El trabajo que me metió en la cama de cuatro primas
El día que conocí a Valeria pensé que la suerte por fin se acordaba de mí. Me recibió con una sonrisa que me desarmó y dos besos en las mejillas tan tibios y lentos que el corazón se me disparó. Pero unas horas más tarde, cuando conocí a sus tres primas, entendí que no me había bendecido nadie: me había atrapado un grupo de cuatro mujeres preciosas y descaradas, dispuestas a convertir mi vida en una montaña rusa de la que ya no sabría bajarme.
Me llamo Víctor, tengo veinticinco años y, hasta esa semana, mi mayor preocupación era encontrar trabajo. Había terminado la carrera de Economía con un aprobado justo, había hecho una docena de entrevistas en bancos y empresas, y todas habían terminado igual: un «ya lo llamaremos» que nunca llegaba. Vivía con mi madre, Elena, que me había criado sola desde que tengo memoria y que, al verme hundido aquel julio, me preguntó sin rodeos qué me pasaba.
—¿Llevarías la contabilidad de un comercio? —me dijo cuando le conté la verdad—. Mi amiga Lucía tiene una cadena de tiendas de ropa y se le jubila el contable de toda la vida.
La entrevista fue un almuerzo en el centro comercial, más interrogatorio que entrevista. Lucía ni miró mi currículum. Me preguntó qué comía, qué deporte hacía, cuántas novias había tenido y, casi de pasada, qué sabía de contabilidad. Al final del café me anunció que estaba contratado a prueba: dos semanas aprendiendo de Gregorio, su viejo socio, y si él daba el visto bueno, contrato hasta fin de año.
—Te ha caído en gracia —me dijo mi madre cuando Lucía se fue—. Y el sueldo que te ofrece es casi indecente para tu falta de experiencia. No la desperdicies.
—No sabía que tu amiga fuera tan guapa —comenté—. ¿Está casada?
—Madre soltera, como yo —rio ella—. Y tiene una hija, Valeria, que es bastante más guapa que cualquiera de nosotras. Trabaja de secretaria con Gregorio. Si él te aprueba, vas a compartir despacho con ella.
Esa noche dormí mal, nervioso por el examen del día siguiente. Pero todos mis miedos se evaporaron el sábado. Llegué temprano y Gregorio apareció puntual como un reloj suizo. Era un hombre mayor, cordial, de los que valoran que uno llegue antes que él.
—Por la descripción de Lucía supe enseguida que eras tú —me dijo abriendo la oficina—. Solo le faltó decirme de qué color venías vestido. Ya verás a la hora que llega Valeria. Esa cría solo piensa en chatear con sus tres primas, que para mi desgracia son mis tres únicas nietas, igual de cabezotas que ella.
No había terminado la frase cuando entró un huracán. Valeria irrumpió sin dejarlo cerrar la puerta, me plantó dos besos enormes en la cara y, mientras colgaba la chaqueta, soltó:
—Hoy he llegado puntual, abu. No quería darle mala impresión al nuevo. Espero que nos llevemos bien y que no me regañes como hace este cascarrabias.
—Por lo menos has conseguido el primer día lo que yo no logro en un año —rio Gregorio—. ¿Y qué te parece el contable que ha fichado tu madre?
—A primera vista no me disgusta. Es guapete —dijo ella guiñándome un ojo, y se sentó frente a mí.
Gregorio me explicó su trabajo. Lo más importante para él era un libro de inventario que llevaba a mano, anotando cada prenda que entraba del almacén con su código de barras. Cuando le pregunté, asombrado, por qué no lo tenía informatizado, se encogió de hombros.
—Yo me manejo así, pero soy consciente de que hoy todo va por ordenador. Ahí tienes uno sin estrenar. Tienes tres días para demostrarme que puedes controlar las existencias tan bien como yo.
Salió a tomar un café y a una reunión, dejándome con Valeria. En cuanto cerró la puerta, ella se rio.
—No hace falta que te explique nada del PC, está virgen. A ver si tú consigues que el abu suelte los libracos de una vez.
Mientras hablaba —y gesticulaba muchísimo, también con los pies— aproveché para mirarla bien. Era una rubia explosiva de veinte años, con una trenza que le caía a media espalda y unos ojos azules que apresaban. Bajo la camiseta ajustada no llevaba sujetador; bajo la falda plisada y cortísima asomaban unas piernas que no me dejaban concentrarme. En algún momento me quedé embobado mirando dónde no debía, y ella se echó a reír.
—Me parece que te interesa más lo que ves bajo la mesa que lo que te explico. Si de verdad quieres el puesto, dedícate a las existencias. Y tranquilo —añadió con una mueca—, que yo también veo lo que pasa bajo la tuya, y no me molesta. Más bien lo tomo como un halago.
Me puse rojo como un tomate. Para esconder mi vergüenza me lancé al trabajo. Con su ayuda vinculé el ordenador al de la fábrica y a los terminales de las seis tiendas, de modo que cada prenda quedaba registrada al entrar y se daba de baja al venderse. La tarea nos comió la mañana entera y casi toda la tarde. Pedimos unas pizzas, seguimos pegados a las pantallas, y pasadas las once de la noche el programa funcionaba a la perfección.
Valeria, eufórica, me dio un beso. Al principio fue solo un pico, pero al ver cómo me quedé —petrificado, con los ojos como platos— volvió a besarme, esta vez largo y profundo, hasta dejarme mareado.
—Llama a tu casa y avisa que no duermes —me dijo—. Vamos a celebrar que seremos compañeros. Te voy a presentar a las otras tres. Van a flipar contigo.
***
Conduje su Mini descapotable a las afueras, sin entender muy bien en qué me estaba metiendo. Por el camino me soltó la primera bomba.
—Vamos a casa de Vanesa. Allí están también Violeta y Vera. Somos primas: las cuatro nietas de Gregorio, cada una hija de una de sus hijas. Bueno, Lucía es mi madre, y Lucía y las tres hijas de Gregorio son uña y carne. Tu madre también andaba en ese grupo.
—¿Qué clase de grupo? —pregunté, porque había hecho un gesto raro al decirlo.
—Se adoran, Víctor. Sospechamos que nuestras madres son pareja entre ellas desde hace años. Ninguna ha tenido nunca un hombre fijo. La tuya fue la excepción, y por eso tú existes. ¿Te he escandalizado?
—Escandalizarme no —reconocí, aturdido—. Pero me has dejado de piedra. Aunque, si son felices así, ¿quién soy yo para juzgarlas?
—Por partes. —Sonrió, divertida con mi desconcierto—. Nosotras cuatro somos como las fichas de un parchís. Hasta nos vestimos con sus colores: yo de azul, Vanesa de amarillo, Violeta de verde y Vera de rojo. Nos perseguimos, nos pillamos y nos comemos enteritas. Lo único que nos falta para jugar de verdad es una pieza. Y creemos que tú puedes ser esa pieza.
Tragué saliva. No me atreví a preguntar qué pieza, porque empezaba a intuirlo. Atravesamos la barrera de una urbanización privada y aparcamos frente a una casa enorme rodeada de jardín. Valeria me dejó solo en el porche y desapareció con el coche hacia el garaje.
Cuando la puerta volvió a abrirse, casi me caigo de espaldas. Salió Valeria y, tras ella, las otras tres, todas igual de espectaculares y absolutamente distintas. Vestían como ella, camiseta ceñida y falda mínima, pero cada una de su color: Vanesa de amarillo, una morena de ojos verdes y melena rizada; Violeta de verde, pelirroja de ojos grises con unas pecas graciosas y el pelo cortado a lo casco; y Vera de rojo, una mulata de origen incierto, ojos color ámbar y corte casi militar que realzaba sus facciones. De cuerpo, en cambio, parecían clones: las cuatro igual de impresionantes.
—Pasa, hombre —rio Valeria—, que las miras como si fueran fantasmas.
Saludé a cada una y, gracias a mi buena memoria, acerté el nombre por el color. Vera, la mulata de rojo, se rio asombrada.
—¿Y tú cómo sabes que soy Vera?
—Valeria me dijo vuestros colores en el coche —presumí—. Y la verdad, sois las cuatro chicas más guapas con las que me he cruzado en la vida.
—Será adulador… —dijo Violeta, la pelirroja, dedicándome una sonrisa capaz de derretir el hielo—. Aunque nuestras madres dirían que somos cuatro brujas perversas.
Nos sentamos en el salón, alrededor de una mesa baja. Vera y Violeta trajeron un carrito con tequila, un licor azul y zumo de lima. Vera empezó a preparar margaritas.
—Pascualillo… digo, Víctor, ¿aguantas bien el alcohol? —preguntó.
—Un par de copas y me desubico —confesé.
—Perfecto —dijo Vanesa—. Prepárale una bien cargada, que nos conviene que esté algo animado para comprobar si sirve de dado.
—¿De… dado? —pregunté, cada vez más perdido—. ¿Qué tengo que hacer?
—Tú nada —rio Valeria—. ¿Qué se hace con un dado, Víctor?
—Pues… tirarlo —balbuceé—, para ver qué número sale.
—Exacto —dijo, encantada—. Vamos a ver cuál de nosotras se tira al dado primero. Y luego le ponemos nota, del uno al seis. Por lo poco que vi bajo la mesa del despacho, yo creo que más de tres puntúas seguro.
Las cuatro estallaron en carcajadas al ver mi cara de pánico. Me levanté, ofendido, convencido de que era una broma cruel. Entonces dejaron de reír y me miraron asustadas. Fue Vera quien habló.
—Perdona, no sabíamos que te molestaría. Creíamos que podrías ser el hombre ideal para comprobar si merece la pena estar con un varón. Si te ofende, nos tomamos una copa y ya está. Pero, por favor, no le cuentes nada de esto a nuestras madres. Nos matarían.
Me volví a sentar, despacio. Entendí que hablaban completamente en serio.
—A ver si lo he entendido —dije, respirando hondo—. ¿De verdad las cuatro queréis acostaros conmigo? ¿Ninguna ha estado nunca con un hombre? ¿Os creéis lesbianas y tenéis dudas?
Las cuatro asintieron, sincronizadas como si lo hubieran ensayado.
—Mirad —dije intentando sonar adulto—, me halagáis más de lo que imagináis, porque sois preciosas. Pero yo no funciono por curiosidad. Necesito desear a alguien y que ella me desee a mí, no sentirme un experimento.
—¿Y si te deseamos? —dijo Violeta, y se inclinó hacia delante hasta que su rodilla rozó la mía—. Porque, mírate, llevas media hora intentando esconder lo que se te nota desde que entramos.
Tenía razón, y se me notaba. La pelirroja se levantó, me quitó la copa de la mano y se sentó a horcajadas sobre mí antes de que pudiera reaccionar. Olía a lima y a algo dulce. Cuando me besó, lo hizo con una avidez que no tenía nada de inocente, y mis últimos reparos se desmoronaron.
—Empiezo yo, que para algo soy la más lanzada —murmuró contra mi boca—. Vosotras tomad nota.
Sentí las manos de las otras tres antes de verlas: una en mi nuca, otra desabrochándome la camisa, otra recorriéndome el pecho. Vanesa me mordió el lóbulo de la oreja mientras Valeria me susurraba que me relajara, que ellas se ocupaban de todo. Violeta se quitó la camiseta de un tirón y guio mi mano bajo su falda, hasta la tela diminuta de sus braguitas verdes, ya húmeda.
—No tan rápido —protestó Vera, apartándola con una risa—. Habíamos dicho por turnos. Si no, no podemos puntuar.
—Al cuerno los turnos —dijo Valeria, y se arrodilló entre mis piernas.
Lo que siguió no tuvo nada de juego de mesa. Cuatro bocas, cuatro pares de manos, cuatro cuerpos idénticos en sus formas y distintos en todo lo demás, turnándose y solapándose sin orden ni paciencia. Violeta me cabalgaba mientras Vanesa le besaba el cuello por la espalda; Vera me sujetaba la cara para besarme cuando creía que iba a perder el control, y Valeria dirigía la escena como si fuera la dueña del tablero, indicándole a cada una cuándo era su momento.
—Más despacio con él —ordenaba—, que se nos va antes de tiempo y no terminamos la partida.
Aguanté lo que pude, que no fue tanto como mi orgullo habría querido. Cuando por fin me dejé ir, las cuatro me rodeaban, sudadas y satisfechas, riéndose entre ellas como niñas que acaban de descubrir un juguete nuevo.
—Bueno —dijo Vera, dejándose caer a mi lado—, ¿qué nota le ponemos?
—Un cinco —sentenció Violeta—. El seis se lo gana cuando aguante una partida entera.
—Entonces tendremos que entrenarlo —dijo Valeria, y me besó la frente sudada—. Por suerte, a partir del lunes lo tenemos todos los días en la oficina.
Cerré los ojos, agotado y feliz, pensando que mi madre se había quedado muy corta al hablarme del sueldo. Aquel, sin duda alguna, iba a ser el trabajo más difícil de rechazar de toda mi vida.