque los dos sabían que nunca habían deseado tanto que la mano del otro fuera la que estuviera ahí.
***
Saltar la reja del complejo deportivo fue fácil; conocían cada rincón. De noche, la pileta olímpica parecía un espejo de plata bajo la luna. Se desnudaron en silencio al borde del agua y se lanzaron juntos. El impacto frío los hizo jadear, pero pronto generaron calor. Sus manos se rozaban en cada brazada. Después de varias vueltas a máxima velocidad se detuvieron en la parte honda, agarrados del borde, muy cerca.
—Intenté ver porno hoy. De todo tipo —dijo Andrés, el agua escurriéndole por la cara—. Nada. Ni una reacción.
—Yo igual. Me dio asco ver a otros tipos… pero después pensé en lo de las rocas. En nosotros. —Tobías lo miró a los ojos—. Solo así pude sentir algo. No quiero a nadie más, pero con vos siento que me muero si no te toco.
Andrés estiró la mano bajo el agua y le sujetó el muslo con fuerza.
—No somos de esos que andan por los bares. Los hombres me siguen dando lo mismo. Pero vos sos distinto. No sé si es el deporte o que crecimos juntos, pero me gustás. Y no solo tu físico. Me gusta que seas vos.
—Yo también te quiero, Andrés. De una forma que me da miedo.
Bajo el agua, los cuerpos se buscaron. Las piernas se enredaron y la excitación explotó sin que pudieran negarla más. Por primera vez aceptaron que su mundo solo tenía lugar para los dos.
***
Más tarde, en el cuarto de Andrés, a oscuras, se buscaron entre las sábanas hasta quedar abrazados, piel con piel. Andrés se separó apenas para mirarlo. Con una mano temblorosa le acarició la mejilla, bajó por la mandíbula hasta los labios. El corazón de ambos golpeaba con fuerza.
El beso fue lento, cargado de miedo y de una timidez que nunca habían tenido entre ellos. Los labios se rozaron apenas, reconociéndose de una forma nueva. Tobías cerró los ojos y le devolvió el beso, sintiendo una calidez que le llegó hasta la punta de los pies.
—¿Esto está bien? —murmuró al separarse—. ¿De verdad somos nosotros los que estamos haciendo esto?
—No sé si es lo correcto para el resto del mundo —respondió Andrés, pegando su frente a la de él—. Pero es lo único que quiero hacer ahora. No me pidas que me aleje, porque no puedo.
A la mañana, decidieron las reglas. Cero contacto en público. Seguir aparentando ante los demás. Y, sobre todo, nadie más: lo que sintieran era exclusivo de los dos. Sellaron el pacto con un beso mucho más seguro que el de la noche anterior, un beso que ya no era de duda sino de posesión.
***
Para terminar de convencerse, manejaron a una ciudad vecina y se pararon frente a un bar de luces de neón, lleno de hombres. Entraron, pidieron una cerveza solo para tener algo en las manos y miraron alrededor: tipos bailando sin remera, otros besándose en los rincones.
—No siento nada de lo que siento cuando te veo a vos —dijo Tobías, apartando la mirada de un hombre que le había guiñado un ojo—. Me siento incómodo, como en el vestuario equivocado.
Un desconocido se acercó y le apoyó la mano en el hombro a Andrés.
—Se ven muy tensos para tener esos cuerpos.
—No te equivoques —respondió Andrés, sacándose la mano de encima con un gesto brusco.
Salieron casi corriendo, respirando el aire fresco como si se hubieran estado asfixiando. Ya en el coche, encerrados, se miraron en la oscuridad. El rechazo que habían sentido adentro solo sirvió para triplicar el deseo mutuo. Andrés estiró la mano, le apretó la nuca y lo atrajo para un beso feroz.
—Somos solo nosotros —dijo contra sus labios—. Solo entre los dos hay química.
***
El fin de semana siguiente la casa de Andrés quedó sola. Salieron al jardín, donde la luz de la pileta teñía el agua de un azul profundo, y se desnudaron despacio, admirando cada centímetro del otro. Ya no había vergüenza, solo una curiosidad eléctrica que los consumía.
Tobías apoyó las manos en el borde de la pileta y sintió el cuerpo de Andrés contra su espalda. El contacto inicial fue una caricia entre el agua, las manos recorriéndole las caderas con una lentitud que los hacía respirar entrecortado.
—No sé si voy a poder —murmuró cuando Andrés lo preparó con paciencia, esperando a sentir que los músculos se relajaban bajo sus manos.
—Tenés que abrirte como cuando te tirabas del trampolín —le susurró al oído—, cuando confiabas en que el agua te iba a recibir.
Entró despacio, esperando a que su amigo se adaptara. Tobías arqueó la espalda; el estiramiento imposible se transformó en calor cuando Andrés se hundió hasta el fondo. El agua salpicaba alrededor de los torsos brillantes mientras el ritmo pasaba de cuidadoso a urgente.
—Más fuerte —jadeó Tobías, y Andrés lo obedeció, agarrándolo de los muslos para levantarle medio cuerpo fuera del agua.
Ahora sentían cada centímetro, cada gota resbalando entre los pechos al chocar. Cuando el orgasmo los alcanzó fue con los dientes clavados en hombros bronceados para ahogar los gemidos. Después se quedaron flotando, pecho contra espalda, respirando al unísono.
—¿Ves? Solo nosotros —dijo Andrés, limpiándole con los labios una gota de la nuca.
***
Pasaron tres días cumpliendo el pacto de silencio a rajatabla, nadando con una intensidad feroz, evitando hasta las bromas de siempre. Pero la tensión era insoportable. Una tarde, cuando el resto del equipo ya se había ido, quedaron solos en las duchas del fondo, parados bajo el chorro sin bañarse realmente.
Andrés cerró la llave de golpe.
—No puedo más. Estos días fueron un infierno. Te veo nadar, te veo cambiarte, y siento que me vuelvo loco.
—Yo también —respondió Tobías, los ojos rojos de aguantar—. Pensé que el silencio me iba a ayudar, pero solo me hizo darme cuenta de que te necesito. No me importa lo que seamos.
Retrocedió hasta que su espalda chocó con las baldosas frías. Andrés se lanzó hacia él, atrapándolo contra la pared con los brazos.
—Acá no —murmuró contra sus labios—. Alguien podría entrar.
—No me importa —respondió Tobías, agarrándole la nuca—. No puedo esperar ni un segundo más.
Las manos de Andrés recorrieron el torso bronceado mientras las bocas chocaban en un beso que sabía a agua clorada. Lo preparó con la lengua y los dedos hasta que el músculo cedió, y Tobías ahogó un gemido contra su propio brazo. Después lo levantó, le apoyó las piernas sobre los hombros como si fueran parte de un ejercicio, y empujó hasta el fondo con un sonido húmedo que los hizo gemir al mismo tiempo.
Los golpes de cadera rebotaban contra las paredes del vestuario. Tobías se mordía el labio, el dolor fundiéndose con el placer cada vez que su amigo encontraba el ángulo justo. El orgasmo llegó como una ola: Andrés se vació adentro con pulsaciones interminables, y Tobías lo siguió enseguida, derramándose contra el cemento gris.
Se derrumbaron juntos sobre el piso mojado, jadeando, con el eco de lo que acababan de hacer resonando más fuerte que cualquier palabra.
—Escuché un ruido afuera hace un rato —dijo Andrés, todavía alerta hacia la puerta.
—Mi corazón casi se sale cuando pensé que alguien entraba. —Tobías sonrió, débil pero satisfecho—. Pero nunca había sentido algo así. Hacerlo acá, con el riesgo… fue distinto.
—Fue increíble. Como si el peligro nos encendiera más. —Andrés le apretó la cintura—. Ya no es solo sexo. Es algo nuestro, algo que nos hace sentir más vivos que nunca.
Se vistieron rápido y caminaron hacia la salida. Ahora ya no había duda en sus ojos. El miedo a ser descubiertos, en lugar de alejarlos, se había convertido en una nueva adicción: la adrenalina de su deseo prohibido en los mismos lugares donde, para todos los demás, solo eran dos atletas inseparables.