La nuera que dios puso en mi camino
Muchas veces pienso que mi hijo Adrián no salió de mi sangre. No nos parecemos en nada, ni en la cara ni en el carácter. Me casé joven, a los veintitrés, porque la que entonces era mi novia se quedó embarazada, y enviudé antes de que el chico cumpliera diez años. Desde entonces vivimos bajo el mismo techo como dos extraños educados.
Adrián salió callado, blando, enganchado a la política como otros se enganchan al fútbol. Pasa las horas con los auriculares puestos escuchando sesiones del congreso. Yo soy carpintero, tengo un taller que funciona de maravilla, y a mis cuarenta y seis años estoy fuerte, entero y con la cabeza llena de canas que, por lo visto, a las mujeres les gustan.
Porque mujeres no me faltan. Desde que me quedé viudo, mi vida sexual mejoró en lugar de apagarse. Por el taller han pasado clientas de todas las edades, y a casi todas les he hecho algún arreglo que no figura en ninguna factura. No quiero pareja estable: vivo de puta madre, elijo amante según el plan del día y no le rindo cuentas a nadie. Así estoy bien.
La sorpresa llegó cuando Adrián cumplió dieciocho y me anunció, ilusionado, que tenía novia. Cuando me la presentó me quedé mudo. Noelia era una preciosidad: menuda, rubia, de ojos azules y una timidez que daban ganas de proteger. Modesta, devota, de misa todos los domingos. Qué hace una chica así con mi hijo, pensé, si él es incapaz de mirar otra cosa que no sea una pantalla.
Con el tiempo, Noelia empezó a venir a casa más que mi propio hijo. Le gustaba que le explicara cosas del taller, me ayudaba con los papeles porque estudiaba administración, y se entusiasmó cuando decidí levantar una piscina en la parcela, con su pérgola, su barbacoa y su cocina exterior. Ella diseñó los espacios y eligió los muebles. Mientras tanto, Adrián seguía a lo suyo, encerrado con sus debates. La casa, por primera vez en años, tenía vida. Y la vida la traía la novia de mi hijo.
***
Un domingo de principios de verano había quedado con Marisa, una clienta a la que fiaba facturas y que me las pagaba en especie. Tenía al marido en el hospital y ganas de pasar el día follando junto a la piscina. No contaba con que Adrián y Noelia aparecieran a darse un baño.
—Quedaos, hago barbacoa para todos —les dije.
Noelia se apuntó enseguida, más contenta que mi hijo, que se tumbó con los auriculares y desapareció del mundo. En el agua, Marisa y yo jugábamos a hundirnos y a tirarnos. Noelia nos miraba desde la hamaca con una tristeza que me dio pena.
—Ven, Noelia, métete con nosotros —la llamé.
Vino encantada. La agarré por la cintura, la levanté en brazos y la lancé al agua. Cuando volvió a la superficie, buceé entre sus piernas y me la senté sobre los hombros. Reía como nunca la había visto reír. Al bajarla, dejé que su cuerpo resbalara por mi pecho hasta que notó, contra el muslo, lo que mi bañador apenas disimulaba. Fue un instante. Pero se le erizó la piel, y no era por el agua fría.
Más tarde, mientras Marisa y yo preparábamos la carne dentro de la cocina, la cosa subió de tono. Me arrodilló contra la lavadora y me la chupó con ganas. En el reflejo de un espejo colgado en la pared vi una sombra en la ventana: Noelia, espiándonos, inmóvil. Saberme observado por ella me puso a mil. Coloqué a Marisa de modo que la chica tuviera un primer plano perfecto, y terminé donde sabía que se vería bien. Cuando salimos al jardín, Noelia ya estaba en la mesa, colorada, fingiendo que no había pasado nada.
***
Las semanas siguientes, Noelia y yo nos volvimos inseparables. Un sábado vino a preparar unos postres a mi cocina justo cuando yo había citado a Verónica, otra amante de la que tenía que cuidarme porque era municipal y casada. Le pedí a la chica un poco de intimidad.
—No os molestaré —dijo, y me lanzó una mirada pícara antes de reírse.
Verónica y yo pasamos la tarde en el jardín. Fue un polvo bruto, de los que dejan marcas y arrancan gritos, y estoy seguro de que Noelia nos observó en más de un momento. Cuando entré después a la cocina, con un bóxer fino y mojado que no escondía nada, noté cómo no me quitaba los ojos de encima. Temblaba. Me acerqué, la cogí de la cintura y le di un beso tierno en la mejilla. Ella esperaba algo más, lo sé, lo deseaba. Pero no hubo más: me fui a mi cuarto. Que se vaya a dormir con el coño ardiendo. Es un juego peligroso, pero ya he empezado a jugarlo.
***
El día de la comida con los padres de Noelia me llevé la sorpresa de mi vida. Cuando entró su madre, los dos nos quedamos de piedra. Elvira era clienta mía desde hacía años, desde la tormenta en que rescaté su coche del río con la grúa del taller. Desde aquel día me lo agradecía cada cierto tiempo de la manera más íntima posible. En su casa me llamaban «el héroe». Su marido, Tomás, era un cornudo bonachón que solo sabía hablar de política, igual que mi hijo. Resultó que se conocían de algún foro y congeniaron al instante.
Noelia saltaba de alegría al ver la confianza que su madre y yo nos teníamos, sin imaginar de dónde venía. Propuse un baño. Bajé con un bañador ajustado, consciente de lo que marcaba, y me metí en el agua a jugar con las dos mientras los hombres discutían en las tumbonas, ajenos a todo.
Buceé y me senté a Noelia sobre los hombros, como aquel primer día. Con ella encaramada y riendo, agarré a Elvira por detrás, le aparté el bañador bajo el agua y, de un empujón, se la metí entera. Su madre ahogó un gemido.
—¿Qué te pasa, mamá? —preguntó Noelia desde arriba.
—Nada, hija… una uña… —jadeó Elvira—. Andrés me la está arreglando con el pie, ah, ah…
—¿Con el pie?
—Sí, hija, sí… —y se le cortó la voz.
Le bastaron cuatro embestidas para correrse. Se la saqué con disimulo, lancé a Noelia al agua y le robé a Elvira un beso rápido. Las dos se partían de risa por lo que acabábamos de hacer delante de todos. Y Noelia, otra vez, lo había visto todo desde la ventana de la cocina.
***
Bajo la pérgola serví un vermut a madre e hija. Elvira tenía ya las mejillas encendidas por el vino.
—Estos dos están siempre con lo mismo —dijo, señalando a su marido y a mi hijo—. Política y política. Ya ves el caso que me hace el mío. Y por lo que veo, tu hijo va a ser igual para mi hija. ¡Vaya par!
—Pues a ver si por una vez el único afortunado de vuestra compañía no voy a ser yo —contesté, y las dos se rieron.
—Yo a tu lado estoy mejor —soltó Noelia, mirándome de una forma que ya no era inocente.
Le seguí el juego un rato, hasta que noté una mano debajo de la mesa buscándome el paquete. Eran las uñas de Elvira, envalentonada por el vino. Si quería juego, lo tendría. Le pasé una pierna por encima de mi rodilla y empecé a acariciarla despacio mientras hablábamos de cualquier cosa. En uno de sus espasmos, la rodilla le saltó y golpeó a Noelia, que miró bajo la mesa y se puso seria. Sus labios temblaban como si fuera a llorar. Tenía que actuar.
***
—Noelia, acompáñame a la cocina —le dije.
Una vez dentro, fui directo.
—Tu madre y yo, de vez en cuando, tenemos algo. Es algo que tu padre ya no puede darle. Lo llevamos con discreción para no romper nada. No la juzgues: hoy es feliz, y eso es lo único que debería importarte.
—Me cuesta entenderlo —murmuró—. Ella siempre me habla de fidelidad, de principios… Me da envidia.
—¿Envidia de qué?
—De que ella pueda gozar contigo y yo no. —Bajó la mirada—. Adrián y yo no hemos hecho nada. Queremos esperar al matrimonio. Soy virgen. Ni siquiera me ha tocado, ni yo a él.
—Será tonto —se me escapó—. Ese chico no es hijo mío, lo tengo clarísimo.
Le susurré al oído que esa noche buscara una excusa para quedarse a dormir. Le besé el lóbulo de la oreja y le di una palmada suave en el culo justo cuando entraba su madre con una bandeja. Noelia, esa misma tarde, anunció a todos que se quedaba en el cuarto de invitados a recoger y limpiar. Tomás se llevó a Elvira a casa, agradeciéndole a su dios la suerte de que un héroe como yo hubiera entrado en la vida de su familia. Preferí callarme.
***
Adrián se acostó temprano, mareado por el vino, sin querer cenar. Encontré a Noelia sola, recogiendo la pérgola.
—Tu hijo no me quiere, Andrés —dijo—. Ni me mira.
—Ven aquí —le tendí la mano.
La llevé a mi habitación y cerré la puerta. Temblaba, no se atrevía a mirarme. Me quité el bóxer despacio y ella se quedó observando, inmóvil, asustada y deseosa a la vez. Le bajé el bañador centímetro a centímetro: pechos pequeños y firmes, vientre plano, una mata rubia y escasa entre las piernas. Era preciosa. Se echó a llorar de puro miedo y vergüenza.
—Tranquila, corazón —la abracé, le acaricié el pelo—. No haremos nada que tú no quieras. Si no deseas darme tu virginidad, no te obligaré. Y si me la das, seré lo más dulce que sepa.
—Te amo —susurró contra mi pecho—. Quiero ser tu mujer.
La tumbé en la cama y la abracé en cuchara, una mano en su pecho y la otra recorriéndole los muslos, el vientre, el pelo. Le dije al oído que durmiera, que todo llegaría a su tiempo. Y se durmió agarrada a mi brazo, agotada, como si hubiera encontrado por fin un lugar seguro.
La desperté antes del amanecer, con la boca entre sus piernas. La besé despacio, sin prisa, hasta que dejó de tener miedo y empezó a arquearse y a suspirar. Le enseñé, con paciencia, todo lo que nunca le habían enseñado. Le di un masaje con aceite de almendras por cada rincón de la piel hasta que se estremecía con solo rozarla.
La senté en mi regazo, frente a mí, mirándonos a los ojos. Noté la barrera de su cuerpo y me detuve.
—¿Estás segura?
—Sí —dijo, y me mordió el hombro.
Empujé despacio, lo justo. Ella ahogó un grito agudo y prolongado, con lágrimas en los ojos que no eran de dolor. «Te amo», repetía. Nos quedamos quietos, besándonos, hasta que su cuerpo se acostumbró y empezó a moverse sola, buscando más. Se corrió dos veces antes de que yo terminara dentro de ella. Cuando el sol entró por la ventana, las sábanas delataban la batalla. La cogí en brazos y me la llevé a la ducha, donde volvimos a empezar.
***
—Andrés, soy la mujer más feliz del mundo —me dijo bajo el agua.
—Recuerda que eres la novia de mi hijo.
—Adrián ya no es nada para mí. No me quiere. Yo te amo a ti. Quiero ser tu mujer, darte hijos, llevar tu casa. Y si traes amigas o lo haces con mi madre, no me importará. Solo déjame amarte.
Aquello me dejó sin palabras. Esa misma tarde senté a Adrián y se lo dije claro: Noelia ya no era su novia, sino mi mujer y, de paso, su madrastra. Protestó, más por perder a la chica que le pagaría los estudios que por amor. Le dije que la universidad se la pagaba yo, pero currando en el taller desde el lunes a las ocho. Se fue cabreado a su cuarto, a escuchar sus debates. Nunca volvió: terminó la carrera y se quedó en la capital, metido en un partido. Poco sé de él.
Elvira acabó viniéndose a vivir con nosotros cuando Tomás, que no era tan tonto, ató cabos y se divorció. Amplié una habitación y dormíamos los tres juntos. Noelia nunca me reprochó nada; al contrario, crió con cariño a la hermana pequeña que le llegó. A veces el corazón tiene razones que la razón ignora. No me importan las críticas ni los sermones sobre lo que somos. Somos felices, y con eso me basta.