Aprendí a presumir mi culo entre hombres
Siempre me gustó mi trasero. Redondo, firme, parado, con esa forma que no le debe nada al gimnasio porque nunca fui de atleta, pero que igual hace que la gente se quede mirando un segundo de más. Me gusta presumirlo. Me gusta caminar sabiendo que detrás de mí hay un par de ojos que no se despegan, y me gusta todavía más cuando esos ojos se animan a algo.
La primera en decírmelo en serio fue Vera, mi mujer. Nos conquistamos así, mirándonos el culo en una fiesta donde ninguno de los dos había ido a buscar pareja. Ella tiene uno de esos cuerpos que parecen diseñados para volver loco a cualquiera, y yo, según sus palabras, tenía «el mejor culo que había visto en un hombre». Esa frase me marcó. Nos fuimos juntos esa misma noche y desde entonces no paramos.
Vera entendió antes que yo lo que me gustaba de verdad. Le encanta arrodillarse detrás de mí y separarme con las manos mientras hunde la lengua, mientras yo a mi vez bajo entre sus piernas y la trabajo despacio, sintiendo cómo se moja contra mi boca. Después me mete un dedo, dos, tres, abriéndome de a poco, y me habla al oído con esa voz baja que me derrite.
—Te gusta esto, ¿no? —me susurra—. Te gusta que te lo hagan.
Y sí. Me gusta. No tiene sentido negarlo a esta altura.
De un viaje a Berlín nos trajimos un consolador con arnés, y Vera aprendió a usarlo como si lo hubiera hecho toda la vida. Me deja boca abajo, me agarra de las caderas y me coge hasta que pierdo la noción de dónde termino yo y dónde empieza la cama. Me deja temblando, hecho una flor, sin fuerzas ni para hablar. Esas noches dormimos abrazados y al día siguiente me cuesta sentarme, pero sonrío todo el tiempo.
Pero Vera no fue la primera en gozar de lo que tengo. Para llegar hasta ella tuve que pasar por un montón de manos, de bocas, de cuerpos. Y cada uno me enseñó algo.
***
El primero fue Darío, mi compañero de banco en el colegio. Teníamos quince, dieciséis años, esa edad en la que todo arde y nadie sabe bien por qué. Él se sentaba a mi lado y un día, en plena clase, deslizó la mano bajo el pupitre y me apretó la pierna. No dije nada. Tampoco la saqué.
Lo que vino después fue una locura que todavía me cuesta creer. Bajo el mismo pupitre, con la profesora explicando algo del otro lado del pizarrón y treinta chicos copiando del libro, Darío me guió la cabeza hacia abajo y yo le bajé el cierre. Lo hice rápido, con el corazón a mil, con un miedo que era casi tan grande como las ganas. Nadie se dio cuenta. O si se dieron cuenta, nadie dijo nada.
—Tenés un culo precioso —me dijo esa tarde, ya en mi casa, cuando mis viejos no estaban—. No sabés lo que me hacés.
Darío fue quien me desvirgó. Lo hizo despacio, con paciencia, en mi propia cama, una siesta de verano en la que el ventilador giraba en el techo y afuera no se movía una hoja. Me dolió y me gustó en partes iguales, y cuando terminó me quedé mirando el techo pensando que acababa de descubrir algo que no iba a poder dejar nunca más.
Lo repetimos en todos lados. En el asiento del fondo de un colectivo, tapados con una campera. Contra un árbol, en una calle del barrio apenas iluminada, donde cualquiera que pasara podía vernos. Esa posibilidad de que nos descubrieran me ponía peor que cualquier otra cosa. Ahí entendí algo de mí que tardé años en nombrar: no me alcanzaba con que me desearan. Necesitaba que me vieran.
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Después llegó Bruno, un chico del barrio con el que me llevaba de maravillas. Una tarde los tres, Darío, Bruno y yo, nos escapamos a un río que quedaba en un pueblo a las afueras de la ciudad. Era uno de esos lugares donde el agua corre marrón y mansa entre los sauces, y donde no se cruza un alma en kilómetros.
Nos metimos al agua y enseguida quedó claro que no habíamos ido a nadar. Bruno tenía las manos grandes y se reía de todo, y Darío ya me conocía de memoria. Entre los dos me llevaron hasta la orilla, sobre el pasto tibio, y fue mi primer trío. El primero de varios.
No sé explicar lo que se siente estar en el medio de dos cuerpos que te quieren al mismo tiempo. Es una entrega total, un dejarse hacer que no se parece a nada. Bruno me besaba mientras Darío me abría, y yo no hacía más que recibir, abandonado, con el sol pegándome en la espalda y el ruido del río de fondo. Después quedamos los tres tirados sobre el pasto, agitados, mirando las copas de los árboles, sin decir una palabra porque no hacía falta.
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A Iván lo conocí de casualidad. Era el primo de un primo mío, uno de esos parentescos enredados que nadie termina de entender. Apareció un fin de semana en el pueblo de mis tíos, donde yo pasaba las vacaciones, y me bastó verlo bajar de la moto para que se me cortara la respiración. Alto, de espalda ancha, con una sonrisa que parecía saber exactamente el efecto que causaba.
Me ofreció dar una vuelta y yo me subí sin pensarlo. Me agarré de su cintura primero y después, con la excusa de las curvas, fui bajando las manos hasta el paquete que se le marcaba en el jean. Él no dijo nada. Aceleró. Sentí los abdominales tensándose bajo mis dedos cada vez que cambiaba de marcha, y para cuando volvimos a la casa yo ya no podía pensar en otra cosa.
Lo hicimos en la ducha, esa misma tarde, con el agua cayéndonos encima y el ruido tapando todo lo demás. Iván me apoyó contra los azulejos fríos y me tomó de atrás, sin apuro, sosteniéndome con un brazo cruzado sobre el pecho como si tuviera miedo de que me cayera. Estuve a punto de enamorarme de él en esas pocas horas. Todavía me acuerdo del vapor empañando el espejo y de su voz ronca diciéndome al oído que no me había visto un cuerpo así en la vida.
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Y después estuvo Facu, el chico del almacén del pueblo. El caramelo del campo, le decíamos. Tenía la piel curtida de trabajar al sol y unos ojos claros que contrastaban con todo lo demás. Lo invitamos a ver un partido a la casa quinta de mis tíos una tarde de enero, y a la media hora ya nadie miraba la tele.
Terminamos los tres, Facu, otro chico y yo, desnudos al borde de la pileta, sobre las baldosas atérmicas que guardaban el calor del día. El agua nos salpicaba cada tanto y nadie se molestaba en secarse. Fue un trío lento, pegajoso de sudor y cloro, de esos que se estiran porque ninguno quiere que termine. Facu tenía una forma de tocar tímida al principio y desbocada después, como si recién ahí se diera permiso.
Lo que no me esperaba fue lo de la tarde siguiente.
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Mi primo Tobías apareció el día después, recién llegado de la ciudad. Tobías nadaba desde chico y tenía el cuerpo que se le arma a los nadadores: los hombros anchos, la cintura fina, esa espalda en forma de uve que no se consigue de otra manera. Siempre lo había mirado más de la cuenta y siempre me había hecho el desentendido.
Esa tarde, sin embargo, algo se rompió en mí. No sé si fue la euforia de los días anteriores, el calor o simplemente que ya estaba cansado de fingir. Empecé con un roce al pasar, una mano en el hombro que se demoró más de lo normal. Tobías no se apartó. Lo probé con otra caricia, en la espalda, en la nuca, y para mi sorpresa él respondía, se acercaba, buscaba.
—No deberíamos —dijo, pero no se movió.
—Ya sé —contesté, y seguí.
Lo puse como agua para chocolate, con las hormonas hechas un caos en ese cuerpo trabajado por años de pileta. Facu se sumó cuando entendió lo que estaba pasando, y los dos gozaron de mí esa tarde, por separado y a la vez, mientras yo perdía por completo los papeles. Me dejé llevar sin freno, sin culpa, sin pensar en nada que no fuera el momento. Fue la primera vez que me animé a todo, que dejé de pedir permiso, que entendí que el placer no me debía explicaciones a nadie.
Después, cuando volví a la ciudad y la vida siguió su curso, esas tardes quedaron guardadas como un tesoro. No me arrepiento de ninguna. Cada cuerpo, cada mano, cada mirada que se demoró en mí me fue armando hasta convertirme en lo que soy.
***
Por eso, cuando Vera me dice al oído que tengo el mejor culo que vio en un hombre, yo sonrío y pienso en todos los que pensaron lo mismo antes que ella. Pienso en Darío bajo el pupitre, en Bruno a la orilla del río, en Iván empañando el espejo del baño, en Facu sobre las baldosas tibias, en Tobías rindiéndose una tarde de enero.
Me gusta presumir lo que tengo. Me gusta que me miren y me gusta, sobre todo, que se animen. Lo aprendí de a poco, con cada uno de ellos, y a esta altura ya no sé hacerlo de otra forma. Que miren todo lo que quieran, pienso cada vez que camino y siento esos ojos detrás. Que miren, y que después se acerquen.