Mi tía me sentó en sus rodillas delante de todos
Tres días después volví a pasar por casa de mi tía Remedios. Era un miércoles cualquiera, de esos en que el barrio entero parece dormido a media mañana. Yo ya tenía veintidós años y la carrera a medias, así que aprovechaba los huecos entre clases para escaparme hasta su piso.
En cuanto me vio plantado delante de la puerta, me dio un beso en los labios, me agarró de la mano y me arrastró hasta el ascensor. Dijo que iba a hacer la compra y que la acompañara. Bajamos juntos a la calle, ella con una falda de gasa de verano, sin nada debajo, porque según ella cuantos menos obstáculos, mejor.
En cuanto las puertas se cerraron y el ascensor empezó a descender, se pegó a mí por detrás. Me metió la mano por dentro del chándal y me agarró sin ninguna prisa.
—Rápido, mi niño… métemela antes de que pare —me susurró al oído mientras se subía la falda y se inclinaba un poco, apoyando las manos en el espejo.
Nervioso pero ya empalmado, la penetré de un solo empujón. Empecé a moverme rápido, sintiendo cómo su cuerpo rebotaba contra mí a cada embestida.
—Sigue, Adrián, más fuerte —jadeaba con la boca apretada para no gritar.
El ascensor bajaba despacio, demasiado despacio, y ella se mordía el labio mientras se estremecía en un orgasmo silencioso. Me apretó tan fuerte que terminé yo también, justo antes de que la cabina se detuviera con un tintineo.
***
Nada más salir me preguntó si había desayunado. Le dije que no y me invitó a un bar de la esquina. Pedí una tostada con tomate y jamón y un café con leche.
—Toma leche, anda —me dijo al oído apretándome por debajo de la barra—, que te estoy dejando seco. —Y me guiñó un ojo.
Ella pidió una caña y un pincho de tortilla. Le pregunté si nos lo podían sacar a la terraza, porque dentro hacía un calor insoportable. Me mandó a sentarme mientras ella iba al baño. Cuando volvió, quiso saber a qué se debía mi visita tan temprano.
Le conté que había venido a traerle la invitación del bautizo del hijo de Rubén, mi primo y a la vez sobrino suyo, y que la echaba de menos. Ella sonrió y me acarició la barbilla con la punta de los dedos.
—¿Y cuándo es?
—En dos semanas, en la finca de Rubén.
—Me apetece ir al pueblo —dijo—, pero no sé qué ponerme. Hace siglos que el tacaño de tu tío no me deja comprarme ropa. Así que ahora mismo me voy de tiendas.
Me ofrecí a acompañarla, porque a mí también me hacían falta unos vaqueros. Fuimos al centro comercial. Entrábamos juntos en las tiendas, ella se llevaba un vestido o una blusa al probador y me reclamaba desde dentro.
—Ven, Adrián, ayúdame a ver si me queda bien.
Una vez dentro, dejaba la cortina a medio correr para que el riesgo fuera mayor. Se quitaba la ropa de golpe y se quedaba desnuda. Me bajaba los pantalones, se arrodillaba y me la chupaba con una devoción que me dejaba sin aire, mirándome desde abajo con ojos hambrientos. Luego se ponía de cara a la pared, apoyaba las manos en el tabique y separaba las piernas.
—Métemela por detrás, rápido… que nos oigan y me pongo más caliente —murmuraba.
Yo la embestía en silencio, tapándole la boca con la mano para que no se le escapara ningún sonido. El probador olía a sexo, la cortina se movía sola y alguna dependienta preguntaba desde fuera:
—¿Todo bien por ahí?
La última vez no tuvimos tanta suerte. Una vendedora abrió la cortinilla de golpe, harta del escándalo, y nos pilló a medio vestir. Nos puso de vuelta y media y nos echó de la tienda. Le pregunté a mi tía si le preocupaba y negó con la cabeza.
—¿Tú crees que iba a ir a un sitio donde me conocieran sabiendo lo que iba a pasar?
Terminamos el día entre risas, comprando por fin la ropa que necesitábamos, y nos despedimos hasta la fecha señalada.
***
El día llegó dos semanas después. El bautizo fue uno de esos eventos que por fuera parecen de lo más normal, pero que por dentro están cargados de electricidad. El morbo, el riesgo y el miedo constante a que Anselmo o cualquiera de la familia notara algo raro.
Era en la finca de mi primo Rubén, un sitio típico de la sierra: una casa de campo con patio grande, barbacoa, mesas largas bajo un toldo y un pequeño estanque junto al que se celebró la ceremonia. Había familia de los dos lados, tíos, abuelos, niños correteando, y por supuesto Anselmo y Remedios. Mis padres también fueron.
Mi tía llegó con el vestido azul oscuro que habíamos comprado en el centro comercial. Le quedaba perfecto: ajustado en el pecho sin resultar descarado, suelto en la cadera pero pegándose a su cuerpo al andar, y largo hasta la rodilla para disimular. Llevaba el pelo rizado suelto con una pinza y un maquillaje ligero, los labios apenas pintados de rojo.
Cuando me vio en el patio me dio un abrazo de tía, delante de todos, pero me apretó la cintura un segundo de más y me susurró al oído:
—Estás guapo con el traje… y me miras como si quisieras devorarme aquí mismo.
Me puse colorado, pero sonreí. Anselmo estaba cerca, con una cerveza en la mano, hablando con Rubén y otros primos. No parecía sospechar nada, aunque seguía a su mujer con la mirada cada vez que cruzaba el patio, celoso como siempre por mucho que fingiera lo contrario.
Durante la ceremonia nos colocamos cerca el uno del otro. Ella se ponía de lado para que yo viera cómo el viento le pegaba la tela al cuerpo. Cuando nadie miraba, me rozaba la mano o me apretaba el muslo con disimulo. El morbo flotaba en el aire: la familia alrededor, Anselmo a diez metros, mi padre charlando con los tíos, y nosotros con esa tensión de saber que si nos pillaban se armaba la de Dios.
***
Después vino la comida: una paella enorme, carne a la brasa, sangría y música de fondo. Remedios y yo acabamos en la misma mesa larga, aunque con gente de por medio. Me pasaba el pan rozándome los dedos, me servía sangría y se inclinaba para susurrarme cosas.
—Estoy mojada solo de verte. Si no estuviera tu tío, te llevaría al garaje ahora mismo.
En un momento se levantó diciendo que iba al baño. Esperé un par de minutos y fui detrás. Nos encontramos en el pasillo de la casa, lejos de las mesas, y nos metimos en un aseo pequeño de servicio. Eché el pestillo. Nada más girar la llave, ella se levantó el vestido, se bajó la ropa interior hasta los tobillos y se inclinó sobre el lavabo.
—Rápido, Adrián… antes de que alguien llame.
La penetré por detrás, fuerte y profundo. El espejo me devolvía su cara de placer, el labio entre los dientes, mis manos clavadas en sus caderas. Terminamos deprisa, porque aquel no era sitio para dar explicaciones. Se vistió en un instante, me dio un beso y me empujó hacia la puerta.
—Sal tú primero, que yo voy a disimular.
Volví a la mesa como si nada. Ella llegó dos minutos más tarde, con las mejillas encendidas y una sonrisa de inocencia perfecta. Anselmo ni se enteró: estaba medio borracho, hablando de fútbol con los primos.
***
Luego llegó la hora del baile. Pusieron música de verbena, pasodobles, sevillanas y algo de lo que ponía la gente mayor. El patio se llenó de parejas y de niños corriendo entre las piernas. Yo me quedé sentado en una silla de plástico al borde, porque no soy mucho de bailar, y menos con corbata.
Remedios salió a bailar con mis padres. Reían, daban vueltas, mi madre la abrazaba como si fuera una hermana. Anselmo seguía sentado a unos metros, con la cerveza en la mano, soltando risotadas cada vez más groseras. Ella se movía con gracia a pesar del vestido ajustado, y cada vez que pasaba cerca de mí me guiñaba un ojo.
En un momento se torció el tobillo. Llevaba tacones altos y el césped irregular no ayudaba. Soltó un «¡ay!» bajito y cojeó hasta donde estábamos. Miró a su marido, que no se inmutó.
—Levántate, anda, que me duele el pie y quiero sentarme.
—¿Y por qué me tengo que levantar yo? Siéntate donde puedas —contestó él, medio borracho.
Ella lo miró con un odio frío, pero sin alzar la voz por la familia que tenía alrededor.
—No hace falta que se levante nadie.
Y entonces se sentó directamente en mis rodillas. Delante de todo el mundo: mis padres, los primos, Anselmo, los tíos. Se acomodó despacio, el calor de su cuerpo pegándose al mío, el vestido subiéndole un poco por los muslos. Me rodeó el cuello con un brazo como si fuera lo más natural del mundo.
—Adrián es un caballero… al contrario que tú.
Anselmo soltó una carcajada grosera y miró alrededor buscando público.
—Pues como estés mucho rato ahí sentada, mañana el cojo va a ser él. —Y, con esa sonrisa de borracho, añadió—: ¿A que aguantas a tu tía lo que haga falta, chaval?
Asentí, rojo hasta las orejas, sin moverme. Ella se rio bajito, se acomodó mejor y se quedó allí una hora entera. Delante de todos.
Y pasó lo que tenía que pasar. Al principio era solo el calor de su cuerpo contra mí, que respondió casi al instante bajo el pantalón del traje. Ella lo notó, claro. Empezó a moverse con círculos pequeños de cadera, rozándome sin que nadie lo viera, porque la mesa tapaba y la gente estaba pendiente del baile. Cada vez que se reía con algo que decía mi madre, se inclinaba y me susurraba al oído:
—Qué duro estás. ¿Te estoy dejando seco, mi niño?
Yo le sujetaba la cintura con una mano, como quien evita que se caiga. Con la otra le buscaba el muslo por debajo del vestido. Ella separaba un poco las piernas y yo apartaba la tela empapada, rozándola despacio, sintiendo cómo se contraía. Se mordía el labio fingiendo seguir la conversación mientras yo aceleraba el ritmo.
Anselmo seguía bebiendo, hablando alto, demasiado borracho para fijarse en nada. Mi padre charlaba con los familiares, ajeno a todo. Al menos eso creía yo. Y nosotros allí, en medio de la familia, ella sobre mis rodillas mientras mi mano hacía su trabajo bajo el vestido.
Cuando se corrió fue silencioso pero intenso. Se estremeció entera, apretó los muslos contra mi mano y soltó un suspiro que disfrazó de risa. Se quedó quieta un segundo, respirando hondo.
—Gracias, caballero… me has salvado la tarde.
Se levantó despacio, me dio un beso en la frente delante de todos y se alejó cojeando un poco, aunque el tobillo ya no le dolía. Yo me quedé allí sentado, con el corazón a mil y la cabeza dándome vueltas.
***
Cuando llegó la hora de marcharse, Anselmo ya estaba en el coche con la ventanilla bajada, gritando porque quería irse. Estaba borracho perdido, la cara roja, los ojos vidriosos. Remedios se acercó al coche, pero antes de subir me abrazó fuerte, como una tía cualquiera despidiéndose del sobrino, y en el segundo beso me susurró:
—No te preocupes… nos vemos pronto.
Al ver cómo se tambaleaba Anselmo intentando meter la marcha, me acerqué a mi padre.
—Papá, mejor llevo yo a los tíos. Él no está en condiciones.
Me paró con la mano en el hombro, serio pero tranquilo.
—No, hijo. Vete con tu madre. Yo me encargo de ellos.
No insistí. Subí al coche y, mientras nos alejábamos por el camino de tierra, miré por el retrovisor: mi padre ayudando a Anselmo a sentarse, Remedios subiendo atrás con cara de cansancio. Pensé que el bautizo había sido perfecto: familia, fotos, paella… y un secreto robado bajo las narices de todos.
***
Pero al día siguiente se me vino el mundo encima. Me sentaron en el salón. Mi madre con los ojos rojos de llorar, mi padre con el gesto duro. Se habían dado cuenta de todo: las miradas, los roces, cómo se sentaba en mis rodillas y no se movía, las veces que desaparecíamos los dos a la vez. No eran tontos. Llevaban tiempo sospechando, desde que pasaba tantas mañanas en casa de los tíos, y el bautizo había sido la gota que colmó el vaso.
—No os juzgamos —dijo mi padre con voz calmada—. Pero esto se acaba aquí. Remedios es la mujer de tu tío. Y aunque él sea un desgraciado, sigue siendo mi hermano. Si se entera, los mata a los dos.
—Hemos hablado con ella esta mañana —añadió mi madre, temblando—. Le hemos dicho que es la última vez que le ofrecemos ayuda. Que si quiere salir de ahí, la sacamos: abogado, dinero, un sitio donde empezar. Pero tiene que dejarte fuera de todo esto. O se lo contamos a tu tío.
Me quedé helado. No dije nada. Solo asentí con un nudo en la garganta.
Remedios aceptó. Esta vez sí. Se fue a un pueblo de la costa, a una casa de la familia que estaba vacía. Mi padre le pagó el viaje, le dio dinero para los primeros meses y le buscó un trabajo sencillo. Anselmo se quedó solo, bebiendo igual que siempre, sin saber nada más de ella.
***
Fui a visitarla un mes después. Cogí el tren con el corazón a mil, convencido de que volveríamos a lo de antes. La encontré en una casa pequeña cerca del mar, más delgada, más tranquila, con el pelo recogido y una sonrisa cansada. Me abrazó fuerte, me hizo café y estuvimos en la terraza con vistas al puerto. Pero cuando intenté besarla, me paró con suavidad.
—No, Adrián… ya no.
Le pregunté por qué. Me miró a los ojos.
—Tu padre me ha ayudado de verdad. Me ha sacado de allí sin pedirme nada a cambio. No puedo hacerle eso. No voy a seguir contigo. Tienes que vivir tu vida sin cargar con esto.
Lloré. Me abrazó como una madre, me dio un beso en la frente y me dijo:
—Te quiero mucho. Pero esto se acaba aquí. Vuelve a casa, estudia, enamórate de alguien de tu edad… y no me olvides.
Volví en el tren de noche con el pecho apretado. A partir de entonces fuimos tía y sobrino, nada más. Anselmo siguió solo y amargado, y no volví a verlo. Ella rehízo su vida lejos: trabajo, amigas, incluso una pareja que la cuidaba. Mi padre me contaba de vez en cuando que estaba bien, que era feliz.
Yo seguí adelante. Pero nunca olvidé aquella semana en su casa, ni el bautizo, ni cómo me temblaba todo cuando se sentaba en mis rodillas delante de toda la familia. Fue lo más cerca que estuve nunca de algo prohibido y real. Y también lo último.