Encontré a mi padre con otro hombre en su cuarto
Llegas a casa con la sangre hirviendo. Las llaves chocan contra la cerradura y no te molestas en bajar el ruido. Esas dos chicas de la facultad te tuvieron toda la tarde con el calentón, riéndose, rozándote sin querer, y al final te dejaron tirado con las ganas a flor de piel. Lo único que tienes en la cabeza es encerrarte en tu cuarto, abrir el portátil y descargar la tensión tú solo.
Cierras la puerta y dejas caer la mochila en la entrada. La casa parece en silencio, o eso crees al principio. Tus padres deberían estar trabajando a esta hora. Y entonces lo oyes.
Un gemido.
Viene de arriba, del dormitorio principal. Te quedas inmóvil en mitad del pasillo, con el corazón de pronto acelerado. Otro gemido, más nítido esta vez. Y no es la voz de tu madre.
Es la voz de un hombre.
—Qué culo tienes, carajo —dice alguien que no reconoces.
Y después, sin lugar a dudas, la voz de tu padre:
—Dale más fuerte.
Se te corta la respiración. Subes las escaleras despacio, pisando con cuidado para no delatarte, y la entrepierna ya se te marca en los vaqueros porque tu cuerpo reacciona antes que tu cabeza. Los gemidos crecen con cada peldaño. La puerta del cuarto está entornada.
Te acercas y miras por la rendija.
Tu padre está a cuatro patas sobre la cama, completamente desnudo, y un hombre que no has visto en tu vida lo penetra por detrás. El desconocido es más joven que él, ancho de hombros, con tatuajes que le suben por los dos brazos. Lo embiste con golpes secos que arrancan a tu padre gemidos sin control.
—Así, así, no pares —jadea tu padre, aferrado a las sábanas.
El otro lo agarra del pelo y le tira la cabeza hacia atrás.
—¿Te gusta que te follen en tu propia cama mientras tu familia no está?
—Me encanta —responde tu padre—. Me encanta, no sabes cuánto.
Ves cómo la verga del desconocido entra y sale, brillante de lubricante, los muslos chocando contra él en cada arremetida. La de tu padre cuelga dura entre sus piernas, balanceándose al ritmo de los golpes.
Te das cuenta de que ya tienes la mano apretada contra tu propia entrepierna, sin haberlo decidido.
Te quedas clavado ahí, la espalda pegada a la pared del pasillo, espiando por esa rendija como si presenciaras la escena más irreal de tu vida. Pero es real. Ese es tu padre, el mismo que te grita por dejar tu cuarto hecho un desastre, ahora entregado a ese hombre como si no fuera nadie.
El desconocido le mete dos dedos en la boca.
—Chúpalos.
Tu padre obedece al instante, lamiendo, succionando, mientras sigue recibiendo cada embestida. El sonido húmedo se mezcla con sus gemidos ahogados y llena la habitación de algo obsceno que no puedes dejar de escuchar.
Esto no puede estar pasando.
Pero pasa. Y no puedes apartar los ojos.
—Eres un agujero, ¿lo sabías? —dice el hombre, sacándole los dedos para soltarle una nalgada que retumba en el cuarto.
—Sí, soy tu agujero —contesta tu padre sin un gramo de vergüenza.
Sientes la verga dura como una piedra dentro del pantalón. Sabes que es retorcido, que deberías largarte, pero ver a tu padre dominado de esa forma, usado como un juguete, te enciende de un modo que no entiendes.
El desconocido lo tumba de lado y le levanta una pierna, penetrándolo desde ese ángulo mientras le aprieta el cuello con una mano. Tu padre jadea, la cara enrojecida, los ojos perdidos, absolutamente entregado. Su miembro gotea sobre las sábanas sin que nadie lo toque.
—Te vas a venir solo del culo, ¿verdad?
—Sí… por favor —suplica.
El otro acelera, golpes secos que sacuden el cuerpo de tu padre. Le suelta el cuello y él respira hondo, tose un poco, pero sonríe como un vicioso.
Te bajas la cremallera sin poder contenerte más. La mano se cuela bajo la ropa y empiezas a tocarte mientras observas cómo ese hombre se adueña de tu padre.
—Sin marcas, por favor —pide él entre jadeos, con la voz quebrada—. Mi mujer…
El desconocido se ríe.
—¿Tu mujer? ¿Y qué le vas a decir cuando llegue y huelas a otro?
Le da otra nalgada en el mismo punto, dejándole la piel colorada. Tu padre se muerde el labio y no protesta.
***
Entonces el hombre se detiene y sale de golpe. Por primera vez le ves la verga entera: gruesa, oscura, las venas marcadas. Tu padre gime por el vacío y gira la cabeza con una mirada suplicante.
—Date la vuelta. Quiero verte la cara.
Tu padre obedece rápido, tumbándose boca arriba. Se sujeta las rodillas y se abre de piernas, exponiéndose por completo. El otro se acomoda entre ellas y vuelve a entrar de una sola estocada.
Tu padre arquea la espalda.
—Sí, así.
Desde donde estás lo ves todo: cómo esa verga lo llena hasta el fondo, cómo se le abren los ojos, la boca entreabierta, el cuerpo temblando. Y justo en ese instante, su mirada se desvía hacia la puerta.
Te ve.
Sus ojos se abren de par en par. El placer sigue ahí, mezclado con sorpresa y un destello de pánico. Abre la boca para decir algo, pero el desconocido le clava una embestida brutal y solo le sale un gemido.
Te mira fijo, sin poder articular palabra, mientras el otro lo sigue penetrando sin tregua.
Sus manos se aferran a la espalda tatuada del hombre, las uñas hundiéndose en la piel, y le rodea la cintura con las piernas, atrapándolo, queriéndolo más adentro. Y no aparta los ojos de los tuyos.
Te ve parado en el pasillo, con la mano dentro del pantalón, masturbándote mientras lo observas. La vergüenza le cruza la cara un segundo, pero está demasiado perdido para detenerse.
El desconocido no se ha enterado de nada. Concentrado, le sujeta los muslos, empuja con fuerza, sudando.
—Me voy a venir —jadea—. Te voy a llenar entero.
—Sí, adentro —ruega tu padre, sin dejar de mirarte.
Ves el momento exacto en que el otro se vacía. Su cuerpo se tensa, empuja una última vez hasta el fondo y suelta un gruñido grave. Tu padre echa la cabeza atrás, pero sus ojos vuelven enseguida a ti, jadeando.
Te aprietas más fuerte, el corazón desbocado, sin saber si salir corriendo o quedarte.
***
El desconocido sale despacio, la verga reluciente. Tu padre se incorpora con urgencia, la toma con las dos manos y se la lleva a la boca, lamiéndola entera, limpiando cada rastro. Lo hace con una dedicación que te deja sin aire.
El otro le acaricia el pelo.
—Buen chico.
Tu padre levanta la mirada hacia él, la verga aún en la boca, y luego te lanza un vistazo de reojo hacia la puerta. Su propio miembro sigue duro, apuntando hacia arriba, goteando. No se ha venido todavía.
Sigue chupando despacio mientras te observa, sabiendo perfectamente que estás ahí.
El hombre se inclina, le toma la cara con las dos manos y lo besa. Un beso lento, profundo, nada brusco, el opuesto exacto de la brutalidad de hace un momento. Tu padre se deja llevar, abre los labios.
Mientras lo besa, el otro baja una mano y le rodea la verga, acariciándosela sin prisa.
—Todavía no te viniste —murmura contra sus labios.
—No… todavía no.
—¿Quieres venirte?
—Sí, carajo, sí —gime tu padre, empujando las caderas hacia esa mano.
El hombre lo besa otra vez, más sucio, y de pronto le suelta la verga.
—Prepárame y fóllame —le dice con voz ronca, mirándolo a los ojos.
Tu padre parpadea, sorprendido, pero enseguida se le ilumina la cara. Lo guía para que se acomode boca abajo. El desconocido se pone a cuatro patas, deja caer la cabeza sobre la almohada y arquea la espalda, levantando el culo.
***
Tu padre se arrodilla detrás, le abre las nalgas con las manos y hunde la cara entre ellas. El otro suelta un gemido grave y cierra los puños sobre las sábanas.
Tu padre lo trabaja con la lengua, lamiendo de arriba abajo, sin apuro, mojándolo a fondo. Los papeles se han invertido por completo: ahora es él quien prepara, quien va a tomar el control.
Levanta la cabeza un segundo para tomar aire, la barbilla brillante, y te mira de reojo desde la cama. Sabe que sigues ahí, con la mano en la verga, viéndolo todo. Y vuelve a bajar.
Después se escupe en la mano, se moja, toma el bote de lubricante de la cama y prepara al otro con los dedos. El desconocido separa más las piernas, ofreciéndose, esperando.
Tu padre se sujeta la verga, la guía y empuja. La cabeza entra fácil; el resto sigue con una sola estocada larga.
—Carajo, sí —grita el hombre contra la almohada.
Tu padre lo agarra de las caderas y empieza a moverse, despacio primero, hasta encontrar el ritmo. Los golpes se vuelven más duros, más precisos. La cama cruje y el sonido de piel contra piel llena el cuarto.
Ahora manda él. Ahora folla él.
Le pone una mano en la nuca y le hunde la cara contra la almohada, sometiéndolo, mientras le clava la verga hasta el fondo una y otra vez. Con la otra mano levanta la palma y le suelta una nalgada. El sonido rebota seco contra las paredes.
—¿Así te gusta? ¿Así te gusta que te folle? —dice tu padre con una voz que no le conocías. Ronca, dura, dominante.
El otro solo puede gemir contra la almohada, rendido, con la piel ardiendo de los golpes.
Cada embestida lo empuja unos centímetros hacia el cabezal. Las rodillas le resbalan sobre el colchón, buscando apoyo, pero la fuerza es implacable. En pocos minutos tiene la frente contra la madera, atrapado.
—¡Más fuerte! —suplica el desconocido, la voz rota—. ¡No pares!
Tu padre sonríe de lado y te mira de reojo, una sonrisa que jamás le habías visto, mientras sigue machacando al hombre que hace un rato lo dominaba a él.
—Te voy a dejar el culo destrozado —le gruñe al oído—. No vas a poder sentarte en una semana.
—¡Sí, déjame así! —ruega el otro, perdido.
Las arremetidas se vuelven erráticas, desesperadas. Está cerca.
—Me vengo —jadea tu padre, y se clava hasta el fondo una última vez.
Se queda ahí, enterrado, temblando, soltando gemidos largos mientras se vacía. El desconocido cierra los ojos y echa la cabeza atrás.
—¡Lo siento, lo siento adentro! —gime con la voz quebrada.
***
Te apoyas contra la pared del pasillo, el pecho subiendo y bajando. Bajas la vista y te das cuenta: te has venido sin notarlo, la mano pegajosa, el pantalón manchado. Te corriste viendo a tu padre follar como un animal.
Desde el cuarto llegan respiraciones pesadas, los dos recuperando el aliento.
—Estuvo brutal —dice el desconocido, la voz ronca—. Hacía mucho que no me daban así.
Sin pensarlo, te llevas los dedos a la boca. El primer contacto es extraño: salado, un poco amargo, espeso. Tu propio sabor, que nunca habías probado. Y por algún motivo no puedes parar.
—¿El miércoles, durante el partido, puedes? —pregunta el otro.
—Perfecto —responde tu padre, esa voz nueva todavía en él—. Ya conoces el trato.
El hombre se ríe entre dientes. Tú ya no escuchas el resto. Te escabulles hacia tu cuarto pisando despacio, y entiendes de pronto que tu padre habló más alto de lo necesario, asegurándose de que captaras el mensaje: que desaparecieras antes de que el otro te descubriera.
Entras a oscuras y cierras la puerta sin ruido. Te quedas con la espalda contra la madera, el pantalón aún pegajoso contra la piel.
Mi padre no es quien yo creía.
Los miércoles, durante los partidos. Tal vez otros días también. Te sientas en el borde de la cama sin encender la luz, intentando ordenar todo lo que acabas de presenciar. Y sabes, con una certeza incómoda, que la próxima vez que tu padre te grite por cualquier tontería, vas a mirarlo distinto. Para siempre.